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17 min
La mirada vacía 4 de 7
Suspense |
06.04.13
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Sinopsis

Parece que sale el sol. Feliz fin de semana a todos. Y aquí va la cuarta parte.

La tarea resultó pesada y aburrida, pues la mayor parte del tiempo lo único que hacía era contemplar la calle vacía. No podía adormecerse, ni entretenerse con nada que no fueran sus propios pensamientos, venciendo el sueño a fuerza de café, añorando también su pasión recién estrenada. Pero noche a noche fue recopilando datos.

    Hagi, el camarero, salía junto a otras dos compañeras sobre las cinco y cuarto todos los días menos los martes, que libraba. Casi un cuarto de hora después salía su jefe acompañado de la morena de ojos verdes, la otra camarera, a la que metía mano descaradamente mientras se dirigían al garaje. A veces se retrasaban en salir con el auto, seguramente que arrastrados por el ardor de las caricias terminaban follando en el mismo garaje. Les daría morbo, porque en la taberna podían desfogarse sin que nadie les molestara.

    Asiduos también de esas horas eran un carnicero, camino del Mercamadrid a las cuatro y veinte, un vigilante de seguridad que hacía el cambio de turno a las cinco en la fábrica que vigilaba, y un panadero que empezaba a las cuatro y media el tajo en la tahona, el más madrugador de todos. De cuatro y cuarto a cuatro y media pasaban dos furgonetas que repartían prensa y venían del Ministerio de Trabajo, con próxima parada en el Palace. Y a horas dispares pasaba un mendigo que dormía en el entrante de una charcutería, sobre una rejilla que despedía el calor de los motores frigoríficos ubicados en el sótano.

    La policía fue obteniendo todos estos datos a partir de las anotaciones que les entregaba Javier. También les indicó la situación de una cámara de vigilancia de una tienda de antigüedades que a simple vista no se veía y que pudo haber registrado algo, pero las grabaciones eran de video y se borraban cada treinta días, así que por ahí no hubo suerte. Había una persona a la que los compañeros de Galo no consiguieron localizar, que no guardaba un horario fijo y que ni siquiera pasaba todos los días, al menos en la franja horaria que cubría Javier. Así que decidió abordarlo el mismo a la primera oportunidad. Tuvo que esperar seis días.

    Se llamaba Roberto, tenía veintiocho años, casado, con un niño de un año, y trabajaba por horas en el Agualuna, un pub de la calle León. Como vivía en una bocacalle de la Ronda de Atocha realizaba el trayecto a pie. Tenía un turno de seis horas, de ocho de la tarde a dos de la mañana, libraba los lunes y echaba horas cuando el aforo lo requería, normalmente los jueves, viernes y sábados, hasta que clareaba la clientela del local. Pero antes de conseguir esa información Javier tuvo que abordarlo en plena calle a las cuatro de la madrugada, con la mejor de sus caras, las manos bien visibles y el recelo dibujado en el rostro del camarero.

    ―Perdona que te moleste, pero estamos buscando a esta chica. Es la hija de un amigo. Desapareció hace un par de meses y el último sitio donde se la vio fue aquí, en la zona de Huertas.

    La fotografía mostraba a Sasha con la misma indumentaria que vestía el día que desapareció. Roberto la tomó entre sus manos y la examinó con atención.

    ―La conozco, es la chica de la moto.

    ― ¿A qué moto te refieres? ―preguntó Javier.

    ―Pues una de paseo, tipo Harley, pero no se decirte si era de esa marca, solo me fijé en la chica, llevaba la misma ropa de la foto. Yo venía de currar y ella salía de ahí ―señaló la taberna irlandesa―. Me quedé mirándola porque estaba buenísima.

    Javier le invitó a tomar algo en El Clan de los Dublineses. Roberto pidió un Jack Daniels y él le acompañó, deseaba celebrar la buena noticia: ¡por fin una pista!

    ―Continúa ―le dijo después de pedir la bebida―. ¿Qué pasó cuando salió de aquí?

