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8 min
La leyenda de la mujer feliz.
Varios |
21.05.15
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Sinopsis

Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

Todo comenzó cuando aquella mañana un escalofrío recorrió todo su cuerpo, embriagándola de una sensación de temor e inseguridad.
En viento azotaba la ventana que crujía debilmente. Los cristales, sucios, polvorientos, cubiertos por una capa de tiempo, mucho tiempo sin nadie que los limpiara, habían perdido la belleza que tuvieron años atrás, cuando aún vivían allí.
Hacía solo dos días que había regresado, sola, a su antigua casa. La casa de sus padres en la que había crecido y vivido su infancia.
Todo estaba lleno de telarañas, insectos y polvo, mucho polvo y suciedad.
Pero a ella no le preocupaba. Cuando cruzó el pasillo, un escalofrío empapado en recuerdos se apoderó de ella y no pudo evitar que una lagrimilla de cristal cortara su mejilla para precipitarse después al vacío polvoriento del salón, cubierto por mantas y telas, como el resto de la casa.
Quitó la manta que cubría la televisión y enchufó los cables a la corriente. Ni siquiera había luz. ¿Cómo se suponía que iba a vivir sin luz? Aunque ella no fue allí a vivir... Así que tampoco le importaba demasiado, nunca le gustó demasiado la tele, pero se acostumbró a ver las noticias en aquella blanca habitación de hospital. Una sonrisa amarga y triste acogió a una segunda lágrima que se fundió en sus labios.
Se levantó y abrió la ventana, un murmullo como de miles de pequeñas patitas correteando hizo que se estremeciera. Que asco. No soportaba la idea de que esos bichos se le pusieran encima. Pero aun así, no hizo ademán de eliminarlos y todos desaparecieron en la oscuridad de la habitación. La verdad, pensaba para sí misma, es que ya les había perdido el miedo hacía mucho, pensó que solamente fue un acto reflejo, en el fondo aquellos bichillos eran inofensivos. Y tampoco es que fueran a molestarla demasiado...
Con gesto alegre y triste salió del salón abriendo todas las ventanas a su paso.
Por último, entró en su cuarto.
Su amado cuarto, con las paredes verde pistacho y el techo estrellado que su padre cuando era niña tanto se había esforzado por pintar. Pero lo que ella veía no era más que eso, un mero recuerdo.
Todo estaba tal y como lo recordaba... solo que cuarenta años más viejo. Su cama, con su manta de florecitas que tanto le gustaba, bajo la que había soñado tantas veces que sería feliz... sus peluches... toda una estantería repleta de nostalgia que no pudo llevarse consigo aquel día... el armario de flores en el que ella nunca miraba, solo lo usaban sus padres, ella era demasiado pequeña para llegar a las baldas superiores. Lo abrió... ahora se sentía demasiado mayor. Recordó con nostalgia cómo su padre la vestía, contándole historias de sus viajes fantásticos por el mundo que a ella nunca le había gustado ver, por aquello de que la fantasía siempre supera la realidad. No quiso nunca descubrir que los gigantes, los dragones y las princesas no existían tal y como las conocía en su imaginación. Su historia favorita era, sin duda, la de cuando viajó al mundo de hielo y encontró a unos hombres de nieve con nariz de zanahoria y ojos de botón, con ramas en los brazos y bufandas de colores. Recuerda la emoción que sintió cuando amaneció el suelo nevado en su pueblo y al mirar a la calle encontró en el jardín uno de aquellos habitantes de aquel lejano lugar. Su padre le contó que había venido de allí a verle. Ahora, miraba por la ventana de su habitación y apenas quedaba jardín que ver, las hierbas y la maleza se habían apoderado de los rosales que antes adornaban el centro y los muros de piedra. Volvió a mirar dentro, un tanto melancólica, volvió a mirar las paredes, la estantería, el armario, se sentó en la cama y al hundirse el colchón un nube de polvo se expandió por toda la habitación. Recordó que su madre le tenía prohibido meterse debajo de la cama porque estaba llena de polvo (y ella era alérgica). Pero eso ya se le había quitado hacía mucho. La última vez que recordó haberse vacunado fue a los diecinueve. Sonrió un instante, pero al mirarse de nuevo la piel arrugada borró su sonrisa. Ya estaba mayor para hacer esas cosas, y no solo ella estaba cambiada, en realidad, si uno se fijaba bien, nada era ya como antes en aquella habitación: las antes verdes paredes, vivas como ella cuando dormía sobre esa cama, tanto que parecía que estabas rodeada de hierbas del jardín, cesped que llegaba hasta el cielo, se había consumido por las humedades hasta perder todo su color... e incluso perder cachos de yeso. El techo, tan estrellado y brillante cada vez que su madre apagaba la luz para irse a dormir, y tan... pálido y oscuro cuando entro de nuevo y miró hacia arriba.
