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20 min
La Muerte
Fantasía |
26.02.08
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Sinopsis

Tengo algo pendiente...

La Muerte
Dicen que la muerte llega sin avisar. Imagínatelo. Estás tranquilamente tomándote una humeante taza de chocolate caliente sentado cómodamente en tu sillón favorito al lado de la chimenea encendida. Fuera hace frío y llueve. Llevas puesta una bata muy suave. Sobre la mesa descansa el libro que tanto ansiabas encontrar y que por fin has conseguido. En cuanto te termines el chocolate empezarás a leértelo. Es largo. Te durará unos días. Hoy leerás hasta que se te cierren los ojos. Te pasarás toda la tarde y noche leyendo, disfrutando con los personajes, viviendo con ellos. Te paras un instante para disfrutar de este momento de placer. De pronto, sientes una punzada en tu corazón. Está dejando de latir. Ya ha parado de latir. Estás muerto. Tonterías, la muerte siempre avisa antes de llegar. No te creas todo lo que te dicen.

Hoy es martes. Desayuno rápidamente y miro la hora. Son las 8:35. Voy bien pero no debo perder el tiempo. Me pongo el abrigo y salgo de casa. El viento me pega en la cara y me abrocho mejor. Camino por la calle hacia la plaza de San Cristóbal. Una vez en ella giro a una calle de la izquierda y avanzo hasta ver el número 27. Me quedo a unos cuantos metros del portal y me enciendo un cigarrillo. Vuelvo a mirar la hora: las 8:45. Debe de estar al salir. No me equivoco, un minuto después un hombre entrado en años con pelo gris y bien afeitado sale del portal. Lleva una gabardina también gris y unas gafas de sol muy oscuras a pesar del poco sol que luce esta mañana. Es mi hombre. Le sigo a cierta distancia. Va deprisa. Aspiro una última calada de mi cigarrillo y lo tiro al suelo. A los pocos metros tuerce por una callejuela a la derecha. La callejuela está desierta, tal como esperaba. El hombre se adentra más hasta pararse al lado de un coche rojo impecable. Me acerco más a él mientras saco mi pistola. El hombre de la gabardina gris mete una llave en la cerradura de la puerta del coche y de pronto me dirige la mirada. Una mueca de terror cubre su rostro cuando le apunto con el arma. Sonrío divertido y disparo antes de que empiece a gritar. El silenciador hace su trabajo y la bala atraviesa la cabeza del hombre con un quedo susurro. Su cuerpo se desploma sobre el coche y la sangre fluye veloz de su cabeza fundiéndose con la pintura roja. Limpio mi pistola y la arrojo al suelo. Observo satisfecho mi trabajo y me voy raudo a cobrar la segunda mitad de mi paga.

Esa mañana Arturo estaba más contento que de costumbre. Mientras se afeitaba sonriente pensaba en las ganancias que iba a obtener con aquel negocio. No era muy limpio, algunas personas incluso serían despedidas por su culpa, pero los beneficios que obtendría superaban con creces lo que jamás habría soñado, acallando así a su cansada conciencia. Besó a su mujer y a sus hijos y salió de su piso silbando alegremente. Aunque tenía ascensor bajó andando por las escaleras. Lo hacía a menudo, pues como no hacía mucho deporte trataba de aprovechar ocasiones como aquella para ejercitar sus envejecidos músculos. Cuando salió a la calle el frío le atacó sin piedad. Se arrebujó bien en su gabardina gris y comenzó a caminar a buen paso hacia su coche. Mientras metía la llave en la cerradura de su coche le pareció ver reflejada en la ventanilla una calavera encapuchada y sonriente. Asustado, se dio la vuelta y observó aterrado a un hombre apuntándole con una pistola. Lo último que vio fue una calavera riendo descontroladamente.

