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16 min
La morada de los libros
Fantasía |
19.10.14
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Sinopsis

Una joven misteriosa llega a la cabaña del acantilado

En lo alto del acantilado, hace tiempo que envejece una cabaña construida con la madera de unos cedros que, según se dice, sobrevivieron a un incendio. Durante años, la cabaña no fue visitada más que por las gaviotas que emprendían el vuelo hacia la playa, y por algún ciervo perdido, que llegaba a ascender los tres escalones que conducían a la puerta de la entrada.

 

A esta cabaña, deshabitada de la presencia humana, llegó, años atrás, una joven cubierta con una capa blanca que le llegaba hasta los pies. La prenda tenía una capucha que, echada hacia delante, no dejaba ver, ni tan siquiera, los ojos de su dueña. Nadie sabía de dónde venía ni conocía su nombre; y, tal vez, por ello, desde el instante en que llegó, su presencia suscitó la curiosidad de las gentes del pueblo. Vivía de lo que le daban sus cinco ocas y tres cabras, que vendía en la plaza los días en los que había mercado: los únicos en los que bajaba al pueblo. Y, esos días, aprovechaba para comprar las viandas que necesitaba para vivir. En sus visitas al pueblo, no hablaba más que con los vendedores que tenían un puesto en la plaza, con los hombres que se paraban en su tenderete y con las mujeres que le compraban la leche y los huevos.

 

Lo poco, por no decir nada, que se sabía de ella dio pábulo a los rumores más inverosímiles y, días después de su llegada, ya era rehuida por niños y mayores, que la tomaban por hechicera. Un cazador se aventuró una noche a asomarse a la única ventana de la cabaña de la que salía luz, y la vio sentada ante la chimenea, absorta mientras leía en un libro muy grueso y de gran tamaño. Lo avanzado de la hora y que en el pueblo eran pocos los que sabían leer, encendieron la imaginación del cazador; y, cuando contó lo que sus ojos habían visto, ya nadie tuvo duda del carácter extraño de la joven. El rechazo hacia ella se tornó en miedo entre los más ancianos; en curiosidad malsana entre los de menos edad. Más, la joven parecía ajena a todo lo que se decía de ella y, si llegó a enterarse, no le importó.

 

Bianca, que éste era el nombre de la joven, había nacido en una aldea al otro lado del mundo. Fue una niña muy alegre que disfrutaba con los juegos que compartía con los otros niños del lugar: el corro, el pilla pilla, el escondite…

 

En las afueras de aldea en la que vivía Bianca, había una casa de piedra con un jardín cubierto de margaritas. Al entrar en ella, la gente se sorprendía al toparse con una biblioteca de varios siglos de existencia, que había ido creciendo con los libros que extraviaban los viajeros que pasaban por aquellos parajes escondidos entre montañas. Para la niña, aquella casa en la que se guardaban tantas historias constituía un manantial de alegría, pues le permitía vivir mil y una aventuras, viajar a países lejanos y conocer a gentes maravillosas. En cuanto tenía un momento libre, Bianca corría hacía la biblioteca y se escondía entre las páginas de un libro olvidada del resto del mundo.

 

… O, tal vez, no tan olvidada.

 

La dueña de aquel templo mágico, Alisia, era una viuda que sólo vivía para su único hijo, unos años mayor que Bianca. Alisia era muy querida por los niños de la aldea, pues siempre encontraba para cada uno el cuento que les podía llegar al corazón. Los días festivos, se sentaban en el cesped que había en la parte trasera de la casa y, formando un círculo alrededor de ella, escuchaban con expectación las historias que salían de sus labios. A Bianca siempre le parecían pocas las historias que contaba. Apenas la narradora terminaba de contar un cuento, y ya estaba pidiendo otro. Por ello, desde el momento en que la niña aprendió a leer, Alisia le abrió las puertas de su biblioteca y le permitió leer todos los libros que encontrara al alcance de su mano.

