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6 min
La leyenda del padre fuerte.
Varios |
22.05.15
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Sinopsis

Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

Y así, como por arte de magia, como iluminado por una luz desconocida e invisible, se puso en pie, se secó las lágrimas, dejó las llaves allí y una nota que decía "Hay cafe hecho". Puso algo más, pero lo tachó enseguida para que fuera ilegible. Cogió su abrigo y, antes de cruzar por última vez aquella puerta, echó la vista atrás, y vio aquel pequeño pasillo, en el que había sido feliz, criando a su pequeña con su mujer, contándole esas historias fantásticas cuando llegaba a casa después de meses de viaje.
Estarán bien, pensó, pero sabía que solo se engañaba a sí mismo. Sabía que no podrían estar solas. Pero era la única forma de mantenerlas. Les faltaba el dinero, y la terapia de su mujer era cara, su jefe no le dejó alternativa. Se quedó quieto por unos minutos, observando con tristeza a traves de la rendija de la verde habitación de su hija. En ese momento, por su mente pasaron un millón de recuerdos que hacía tanto que creía olvidados que no pudo evitar volver a llorar, pensando que ese instante sería el último momento que vería a su hija. No la vería crecer, ni la vería enamorarse, no la podría felicitar por su cumpleaños despertándola con un beso, ni podría ver como se convertiría en una mujer feliz, fuerte y madura. Ya había pensado en todo eso antes, cuando decidió que debía marcharse, pero no fue lo mismo, esa sí, iba a ser la última vez, y no podía soportar el dolor, la tristeza que eso le causaba. No oír su voz nunca más, ni sus piernecillas correteando por los pasillos, se iba a perder todo con lo que había soñado desde que era joven. Y entonces pensó en ella, en como se sentiría sin su papá. No quería tener que explicarle a donde iba, por eso se iba de noche, mientras dormía. Estaba empezando a arrepentirse, y no podía dejar que eso pasara, así que antes de que tuviera tiempo de pensar cerró la puerta por fuera. Ya no podía volver a entrar. Había dejado las llaves dentro. Ya estaba hecho. El primer paso en un camino que le llevaría a desaparecer para siempre del mundo que él conocía.
Hacía buena noche, no iba a necesitar el abrigo de momento, así que lo plegó en su brazo y, con la mano en el bolsillo, comenzó a caminar. El viento le empujaba por la espalda, como diciéndole que era lo correcto, o eso quería entender él, porque no lo tenía claro del todo. Las calles desiertas de su pueblo natal acentuaban aún más el sentimiento de soledad que presionaba su corazón desde que había salido de casa. Pero él siempre había sido más fuerte que los sentimientos. Siempre había viajado para mantener a su familia, para que pudieran vivir en aquella humilde casita. Sabía que lo necesitaban, que no les quedaba otra alternativa. Su mujer nunca había tenido trabajo, y bastante tenía con criar a su hija estando tan débil.
Débil... Cada vez que pensaba en ella se estremecía. Odiaba dejarla sola, pero no tenía a nadie, ninguno de los dos tenía más familia, ni amigos con quienes contar, solo se tenían el uno al otro, y ambos a su pequeña. Por eso era tan difícil coger cada tren a ninguna parte. Pero eso se acabó, aunque no de la mejor forma posible, ya no tendría que coger más trenes, no tendría que ver más la tristeza en los ojos de su mujer, no tendría que llorar más, al menos no allí. No entre esas cuatro paredes. Por desgracia tampoco podría volver a besarla, a abrazar su débil cuerpo o a tomarle la mano mientras dormía, para hacerle saber que estaba con ella. No podría volver a oler su perfume personal, ni acariciar su pelo fino y liso, no podría volver a ver su mirada, su humilde y tierna mirada, ni su sonrisa. No podía parar de recordar, y los recuerdos se agolpaban en sus párpados, y se precipitaban al vacío como gotitas de diamante que se perdía en las grietas de la piedra, que quedarían por siempre en aquella tierra, sus lágrimas, una parte de su alma, su regalo de despedida a un lugar que se lo dio todo.
Esperó sentado, mirando las estrellas en la clara noche que estaba viviendo en aquel banco, a que llegara su tren. En el fondo, siempre supo que tarde o temprano aquel momento iba a llegar, pero nunca quiso asumirlo del todo, aunque de algún modo ese momento era el que le había hecho vivir con intensidad el tiempo que había podido con su familia. El ruido de la maquinaria a lo lejos le estremeció, al tiempo que se levantaba para subirse al vagón. El tren se acercaba muy lentamente, tanto que parecía que no iba a llegar nunca. Estaba impaciente por abandonar de una vez aquel lugar para siempre, impaciente por dejar de sufrir en esa espera infinita. Por fin se detuvo, las puertas sonaron con el ruido metálico al que ya se había acostumbrado. Subió el escalón, tirando de la maleta, en la que solo había guardado ropa y alguna cosa más. Había decidido no llevarse fotos, ni objetos que le hicieran pensar en su familia. No quería pensar en ellas cada vez que se levantara, cada vez que los viera en sus fotos. Se fue solo, solo con sus recuerdos (porque los recuerdos no podía dejarlos allí). Eso bastaba. Porque el siempre había pensado que los recuerdos se tienen que mantener en la memoria, no en las fotos, ni en los objetos. Las buenas historias son las que nacen en el recuerdo, y mueren en los recuerdos. Esa era su frase, lo que siempre le decía a su hija cuando se marchaba a un viaje largo. Y ella le abrazaba, le daba un beso y le despedía desde la ventana de su habitación. Sonrió. Era la primera vez que sonreía en toda la noche. Pero era una sonrisa amarga, manchada de lágrimas. Pero le hacía sentir mejor.
La maquinaria se puso de nuevo en funcionamiento. Era el final, el final de la única vida que había tenido hasta el momento. Ahora le tocaba volver a empezar. Desde el recuerdo.

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  • Gracias por el consejo, sí que es verdad que son muy largos los párrafos y podría haberlo separado mejor. Lo tendré en cuenta para la próxima. Un saludo
    Excelente, solo te aconsejaría separarlo en párrafos. Saludos
  • No fue sino cumplir un sueño, el sueño de aquellos que anhelan la libertad, volar, y de aquellos que extrañan esas nocheviejas en familia, con aquellos que ahora les cuidan desde el cielo.

    -Y dime cariño, ¿cuál es finalmente el color de los espejos? Él miraba por la ventana del cuarto, frente a la que se levantaba un gran muro, un muro invisible, que solo él podía sentir. -¿Lo sabes tú?

    Porque todos algunas vez hemos pensado eso de... "no creo que pueda pasarme a mí".

    A veces un día cualquiera es algo más que cualquier día.

    Él era el hombre que tenía la misión de cambiar el mundo. Pero nunca llegó a saber con certeza cómo hacerlo.

    La puerta se cerró. Ella sabía que sería para siempre, pero no quiso decir nada, porque sabía que tenía que marchar. Era solo cuestión de tiempo, no quería entretenerlo más, y así, haciéndose la dormida, comenzó su llanto, que duró eternamente.

    Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre.

    Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

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