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9 min
La mancha
Terror |
14.11.16
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Sinopsis

Un hipócrita al descubierto.

 

La mañana en la que Ricardo al despertarse notó una minúscula y molesta mancha negra, como una pulga, en el centro de su ojo izquierdo, cumplía treinta y siete años como funcionario de «el Ministerio».

 Se había propuesto deslumbrar a las compañeras y compañeros de su negociado, así que «Richy», así lo llamaban, recién duchado, apuró su barba casi hasta la irritación cutánea y cubrió ese cuerpo de cincuenta y cuatro años que mantenía a base de gimnasio y  frascos inconfesables, con una pócima de cremas y perfumes de arcanos conocimientos. Se vistió con una cuidada descuidada camisa azul, un nuevo cinturón viejo que aguantaba un dejado pantalón de traje reluciente. Pasó unos minutos afeando los carísimos zapatos de piel de potro, dándoles ese tono rozado tan de moda. A gusto consigo mismo, se remató con la ajustada chaqueta de punto de color «naranja de noviembre» y fue a mirarse al espejo. La pulga de su ojo era realmente molesta y guiñó, giró los ojos y agitó la cabeza sin resultado antes de salir de casa.

El ascensor albergaba a la vecina del sexto, que le dio los buenos días y le dijo que creía que iba muy fresco para una mañana de finales de marzo: No se preocupe tanto por mí, vecina, y cuídese usted para seguir tan guapa como siempre {{Vieja estúpida, a ver si te duchas de una puta vez y te sacas ese olor a rancio}}.

Se intuía una mañana preciosa, «Richy» paró la moto delante de la panadería de María para recoger sus dos cruasanes recién hechos, como cada día. Pagó el gasto de la semana anterior con la tarjeta y al poner la moto en marcha se despidió: Hasta mañana, guapa {{A ver cuándo me sirves los cruasanes con el chocho}}.

Entró en el ministerio radiante, sabía que sus treinta y siete años de oficio no pasarían inadvertidos, él era «Richy», el que llevaba desde los diecisiete años en la administración. Fue directo a su mesa, puso el ordenador en marcha y puso al día la fecha del sello. Parpadeó repetidamente, le parecía que la manchita del ojo había crecido, y fue a mirarse en el espejo del lavabo. Ahora era como una mosca, se pasó la mano por delante del ojo y la mancha desapareció, pero al quitarla la mosca seguía allí, parecía que no estaba en su ojo; era como si estuviera delante de él. Miraba la mancha y abría y cerraba las manos en el aire queriéndola coger, hasta que un compañero entró meándose y «Ricky» decidió regresar a su mesa.

La jefa se acercó a él y lo felicitó por el aniversario, también le dijo que un compañero estaba de baja y que debería ocupar su puesto en atención al público. En eso eres el mejor; el más educado, y con más recursos para atender a la gente, dijo. Ricardo cogió una carpeta que tenía sobre la mesa y con una enorme sonrisa fue hasta el mostrador de la entrada. Clara, la compañera de atención al público lo saludó efusivamente, y «Richy» le hizo varias bromas sobre el día que les esperaba juntos. Clara rió abiertamente: Es «Richy», el funcionario más cachondo y simpático del ministerio, le dijo a la señora a la que atendía. {{Y tú la gorda sebosa más estúpida del mundo}}, pensó «Richy».

Andrés, un compañero, pasó a buscarlo a las diez, como cada día, para ir a almorzar. Eran inseparables, llevaban quince años almorzando juntos, hablando de fútbol, o de «Richy». Joder, es que eres el amo, dijo Andrés; aquí desde los diecisiete años, cobras más que la jefa y todo el mundo te quiere. {{Hasta un absoluto idiota como tú}}. Más tarde la jefa y Rosendo se acercaron, al día siguiente operarían a Rosendo de un quiste en la espalda que el hombre explicó con todo detalle {{Lástima que no operen de gilipollez}} y «Richy» tendría que cubrir su puesto durante dos días {{Sí, y una niñata de mierda como tú me va a obligar a pasarme dos días con los expedientes de este imbécil. Verás que gripe más guapa me cojo}}.