    ―La esperaba un motero vestido de cuero, o de lo que sean esos trajes negros que llevan, con el calor que hacía. Llevaba el casco puesto y tenía otro en la mano. La chica salió, se fue directa a la moto y subió. Cuando pasó la pierna por encima vi que llevaba un tanga diminuto, parecía que no llevase nada, y la mini se le subió hasta las caderas, por eso me acuerdo de ella. Se percató de que se me iban los ojos y me sonrió. Me hubiese quedado allí quieto  contemplando el espectáculo, pero no quería problemas con el motero y aceleré el paso. Cuando pasaron a mi lado ella iba detrás, bien agarrada y con el casco puesto, y me llamó “tío bueno” entre risas. ¡Menuda hembra!

    ― ¿Recuerdas el día que la viste?

    Se quedó pensando sin mirar a ninguna parte.

    ―En Julio, antes de las vacaciones. La última semana de Julio.

    “El día de su desaparición” concluyó Javier. Todo coincidía.

    ― ¿Cómo puedes estar tan seguro? Han pasado dos meses.

    ―Porque fue justo antes de las vacaciones. Además, fue de esas veces que le ves el culo a una tía y te pones a cien. Llegué a casa con un calentón y me empleé a fondo con Tere, y recuerdo que luego estuvimos hablando de que nos quedaban dos días para irnos a la playa.

    Hagi les sirvió las copas.

    ―Pues salió su desaparición en los telediarios ―apuntó Javier―. Y esta misma fotografía se expuso en todos los locales de la zona. Seguro que en el tuyo también. Que raro que no te enteraras.

    ―En casa no vemos el telediario, solo las series y las pelis en los canales de pago. En cuanto a los baretos de por aquí, no paro normalmente. Y como me fui de vacaciones seguro que el que colocaron en el Agualuna lo habían quitado para cuando regresé, están poniendo continuamente carteles de todas clases. Seguro que Jaime, que está al loro de todo, podría decirte.

    ― ¿Es el jefe? –preguntó Javier.

    ―No, el encargado.

    ― ¿Recuerdas como era el motero?

    ―En el rostro ni me fijé. Pero era poca cosa, como el Pedrosa.

    ― ¿Reconocerías la moto en una fotografía?

    ―Lo puedo intentar, aunque no prometo nada.

    Un ramalazo de inquietud se apoderó de Javier. Abril usaba un traje de cuero negro cuando montaba la Harley, y con el casco puesto encajaba en la descripción. Claro que Alberto, el amigo de Sasha, también era motero y tanto el uno como el otro tenían amigos que paraban por la taberna irlandesa, solía haber motos aparcadas en la puerta. Lo mejor era no precipitarse. En cualquier caso el testimonio del camarero suponía sacar la investigación del punto muerto en el que se encontraba. Tomó los datos de Roberto y le dijo que la policía querría visitarlo, que no se preocupase, que si gracias a su testimonio averiguaban que había sido de Sasha recibiría una gratificación. Terminaron las bebidas y se despidieron con un apretón de manos.

 