 

Godofredo, que así se llamaba el hijo de la contadora de historias, quedó prendado de la niña lectora en cuanto la vio. Se iba acercando poco a poco a ella y se sentaba, en silencio, a su lado, mientras Bianca pasaba con deleite las hojas de gruesos libros. La niña al principio no hacía caso de él, hasta que descubrió que poseía una voz prodigiosa que la transportaba a lugares lejanos. Empezaron a leer juntos en alta voz y a compartir sueños e ilusiones. Por ser mayor que ella, podía explicarle aquellos pasajes de los libros que Bianca no comprendía y, cuando no sabía qué contestar a los cientos de preguntas que le hacía la pequeña, Godofredo arrugaba su pecosa nariz y, echando mano de su imaginación, improvisaba explicaciones mucho más fabulosas que si hubiese conocido las verdaderas respuestas.

 

Mientras tanto, los años corrían unos tras otros: los niños juguetones se convertían en adolescentes plenos de inquietudes y, los adolescentes, en jóvenes serios y responsables.

 

Fue Alisia la primera en ver cómo los ojos de Bianca y Godofredo se buscaban con amor; cómo no deseaban más compañía que la que se ofrecían el uno al otro. Su corazón, siempre tierno y bondadoso, se cubrió de hielo: sufría al pensar que ya no era la única que habitaba en los pensamientos de su único vástago. Los celos devoraban sus entrañas; no la dejaban vivir. El cariño que hasta entonces sintiera por Bianca se tornó en odio; y el odio iba haciéndose más y más grande conforme la joven se iba volviendo más y más bella. Alisia era todo ojos y oídos cuando Bianca y Godofredo andaban cerca, espiando cada mirada, cada gesto, el tono de voz al hablar... cualquier indicio que confirmara sus sospechas. Y cuanto más veía, más crecía el anhelo por hacer daño a la joven enamorada. No dormía pensando en ellos: pasaba las noches en vela buscando la manera de separarlos.

 

Un soleado día de mayo, Alisia preparó una cesta con víveres y le dijo a su hijo que debía emprender un viaje. No salió de sus labios ninguna palabra que hiciera saber adónde se dirigía ni, tampoco, el tiempo que pensaba estar fuera. Partió muy de mañana hacia las montañas; antes, incluso, de que el Sol comenzará su carrera en pos de la Luna para robarle el primer beso del alba. Nadie conoció dónde estuvo ni volvió a verla hasta que, diez días después, regresó con una sonrisa iluminándole el rostro.

 

 

A su regreso, Alisia organizó una fiesta en aquel jardín donde antaño se reunían los niños para escucharla contar cuentos. Llenó la pradera de mesas cubiertas con manteles de encaje blancos, en las que se veían vasos de cristal tallado y, en el centro, un jarrón de camelias rosas. Cuando lo tuvo todo preparado, pasado ya el mediodía, abrió la puerta del jardín a todos los de la aldea que quisieran disfrutar de la tarde.  

 

Bianca fue de las primeras en llegar, animada por la ilusión de encontrarse con Godofredo. No sabía nada de la fiesta y, menos aún, que la celebración escondía intenciones malvadas de Alisia. Se dejó conducir por la anfitriona adonde se encontraban las ricas bebidas que tentaban el paladar, cual si fuesen ambrosía. Le llenó una copa con un líquido rosado, que vertió de una jarra de cristal que despedía brillantes destellos a la luz del sol.

 

—Es jugo de frambuesa que he preparado para ti —le dijo—. Bebe y verás cómo te gusta.

 

Bianca, golosa, tomó la copa de manos de Alisia. Sedienta como estaba, bebió de un trago el dulce zumo que, según iba descendiendo, le iba refrescando la garganta. Cuando la joven se relamió la última gota, una carcajada de triunfo estremeció el cuerpo de la madre de su amado y Bianca, sin intuir siquiera el motivo, sintió cómo su corazón palpitaba de temor.

 

—Por haberte atrevido a amar a Godofredo —le dijo Alisia con potente voz —, desde este momento, no podrás posar tus ojos en las personas que te amen sin causarles alguna desgracia.

 

Quienes pudieron oír estas terribles palabras, enmudecieron al instante, sin comprender, aún, el alcance de la maldición.

