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8 min
La ley de la calle
Reales |
20.07.14
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Sinopsis

Se encogió de hombros al recibir la mirada hundida del hombre que se llevaban esposado. Volvió la cabeza y tensó los labios en una fina línea. La ley de la calle. La ley de la vida. Una lucha encarnizada por quedarse con lo mejor dentro de los desperdicios.

~~No llovía, pero el cielo se derrumbaba a su alrededor a cada paso que daba. Los nubarrones negros se reflejaban en los charcos de agua sucia del parque, y los paraguas abiertos se sucedían protegiendo de una lluvia que se hacía de rogar. Realmente, el mundo lo asfixiaba cada día más. No importaba el tiempo, sí hacía sol o si los truenos retumbaban por toda la ciudad. Le daba igual.
Hacía demasiados años que no era más que un ánima en pena vagando de calle en calle, un viajero en su propia ciudad. Lo observaban mucho, y lo ignoraban otro tanto. Despeinado, sucio, cansado. Los pies le pesaban toneladas a cada día que continuaba caminando sin descanso sobre las aceras hastiadas de pisadas.
Echó un vistazo a los árboles que lo rodeaban. Tan verdes como enmohecidos, otros olvidados del tiempo, como lo era él. Uno más entre siete mil millones de desgraciados. La guitarra en el hombro le golpeaba el costado en el lugar justo donde un enorme cardenal se había tatuado a su piel. No quedaba elegancia en sus andares torcidos, pero no la quería. El porte no servía de nada si no se le podía ganar a la vida.
A medida que caminaba, acercándose al estanque de superficie ennegrecida, allí donde la incauta multitud se agolpaba para observar a los patos de cuello verde chapotear en el agua, sentía como el corazón se le fragmentaba un poco más. A unos metros del lago, dejó caer el estuche de la guitarra al suelo, y se descalzó.
Luego, se la colgó al hombro y se irguió, a la vez que se intentaba atusarse el pelo tras las orejas. Era alto y desgarbado. Su rostro, moreno por las horas a la intemperie, quedaba oculto tras una espesa barba castaña.
Los primeros acordes, dulces, suaves y melódicos, se acompasaron al croar de las ranas que descansaban sobre las rocas adyacentes al estanque. Una música tranquila y melancólica, desbordante de sentimientos y emociones. Las cuerdas de la guitarra vibraban una y otra vez, sonando más y más a cada segundo.
Los curiosos empezaron a rodearle, primero a lo lejos, acercándose poco a poco. Entonces, una voz rasgada y profunda emanó de su boca, y se obró el silencio. Solo quedaron las palabras dolidas y el acompañamiento sentido de las cuerdas. Nada más. El mundo se detuvo una vez más mientras cantaba. No hubo, en ese momento, estadios sociales, hipocresía ni prejuicios, solo un sabio aleccionando con maestría a sus discípulos. 


Mi pistola está cargada,
Solo tengo que apretar el gatillo.
Tu frente en el punto de mira.
Solo tengo que inclinar el cañón un poco,
Observar a través de la mira.
La bala volará hacia ti.
La bala se estrellará en tu carne.

 
El dolor de la calle, de las noches en vela. La angustia, la injusticia de la vida. Todo reflejado en una canción demasiado profunda. Le brillaban los ojos. Le brillaba la mirada azul, casi transparente. La cabeza inclinada sobre un micrófono inexistente, el torso combado sobre el instrumento y los dedos deslizándose majestuosamente sobre las cuerdas del puente.
En el fondo, él sabía que el origen de todo había sido esa canción. Muchos años atrás, cuando ni si quiera la barba le ensuciaba el rostro. El amor, el primer amor. Y la hecatombe del rechazo. Allí su porvenir se había desviado de su rumbo y no había hecho nada más que dar tumbos sin control por las carreteras más sinuosas del destino.
En el fondo, mientras dejaba que los demás embebiesen de su pasado, aún se moría, lentamente, al acariciar con sus labios las palabras que habían surgido del padecimiento de la peor de sus enfermedades.


Mi pistola está cargada.
¿Quiero sentirme como un asesino?
¿Merece la pena ser llamado asesino?

Pero entonces miro en tus ojos,
 Esa mirada carmesí,
Esa mirada inamovible
Y siento la necesidad de apretar el gatillo
Lo más rápido posible.
Necesito verte morir,
Necesito mirar tu cabeza
Caer inconsciente sobre tu cuello

Creo que entonces merecerá la pena ser llamado asesino.