    La Carioca se había despertado a media noche. Si Javier se enteraba podía interpretarlo como una falta de confianza, lo más inadecuado para el comienzo de una relación. Pero es que el gesto era inconfundible, el mismo que hacía su marido. Bueno, su difunto marido. No podía decir que no supiese de la vida cuando conoció a Ricardo, cercana a la treintena estaba, lo que ocurrió es que él era demasiado bueno en el arte de embaucar. Alto, apuesto, de labia larga, seducía sin intentarlo. O mejor dicho, sabía el efecto que producía en las mujeres y hacía como si no lo supiese. Era un vendedor nato. Trabajaba en una compañía de seguros y era de los mejores, y con esa misma labia con la que convencía a los clientes la sedujo a ella con un mundo de ensueño que empezó a desdibujarse apenas pasado un año de casados, a medida que descubría que toda su personalidad no era sino fachada y apariencia, un héroe de cartón piedra entregado a sus debilidades. Tan creído de si mismo que ni se le ocurrió pensar que dudara de sus mentiras: continúas ausencias para atender a sus clientes, cenas de negocios que tan solo eran excusas para correr tras otras faldas… si hasta muchas de sus pólizas conseguía rubricarlas entre las sábanas. Y no es que no la mirase a ella, pero era incapaz de vivir sin las otras. El que mucho abarca poco aprieta, de manera que comenzó a tirar de coca para aguantar el trepidante ritmo de vida que se había impuesto, convirtiendo al hombre deslumbrante en una pálida sombra que acabó estrellando su deportivo contra una mediana que le segó la garganta acabando con su vida, apenas dos semanas después que ella le planteara su decisión de divorciarse, recién cumplido el lustro de matrimonio,  burocracia salvada por la parca. Y en el último año, cuando su dependencia de la cocaína empezaba a minar sus facultadas, cuantas veces le había visto hacer aquel gesto que afilaba sus fosas nasales con los dedos, el mismo que viera hacer a Abril cuando la conoció en la taberna irlandesa. Pero temía que diciéndoselo a Javier este lo interpretara como un acto de despecho, o como un intento de venganza. Por eso se lo comentó a Galo, que entendió su proceder, habiendo drogas de por medio quizás tuviera que ver con la desaparición de Sasha, que lo investigaría. Aún así, no podía dormir, no estaba tranquila, tenía que contárselo a Javier.

 

    Javier se despertó a las diez, apenas había dormido cuatro horas. Telefoneó a Galo y saltó el contestador, así que le dejó un mensaje. Seguramente estaría reunido. Pese a sus temores de la noche anterior no podía creer que Abril estuviera implicada en la desaparición de Sasha, aunque sí que podía saber quién era, quizás con la descripción que le había dado Roberto pudiera reconocerlo. La llamó y le explicó que quería hablar con ella, que había un testigo que había visto montar a Sasha de paquete en una moto y que quería su ayuda para identificar al conductor. Se mostró solícita y concertó una cita en su domicilio, que prepararía algo rápido y comerían juntos. Javier mostró reticencias por lo de reunirse en su casa, pero ella le dijo que le venía mejor y que tranquilo, que no pensaba acosarle.

    Tras acordar la hora de encuentro con Abril llamó a la Carioca para decirle que estaría ocupado durante el día, pero que se pasaría aquella noche por su casa y le contaría, sin concretar más, que tenía ganas de verla. Después se tomó un vaso de leche y un café y salió a la calle, aprovecharía el tiempo para pasarse a recoger dos nuevos proyectos que tenía que diseñar.

    A las dos llamaba al timbre del chalet de Abril, en la zona de Arturo Soria. Si no acosarle sí que se propuso ponerle los dientes largos, porque le recibió con una batita de seda roja bajo la que se marcaban descaradamente los pezones y que exhibía toda la esplendidez de sus piernas.

    ―Me has pillado saliendo de la ducha. Ven, sentémonos.

  Y le llevó hasta el enorme sofá de cuero gris. Efectivamente recién salida de la ducha, desnuda bajo aquella minúscula prenda pero manteniendo las distancias, era como si le despreciara a la vez que le decía: “mira lo que te estas perdiendo”. O quizás no, porque su interés sonó sincero cuando le pidió que  le contara lo que había averiguado. Javier se centró en el testimonio de Roberto, en especial en la descripción del motero, por si coincidía con alguno de los que conocía Abril.

    ―Estarás contento ―dijo ella con voz queda.

    ― ¿Por?

    ―Por fin podrás averiguar lo que le pasó a Sasha.

    ―Al menos se abre una posibilidad de avanzar. ¿Tienes idea de quién puede ser el motero?

    ―Hay uno que coincide con la descripción. Así, menudo y con un traje similar al mío. No es de los asiduos, pero aparece algún fin de semana con una Harley clásica.

    ― ¿Es amigo de Alberto?

    ―No sé decirte, pero alguien tiene que conocerle. Pregúntale a Hagi. ¿Qué te ha dicho tu amigo el policía?

    ―Aún no he podido localizarle, pero le he dejado un mensaje. En cuanto esté libre me llamará.