 

A Bianca, le pareció imposible lo que sus oídos oían; no creyó el juramento tan nefasto de Alisia. Hasta días más tarde, cuando, después de que su mirada se posase en los ojos de su abuelo, éste cayera enfermo y, antes de que muriese la semana, el alma del anciano volase hacia los cielos. Tal vez no fuese efecto del maleficio de Alisia, tal vez no fuese más que una mala jugada del azar; mas el miedo se apoderó de Bianca, que cayó en un estado de estupor del que nada ni nadie eran capaces de sacarla.

 

Unos días después, Bianca se encerró en su habitación y, pese a los ruegos de sus padres y sus hermanos, no quiso salir de aquel pequeño aposento. Su carácter bondadoso la hacía vivir temerosa de traer el infortunio a los que más quería. Sólo salía del dormitorio a la caída de la tarde, para degustar los manjares exquisitos que le dejaba su madre en la mesa de la cocina.

 

Permaneció tres meses en sus habitación, lamentándose de su desventura; hasta, que una mañana, decidió partir lejos de su aldea querida. Todo su anhelo era no volver a ser amada por nadie más en lo que le restaba de vida. Hizo que sus hermanos le comprasen una tela gruesa, blanca cual armiño, y, con ella, confeccionó una gran capa que la cubría hasta los pies. La capucha debía ocultarle los ojos y, así, ninguna persona pudiera mirarla con ternura. Se demoró varias semanas en preparar las cosas que llevaría para el camino: la capa, una cesta para guardar los alimentos y un precioso libro, que le regaló su amado Godofredo cuando cumplió diecisiete años. No llevó ninguna compañía, sino la de Zar, su perro y compañero desde que era casi una niña.

 

Recorrió miles de caminos; subió elevadas montañas; surcó mares y océanos; vio pueblos y ciudades. Siempre en busca de lugares solitarios, avanzaba alejándose de la compañía de las gentes, comprando abalorios y objetos preciosos que, luego, vendía para poder vivir. En su viaje, vio palacios de cristal, castillos encantados, moradas de seres maravillosos que buscaban, sin hallarlos, los bellos ojos de Bianca. Hasta que finalmente llegó a la cabaña donde hoy, tres años después, la hemos encontrado. Compró las cinco ocas y las tres cabras, y se dispuso a vivir sin causar el infortunio de nadie; con su fiel Zar, al que la fatiga del camino no le impidió llegar al destino que aguardaba a su ama.

 

Un día, hace muchos meses, apareció en el pueblo un joven que se hubiera tomado por un príncipe de no ser por las miles de pecas que cosquilleaban su nariz. Su aspecto extranjero llamó la atención de los habitantes del lugar, que rodearon el caballo del que se bajó sacudiéndose el polvo del camino; mas, a él, no pareció importarle la curiosidad que despertara. Dijo venir de un país muy lejano, en busca de la doncella que le había robado el corazón. La describió con las palabras que le iba dictando el corazón, mas nadie en el pueblo supo decirle nada: a nadie se le ocurrió pensar que la Bianca que buscaba el viajero pudiese ser la hechicera que vivía apartada de las gentes.

 

Dejó Godofredo, que no era otro el joven a la zaga de Bianca, el pueblo con el alma entristecida, cuando, al borde del camino, se topó con Zar. El perro de Bianca husmeó a su antiguo amigo cientos de veces, como si no creyese lo que estaba oliendo; su ladrido de perro viejo y cansado conmovió al joven, que le reconoció al instante.

 

Zar condujo a Godofredo a la cabaña en la que vivía con Bianca, entre saltos de contento: corría, dando mil y una vueltas alrededor del joven viajero; se separaba unos metros de él y, luego, volvía, agitando la cola con el corazón contento. Su ama estaba en el corral dando de comer a las ocas cuando ellos llegaron. Tan pronto oyó pasos en el camino de grava, entró presurosa en la casa, temerosa tropezar su mirada con la de algún desdichado. Su amado, que la vio correr cual cervatillo asustado, se acercó a la puerta y entre susurros le dijo:

 

—Amada mía, soy tu Godofredo. He venido a devolverte un poquito de la felicidad que nos robó mi madre.

 

—Vete y olvídame, Godofredo —le suplicó entre sollozos, tras el sobresalto que la produjo reconocer la voz de su amado —. No podemos volver a estar juntos sin que nos abata la desgracia.