Despertó (si podía decirse así, porque más que despertar a Arturo le dio la sensación de haberse dormido) en un lugar en el que hasta donde alcanzaba la vista era todo blanco y bien iluminado. Tan blanco que le costaba distinguir dónde empezaba el suelo, de forma que avanzaba lentamente como si estuviera borracho, sin rumbo aparente, ya que mirase a donde mirase siempre veía lo mismo. Así estuvo durante un largo rato, preguntándose qué broma absurda era aquella, cuando de pronto vio unas escaleras no muy lejos. Parecían haber surgido de la nada, pues hacía un momento había mirado en aquella dirección y no había visto nada. No obstante no se sorprendió demasiado, en aquel lugar parecía que todo era posible. Se fijó en que había unas escaleras para subir y otras para bajar. Las de subida estaban abarrotadas de gente que se empujaba y luchaba por subir cuanto antes, mientras que las de bajada no tenían ni un sólo visitante. Para acceder cada una de las escaleras había una puerta con un cartel que Arturo no pudo leer. Se disponía a acercarse para leer los carteles y enterarse de qué pasaba cuando de repente se le apareció un ángel justo delante. Vestía un traje negro algo arrugado que le quedaba un poco grande. La camisa se salía por fuera del pantalón y una corbata mal anudada colgaba sin gracia de su cuello. Parecía nervioso y batía las alas sin cesar.

-Perdona por el retraso, te debería haber acompañado hasta las escaleras explicándote un poco cómo funciona esto-dijo apresuradamente el extraño ángel-. Primero me presentaré. Me llamo Fandragal y soy el ángel de la muerte. Bueno, en realidad soy un sustituto, tuvimos un pequeño problema con la muerte.

-Yo me llamo Arturo. ¿Qué clase de problema tuvisteis con la muerte?

-No sé si debería contártelo-dudó con nerviosismo-. En fin, quizá te lo deba por llegar tarde. La muerte se cansó de su trabajo. Se quejaba de que no le pagábamos bien y que encima estaba mal vista, que nadie le agradecía lo mucho que hacía por la Humanidad, así que decidió abandonar y vivir en la Tierra, trabajando alternativamente como soldado, verdugo, asesino a sueldo..., trabajos en los que tuviera que matar. Después de todo, uno no puede dejar del todo atrás su pasado. A mí me pusieron como sustituto, pero esto no es lo mío, ojalá algún día vuelva la muerte de verdad.

Arturo empezó a sentir una gran tristeza por el ángel, pues realmente parecía bastante infeliz. Deseó ayudarle en el fondo de su corazón, pero no se le ocurrió cómo.

-Mi función es la misma que la de la muerte: visitar a los vivos un instante antes de morir y acompañarles una vez muertos a las escaleras, explicándoles lo necesario para pasar a la otra vida. Ya ves que ni siquiera soy capaz de ser puntual, se me pasan muchos muertos, ¡son demasiados!-exclamó con un grito histérico-Por lo menos tú has conseguido llegar solo. Algunos se pasan días dando vueltas hasta que los encuentro.

-Pero a mí se me apareció una calavera justo antes de morir-recordó Arturo-. Me dio un susto de muerte-rió con su pequeño chiste. Para su sorpresa Fandragal pareció alegrarse.

-¡Ése es el rostro de la muerte! ¡A ti te visitó la muerte! La verdadera. Quizás haya esperanza. Quizás. Según me contaron, cuando la muerte abandonó su trabajo aquí, unos ángeles fueron a visitarle para convencerle de que volviera, pero no hubo suerte. Decía que estaba mucho mejor en la Tierra, que allí le pagaban mejor y le respetaban como se merece.

“Pero te estoy aburriendo. Vayamos a lo que interesa. Ahora estás muerto y debes elegir entre ir al Cielo o al Infierno. Puedes pensártelo todo el tiempo que quieras, es una decisión muy importante. Una vez pases por las puertas del Cielo o las del Infierno no habrá vuelta atrás, no se puede pasar del Cielo al Infierno ni del Infierno al Cielo, por eso es vital que estés seguro de tu elección. 

“A mucha gente le ha disgustado su decisión y se ha tenido que aguantar. Vive allí (en el Cielo o en el Infierno) y tiene que quedarse toda la eternidad. Así pues, elige bien, escucha a tu corazón. Nadie te ayudará a elegir, no conocerás a nadie que haya estado ni en el Cielo ni en el Infierno. Sin embargo, no estés demasiado tiempo aquí. No es un buen sitio. Hay gente que vaga por aquí desde hace siglos, indecisa. Es gente que ya no conocerá otro sitio, gente que ha perdido la razón y es incapaz de saber qué hace aquí. Ah! Se me olvidaba. Aquí tienes un pase para ir a la Tierra. Si tienes algún asunto pendiente o simplemente te apetece dar una vuelta puedes ir con este pase. Sólo podrás ir una vez y durante un período menor que un día y una noche juntos. Los vivos no te pueden ver ni sentir. Tú sólo podrás observar, no puedes interrumpir en los acontecimientos de los vivos.