    ―Vamos a la cocina.

    Comieron spaghetti con tomate y una ensalada de canónigos con aguacates, acompañados de un poco de albariño. Javier no se sintió incómodo en ningún momento porque Abril llevó todo el peso de la conversación, sobre el viaje a Venecia que tenía pensado en otoño, de si pensaba ir a Estoril aunque él no la acompañara,  preguntándole por la Carioca, dónde la había conocido y si pensaban vivir juntos, que si ya sabía lo que había averiguado Javier, y entre risas que su oferta para convertirse en su amante seguía en pie, pero en una actitud desenfadada, sin intentar ningún acercamiento.

    Javier pensando que no podía tener aquel cuerpo tan hermoso cerca, que era una tentación que no estaba seguro de poder resistir siempre y que lo mejor sería largarse cuanto antes. Ella diciéndole que les quedaba el tiempo justo para tomar café y dos cócteles margarita que tenía preparados en el frigorífico.

    ― ¿Entonces no le has dicho a nadie lo que vio ese camarero? ―y le sirvió el café, la batita abriéndose más de lo conveniente, dejando ver uno de sus pechos al inclinarse para servirle.

    ―No ¿Por?

    ―No sé, no sabes en que situación se puede encontrar la chica, quizás el tiempo sea importante.

    Pero que pechos más tentadores, tan al alcance de sus manos, que distrajo removiendo el azúcar.

    ―Dudo que unas horas puedan suponer una diferencia, pero en cualquier caso la vía de actuación más rápida pasa por Galo ―y bebiendo el café demasiado caliente, para apartar su imagen de la vista―. Me extraña que no me haya llamado ya.

    Abril le condujo al sofá para tomar los margaritas. Javier agradeció que dejara espacio entre ambos y que se disculpara para ir a ponerse un vestido verde, corto pero menos inquietante que la batita. No sabía si por efecto del vino o por la falta de sueño, o quizás por una combinación de ambos mezclados con el mullido sofá, pero mientras ella le contaba de cuando un amigo mejicano le enseñó a preparar el cóctel margarita sintió un profundo sopor.

 

    Despertó sobre la alfombra, desnudo, pero atado de pies y manos, las manos a la espalda. Demasiado bien atado para tratarse de un juego erótico. Abril le contemplaba desde el sofá, con un vaso bien lleno de lo que fuera, posiblemente tequila, su alcohol favorito.

    ― ¿Qué se supone que hago atado? ―preguntó Javier.

    Ella tenía la mirada perdida más allá de los ventanales.

  ―Quería montar en la Harley ―dijo―. Primero me negué, ya sabes que no monto si he bebido, pero insistió mucho y a mí me apetecía tirármela, así que vine a por la burra y me pasé a recogerla.

    Javier olvidó por un momento la situación en que se hallaba, quería conocer la verdad.

    ― ¿Tirártela? ¿A Sasha? ―preguntó incrédulo.

    ―Soy bisexual. Y las princesitas como Sasha me encantan.

    No era momento de indagar sobre su sexualidad.

    ― ¿Por qué la llamaste desde una cabina?

    ―Me dejé el móvil en el garaje…supongo que a causa del alcohol. En realidad no tendría que haber cogido la moto.

    Hablaba sin mirarle.

    ―Y ella tampoco estaba en condiciones ―prosiguió―, pero quedamos en que la dejaría conducir por la mañana y me la traje aquí. Bebimos, bailamos, pero aún no estaba a punto, ya sabes que eso se nota. La tanteé, pero era evidente que no adivinaba mis intenciones. Contaba con ello pero confiaba en seducirla. Una buena dosis de pócima de amor mezclada con éxtasis, los cuerpos desnudos, el baile sensual…la historia de siempre, nunca falla, y Sasha me gustaba, me gustaba mucho. Cuando me pareció que estaba suficientemente desinhibida me lancé y ella me recibió con cierta sorpresa, pero con agrado. Nos enrollamos. Se entregaba con entusiasmo, le encantaba recibir placer, y se corría que daba gusto oírla. Tuve que enseñarla para tener mi parte, y resultó una alumna aplicada. Fue una delicia tener entre mis brazos un cuerpo tan joven y hermoso. ¡Un maldito accidente! Fue a la cocina a beber agua, el suelo estaba mojado y resbaló, cayó de espaldas y se golpeó la nuca contra una mesita de cristal. Se mató.

