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3 min
La leyenda de la mujer que amaba.
Varios |
03.06.15
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Sinopsis

La puerta se cerró. Ella sabía que sería para siempre, pero no quiso decir nada, porque sabía que tenía que marchar. Era solo cuestión de tiempo, no quería entretenerlo más, y así, haciéndose la dormida, comenzó su llanto, que duró eternamente.

El día anterior había sido un día alegre, un día importante. Porque ambos sabían lo que sucedería aquella noche, y si intercambiar palabra alguna que adelantara los acontecimientos, hicieron de ese día un día inolvidable. Las flores adornaban el jardín donde habían pasado gran parte de la tarde, donde habían jugado al pilla-pilla con su hija, que ahora dormía plácidamente en el cuarto de enfrente. No sabía nada de lo que acababa de suceder, no sabía que su papá no volvería jamás. Ella pensó que sería un viaje más, como tantos había hecho durante toda su vida... En ese momento recordó...

Recordó cada segundo de su existencia desde que lo conoció, desde que aquella tarde de invierno, bajo los sigilosos copos de nieve que adornaban su pelo, sentados en aquel banco, solos frente al río que tiritaba de frío entre las piedras, abrazados...

Recordó aquella noche bajo las estrellas de verano, tumbados en la hierba... Recordó todas y cada una de las tardes que acariciaron su cabello en el momento exacto en que él cerró la puerta. Sonrió levemente y comenzó a llorar lágrimas ácidas, que quemaban en su piel, que mataban. Ella quería pensar que él también se acordaba, que él también sufría, que no la estaba abandonando... Solo eso la hacía mantenerse fuerte y no salir corriendo tras él, abrazarle por la espalda y no dejarle marchar jamás.

No quería seguir recordando, no quería seguir sufriendo. Pero no podía evitarlo. No pudo evitar recordar aquel día, bajo el calor desgarrador de agosto que ahuyentaba las nubes. Sintió de nuevo en su vientre el mismo recuerdo, el mismo dolor, pudo volver a sentir la vida en su interior, pudo sentir su corazoncito, su tierno y joven corazoncito que empezaba a latir. Pudo volver a ver aquella habitación, a aquella médico tan agradable que estuvo a su lado todo el tiempo. Pudo sentir más incluso, pudo sentir la desilusión cuando los médicos lo daban por perdido, cuando antes incluso le pedían abortar, cuando ella confió en el destino, cuando puso sus vidas en manos de alguien, de algo superior (quería pensar ella) que las cuidó hasta el final. Y se puso en pié. Abrió la ventana y buscó a la persona, al hombre que le había mostrado la verdadera felicidad, y ahora se la llevaba para siempre. Pero no lo vio, había desaparecido ya entre las estrechas calles que todo lo engullían. Así que se limitó a cerrar los ojos y lanzar un beso, esperando que donde quiera que estuviera, allí aterrizara en sus labios. El viento, que hasta ahora había estado en calma comenzó a soplar, como queriendo llevar ese pequeño gesto a su destino.

Su pelo no ondeaba, porque el viento no era para ella, el viento era para él. Con esa esperanza se quedó mirando, con los ojos cerrados, aquella pequeña sombra que se movía a través de las calles, empujado por su destino, hacia la luz de la incertidumbre. De su mañana.

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  • Gracias fenix, un saludo.
  • No fue sino cumplir un sueño, el sueño de aquellos que anhelan la libertad, volar, y de aquellos que extrañan esas nocheviejas en familia, con aquellos que ahora les cuidan desde el cielo.

    -Y dime cariño, ¿cuál es finalmente el color de los espejos? Él miraba por la ventana del cuarto, frente a la que se levantaba un gran muro, un muro invisible, que solo él podía sentir. -¿Lo sabes tú?

    Porque todos algunas vez hemos pensado eso de... "no creo que pueda pasarme a mí".

    A veces un día cualquiera es algo más que cualquier día.

    Él era el hombre que tenía la misión de cambiar el mundo. Pero nunca llegó a saber con certeza cómo hacerlo.

    La puerta se cerró. Ella sabía que sería para siempre, pero no quiso decir nada, porque sabía que tenía que marchar. Era solo cuestión de tiempo, no quería entretenerlo más, y así, haciéndose la dormida, comenzó su llanto, que duró eternamente.

    Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre.

    Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

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