El público era variopinto. Niños arropados bajo el abrigo de sus madres. Maridos que disfrutaban del descanso con su brazo protector sobre sus mujeres. Ancianos de aspecto alegre y resignado que bailaban los dedos sobre sus gabardinas al ritmo de la música. Y el tiempo que se escapaba entre los dedos, como el agua bajo los paraguas que comenzaban a abrirse para no sucumbir al chaparrón que comenzaba a caer.

Todas las noches, todos los días.
Vivo bajo presión,
Vivo  en una vida rebosante de dolor.
Aquel día, aquel maldito día.
Eran las cinco de la madrugada.
Aire frío, brisa fresca.


Una tonelada de alcohol en mi sangre.
El mismo en la tuya.
Deseo en el aire; pasión entre los dos.
Tus manos se movían demasiado rápido, 
Tus manos tocaban lugares secretos.
Te embebiste de mi aroma, emborrachándote.
Bajaste tus defensas, pero nunca te rendiste.

Y los recuerdos de aquel día se diluyeron entre las gotas de lluvia, esparciéndose por todas partes, recorriendo los espacios que ni él ni aquel amor perdido habían osado a probar. Volaron bajo las faldas ajenas, anidaron en chales recién estrenados y en los que habían sido rescatados del naufragio tras lustros doblados en un cajón. Adornaron corbatas y pañuelos. Aderezaron gofres recién cocinados y barquillos crujientes y sabrosos.
Los recuerdos de aquel día se hicieron memorias nuevas al formar parte de los nuevos besos, de los nuevos abrazos y de las despedidas más tiernas. Las gotas viajaron, como los pies viajeros del cantante, por las aceras maltrechas de tanto soportar el miedo.

Ya te lo dije, demasiado alcohol y,
Después, demasiados moretones en mi piel,
Y una firme convicción en mi cabeza.
Mi pistola está cargada.
No es difícil disparar una bala.
¿Estás preparada para explotar?

 
La canción terminó, triunfal, dolorosa y tremendamente real. Para los oyentes, una obra maestra, un grito de libertad, la victoria de la enseñanza callejera sobre los libros. Para él, un peso más en el pecho.
A medida que la multitud se desperdigaba, de vuelta a sus banales quehaceres, sin ser conscientes de la hipocresía que demostraban al cerrar los ojos a la realidad oculta detrás de aquella canción.

Demasiado ciegos.

Demasiado humanos.

Se agachó, se quitó la guitarra del hombro, y la dejó en la funda con cuidado. Había varios billetes en el fondo. Corrió la cremallera con cuidado, y se la colgó de nuevo. Chapoteó con los dedos desnudos sobre la gravilla y se calzó las zapatillas con cuidado.
Se marchó. Se fue sin hacer ruido, dejando el mismo vacío en el mismo lugar hasta que otro se decidiese a ocuparlo. El cabello enmarañado le goteaba sobre la espalda. Necesitaba un paraguas pero no podía permitírselo.
Entonces, sintió unas manos fuertes agarrándolo por los brazos y retorciéndoselos sin cuidado. Le dieron la vuelta como a una marioneta, y le colocaron cerraron unas esposas entorno a las muñecas.

 - Está usted detenido por alteración del orden público. No está permitido tocar en lugares públicos sin un permiso del ayuntamiento. – gruñó una voz masculina. Tres policías lo rodeaban, con los rostros inexpresivos. No se movió, no le quedaban fuerzas para oponerse a un enemigo irrefutable. – Tiene derecho a guardar silencio, a…

Las palabras, tantas veces oídas, le resbalaron al igual que el agua sobre la cara. Echaron a andar mientras lo arrastraban lejos del estanque. Vio, entonces, al girar la cabeza, que la multitud comenzaba a agruparse de nuevo en el lugar exacto donde había estado antes. Un hombre menudo y delgado, de piel morena, acababa de sentarse en el suelo frente a un dyembe y tocaba con suavidad, aumentando la intensidad según los agentes se alejaban de su posición.
Se encogió de hombros al recibir la mirada hundida del hombre que se llevaban esposado. Volvió la cabeza y tensó los labios en una fina línea.


La ley de la calle. La ley de la vida. Una lucha encarnizada por quedarse con lo mejor dentro de los desperdicios.

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