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La Luz Como Puerta
Drama |
26.07.15
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Sinopsis

La Luz Como Puerta

  Los fierros negros se plegaron y se volvieron a desplegar, dejando atrás al hombre con guardapolvo. Lo mismo quiso hacer con el silencio al cerrar la puerta de su casa, pero con sorpresa descubrió que él mismo siguió con su presencia espectral, en compañía de la oscuridad, ambos se distinguían nítidamente en el interior de cada habitación, todas salvo una, la del baño, que se hallaba cerrada, la luz que emanaba desde su interior se filtraba por entre los espacios del contorno del marco y extendía un halo por lo bajo del pasillo, al final del mismo. Así al vislumbrarlo como una visión extraña comenzó a caminar hacia aquel portal, no tardó en distinguir el sonido de una canilla abierta y el del agua rebalsando, a partir de ahí el camino fue a través de un charco. Sus pies mojados llegaron hasta el nacimiento de aquel resplandor, el cual los bendijo con su luz, luego su mano se posó sobre el picaporte frío y al girarlo y empujar, sus ojos se sometieron al mismo don divino, cegándolo por unos segundos.

 La imagen comenzó a aparecerse de a poco, lo primero fue la bañera, dispuesta a unos metros, con las cortinas corridas y el agua cayendo como una fuente; lo segundo fue la caja de somníferos sobre el lava manos. Arrastrando las suelas, el contenido de aquella pileta se fue haciendo visible, hasta que la tuvo en frente de sus rodillas, allí estaba la piel que sus manos añoraban, los labios que su boca deseaba y la mirada que sus ojos soñaban, solo que ahora no estaba dirigida hacia él, sino hacia la nada, hundida en las cuencas, desde el fondo de esas aguas.

Sumergió sus brazos con la ilusión de poder alcanzarla, pero lo que sacó a flote no fue más que un cuerpo inerte, así lo comprobó su razón al no distinguir más signos vitales que el silencio de su respiración y la quietud de sus latidos. Así lo percibió su corazón que al abrazarla y no sentir más que huesos fríos.

De esa forma siguió sordá a su voz e indiferente a sus llantos desgarrados y gritos de impotencia. Porque sabía que la había perdido, sin embargo el peso de aquella realidad no era algo que sus hombros pudieran soportar, por lo que la cargó en brazos luego de cubrirla con una toalla y la llevó a la cama, donde al tiempo que la presionaba contra su pecho, trató de revivirla con el ánimo de sus recuerdos.

 De esta forma volvió a su consultorio, del otro lado del escritorio estaba esa mujer que hablando como un susurro, se miraba las manos con los dedos entrelazados en tono de plegaria. Fue con el pasar de las sesiones que la fue conociendo, enterándose de su historia de abusos y adicciones, que se marcaron a pinchazos y moretones en su piel y dejando cicatrices de por vida en su mente. Pero fue en esta miseria que él distinguió la belleza de la pureza, la pureza del sentimiento que se, distinguía inconfundible a traves del quebradizo cristal de su mirada. No solo se enamoró de la misma, sino también que se volvió dependiente, de la heroína que para él eran esos ojos. De ahí en más no pudo dejarla ir, así las sesiones con esta mujer pasaron a ocupar gran parte del horario de toda su vida, en la cual canceló familia, amigos y ofertas de trabajo sólo para hacer todo lo posible para mantener en pie aquella obra de arte que tenía como huésped a la misma, sin embargo el peso de esta reliquia resultó ser más grande que el de su propia vida. La mejor prueba de esto la tuvo al despertar, en aquel cuerpo petrificado, repleto de manchas púrpura de lividez y con ojos hundidos en sus cuencas que se comenzaban a empañar bajo la sombra de la muerte. Primero volvieron los gritos pelados, luego los sollozos, la abrazó todavía con mayor fuerza, se sentía como una piedra contra su pecho, al poco tiempo estaba temblando.

 No tuvo otra alternativa que re internarse en sus recuerdos, sumergirse en su sueño, indiferente a la realidad, la cual con el pasar de los días, se fue hinchando y deformando hasta el punto de volverse irreconocible por efecto de la carne que se pudría entre sus brazos, que sin importar nada nunca la soltaron.

 Sus parpados se abrieron, la luz de la mañana entraba filtrada por las cortinas de la habitación, tiñendo la misma con un ténue dorado que le confirió un aspecto de altar de ensueños. Motivado por el paisaje y la suavidad de algodón que lo envolvían, se internó en aquel mar de sábanas. Fue en esta agua que distinguió una respiración serena, era ella que dormía a su lado. Lentamente se le acercó y extendiendo el dorso de su mano sobre su mejilla, produjo una caricia que a su paso fue dibujando una sonrisa en aquel rostro. Sus ojos no tardaron en abrirse y mostrarle el motivo por el que nunca la dejó ir, porque allí estaba aquella mirada, en cuyo brillo distinguió el sueño de su vida.

Luego de varios meses entraron al departamento, a esa altura el agua se escurría por debajo de la puerta de entrada. Pero lo que encontraron en el dormitorio les hizo arrepentirse de haber forzado la cerradura, sobre la cama un cuerpo en estado de descomposición avanzado, abrazaba a un montón de huesos.                    

            

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