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29 min
La Minerva (Historias que vuelan, Historias de Escribanía).
Drama |
01.11.14
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Sinopsis

Un relato de una personalidad complicada. Enlace a Google Drive: https://drive.google.com/file/d/0B0hah8bqLLKvb3hNZk1QV0tLdGs/view?usp=sharing

La Minerva

Ella sale de nuevo de clase, con la bandolera volando a un lado suyo, que la pesa enormemente a causa de todo el peso que se ha echado sobre ella. Y por algún motivo extraño, su arquitectura corporal siente cómo la física también la ha llevado a encorvarse hacia el otro lado del que se la ha colgado; pero no es solamente por la bandolera. Tiene un humor de perros; odia aquellos días como aquél con ese maldito viento y esa humedad que se incrusta en los huesos como una cotilla. Siempre había sido chica de ciudad, de biblioteca o de archivo; y el campo, donde solía estar este ambiente, ella lo odiaba.

Mientras piensa en esas incomodidades de Pucela, el viento lastima su peinado milimimetrado —no para ser más guapa, sino porque le gusta el orden— y echa un gruñido e intenta, sin solución y obstinadamente, reconstruírselo —porque eso destruye su orden y su día calculado y ordenado—, así como el arqueólogo con unos restos antiguos; pero no le deja aquella fuerza física que parece controlada por algún tipo de hado divino, místico o lo que coño pueda existir, para joderla, con unas bocanadas que le recordarían a las provocadas por las bombas de la Inglaterra churchilleana. Ese enemigo odioso, invisible, impredecible. Bufa. Se cabrea con una pataleta. En alguna persona, ver aquella imagen, habría tenido gracia. En realidad, a pesar de ese carácter, tiene su gracia; y si no fuera tan gruñona y tan perfeccionista, así se lo parecería. Pero ella no lo veía así y prefería que la vieran como la “gruñona” —que era lo más fácil.

Camina hasta la parada, dentro de sus propios pensamientos, bum-bum, bla-bla, como hace habitualmente. Piensa en lo que tiene que hacer, en la Historia, y en algunas reflexiones, siendo de las pocas personas del Universo, y más según ella, que se considera especial, que tiene tales preocupaciones, y se las enreda tanto en la cabeza como el pelo que inevitablemente el viento quiere soltar; ella es de su mundo, ordenado, calculado y siempre exacto como los relojes suizos, ésos que la gustan tanto, y rompérselo es de tal dañino dolor que es quererse encontrar con su furiosa legión y sus águilas imperiosas de violencia sacra y justiciera. —Nadie querría verla enfadada.

[Visto desde fuera veríamos a un grupo de chicas, a alguna chica o chica separado o sin grupo; y luego, a ella, como refugiada en el hueco perfecto para no ser vista ni apreciada. Ella está a lo suyo, incluso visualmente, socialmente. Pues, con sus amigos no había incluso tampoco gran diferencia; la veríamos exactamente igual. Pasota, indiferente, cínica si habla.]

Se sube al bus, bastante lleno —aunque no demasiado en realidad—: ¡cómo odia “aquellas aglomeraciones”! Menos mal que hay un asiento libre, con vistas a la ciudad, lo cual la encanta. Disfruta viendo ésta por esa ventanilla del bus: divagar, pensar aún más, u observar el ordenamiento de ese Deus ex Machina de la civitas, cuyas gentes se mueven, supuestamente con libre albedrío, pero que desde ahí se asemejan a seres robóticos (al menos para ella). Le gusta y la odia esa idea. Quizás porque se ve reflejada en ese mundo, y en una parte de su esencia lo que le gusta es una vida en la que ir por libre, ir contracorriente, incluso contra sí misma, pero nunca lo consigue completamente; no consigue hacerlo, ya que también ama el orden y las rutinas, que la hacer ser como el resto de robotitos; no se rebela porque ella no es más que otra oveja, un brazo robótico de ese dios robot de la ciudad. Ella es un robot: hija del gran robot. El Gran Robot, con mayúsculas, podríamos llamarlo mejor.