“Creo que eso es todo. Si no tienes ninguna duda me iré. Tengo mucho que hacer.”

Arturo se había quedado hipnotizado con el pase que le había entregado. Era un trozo de papel dorado rectangular que con cada movimiento reflejaba un color diferente. Estaba realmente extasiado e intrigado con aquello. El ángel se disponía a marcharse, viéndole tan entretenido; tenía ya desplegadas las alas, pero entonces el hombre salió de su ensimismamiento y le preguntó:

-¿Por qué sube tanta gente por esas escaleras y tan rápido?

-Son las del Cielo. La mayoría de la gente sube al Cielo. Siempre ha sido así. Al morir y ver que es tan fácil ir al Cielo la gente corre como temiendo que cambien las reglas que rigen la eternidad. Esperan un juicio y se encuentran con que son ellos los que eligen y eso les descoloca. Casi nadie va al Infierno. Tiene muy mala fama.

Fue entonces cuando pudo leer lo que ponía en los carteles: Cielo e Infierno. Se giró para agradecer a Fandragal toda la información que le había dado y desearle suerte con el trabajo, pero ya no estaba. Se encaminó, pues, hacia las escaleras. Una vez delante de ellas se paró a observar mejor. Como había dicho el ángel, las escaleras que llevaban al Infierno estaban desiertas. Los peldaños, como todo en aquel lugar, eran de un blanco brillante. Si no fuera por las tenues sombras producidas por la intensa luz que allí reinaba habría sido imposible distinguir las formas de las cosas. Únicamente las letras de los carteles tenían distinto color. La puerta que custodiaba las escaleras del infierno estaba coronada con letras rojas y ardientes provocando así, pensó Arturo, que poca gente se aventurase a abrirla. En cambio, la que abría paso a las escaleras del Cielo poseía unas letras de un cálido azul acogedor que transmitía paz al indeciso observador.

Decidió adentrarse en las escaleras que bajaban al Infierno para investigar, pues las del Cielo estaban infestadas de muertos desesperados por entrar. Se guardó el pase, que sin darse cuenta había llevado en la mano todo el rato, y se percató de que todavía llevaba la gabardina manchada de sangre. No se tocó la cabeza, aunque supuso que estaría desfigurada por la mortal bala. Abrió la puerta lentamente y se deslizó escaleras abajo. Poco después se encontraba ante unas puertas enormes de madera que supuso serían las del Infierno. Confirmó sus sospechas al encontrar una hoja de papel pegada con celo en la puerta en la que ponía: Puertas del Infierno.

No había mucho que ver allí. Lo mejor sería volver a la Tierra, averiguar quién le había matado y por qué y luego ya decidir qué hacer. Pensado esto, sacó el pase del bolsillo y entonces se dio cuenta de que el ángel no le había dicho cómo llegar a la Tierra. Tras maldecir en voz baja al inepto Fandragal probó lo que le pareció lo más lógico en ese momento: cerrar los ojos y desear estar en la Tierra con el pase en la mano.

Los sollozos de una  mujer le avisaron para que abriera los ojos. Comprobó sin la menor sorpresa que había funcionado. Se encontraba en una pequeña iglesia llena de personas  conocidas. De hecho, se atrevería a afirmar que allí se encontraban la mayoría de personas que había conocido en vida. Los sollozos provenían de su mujer, que estaba en primera fila junto a sus dos hijos. Parecía muy afectada. Cerca de él descubrió un ataúd, y entonces cayó en la cuenta de que celebraban su propio funeral. Se acercó a su mujer y le susurró unas palabras tranquilizadoras a su oído, pero no se dio por enterada. Recordó lo que el ángel le dijo acerca de su nula influencia en el mundo de los vivos. Estaba preciosa. Sus sonrojadas mejillas y sus húmedos ojos la hacían aún más hermosa. Se conservaba muy bien para la edad que tenía. Detrás se encontraba su socio y amigo Roberto, que observaba a su mujer con una extraña mirada. Decidió descubrir más tarde el significado de aquello.

