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10 min
La Luna sobre los Páramos
Varios |
13.09.12
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Sinopsis

Bajo la luna había una laguna, y su luz espectral de plata cubrió la superficie. Pero bajo su opalescencia, un abismo inescrutable permanece, y ay del incauto que se guie solo por la ilusión que refleje.

El coche se desvió de la carretera principal y se adentró por un camino rústico que conducía hacia los páramos. Cuando estuvo lo suficientemente apartado del hábitat del ser humano, y bien adentrado en aquellos lugares donde la naturaleza aún es capaz de imponer con su presencia, el coche se detuvo y de su interior bajaron dos personas. Uno era un hombre maduro, de aspecto curtido y semblante sereno, y el otro un muchacho escuálido, de ojos tristes, con las manos ocultas en su cazadora roja. Sus pies inquietos delataban su intranquilidad: era de aquellos chicos a los que amedrentaba el vivir.
El muchacho encontró su sombra; aquella figura alargada y siniestra le hizo pensar en el monstruo que le acechaba. Se dio media vuelta y miró fijamente al sol que corría a ocultarse tras el horizonte, anunciándole así con su musitada cobardía, que la noche no tardaría en acercarse. La voz del hombre le distrajo de sus divagaciones y se volvió hacia él tensando los músculos de su cuerpo.

 

-¿Qué?
-Que te quites la ropa.
-Pero hace mucho frio.
- Lo sé, hijo.

 

Tras unos segundos dubitativos, se quitó lentamente la chaqueta y continuó con el resto de la ropa. El hombre le apremió con un hilo de ansiedad a que se la quitara más deprisa. El muchacho quedó expuesto a la gélida brisa de febrero sin más abrigo que su tersa y pálida piel, aferrándose a sí mismo mientras notaba cómo a cada segundo el frio le resultaba más intolerable, y los temblores le iban fatigando la columna y la mandíbula. El hombre recogió la ropa del muchacho del suelo y la metió dentro del coche. Luego se acercó vacilante hasta el muchacho desnudo, y tras unos segundos dubitativos lo besó en la mejilla. Pero éste fue incapaz de sentir aquel calor fugaz, y continuó absorto en sus pensamientos.
El hombre le miró durante un instante, pero ya no pudo reconocer a su hijo.

 

-Volveré a buscarte por la mañana.

 

                Se subió al coche y se alejó con marcha decidida. No quiso mirar por el retrovisor. No quería ver al chico indefenso en el purgatorio de su existencia. Ya lo hizo una vez, y una vez era suficiente para toda una vida.

 

 

                La oscuridad se cernió con avidez por el entorno y pronto el chico quedó oculto en el manto de la noche. Sus sentidos se agudizaron y se percató de la menuda fauna nocturna que abandonaba sus madrigueras para dar paso a sus actividades nocturnas. El frio arremetió contra su cuerpo ajado, se acuclilló y se apretó los brazos con fuerza; más por miedo que por frio. Él siempre estaba asustado.

El recuerdo de su madre le atenazó el sentido por unos instantes. Hundió sus dedos en la gélida tierra y notó el tenue palpitar del mundo. Sus pensamientos se alejaron tan grácilmente como las nubes bajo el cielo. Sólo le quedó el terror primigenio que tanto se esfuerza el ser humano en ocultar, y el hiriente frio de la noche para un alma afligida. Pero así estaba bien. Los recuerdos tenían unos dientes afilados y la razón estaba tan llena de culpa que lo intoxicaba.

La luna apareció solemne tras las nubes y su luz espectral bañó tenuemente el páramo. Aquella luz calentaba y pronto dejó de tiritar. La primera punzada de dolor se originó en la columna, la piel comenzó a escocerle; notaba cómo el pelo comenzaba a abrirse paso por toda su epidermis. Apenas aguantó un momento en silencio, pero con el comienzo de los huesos quebrándose y reorganizándose el dolor se hizo agónico. Gritó, y el grito se convirtió en aullido.

 

El hombre puso las luces largas pese a que la luz de la luna llena alumbraba completamente la desértica carretera. Su hijo lo había abandonado ya, estaba seguro de eso. La luna se lo arrebataba cada plenilunio y se lo devolvía  cada vez más lánguido y consumido. Las lágrimas asomaron temerosas en sus ojos, pero sin atreverse a abandonar su refugio en aquella noche en que los demonios campaban libremente por la tierra.

El camino de vuelta al hogar era largo y puso la radio para intentar silenciar sus pensamientos. La voz del locutor se volvió un eco lejano y sólo quedó el recuerdo de un gruñido amenazante desde algún lugar del garaje. Pisó más hondo el acelerador y sus recuerdos quedaron silenciados por las curvas sinuosas de los barrancos. Concentrarse en la carretera era lo único que lograba mantenerlo sereno, mantenerlo con vida. 