Eso la angustia. Su corazón late y tiembla. No es ese temor que te hace moverte o retorcerte por culpa del shock; es un terror que la sobrecoge, que es más profundo y presiona su nervio y paraliza su cuerpo y casi su mente, la cual siempre corretea y está en constante movimiento y/o a mil revoluciones. Es también una calma tensa, una calma como la de los mares antes de una gran ola (la cual los valientes surfistas, o suicidas, aprovechan). Es esa calma reflexiva que da miedo, que da dolor como decía Baroja cuando afirmaba que pensar duele.

Por eso intenta quitarse ese “sentimiento” de la mente… Como si al corazón pudieran redimirlo, pararlo o domarlo con la cabeza. —A pesar de que sé, lector, que los sentimientos no son del corazón, la influencia cardiaca y sanguínea, que provocó la creación de esa bonita metáfora del lenguaje, tiene una enorme influencia y presión sobre la sique, las pulsiones y, en fin, todo sentimiento—. Es imposible; eso es imposible, una locura creada por tomar hasta sus últimas consecuencia del mensaje (la sofrosine) creado por los griegos, esos “grifones” que molestaban al lleno de valentía y sentir de Ricardo Corazón de León, y que sólo provoca neurosis en estos pueblos que los siguen. A los sentimientos no se pueden poner trabas. Se les puede controlar, pero siguen ahí.

Estudia segundo de Grado de Historia, destaca por sus notas pero no ante los grupos de la clase, esos grupitos, bandos o cortes. En todo caso, con alguno de los que va por libre y no son como el resto de grupos más hermético o banales, que cotillean o incluso parlan de esas noches legendarias, sus polvos, o futuros polvos; con ninguno de todos esos chicos y chicas que más que estudiar, allí buscan a uno o una que les alivie el sexo, que los relaje (la pulsión sexual) puesto que parecen no poder contener aquella explosión hormonal posadolescente. —Se dice que esto se debe a un argumento biológico: es la época de mayor vital sexual, de mayor fertilidad en las mujeres, las cuales se alterarían como locas, y los hombres se pondrían violentísimos hasta decir basta a causa de la pugna por éstas. Para ella no habría mucha diferencia entre personas y animales, salvo por el uso de la Razón—. «Ojalá estuviera en tercero, que parece más seria», piensa con cierta razón, porque, sí, son más serios, pero a ese curso también le cuecen habas…

Está harta de ese ambiente. Ella ha nacido para otro mundo, pero no, sigue en ése. Le gustaría ir a Gran Bretaña, a EE.UU, a Suecia, el mundo anglogermano en general, o en todo caso a Francia o Italia; y si fuera solamente por cambiar, se conformaría con ir a Portugal o Catalunya, que ya le eran diferentes a esa “estepa”. Sí, Barcelona estaría bien: los chicos catalanes, además piensa, no son idiotas como “estos mesetarios”. Aunque, como pasa en todas las clases, como decía antes…, seguramente crecen también habas allí; probablemente tampoco le gustaría al final, por su carácter; quizás no estaría a gusto en ningún lugar…

Últimamente, además, se pone irascibles por todo y por nada, e incluso con sus amigos, que la soportan, la dicen que si está con la regla (medio en broma, no tan en bromas), y que debe por tanto estar todo la vida con ésta… Y ni ella misma lo entiende: ni por qué dicen eso, o por qué se encuentra así como se quejan sus amigos…

No encuentra paz, y se enfada, y se tortura. No entiende nada. El mundo es tan complejo; te come en su inmensidad, en su misterioso choque de olas, esos asuntos que no se puede contemplar en un cuadro únicamente, en una ventana donde se pudiera ver el firmamento de la vida; ella está dentro de ese ser, y se siente levitar, siendo jugada en alguna partida…, sin poder evitarlo más que nimiamente. Y no la gusta. Y la pone de los nervios, como no la gusta estar a ella. Y quisiera estallar, pero no se puede, no se debe estallar. Y se queda, pues, solamente observando el “cataclismo vital”.

