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3 min
La Mala Copa
Fantasía |
25.02.15
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Sinopsis

Sin darnos cuenta nuestra historia puede ser la repetición de otra. El personaje de este cuento debe tomar conciencia de esto, sino está condenado a repetirse una y otra vez.

La mala copa

Cinco centauros llegaron a la boda de una ninfa muy conocida por su dulzura. A la ninfa le habían aconsejado que no los invitara porque al embriagarse siempre hacían destrozos y echaban a perder cualquier fiesta.  Sin embargo, era una cuestión delicada porque los centauros además de rijosos eran hipersensibles: de no ser convidados, lo tomarían como una gran ofensa. 

A los sirvientes les fue dada la orden de servir vino rebajado con agua a estas grandes bestias, y a las demás ninfas, procuraran siempre sonreírles y no dejarlos con la palabra en la boca.

A la mitad de la cena, el centauro de ojos verdes se quejó del sabor del vino, lo que contribuyó a que se pusiera furioso cuando alcanzó a escuchar un comentario: “te lo dije, ya van a empezar…”

Los cinco centauros como si hubieran sido movidos por un mismo llamado, alzaron sus patas delanteras echando abajo la espectacular mesa con todos los suculentos platillos.   

Los gritos de los invitados hicieron despertar a Mauro, quien no soportaba el dolor de cabeza. No se acordaba como había llegado a su casa, mucho menos cómo se había hecho el hematoma en uno de sus ojos verdes; pero, ¡qué sueño tan extraño!,  pensó. Ya era la cuarta o la quinta vez que soñaba con estos personajes míticos.

Lo que si tenía en la memoria es que un día antes había sido la posada del Congreso del Estado. Su oponente estaba a dos mesas de la suya y socarronamente se reía de él.  Unas copas más fueron suficientes para tener el valor de bajarse los pantalones en frente de todos los asistentes y mostrarle a su contrincante ese par de nalgas blancas y pobremente dotadas.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, dos de sus amigos lo sacaron del recinto. De ahí, se fueron al bar de siempre.  Carcajadas y llantos; luego, las manos de la mesera que se querían zafar de las suyas.  De ahí, todo lo demás es blanco.

Por algunos meses surtieron efectos las amonestaciones realizadas por el Presidente de su partido; sin embargo, sería una infamia rechazar esa fiesta que habían organizado sus amigos más entrañables del Partido: Whisky etiqueta negra, comida, teiboleras, ¿qué más se podría pedir en la vida?

Al calor de muchísimas copas después,  Mauro se llevó a las dos mejores chicas de la fiesta. Agotado, cerró los ojos. Luego, percibió un olor a bosque.

En este bosque estaban dos centauros embriagados, acechando que pasara la reciente ninfa virgen que se había consagrado a una de las diosas griegas. Los dos gozarían de su cuerpo inmaculado. No contaban con que la ninfa era intuitiva y veloz.  Después de perseguirla a todo galope, la ninfa se subió a una roca donde tenía visibilidad de los dos monstruos. Con una precisión lanzó dos flechas, una tras otra, dando exactamente en la frente a uno de ellos, y al otro, el de los ojos verdes, en el mero centro del corazón.

En el último aliento del centauro de ojos verdes, se abrieron otros ojos verdes, sorprendidos, que yacían al lado de dos hermosas teiboleras.

Mauro supo de golpe que se le iba la vida, como se le irían otras muchas, ni más ni menos que por “la mala copa”.

 

 

 

 

 

 

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Muchas historias las he descartado por miedo a que no fueran lo suficientemente buenas. Entonces me di cuenta que tenía que vencer esa inercia: no tengo que escribir cuentos perfectos para publicarlos. El deleite está en compartir.

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