    Bebió un trago en medio del espeso silencio que había provocado.

    ―Fue un accidente ―repitió.

    ― ¿Y por qué no avisaste a la policía?

    Regresó la mirada hacia Javier

  ―Me entró el pánico. Me imaginé saliendo en los periódicos, en la televisión, perdiendo mi empleo y mi forma de vida, todo lo que he conseguido con tanto esfuerzo, por culpa de un maldito accidente. Y todo para nada, porque Sasha estaba muerta y nada iba a devolverle la vida.

    ― ¿Y qué hiciste con ella?

    ―Pensé en montarla en el coche y tirarla en el campo, en meterla en el congelador del sótano, en enterrarla en alguna parte. Pensé en un montón de cosas y todas me asustaban, me sentía como si la hubiese matado yo. Estuve un par de horas sin saber qué hacer. Entonces me acordé de Alejandro y le llamé.

    ― ¿Quién es ese?

    ―Un amigo. Hace años pasaba coca, otra de mis aficiones de las que no te he hablado. Ahora se dedica a otras cosas y conoce a mucha gente, gente difícil de conocer. Cuando mi hijo tuvo la última crisis y necesitaba un corazón del que no disponíamos me puso en contacto con unos chinos que se comprometían a proporcionarme uno en veinticuatro horas, así como a un médico dispuesto a realizar la operación. Era caro, muy caro, pero mi única esperanza. Desgraciadamente cuando me dirigía al banco para sacar dinero me llamó mi marido diciéndome que mi niño había muerto.

    Asomaron lágrimas a su rostro. Se las limpió con la mano izquierda y apuró la bebida que le quedaba. Luego tomó una botella de Viva México que tenía a sus pies y volvió a llenar el vaso.

 

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

http://www.facebook.com/JoseLuisDuran.ENDER y http://ee-ender.blogspot.com.es/

 

 

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  • Apuesto por Carioca, los demás son relumbres, como el de la moto y el de la coca.
    Vaya giro más inesperado. Me gusta el retrato de los personajes tan extremos. La verdad, cómo está el patio.
    Una intriga fascinante con final inesperado y muy realista en las descripciones de personajes y situaciones,gente viciosa,tal como son.
    La intensidad del suspense sube, sube, sube. Te sigo leyendo amigo
    :O orales desde que apareció esta susodicha abril, coqueteandole a nuestro protagonizta supe que algo habia detras :) muy buena historia sube la intensidad.
    Te leo y pienso en la bella Madrid. Tiene paisajes parecidos a Buenos Aires. Cariños.
    Un giro totalmente inesperado. Abril??? Tan pronto??? Estoy con ellos, aquí hay tomate jeje. Me ha encantado, el momento Javier atado y Abril en paños menores ... Por un momento pensé en calenturas, seguimos a la espera :)
    En cuanto a la calidad del relato, poco que decir aparte de las cinco estrellas. Muy buena me parece ahora de pronto la motera... y aún quedan tres capítulos. No me extrañaría que aquí hubiera más gato encerrado. Veremos...
    Sin transición, así de golpe, sin anestesia de nada. 3 capítulos sin saber nada y al cuarto se descubre todo, ¿ o no ? Algo más tiene que haber, algún giro insospechado, pues aún te quedan 3 capítulos. Vaya elementa esta Abril, no le cuadra mucho su poético nombre, más bien debería llamarse Mesalina o Enmanuelle, pues no se priva de nada la tía. A resaltar también la minuciosa estampa que pintas de los currantes madrugadores de Madrid. Me recordó un poco a " La Colmena ". Espero la continuación, pero apuesto a que April miente para proteger a alguien, ¿ tal vez, a Roberto, el tío al que Sasha, modosita ella, puso a 180...?
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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