Se pregunta si en realidad quiere observar cómo se derrumba para ver qué sucede: si se levanta o no, como Europa al llegar a la Edad Media o tras las Guerras Mundiales; a ver qué sucede con esa “Guerra Fría” que ha proseguido después del Desastre.

Cuando llega a su parada, baja y piensa en lo aburrido que es todo lo que la obligan, tontamente, a estudiar en la Universidad. Odia aquello. Le emocionan más, incluso, los enfrentamientos con ese compañero cabezota con el que siempre se pelea “dialécticamente”. En cada debate o conversación histórica, filosófica o estética, e incluso, si así fuera, de esas maneras ex abruptas que suceden las cosas a veces, hasta en el arte de follar… Se habría peleado por eso con sangre, a pesar de no tener nada personal; ninguno de los dos lo tenían en principio; ellos en realidad disfrutan de las falsas peleas.

Cuando se ponen a defender sus ideas, sus discursos les recuerdan a Cicerón y a Catilina, cada uno posicionado según le conviene y quiere. —Catilina, claro está, siempre sería el malo—. Todo lo disertan con cierta seriedad pero siempre con gran hilaridad, a pesar de resultar aburrido para el resto muchas veces; «son unos cansinos», dicen algunos; otros ya ni les escuchan, como al principio, con esas discusiones que en inicio eran casi como boxeo.

Ella lo odia, es un repelente. Él piensa de ella que es una repipi y una sabionda. Pero sus caracteres son muy similares, salvo que él es una persona muy caliente: su sangre vibra y vuela por sus venas. Alguna vez él ha intentado entenderla, ver por qué se ponía tan a la defensiva; pero, en cuanto lo ha hecho, lo rechaza como una perra gruñéndolo. Y dice para sí: «¡Que la den!».

A eso…, a que la diesen…, lo temía. Nunca había salido con ningún chico, y la vez que intentó mantener relaciones sexuales, un coito sanitario con un tipo cualquiera, después de aquél prefirió mantenerse virgen. La da un terror terrible, aunque intente dar la facha de que lo desprecia, con ese desparpajo que enseña. Ni siquiera ha llegado a intentar a tocarse, no, no; la parece hasta asqueroso. Repudia el acto sexual, y el amor por reacción a esto. Pero… Ahí está todo eso…, levitando, como el mundo, el cosmos, la sociedadLo otro. Fuera de la esfera de su cosmos, otros planetas giran.

Nunca piensa en el sexo. O lo evita. Alguna vez tuvo algo a parecido a una pulsión en forma de poluciones nocturnas. Ni lo de aquel chico ni éstas quería recordarlas, prefería dejarlo en un cajón donde guardar todos sus sentimientos, resguardando un olor a podrido, como es propio de las cosas cerradas y que puede llegar a oler incluso a pura mierda después de tanto tiempo guardadas.

Entra en casa; saluda a sus padres, se mete a su habitación, sin más. Tiene que hacer cosas: trabajos; aunque, en realidad, podría hacerlos en otro momento, pero siempre desea mantenerse ocupada. E intenta hacerlo, pero no puede; de repente, no hay ganas, algo la bloquea. Y no sabe qué es.

Entonces abre la ventana de su habitación, respira y se queda puesta, mirando cómo el cielo azul lo invade casi todo, que casi parece invadir el mundo mortal y lo fuera a destruir con su enorme peso; pero no; luego, al bajar la mirada, subiendo su cuerpo y sus ojos, ésta ve lo contario, cómo se empequeñece el cielo cuanto más asciende y quiere observar el mundo de los hombres. Así, en esta posición queda, siente calma; aquello le es tan natural, que no sufre, lo disfruta incluso.