 

—No, mi Bianca. Aún nos queda un rayo de esperanza. Escucha, por favor, lo que he de contarte.

 

Hizo una pausa, dándole tiempo para asimilar sus palabras; y, tras un instante para tomar aliento, empezó a hablar:

 

—Cuando te fuiste, creí volverme loco. Abandone a mi madre y la casa de mi niñez, ahogado por la ira que me consumía. Y, mientras tanto, te esperaba creyendo que no tardarías en regresar. Me negué a comer, a beber, a dormir, en tanto no volviese a verte; no tenía sino ojos para el sendero que conduce a las montañas. Pregunté a todo el que entraba y salía por la puerta de la vieja muralla. La brisa me traía ecos de voces lejanas; mas, ninguna era la de la dueña de mis pensamientos. Cuando algún viajero hacía en nuestra aldea una parada en el camino, le llovían mis miles de preguntas, que no eran sino una sola: ¿Dónde está Bianca, mi amada? Mas, ni los caminantes, ni los caballeros; ni las aves del cielo ni las criaturas del bosque supieron darme noticia de ti.

 

“Después de mucho cavilar, me encaminé a las montañas, en busca del encantador que preparó la pócima de nuestra desdicha. Hube de pasar tres ríos y bajar a cinco valles, antes de emprender el ascenso a la montaña más alta. Y allí arriba, escondido en una gruta, vivía el viejo poseedor de saberes arcanos. Me costaron lágrimas y lamentos incontables antes de lograr que escuchase mis súplicas. Se negaba a deshacer el hechizo, a desdecirse de sus palabras. Mas, tras hablarle de tu bello corazón, cedió en su obstinación. Me dio para ti un colgante, que has de llevar en tu pecho noche y día. Engastada en esta alhaja, brilla una piedra morada que no tiene poder para romper el maleficio; pero sí lo tiene para eclipsarlo en las noches de luna nueva: En tanto no te despojes de esta joya, podremos disfrutar del amor siempre que Selene oculte su rostro. Ya no habrás de temer el daño de tu mirada sobre aquellos que te aman.

 

Tras tanto tiempo de rehuir la compañía de la gente, Bianca vio renacer en su corazón un hilito de esperanza. Abrió lentamente la puerta de la cabaña y, con el rostro cubierto por un espeso velo, se acercó a Godofredo. Él la acogió entre sus brazos, mientras ella escondía su rostro en el pecho de su amado. Después de aquel día, en las noches en que Selene escondía su rostro de Gea, los dos enamorados se encontraban en la cabaña del acantilado y se amaban sin descanso desde el anochecer hasta las primeras luces de la aurora.

 

Hasta la llegada de la luna nueva, vivían separados el uno del otro. Pese a las súplicas de él, no quiso Bianca que Godofredo morase con ella en su cabaña; no quiso que un descuido malograse la dicha de la que disfrutaban. Pensando, pensando, Godofredo decidió buscar una casa en el pueblo para estar cerca de su amada. Encontró una que había sido del viejo maestro antes de que partiera al paraíso de los muertos. La llenó con los libros que trajera de la aldea, abrió sus puertas a los niños del pueblo y les mostró la magia que esconden las palabras. Al principio, los pequeños no se atrevían a traspasar la puerta del jardín; mas, un día, osaron a cruzar el umbral dos hermanas de siete años que quedaron asombradas de las historias que salían de los labios de Godofredo. Al día siguiente, fueron otros cinco niños los que se sentaron en la pradera a escuchar sus fantásticos cuentos; y, en menos de un mes, ya no había ningún niño en el pueblo que no aguardase con expectación el momento de adentrarse en las mágicas leyendas.

 

Entre tanto, Bianca cuidaba con amor de sus ocas y sus cabras, contando los días y noches que la separaban de su amado. Siempre que había mercado, bajaba a la plaza del pueblo a vender los huevos y la leche que le daban sus animales. Dicen en el pueblo que, al caer la tarde, daba un rodeo por el bosque y se acercaba a la morada de los libros para escuchar las palabras que le traía la brisa.

 


 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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