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4 min
La mano negra
Varios |
13.12.12
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Sinopsis

480kmdepalabras.blogspot.com

La mano negra.

            Caminaba por una larga carretera. No se veía el fin. Sólo la carretera y los árboles a ambos lados. Era de noche y había luna llena. El frío erizaba el vello de sus brazos y andaba deprisa y ajena al mundo. Pensaba en como su vida había ido pasando, casi sin darse cuenta. En como había ido dejando cuentas pendientes con las personas que habían sido importantes para ella y, por uno u otro motivo, habían dejado de estar en su vida.

            Sumida en sus pensamientos escuchó el motor de un coche. Se asustó y su primer impulso fue caminar más rápido, como si fuese a ser capaz de escapar, pero no tardó en darse cuenta de que eso era inútil.

            Sintió como el coche reducía la marcha según se iba acercando a ella y se detuvieron a la vez. Lo observó detenidamente. Era una limusina negra, elegante y no muy grande. Las ventanillas eran oscuras y no podía ver su interior. Por dentro, el conductor, bajó su ventanilla y dejó ver una mano enfundada en un guante negro que hacía señas para que entrase. A la vez, se abrió la portezuela de atrás.

            La curiosidad se apoderó de ella y subió. Se sentía nerviosa y la incertidumbre le recorría todo el cuerpo en forma de escalofrío. Observó el interior: sillones de piel blanca y un minibar. También había una pequeña mesa plegable sobre la que había un vaso de agua con hielos.

            Se acomodó en uno de los sillones y se bebió el vaso de un trago. “¿A dónde vamos?”, preguntó. No obtuvo respuesta y, sin embargo, sintió la mayor paz interior que había sentido nunca. Estaba relajada y cómoda y no le importaba realmente su destino.

            Habían pasado varios minutos cuando el coche se detuvo frente a un edificio alto. La puerta estaba abierta. No sabía que debía hacer y no había nadie a quien preguntar, así que decidió pasar. Se encontró en una gran sala, a modo de recepción, donde había tres puertas más.

            Probó a abrir las dos primeras: cerradas con llave. En la tercera notó algo diferente, una sensación inexplicable. Sabía que esa estaba abierta antes siquiera de acercarse a ella. Comenzó a sentir de nuevo desasosiego, pero sabía que no podía darse media vuelta y marcharse a casa. Sabía que debía cruzar esa puerta y enfrentarse a lo que hubiese dentro.

            Se dijo a sí misma quién era y qué quería en la vida, se repitió su frase y abrió la puerta. Al otro lado se encontraban todas y cada una de las personas en las que había ido pensando al principio del camino: amigos de la infancia y la adolescencia, exnovios, familiares fallecidos, sus padres, su hermana y su novio.

            Nada más verlos se emocionó y miles de sentimientos antagónicos pasaron por su cabeza. No tenía claro que debía hacer, por qué motivo exacto estaba allí, pero sí estaba segura de lo que quería. Quería hablar con todas y cada una de esas personas. Quería que ellos supiesen lo que habían supuesto en su vida, para bien o para mal. Quería pedirles perdón por todo lo que había hecho mal con ellos. Quería tener la oportunidad de perdonarles lo que habían hecho mal con ella. Quería escuchar y sentirse escuchada. Quería saldar cuentas pendientes.

            No sabe cuánto tiempo pasó hablando con cada uno de ellos. Fue agotador física y emocionalmente. Pero cuando, a la mañana siguiente, o tal vez una semana después, despertó en su cama, descubrió que jamás se había sentido tan viva.

            “Bienvenida al resto de tu vida”, se dijo. “Ya no volverás a sentirte perdida”.

11 de Diciembre de 2012.

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