Imagina que se tendrá que acostumbrar. En esta vida el snobismo y las mistificaciones como ésta, como las de esas niñas tontas “imaginativas”, sólo te dejan más tonta aún que las que tienen pájaros en la cabeza soñando con lo más “terreno”; unas princesas sin príncipes; unas soñadoras que cogen la depre o lloran para nada; unas débiles mentales que no tienen sangre para esta puta vida, que es más jodida de lo que se creen. Ahora, la sangre le llena el cuerpo; el corazón, fuertemente, parece palmearla con su palpitar duro y rítmico, animándola a su baileante y caótico razonamiento.

No, todo eso sería la muerte cerebral. Ella quiere comerse la vida. A la muerte, pues, por añadiría: ya que la vida tiene como contrapartida a la muerte.

Se queda mirando el cielo un rato, quieta como en un cuadro de E. Hopper. De repente por el viento de la ventana siente frío. De repente se siente indefensa. Sola. Débil incluso. Ridícula también.

Pero se mantiene en su sitio, mirando con cierto sadomasoquismo, ya no la ventana, sino la oscuridad de sí misma y lo que la rodea (habiéndose transformado mentalmente, en su cabeza, aquel cielo en una representación de sus pensamientos); y la invade y no la suelta; se siente intimidada, aunque no puede hacer nada; todo ello en unos instantes paralizantes, infinitos; y, finalmente, el corazón en un puño, como congelado, lo que la provoca dolor en su interior. Ya sin poderlo evitarla, la ha atraído esa vorágine celeste que se ha convertido en su propio vacío, su agujero negro.

Quiere llorar en esa situación…, tan estúpida. Siente rabia. De sí misma.

Su corazón se relaja, se contrae y puede ya respirar con normalidad al rato. Esa Mano Negra, una figura mítica de la Castilla rural, que la había tocado imaginariamente hasta ahora, creaba ese fondo negro de oscuridades, y parece ya estar yéndose, desapareciendo. Parece que se ha escurrido, huido como una ladrona ladina, no se sabe adónde.

Algo la pasa. Sí. Algo que se la escapa de la cabeza. Algo que está pululando por la sangre cuando mana, con los nervios y sus sensaciones; que está entre sus entrañas, en el fondo de ellas; que está en su propia esencia, en su existencia. Como si fuera un cáncer, creado dentro de ella sin saberlo, sin tener conciencia plena.

Y tiene miedo. No puede ser valiente.

Intenta quitárselo de la cabeza; se pone a hacer sus cosas. Estudiar. Leer. Escribir de los romanos y cómo llegaron a conquistar el mundo, y sobre su sociedad, que a veces le es tan cercana, alguna vez extravagante, otra simplemente humana; de los carolingios y el Sacro Imperio Romano Germánico, cuando nace el feudalismo conceptualmente, las luchas entre Iglesia e Imperio, y cómo los campesinos y el resto de la humanidad (aun siendo nobles o no) les llega la hora en la más vil miseria y la enfermedad; en las herejías cátaras, husitas y aquel deseo “espiritual” de cambio, adorando al ídolo de Dios, y finalmente la Contrarreforma y la Reforma; y el Renacimiento, y el Barroco, y la Ilustración; y la Revolución Francesa, la Rusa, la de 1821, la de los años 48 del s. XIX o el Mayo del 68, ahora en otro deseo de cambio pero materialmente más justo, más terreno. Todo ello, ahora mirado con lejanía, la parece una serie de quimeras. Da igual si en cielo o en la tierra el Paraíso.

