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5 min
La máquina
Ciencia Ficción |
30.04.15
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Sinopsis

La máquina jamás se detendrá.

El inarmónico ruido de los imponentes engranajes sobre nuestras cabezas, formando parte del mismo sonido grave e ininterrumpido de las turbinas recién engrasadas. Los escapes de vapor nocivo, resoplando en las alturas insondables para la vista humana. Reino tenebroso de la oscuridad impaciente que nos acongoja, nos domina y posee. Venenoso gas que inhalamos, pero a su vez necesario e irrenunciable para nuestra mera existencia banal. La cadena nos trae aquello a lo que los moldes de metal acuoso otorgaron forma, varios metros arriba, en los superiores estratos. Comprobando la firme sujeción del aparato radiactivo, mediante su vaina principal, a los anclajes del cuerpo del misil que frío llega a mis manos. Y debe ser la perfección, porque esa misma ha de ser posible, la única forma de que nuestro trabajo reciba los honores merecidos y nuestras vidas continúen. La fila de piezas orgánicas que formamos junto a la cadena, parece no tener ningún fin. Bajo nuestros pies, la rejilla se abre a un abismo de estructuras metálicas tenuemente iluminadas por los incandescentes destellos de las actividades desarrollados en las profundidades. Mucho más abajo, aún, de ello.

Pilares de tubos fuliginosos conquistan su legítimo espacio vital, conectan las distancias inaprensibles. La realidad se vuelve ante nuestros ojos un ente perceptible, aunque no demostrable.

Todo artificio es sustituible.

El ruido ensordece, en ciertos momentos del día, hasta el punto que no permite oír no los pensamientos más íntimos. Un torrente de chispas se derrama desde la lejanía, sin ser tal; igual un cable suelto, chispas por doquier iluminan la oscuridad. Las vainas proceden a su llegada, con la perfección en su ajuste metálico, natural, una tras otra se suceden sin detenerse. Son una presentación de hechos. Sueños en azul se apoderan de mi mente: miles de cañones colosales apuntan hacia el cielo, disparan sin vacilación ante nuestros enemigos, que caen uno a uno; de a cientos, de a miles. Eternos. La tierra se sacude. Luminiscencia blanquecina envuelta en llamas color ocre, noche y día se convierten en grana que no detiene mis ganas de vivir… y tengo que interrumpir mi marcha. Pensar no es útil para la máquina, entorpece el correcto funcionamiento declarado. No resulta un beneficio perceptible y por ello, he de poner fin a lo que en otros tiempos fue punto vital.

El daño no se puede reparar.

Fabricamos muerte. Fabricamos victorias. Una sucesión de creencias precede nuestra labor, pero las dudas no tienen lugar. Una tras otra. Lo compruebo y lo admiro, absoluta perfección.

Producimos muerte.

Confeccionamos victorias.

Creamos otras realidades.

Una agresiva explosión sacude los cimientos. Los pies intentan mantener el equilibrio predeterminado en su programación. Y no caemos. Un impacto alejado, estuvo cerca. Otro más, yo continúo. Durante unos pocos segundos, la oscuridad nos cubre e intenta perturbarnos, pero la cadena jamás se detiene. Poderío. Nuestras fuerzas redoblan su objetivo, compensan la insignificante pérdida de vidas. Aquello que no podemos conseguir, no existe como tal. Todo se logra, no existe el fracaso.

Me arden las manos, me duelen los brazos. Los ojos lloran y la piel se cae. Pero la cadena jamás se detiene. Inconfundible sonido de martillos alejados, sonando contra el metal del llamado sol naciente. Las planchas de acero descienden ante nosotros, y el martillo se dibuja entre mis dedos.

Un hilo de sangre desciende por mi nariz, cae sobre mi boca dejando un surco, pero no lo saboreo.

La cadena no se detiene.

Nada se puede desechar.

Creamos muerte.

Temperaturas extremas. Dolor quebrantable. Mis brazos ya son cubiertos por ampollas, parecen inservibles, un impedimento para conseguir el ansiado fin. No puedo tocar obras sin defecto, la cadena me manda retroceder. Nuevas heridas ante mi rostro se abren, supuran sangre negra, mi alma quiere huir. Caigo, mi espalda golpea la rejilla y mis huesos emiten un aullido. Me recogen, me arrastran, siento mi cuerpo reptar por el suelo, contra el metal. Y arden, no es frío, mi espalda se cae a tiras. La piel se queda en el camino.

Por fortuna, otras piezas ocupan mi sitio. La cadena nunca se detiene. La máxima virtud debe ser el fin, el objetivo sobre todo. Ella no percibirá la sustitución, ella no siente pero logra que tú si sientes. Sientes por ella, sientes por su dolor que en realidad es el tuyo. Se enmascara en una mentira, que ocupa tu mente.

La cadena nunca se detiene.

Fabricamos victorias.

Inicio el descenso, y veo la pieza ocupar mi lugar. Carcajeo de satisfacción y sé la función que ahora me corresponde por derecho.

Por pasajes abiertos, descendemos, no parecen tener fin ni término o principio. El metal dibuja ilimitadas estructuras, infinitas a la vista, asombrosas en su gloria. Nos estamos acercando. Lo siento, el ritmo que palpita las vibraciones de mi cuerpo, los pasos inseguros y las dudas del arrastre, lo siento. El fragor lacera mi cuerpo, apenas ya existe como esencia irreal, irreversible al dolor. El calor es suficiente para que la piel ya caiga a jirones, la intensidad roja quema mis ojos, pero nada de eso cobra relevancia. Ya hemos llegado.

Será el honor de mi existencia, vieja amiga, servirte de alimento. Corazón hiriente que devora mi sustancia de sujeto irreal.

Porque la cadena, nunca se detiene.

Fabricamos muerte.

Creamos victorias.

 

 

 

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