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5 min
La Macabra Herencia
Drama |
26.01.15
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Sinopsis

Mi vida entera se ha visto eclipsada.

 Largo tiempo he sufrido vivir a la sombra de un magnífico genio. Un hombre sumamente extraordinario, no ha existido nunca individuo que elevara con tanta maestría y brillantez la categoría de genio. Tanto que hasta en ciertos momentos de incalculable asombro he llegado a cuestionarme si era humano.

Persona cuya genialidad abarcaba los inconmensurables campos del saber abordándolos con absoluta pericia y perspicacia.

Pero lo que resultaba verdaderamente inexplicable y lo que más de una vez me ha conducido hacía el borde de la desesperación, era la manera tan majestuosa con que se desenvolvía en el exuberante y maravilloso campo de la literatura. Leer sus palabras enriquecía hasta el más tosco espíritu y la magia de sus poemas transcendía a un auténtico milagro. Ello me intoxicaba de envidia y a la vez mi admiración por él me limpiaba de toda impureza.

Cielos ¿por qué? Dios, porque permitiste que tan privilegiado cerebro se hundiera en el negro tormento de su soledad. Él podría haber sido absoluta gloria y esperanza, nos habría guiado hacia elevadas metas que diesen auténtico sentido a nuestra existencia. No obstante ahora, sin él, dichas metas se presentan demasiado lejanas. Solo él comprendía el enigmático misterio de la vida.

Le conocí una tormentosa tarde de invierno mientras me refugiaba en la cafetería de la universidad. Él se encontraba absorto en sus pensamientos sentado en una esquina, apartado del resto de la gente. Solo su mirada, penetrante aunque taciturna, captaba la vibrante esencia del mundo.

Suele ser de mala educación mirar fijamente a un extraño. ¿no cree?- me sorprendió mientras le observaba.

  • Perdóneme, le he visto varias veces en clase y me llama la atención, siempre le veo solo.
  • La mayoría de la gente recarga sus energías entablando conversación, relacionándose con los demás. Yo en cambio lo hago entre la tranquilidad de mi silencio.

Hubo un silencio... y prosiguió

  • Pero no por ello soy un insociable. ¿Quiere sentarse y tomar algo?
  • Por supuesto gracias

El resto del tiempo de aquella tarde transcurrió ameno y nuestra conversación, cada vez más interesante, se prolongó hasta bien entrada la noche. Aquel excéntrico personaje tan afable y de oscuras ojeras atraía mi atención con gran intensidad. Su manera tan discreta al hablar podía parecer distante, pero a medida que hilaba las frases se percibía en su suave tono y palabras un cordial hilo de afecto,  que tejía mis pensamientos con sus brillantísimas ideas.

Pasaron meses y ya éramos auténticos amigos inseparables. No dejaba de sorprenderme su vivaz inquietud, constantemente hacia alardes de su genio en clase y todos los que le escuchaban amedrentaban en su interior el dañino asombro que les conducía hacia un inexplorado mundo. Oírle implicaba la destrucción de uno mismo y todo cuanto habían conocido para sustituirlo por nuevas e irrevocables ideas. Era un revolucionario.

Su destrucción de lo tradicional no implicaba la pérdida del término sino que nos guiaba, nos salvaba de este oscuro y confuso mundo en el que nos habíamos perdido refugiados en prejuicios y él nos encontraba, profundizaba en los abismos de nuestra identidad y nos renombraba, renovados en la clara luz de la verdad. Verdad que destellaba en sus ojos mientras hablaba. 

Hasta que un día sucedió la tragedia.

Compartíamos un pequeño piso de un salón y dos dormitorios. Él acostumbraba a trabajar recluido en la penumbra, decía que para encontrar la claridad primero debía abandonarse en la oscuridad. Nunca discutí sus manías. Pues yo veía nuevamente sus ojos brillar.

Hasta que un día le enviaron un retrato.

Era el rostro de una dama con la tez pálida y los ojos grises y vidriosos con idénticas ojeras a las de mi amigo. Entonces, cuando miró el cuadro, el destello de sus ojos se desvaneció y se derramó resbalando sobre sus mejillas. No me atreví a decirle nada, no pude. Nuevamente me asombraba aquel genio. Qué misterio diluviaba en su alma en aquel instante.

El abandonado destello de sus ojos humedeció el cuadro y la palidez del rostro pintado, se encendió iluminando la oscuridad de su cuarto. La chispa de su genio se perdió atrapada entre los trazos del cuadro. Desde entonces tan solo miraba el retrato y lloraba. La melancólica pintura enturbió su vívida imaginación y se dejó arrastrar abandonándose a oscuros páramos donde los rayos incendiaban los prados. Los tupidos bosques oscurecían su ánimo y hundía su corazón en el pantano de la miseria. Todas estas escabrosas y lúgubres imágenes aparecían escritas en sus nuevas obras, cada vez que las escribía empujado por el tenebroso poder que ejercía el cuadro. Sus nuevos poemas ya solo trascendían lo macabro. Una gélida chispa reflejada en la tormenta de sus angustiadas emociones.

Aquel retrato se había convertido en su loca obsesión.

Ya no iba a clase, nunca salía de casa. Cuando le hablaba nunca me devolvía la mirada y en ocasiones ni me respondía. Cruzó la fina línea que separaba al genio de la locura y se abandonó a la bebida. Hasta caer enfermo de melancolía.

Su último acto fue morir en su cama mientras miraba fijamente el retrato y murmuraba.

  • Ya voy hermana.

 

 

 

 

 

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