Claro que sin todo eso, ella seguiría en una cueva. Porque hubo una legión sangrienta, una Iglesia llena de monasterios protegiendo las obras para la eternidad, navíos que exploraran América, y pensadores que creyeron en ideas y/o en un fin utópico como si el mundo fuera una teleología, dirigido por un Demiurgo, como en un mito, dispuesto por el Destino. Visto aquel mundo del pasado con ojos de Oráculo, eso se podría pensarse o más bien creerse, que había un fin; pero en su tiempo, como en la actualidad, nadie sabe o supo qué ha o había de pasar: incertidumbre, como en la Revolución de la Gloriosa, de un lado el absolutismo y en el otro… el supuesto liberalismo (el cual tampoco se sabía si llegaría del otro lado, porque eran reyes quienes lo encabezaban, y muy autoritarios, sobre todo el holandés). Son sueños, pulsiones de los hombres que quieren realizarse y que provocan los cambios. Tenemos señales, como creían esos hombres del pasado en las estrellas, pero hay que ser escéptico. Ella lo es. “Los sueños de la Razón crean monstruos”, pero sin ellos nada existiría. Eso la da miedo. Incertidumbre. Pero pensar que otros se sintieron así, inteligentes, doctos, con conciencia del cosmos, todo ello en conjunto la calma, la agrada, los comprende, y tiene empatía…

Pensando en aquellas cosas, se la quita en parte ese sentimiento; el ser una pulga; el que no sea más que otro ser del mismo barro aristotélico del que nacieron peces y aves, para matarte y/o sobrevivir en manada. Ni cueva ni leyes absolutas “naturales” (como las de la Física o la Química, la Ciencia que por otro lado tanto la encantaba, como solución a casi todo, por lo menos lo físico y factible). Le quitaba el miedo, era un consuelo, un bálsamo de empatía frente a tanta estupidez, narcisismo (propio también), y casi se parecía a ese dicho de “consuelo de tontos”. De débiles, que no la gustaba. ¡Vida, vida, lucha, supravida[1]!

Siente cansancio: físico y síquico. Pensar duele, y cansa. Al poco, sus ojos se van cerrando y se queda dormidita. Duerme dulcemente, como cuando era niña. Como si ese sueño tuviera efectos transformadores —dicen que es en el momento en el que, por ejemplo, crecemos y nos volvemos más altos, curiosamente—; como de cuento, como sacado de Kafka. Su cuerpo empieza a sentir el cambio: fuerza y energía, vitalidad y alegría de nuevo. Un dormitar regenerador en todos los sentidos.

Ahora el color rojizo del atardecer recorre Valladolid, como si la quemaran o la insuflara vida con un fuelle (el yunque solar). Al despertarse con los rayos que caen como pequeñas lanzas ardiendo, esboza una sonrisita y luego bosteza. Aún siente el sueño encima, pesadamente.

Aunque es tarde, al pronto se decide a ir y se va hasta la biblioteca para coger un libro. Se camina, en un rato está allí y se pone a leer uno; lo saca éste; y ella y él se dirigen de nuevo a su casa, el nuevo y temporal hogar para el microcosmos de papel. Ya es de noche en este momento. Caminando por la calle se encuentra genial, repleta de vida y energía, en parte gracias a esa brisa nocturna y al paso ligero que toma y la permite que ésta la acaricie “con amor”. Es feliz así, con ese pequeño disfrute; piensa: «Hay que saber vivir y ser feliz con las pequeñas cosas».

Y ahora a acabarlo a casa, se dice. Se lo acabará en un par de días, no más, aunque éste es largo. Puede con eso y más, cuando ella lo desea, cuando se esfuerza.

En mitad del camino se encuentra con una vecina, que lleva muy mal eso de la crisis; aun así, hablándola ésta, mantiene una sonrisa (típica de quienes son optimistas hasta en el pesimismo). Ella no lo entiende.

La otra está convencida de que se “solucionará” (como por arte de magia, como se daban sobres…) todo aquello; en cambio, para ella el mundo es sombrío, no sabe qué sucederá, pero seguro que nada por arte de magia. Es demasiado “idealista” para ella aquella mujer. Piensa que lo más probable es que las cosas se calmen…, pero poco a poco volverán a empeorar. Si tienes un poco de mollera y entendimiento, lo ves. O quizás tampoco sin tener mucha.