No se detuvo más a mirar. Sabía lo que había. En el fondo de su alma sabía a lo que había regresado a aquella casa. Aunque todavía no quería asumirlo, no sabía si estaba preparada, tenía aún mucho que asimilar en aquella casa vieja y medio en ruinas, tan llena de recuerdos que la hacían llorar y sonreír al mismo tiempo...
Se levantó, destapó su cama, con cuidado de que no volviera a desprender otra nube de polvo, se metió en ella y esperó, a que como si por arte de magia, un milagro sucediera, un milagro que cambiara algo en su... ¿vida?
No. A ella no le gustaba llamar a eso vida.
Cerró los ojos y se quedo dormida, encojida en el pequeño y frío colchón, esperando.
Abrió de nuevo todas las contraventanas (de estas que tienen las casas viejas) para dejar que la luz entrara en todas las habitaciones.
No le importaba tener luz.
Tampoco no poder ver la tele. Tan solo quería pasar esos días allí. En el único lugar que le quedaba. Con la única compañía que ella había tenido desde que su padre murió: Sus recuerdos.
¿Qué iba a hacer si no? No quería estar en otro sitio, no quería ver a nadie, desde que salió del hospital, no quería volver a ningun lugar similar, no quería cuidados, ni medicación. No quería prolongar lo inevitable.
Solo se sentaba en el salón, a recordar, a ver como sus años de infancia pasaban ante sus ojos, en la mesa redonda de madera, con las piernas bajo las faldas polvorientas, al calor del brasero que hacía años que no se encendía. Recordaba los fríos inviernos que habían pasado allí todos juntos, cuando su padre iba a la cocina y con el badil de metal traía las ascuas ardiendo de la chimenea y entre ella y su madre levantaban las faldas y la tapa del brasero para que él pudiera colocar las brasas que caldeaban la habitación, porque en esa casa no había calefacción ni nada parecido, el único calor que tenían era aquella chimenea de madera. Y a ella le encantaba acercarse allí y ver el fuego tras la rejilla ennegrecida por el humo, pero su padre siempre la apartaba de allí para que no se quemara otra vez (porque siempre se arrimaba demasiado), le gustaba echar gotitas de agua sobre la tapa superior del fuego y ver como se evaporaba al segundo. Ahora el fuego, apagado, como la llama de su vida, estaría en otro hogar, calentando a la gente que realmente lo necesitara, mientras ella ardía en su interior entre aquellos recuerdos que la acariciaban, la llenaban de lágrimas de alegría, la hacían feliz. Porque eso era lo que realmente ella necesitaba... Ser feliz. Por lo que había luchado tanto tiempo. El fuego ya la había iluminado demasiado, no necesitaba más calor, más vida. Así pasaban los días por su cabeza, en su memoria, tan viva e intensa. Y después, al caer la noche, se incorporaba, iba a su habitación, se metía en su cama y rodeada de sus peluches favoritos, que la abrazaban devolviéndole el amor que ella tanto les había dado de pequeña, soñaba con no despertar. Y esa noche cerró los ojos... y su sueño se hizo realidad.

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  • No fue sino cumplir un sueño, el sueño de aquellos que anhelan la libertad, volar, y de aquellos que extrañan esas nocheviejas en familia, con aquellos que ahora les cuidan desde el cielo.

    -Y dime cariño, ¿cuál es finalmente el color de los espejos? Él miraba por la ventana del cuarto, frente a la que se levantaba un gran muro, un muro invisible, que solo él podía sentir. -¿Lo sabes tú?

    Porque todos algunas vez hemos pensado eso de... "no creo que pueda pasarme a mí".

    A veces un día cualquiera es algo más que cualquier día.

    Él era el hombre que tenía la misión de cambiar el mundo. Pero nunca llegó a saber con certeza cómo hacerlo.

    La puerta se cerró. Ella sabía que sería para siempre, pero no quiso decir nada, porque sabía que tenía que marchar. Era solo cuestión de tiempo, no quería entretenerlo más, y así, haciéndose la dormida, comenzó su llanto, que duró eternamente.

    Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre.

    Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

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