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5 min
La máscara
Terror |
15.09.15
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Sinopsis

Una historia que, aunque sea más o menos real, ha sucedido o puede volver a suceder.

      Hace ya tiempo, mucho tiempo, un rico labrador de Las Labores, pequeño municipio manchego, en su desmedido afán de ser más que nadie y de saber y controlar todo lo que ocurría en su pueblo, se fijó, una noche de gran tormenta con fortísimo aparato eléctrico, en un pobre hombre que andaba deambulando por una callejuela muy sombría. Quiso seguirle, pero cada vez que se acercaba a él, éste parecía desvanecerse y estar más lejos. Pasado un largo tiempo y cansado ya, el rico labrador se fue a su casa de labranza, donde la comodidad y la riqueza iban aunadas de la mano.

     Al cabo de varios días el rico labriego se olvidó de aquel hombe, hasta que llegó la época de la siembra. Era el mes de marzo y como todos los años el labrador fue a la plaza del pueblo para contratar, siempre engañando a los campesinos, para que trabajasen para él con jornales miserables. Ya la noche cayó con su manto ennegrecido y, cuando se iba a marchar, se fijó en alguien, ese alguien que le recordaba a una persona. "¿Quién será, de qué lo conozco?" se preguntaba  obsesivamente. Se acercó a una distancia prudente y le preguntó que si quería trabajar para él. El hombre misterioso, a quien solamente se le adivinaba el rostro, le contestó con voz trémula que sí, que lo haría pero con la condición de hacerlo por la noche y siempre él solo y que como pago, sólo quería aposento, aposento en el pajar de la casa semiabandonada que había cuatro leguas más lejos del pueblo.Escuchado todo esto, el ricachón empezó a reirse interiormente y con voz tan arrogante como altisonante le dijo que sí, que no había problema alguno.

     Pasaron dos semanas y una malsana curiosidad invadió la mente del rico labrador: "¿Qué hará todos los días en el pajar este esperpento? ¿Será que me quiere quitar u ocultar algo? ¿Quién tendrá allí de compañía? y ¿Cómo será su rostro?". Provisto de un buen candil se acercó sigilosamente, en medio de una abundante lluvia y un gran viento a la casa semiabandonada. Una vez dentro se introdujo en el pajar, alumbrando con el candil, el cual tenía cada vez menos aceite y se iba consumiendo más rapidamente: allí fue   encontrándose con múltiples utensilios de labranza, una horca, un arado, una criba..... Todos ellos envueltos en telas enormes de arañas con grandes y largas patas que allí moraban. Ya, cuando creyó ver la sombra de su jornalero, acercándose más y mucho más, se encontró con una máscara negra, muy negra, que cercana al último rincón del pajar, parecía que se movía, que tenía vida propia. "No puede ser, es irreal, es...." pensaba el aterrorizado labrador. Y proseguía diciendo "No puede ser que se mueva, es sólo una máscara". De repente la máscara empezó a hablar en un lenguaje ininteligible y con una voz muy ronca y profunda, dirigiéndose a la faz de su interlocutor: sus ojos eran rojos, su lengua viperina, sus facciones duras, muy duras, y su brillo, qué brillo, negro zahíno, el cual iba en aumento, casi en proporciones dantescas. El labrador, muy aterrorizado, no pudo más que salir huyendo despavorido del pajar, pero con la mala fortuna de tirar el candil, motivo por el cual ese lugar empezó a arder, quemándose por completo en poco tiempo.

     El labrador llegó a su casa aterrorizado, empapado, anegado, confuso, enloquecido y, sin mediar palabra alguna con su mujer, se encerró en la cámara cuya ventana tenía vistas al pajar de la casona abandonada donde visionó la máscara: grandes llamaradas y espesas humaredas se veía a lo lejos, pero lo que más le conmocionó y aterró fue ver que una sombra, la sombra gigantesca de una persona, con una máscara negra brillante, sus enormes ojos rojos y con voz grave y vociferante, se acercaba a su casa a gran velocidad.

     Al día siguiente, la mujer del labrador anduvo buscándole por toda la casa y, después de mucho tiempo, le encontró en la cámara, postrado en el suelo, yaciendo en sus propios orines, con la tez blanquecina, el gesto desencajado, los ojos vidriosos y emitiendo una risa gutural que parecía salida del más allá. Llamó su mujer al médico y lo único que pudo hacer fue llevarlo al frenopático de Ciempozuelos, donde en compañía de locos y deformes, murió enloquecido sin pronunciar palabra alguna al cabo de varios años.

     Treinta años después de aque desgraciado suceso, unos jóvenes borrachos, en plenas fiestas del pueblo, se acercaron al caserón derruido y encontraron una máscara negra, negro zahíno......

     Pero ésto ya es otra historia.

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