  • Bueno, hija, es lo que hay; y ¿qué le vamos a hacer? —Resopla la mujer—. Esto es como el chiste que me dijo mi hijo el otro día.
  • ¿Cuál? —la pregunta sabiendo que el hijo, bestia como ninguno, sólo podrá decirla una burrada, con ese cinismo del castellano.
  • Que si fuera uno del PP hacia su “centrísimo” centro, se iría confundido a las Viudas y acabaría apaleado por los gitanos o por la gente trabajadora; y el del `SOE´, de tan izquierdas, que al final lo pillarían en el centro, en el Ayuntamiento, intentando a ver si con suerte se mete y se sienta en el butacón para apoltronarse en él.

A ella aquel `chistaco´ (como diría el hijo del otro también) sólo la deja una media sonrisa, peligrosamente rechinante, alarmada; la parece una chorrada, aunque… tiene hasta su verdad. Cosas de la mierda política. Esa chusma. La odia, a esa “casta” —y aún no ha surgido Podemos—. En España, piensa, nos van los dictadores; nos gusta que nos den de palos; que nos manden como conejitos. Para ella, los únicos medianamente decentes en la política española han sido Azaña, Pi i Maragall o Unamuno (todos ellos, a su vez, intelectuales, claro está), y hay que ver lo bien que les fueron las cosas…

La visión de aquella mujer la turba, imaginando estar en su sitio y pasar aquellos malos ratos, con sus hijos en paro, aunque su familia tampoco está para echar para tirar flores ni de perlas precisamente, pero igualmente tiene un ataque de empatía que la deja, de nuevo, sombría y cerca de nuevo de ese abismo en el que se había tambaleado recientemente. El mundo, o una persona, siempre podía caerse más al fondo; aunque hay un límite, y cuando se toca, entonces, sólo puede morir resignado o luchar con los dedos degollados deseando un mundo mejor.

Pero aquella lucha, ésa, insolidaria ella, que hasta entonces no había pensado generalmente en los “otros”, le da miedo. Vivir “matando”. Vivir muriéndose, pudriéndose por dentro. Vivir sola…

¿Acaso no es ésa su vida?, llega a razonar. ¿No es ese pozo en donde se siente al mirar aquella ciudad, celeste y oscura a la vez, utópica y distópica como la de Santo Tomas? ¡Tonterías! ¡No hay cielos! Mejor no tener de eso… No tener sentimientos. ¡Arrancárselos como en una escena shakespeariana el corazón! No, pues eso ya es muy del sentimentalismo inglés, norteño, germano; y ella, en realidad, es más como una griega, conteniéndose la furia y el ardor, o un latino que aborrece lo que los cristianos llamarían como pecados. La ilusión renacentista la asquea; el mundo es como es, siempre lo será, al igual que el cielo o el Infierno —el Purgatorio, como intermedio, sólo es para los bebés, que no tienen conciencia alguna—. Eso, ella tiene conciencia, todo es materialidad histórica, y no es precisamente marxista; es lo que hay.

A pesar de todo se tortura por alguna razón oculta. La Moral. Cosa de encéfaloplanos[2] carcamales. Radicales. Y todos “ésos”. Y a pesar de ello, debe de tener de eso.

Al alcanzar su manzana, a su derecha observa la luna, pequeña, redonda, que brilla como una perla argenta, que irradia luz como una sonrisa en una felicidad plena. En ese cielo sin estrella está terrible. Rodeada sólo de bloques de ladrillos rojos, oscurecidos hasta parecer sangre gangrenada, y que se dan un aire a gigantes que la tapasen. Muy antinatural y solitaria, es lo que da la impresión.

Luego dicen que la natura es hermosa, se va diciendo. Pues en este caso no. Como lo de las flores. ¿Esas cosas que se ponen pochas casi al instante y huelen a peste, sobre todo cuando se amustian, y…? ¡Ah!, asco de flores, grita en su cabeza. Mitología para jardineros. Alguien debería vencer a flores o arbustos de los poetas, y todo ese rollo. No entendía que lo malo de ello no era tanto la natura sino el artificio, las creaciones humanas, porque lo natural es nuestro, esencial, e inevitable; en cambio, lo otro se puede cambiar, lo cual también es bueno. ¡Tan inteligente y no colegir eso! Está tan enfrascada en lo suyo, en su mundo, que no ve el cosmos al completo.