 

El lobo saludó a la luna con su aullido y todas las pequeñas alimañas corrieron a ocultarse en sus  madrigueras. Los ojos de la bestia se clavaron en la nada con rencor y sed de muerte, y el brillo de sus corneas en la oscuridad hicieron temblar al viento. Comenzó a caminar por la tierra con la supremacía de su especia, pero se detuvo bruscamente a olisquear el aire. Un olor inusitado inundó sus fosas nasales. Un olor que despertaba un inconsciente deseo fatídico en el fondo de su ser. Guió su hocico por la tierra húmeda hasta dar con las huellas paralelas de unos neumáticos, y su inconsciente odio se tornó en furor.

La bestia le dio la espalda a la luna y siguió el rastro de las huellas.

 

 

La mujer acariciaba la cabeza de su perro distraídamente mientras miraba por la ventana. Nada podía helar su sangre de la misma manera que lo hacía esa luz cenicienta que bañaba el mundo. Siempre ahí, escondida hasta que llega la noche y muestra los dientes. El perro notó la tensión de la mujer y lamió su mano para darle algún tipo de consuelo, pero la mujer ya no estaba allí. Su mente miró atrás, hacia el pasado: la puerta temblaba, la casa parecía desmoronarse. Ella se aferraba a los brazos de su marido. Era incapaz de recordar los pensamientos que corrieron por su mente aquella noche; sólo había miedo, pavor… dolor. Los gruñidos amenazantes tras la puerta reclamaban su vida. Si no hubiese sido por el alba, en ese momento…
El perro se irguió y ladró hacia la puerta. La mujer contuvo el aliento y su pulso de detuvo un segundo hasta que su marido entró por la puerta.

-Ya se ha ido – le dijo con voz cansada a su esposa.

 

El odio se tornó en furia al final de su rastro. El pelo de su lomo se erizó y sus potentes extremidades profanaron la tierra con cada paso.  Rodeó la familiar madriguera de la presa en busca de una entrada. Percató algo. Se detuvo junto al porche con las orejas apuntando hacia el frente: los gritos de alguien avisando a su manada. La bestia atravesó la ventana y se encontró en aquel agujero apestoso frente a una criatura insignificante que lo desafiaba. Sus fauces lo acallaron con facilidad. El sabor de la sangre tibia le recordó otro tipo de hambre; miró hacia arriba. Escuchó un débil sollozo y él respondió con un gruñido bajo, pero lleno de irracional odio.
Subió lentamente las escaleras.

 

Sus ojos se abrieron con dificultad. Un dolor agujo bajaba desde su cabeza hasta la base de su cuello. Comenzó a moverse pero lo hacía torpemente, con angustia, con temor. Su mente se esclarecía y poco a poco iba reconociendo el entorno. Debía estar en el páramo, pero estaba acurrucado entre unas húmedas cajas en un rincón de su garaje. No, del suyo no; el de sus padres. Cayó de bruces contra el suelo e intentó incorporarse. En ese momento se percató de su desnudez y de algo más, algo que cubría su cuerpo: una fina capa de sangre lo envolvía casi por completo. Su corazón se precipitaba contra los barrotes de su prisión, su vista comenzaba a nublarse y su mente le suplicaba que no mirara.
No mires, no mires

Abrió la puerta y comenzó a correr entre las serenas calles aún mecidas por el alma. Corrió por instinto, sin rumbo. Sólo escapar. Pero su corazón ya agotado por el esfuerzo y el dolor de sus piernas le hizo desfallecer junto a unos contenedores de basura con la mirada clavada en el suelo; aferrándose a él desesperadamente. Al final había ocurrido. ¿Cómo podía haberlo permitido? Sabía lo que acarreaba su existencia, sus consecuencias… Era consciente de que tenía que haber tomado las medidas oportunas y no lo hizo.
El sonido de una mole de metal rodante le hizo desviar la mirada. Unas lágrimas escarlatas se deslizaron por sus mejillas.

Aguardó, tensó sus piernas, y saltó.

 

-Pues han tenido suerte.

El hombre sujetaba a su esposa por los hombros. Ella parecía ausente. Su atención se enfocaba en algún rincón de su mente. En aquellos sitios tan profundos que tan sólo pueden llegar sus habitantes. Pero el dolor que padecía lo testificaban sus brazos temblorosos y sus ojos secos de lágrimas.

-Una puerta blindada en el dormitorio –continuó el policía-, quién lo hubiera imaginado. El allanamiento que sufrieron la otra vez les tuvo que impactar bastante para meter todos los objetos de valor en el dormitorio y reforzar la entrada. Medidas un tanto drásticas… pero en fin. No desesperen, atraparemos al desalmado que le hizo eso a su perro.

La mujer alzó la vista hacia el policía. Sus labios temblaron un momento, sin dejar de escudriñar el rostro de aquel hombre.

-Sí que tiene un alma…

El policía no supo qué decir en ese momento. La mujer estaba más trastornada de lo que pensaba. Quizás debería buscarle ayuda. Quizás debería indagar más sobre el asunto de aquella puerta y la causa de que el perro fuera acuchillado de esa forma.
Sus pensamientos quedaron en el aire cuando otro policía se acercó a él y le susurró algo en voz baja. Éste asintió y volvió a mostrarse seguro y firme.