La mañana fue movida, mucha gente, así que Ricardo no tuvo tiempo para preocuparse de la manchita del ojo. No fue hasta última hora, cuando tras registrar la instancia de aquel ciudadano tan simpático {{puto negro de mierda}}, se dio cuenta de que la mancha tenía el tamaño aparente de la uña del dedo gordo de su mano izquierda. Se despidió de todo el mundo con sus bromas habituales y regresó a casa preocupado. Nada más llegar buscó en su móvil el número de cita previa con el médico, y concertó visita para el día siguiente. Envió un whatsapp al supervisor para decir que no iría al trabajo al día siguiente y se tumbó en el sofá con una desangelada ensalada de apio. Al rato, con el run run de la televisión se adormeció, esperando que dieran las siete para ir al gimnasio. A la hora exacta sonó el despertador del móvil y «Ricky» preparó la ropa y la bolsa, entró en el lavabo y meó, como de costumbre, delante de las fotografías de sus tres ex mujeres, que tenía estratégicamente colgadas sobre la cisterna. Se desnudó ante el espejo queriendo tocar aquella mancha en el aire que parecía un huevo de codorniz, y se preocupó; estaba apartando de su cabeza la idea de tumores cerebrales y esas cosas cuando, al levantar el brazo derecho, vio un lunar negro entre la tetilla y el sobaco, del tamaño de un huevo de codorniz. Se acojonó. Tardó un par de minutos en atreverse a tocarlo, estaba pálido, pero al fin el dedo índice de su mano izquierda fue a buscar aquel lunar. Cuando supo que no era un lunar, cuando el dedo se introdujo en la oquedad, cuando comprendió que era un agujero, gritó.

Tapó su torso con el pijama y se metió en la cama a las ocho y media de la tarde presa del pánico, pasando una noche eterna e improductiva de apenas tres o cuatro duermevelas. La tenue luz del alba se coló por las persianas a eso de las seis y cuarto y Ricardo, sin abrir el ojo izquierdo saltó de la cama para cerrar bien las ventanas; no quería luz, no quería ver. Aguantó hasta las diez. Tenía médico a las once y media y tres mensajes en el móvil. La mancha tenía el tamaño de una hogaza de pan, cerró el ojo izquierdo y contestó a los mensajes. Se quitó el pijama delante del espejo, pálido y aterrorizado, porque él sentía el hueco. Un agujero negro del tamaño de una hogaza de pan se abría entre su tórax y su abdomen. Lloró.

Acudió a la cita con el médico, con un gran esfuerzo y sin ducharse; una doctora joven a la que le explicó lo de la mancha, y a la que enseñó el agujero en sus entrañas. La mujer, tras auscultarle, preguntarle por su vida, su profesión y sus hábitos, le programó una analítica  y le dio un volante para el psiquiatra. «Richy» le dio una hostia en toda la geta {{Maldita puta, te estás cachondeando de mí}}. Le dieron la baja por estrés, una medicación y dos días de observación en un centro sanitario. Pero Ricardo era Ricardo, más listo que nadie y, a pesar de que la mancha aumentaba de tamaño al mismo ritmo que el agujero de su cuerpo, al que apenas quedaban brazos, piernas, cabeza y silueta, se comportó como se espera que se porte un cuerdo: obediente y serio.

Dos días después tenía el alta. Abrió una lata de cerveza y se sentó en su sofá, encendió el televisor. No veía la pantalla, delante de él había una enorme mancha, del tamaño de una persona. Apagó la tele y se metió en la cama. Durmió plácidamente toda la noche. Por fin descansaba.

Cuando sonó el despertador abrió los ojos y notó una contracción; era él, que se contraía. Se contrajo hasta convertirse en una pequeña mota, como una pulga, que miraba como la enorme mancha se duchaba y se vestía con su ropa; y se iba a trabajar.

En el ascensor la mancha se encontró con la vecina del sexto. La mujer le dio los buenos días y le hizo notar que iba más despeinado que de costumbre. Y usted va tan guarra como siempre, puerca asquerosa {{Pero qué coño dices ¿Estás loco?}}. La mujer dio un brinco, incrédula. Es usted un bromista, Ricardo, dijo poniendo una sonrisa forzada. Y usted una vieja rancia que ya va oliendo a cadáver {{Me cago en dios ¿Qué te pasa}}, pensó la minúscula manchita en la que se había convertido Ricardo.

Paró la moto en la panadería de María y cuando la chica le acercó los cruasanes la cogió de la mano, dándole la vuelta y agarrándola del culo. Este es el cruasán que me voy a comer, zorra, que lo sepas. {{Hostia, hostia, hostia…así no se puede ir por la vida, mamón}}.

Llegó al ministerio con el tiempo justo para dejarle claro a Clara que era una obesa repúgnate, fumadora compulsiva, sucia y descuidada; en resumen: una gorda de mierda, y dejarle claro a la jefa que necesitaba que la follaran tres negros para empezar a ser persona. Luego llegó la policía.

«Richy», incrustado en el cerebro de la mancha como una minúscula pulga negra, no pudo soportar la expulsión ni el rechazo social, así que una mañana, antes de que la mancha le agarrara las tetas a una señora que iba a trabajar, hizo un esfuerzo colosal y se lanzó a las vías.

 

 

 

 

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