Se sube a casa; saluda a sus padres; se encierra en su habitación. Misma dinámica. Se pone a leer. Se mete y no sale.

Deambula por la novela, no hay más. El mundo real, por unos instantes, no exista para ella, y es un alivio. No se tiene que preocupar por éste, que suele ser, sinceramente, un aburrimiento soberano. Un asco. Lleno de problema. Siempre los hubo, los habrá y hay, en principio y fin, desde el alfa al omega, en toda la existencia, en todas las vidas y universos (biversos o multiversos —¡por los dioses, cuánto ha de habrá, ¿no?—). Los libros son la expresión, metafórica, muy borgiana, de esto; son un deseo excéntrico, a veces de imitarlo, para querer (el imposible) de superarlo y sustituirlo. Cada palabra es un significado en sí mismo: para cada persona; y además, ese significado, metáfora de una cosa de nuestro universo fáctico, real, está intricado en sentimientos y valores más complicados, más interiores. —Amor es para unos una cosa física, para otros espiritual, o ambas; o tiene unos códigos, una moralidad; o unas rutinas…; o el recuerdo de un amor con minúscula, de una persona para con otra, que a su vez ésta desconoce la reciprocidad de éstos y su significado—. Este mundo sólo se encuentra ante tus ojos como una representación, que tú le has dado un valor, un significado, otra profundidad; y eso complica aún más el asunto. —¿Y a los demás, qué les importará?, es otra cosa que es importante, hasta dolorosa.

Ella busca una generalidad, como Borges al final, dentro de ese cosmos tan lleno de multiversos personales, y es imposible. No es nada esa palabra sin el sello personal, que también hace que lo entiendas. ¿Cómo encontrar la universalidad del mundo en la individualidad de un solo ser? Quizás eso le da miedo; por eso no lo piensa. Es imposible saber una generalización si encima el individuo no puede comprender el mundo que lo rodea, el del resto; ¿cómo sabes el sentir de los otros si es desde el autismo individual? ¿Cómo conocer un sentir general, una empatía, si no sabes llegar a las entrañas del otro, a sus palabras? Ella no puede y encuentra solución en la de las letras. Allí puede encontrar por lo menos un significado “superficial”. Nada en él, como lo hace ella en sí misma.

Cuando lo deja, vuelve a mirar por la ventana: ahora ese mundo, antes tan asfixiante, se le parece a un relato, a un cuadro, con aquellas farolas y la oscuridad jugando al “juego de las sombras”, un tanto expresionista; aquello le gusta, porque le da un aspecto de mundo escondido, tras la tela que cubre la escena que ha de salir a la función. Allí se pueden suceder mil cosas. Proyecta “su libro”. Por un momento se relaja con esa liberación, creyendo (-creando) algo. Aunque ella, se piensa, no cree en todo ello; porque es una escéptica.

La llaman a cenar. Es ordenada y respeta un estricto reglamento; lo come todo muy lentamente, masticando cada alimento con pulcritud y eficiencia, y nunca abre la boca, y mucho menos para a hablar con la boca llena; luego, deja todo en el lavavajillas y dice: «¡Qué rico todo!», agradecida sui generis. Es una niña buena. Los padres sonríen, satisfechos con ese simple y casi vano gesto.

Vuelve a coger el libro y se pone jazz de los cincuenta, a B.B. King o música clásica: ama la música posromántica como Chopin, sobre todo su Nocturno en Si Bemol Menor. Cuando suena, algo hace que se la erice hasta la piel, casi como si la fueran a salir las entrañas; se le clavan los alfileres que le sujetan la piel al cuerpo como estocadas, en gran medida sobre la espalda, ya que allí se ubica la médula espinal, el sistema nervioso, su autovía hacia la cabeza, donde se organizan todas las sensaciones.