-Deberán disculparnos ahora, han atropellado a un yonki  no muy lejos de aquí. Va a ser una mañana movidita. Encontraremos al responsable, no se preocupen.

Los policías abandonaron la casa y quedaron en ella tan sólo sus abatidos moradores. La mujer se aferró a su marido con todas sus fuerzas. No quería hablar; no quería mirar…

-Ya se ha ido –dijo el hombre, y la mujer encontró más lágrimas dónde ya no creía que quedaría nada.

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  • Excelente su propuesta de terror, tanto en el contenido como en su prosa
    Hun vuen relatoh, sí señorr
    Un relato que engancha desde el principio y que mantiene el ritmo hasta el final, erizado de imagenes espeluznantes y dejando ver en esta ocasión no sólo la brutalidad de la maldición si no el aspecto humano y familiar del licantropo, me gustó si señor, felicidades
    Muy bueno. Me ha gustado mucho.
    Un gran relato de terror que consigue dar otra vuelta de tuerca al apasionante mundo de la licantropía. A destacar el notable nivel narrativo y la creación de imágenes literarias que sorprenden e impactan por su aterradora belleza y su inquietante originalidad. Frases inesperadas y feroces, como los zarpazos de la bestia que cada Plenilunio enfrenta su ancestral maldición.
    En algunos momentos me he perdido y he tenido que echar marcha atrás para recoger el hilo que se me había caído, pero en general me ha parecido un buen relato, ameno, fácil de digerir y bien escrito. Me ha gustado!
    Tienes la magia de envolver a la persona con cada frase, precioso relato. Gracias.
    Hola Ik, cuántas lunas sin verte... Tienes razón, aunque eres oficialmente el especialista en terror de TR, los demás maquinamos cositas que disfrazadas de candidez ponen también los pelos de punta. Esta claro que esta es la semana de los desalmados. Con el tuyo se confirma que madre no hay más que una :)
    Se dice que la Razón, por ser inmutable e impersonal, ofrece todas las garantías a los humanos. Aunque, jeje, se recomienda verificarla con los sentidos. Pero ¿y si éstos pueden espesar las tinieblas y abrirnos al abismo espantoso del escepticismo? Pues, entonces, habrá que leer al maestro Ik Hitch capaz de metamorfosear la Razón y convertirla en apariencia, y hacer de la apariencia un ¡yo te conjuro!, ¡yo te ruego! ¡yo te ordeno!, y ¡zas!, realizar el prodigio: ni un saquito de belladona, ni una cajita que contiene un hongo erizado de clavos y que se pone sobre el corazón, podrá evitar las imágenes del miedo, los dones extraordinarios de los poseídos cuyos ojos brillan en la oscuridad. ¡Ya estoy mirando a la cristalera, frente a la cual te escribo, porque me ha parecido que unas garras y hasta un gemido, que no un aullido, de alma en pena, estaba ahí dándole que te pego! ¡Tío, que me pones los pelos de punta!, jeje. Bueno, no hay que negar que sigues siendo el gran Ik que solucionó a Scotland Yard algunos de los casos más negros del Londres decimonónico por donde anduvo Wells, y cuyo talento tuvo que sufrir, en su menoscabo, el mismísimo Mr Hyde. Y aquí estás de nuevo, brrrr, ¡¡¡yo te conjuré y apareciste!!! ... Un texto extraordinario. Hubo una época en que la licantropía me apasionaba. Recuerdo haber leído 2 o 3 veces la fabulosa novela de Carlos Martínez-Barbeito "El bosque del Lobo" sobre el asesino Manuel Blanco Romasanta, y mito de hombre lobo que lo llevó a la muerte. También hay una película de Pedro Olea de los años 70, excepcional e insuperablemente interpretada por José Luis López Vazquez (R.I.P). Te aconsejo las dos, caso de que las desconozcas, aunque lo dudo. Un saludote y un abrazote, porque ahora si que me voy a la cama, no sea que... ¡joer, que estoy oyendo un aullido, y eso que no hay luna llena!. Buenas nochessssssuhhhhhhhhhhhhhh- stavros
    Todo está dicho. Magnífico relato. Saludos
  • Y otra vez...

    Reflexión mañanera.

    Bajo la luna había una laguna, y su luz espectral de plata cubrió la superficie. Pero bajo su opalescencia, un abismo inescrutable permanece, y ay del incauto que se guie solo por la ilusión que refleje.

    Habrá que limpiar estas telarañas.

    Breve narración sobre el lince ibérico.

    Ahhh, es secreto.

    Pese al bloqueo constante al que estoy sometido desde hace ya y la desidia que me causa la mortal primavera con su nocivo polen, dejo un pequeño escrito que logré supurar en un efímero momento de lucidez. Espero no se os indigeste :)

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