Al ir cayendo cada tecla en su oído, su cuerpo se empieza a estremecer y se siente en otro lugar. Va sumergiéndose en lo que ha ido queriendo aletargar, sobre sí misma. Una terrible tristeza que, en ese instante, no puede remediar de modo alguno. Aquella habitación se vuelve tan fría, descendiendo y ascendiendo para volver a caer con aquellos manoseos musicales por su torre cristal, los cuales siente cuando el piano resuena por el dedo que impulsa fuerte y furtivamente la tecla, no sabe si para amarla o `joderla´ solamente, y ahora aquel sitio le parece no más que un zulo o una mala cárcel —no una de ricos sueca, que es lo que debería provocarla esa música—. La ahoga. Apaga la música casi al acabar ésta y se queda pensando. Levitando más bien. Se ha quedado en la música, en el pensamiento aquél en que la tocan, la intimidad, el interior, y casi cree que la rompen así. Eso la hace aquel cazurro con el que se pelea. Rompe aquello. Toca los cristales a veces. Sólo a veces, no como esto… Aquella música.  

No se puede mover. Ya no piensa en nada, en concreto al menos. Pero sí: sí que se mueven cosas, cosas que la dan miedo.

Vuelve a mirar por la ventana, como buscando, deseando algo en ella. Ahora la oscuridad, en cambio, la da miedo. Siente una necesidad de salir a andar y pasear.

Coge las llaves de casa y, con la excusa de querer despejarse la cabeza, cosa que es verdad y no miente, cosa que necesita, huye. Literalmente. Se huye, de sí misma. Quiere escapar. ¿A dónde? ¿Por qué esa sensación?

Observa cómo las sombras se comen a sí mismas y se superponen, terribles. Todo lo que piensa o siente se le parece a eso, un terrible comer, que la come, que la tritura, como cuando ella, ordenadamente, se alimenta en esa cena parca.

Se va hasta un puente desde donde puede ver por debajo cómo pasa el tren traqueteando por las chirriantes vías y con su propio ruido de pesada máquina de hierro. Se aleja la mole que rompe el silencio, el cual deja después de su carrera, y en el que se sumerge ella. Hoy no pasan gente de un lado ni del otro. Aquella fisionomía de la ciudad queda, no sabe por qué, la aterroriza. Tiembla. Está blanca.

En esos momentos cualquiera llamaría a un amigo o a su pareja. Ella simplemente se queda mirando la pureza y la soledad del hierro y el ladrillo que dan forma a aquella parte de la urbe. Mientras, su aspecto desde lejos se asemeja de nuevo a un cuadro de Hopper. Aunque en este caso nada íntimo, sino otra cosa, más expresionista, más barroco incluso. Ella no parece más que otra luz que ilumina aquellos puntos lejanos de cada lugar del urbanismo, a como lo harían o lo hacen (si hubiera en ese momento) las estrellas del firmamento, y que ante los ojos se empequeñecen desde tanta lejanía, casi infinita a pesar de saber que hay un límite: el punto mismo de partida, el que ocupa ese ser. Pero ¿qué más da desde allí si es punto de luz o persona? No se sabe.

Ella es una chica alta, larguirucha, morena, cuya única acompañante es esa mala ciudad dormida. Y si nos acercamos, vemos sus ojos brillando como dos luceros temblando cuando van a caer al firmamento. A veces, el efecto óptico nos hace ver de ese brillo algo que se trasluce y forma como mil microláminas, microcristales, microdimensionales que se confunden y forman una única de su iris y su ojo. Aquello se debe al agua de una lágrima. Está llorando como una niña tonta.

 

[1] Más allá de la vida sería, semejante al plus ultra. Un concepto sacado de José Antonio Marina, pero que encajaría en la mentalidad nietzscheana.

[2] Encéfalos planos…

 

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