No había sido un hombre muy bueno ni había cosechado grandes amistades. Las personas que allí se encontraban eran o familiares, que en su mayoría iban por cumplir, o trabajadores de su empresa. Casi la totalidad de la gente del trabajo que asistía al funeral lo hacía por guardar las apariencias, pues su empresa siempre se había enorgullecido de ser ‘una gran familia’, y además él era un alto cargo. Las únicas lágrimas que allí se derramaban eran las de su mujer, a nadie parecía afectarle demasiado su muerte. Aunque no le extrañó, se sintió muy mal al ver tal espectáculo. Sintió que su vida había sido vacía y sin sentido. Mucho dinero, un buen trabajo, y en un abrir y cerrar de ojos todo había desaparecido para dejar paso a la nada. Nadie le recordaría con cariño, nadie derramaría una lágrima por él, salvo, tal vez, su mujer, sus hijos y Roberto.

Cuando finalizó el funeral siguió a su mujer y a sus hijos. Se quería asegurar de que todo les iba bien. Luego trataría de averiguar todo sobre su asesinato. Avanzó flotando a la misma velocidad que su rojo coche. Era bastante divertido. Su mujer parecía encontrarse mejor ahora, conduciendo. Dejó a sus hijos en casa y se marchó otra vez con el coche. Aparcó en una calle muy familiar para él que no tardó en reconocer: era la calle donde vivía Roberto. Y su mujer se dirigía exactamente hacia su portal. Unos minutos después llamaba a su puerta, en el tercero. Su socio salió a recibirle, le sonrió y se dieron un prolongado beso en la boca, rebosante de pasión. Arturo se quedó helado, no podía ser. Roberto era la única persona a la que podría haber considerado amigo y ahí estaba. Cerdo traidor. Empezó a darle patadas y puñetazos, cegado por la rabia, pero manos y pies atravesaron su cuerpo sin provocar en él el menor asomo de rasguño. Se abrazaron y se dieron más besos. Cuando ya parecía que estarían así toda la eternidad su mujer preguntó:

-¿Sabes algo sobre su muerte?

-Lo mismo que tú: que fue asesinado, nada más. Seguramente le intentaron robar, él se resistió y ocurrió la desgracia.

-No sé. No me convence mucho esa explicación. Es todo muy extraño-dio a Roberto un corto beso en los labios-. Debo irme. He de ocuparme de mis hijos.

-Ya son mayorcitos-repuso su socio decepcionado-. Quédate un rato más.

-No. Ya nos veremos esta noche.

Roberto sonrió.

-Esta bien, esta noche.

Arturo se quedó. Ya no siguió a su esposa. Debía asumir que nadie lloraba su muerte. Ahora sí que se sentía fatal. Le empezó a invadir una honda tristeza que tardaría en curar. Ni siquiera le importaba quién le había matado. Después de todo, se alegraba de estar muerto. El mundo estaba cambiando. Ya no era para él.

Estaba a punto de marcharse de la Tierra cuando llamaron a la puerta. Todavía se encontraba en casa de Roberto. Éste fue a abrir y el visitante que apareció en el marco de la puerta le provocó auténtico pavor. Era el esqueleto enfundado en la túnica negra que había visto antes de morir. Roberto no pareció sorprenderse y le cedió el paso en silencio. El esqueleto saludó con la cabeza a Arturo cuando pasó junto a él. Menudo regreso al mundo. Esto ya si que no lo entendía. Mucho había cambiado el mundo que ahora esqueletos visitaban a la gente como si de un familiar se tratase. Su socio le acompañó a su estudio y allí comenzaron a hablar.

-Buen trabajo-felicitó Roberto al esqueleto-. Aquí tienes la segunda parte.

Le extendió un sobre con dinero que el esqueleto contó. Una vez comprobada la cantidad sonrió satisfecho y dijo:

-Y ahora, ¿qué? ¿Todo el dinero que ganasteis entre el difunto-miró de reojo a Arturo-y tú será para ti?

-En efecto-respondió muy contento Roberto-, todo para mí.

-Me alegro. En fin, yo me voy. Si me necesitas en otra ocasión no dudes en llamarme.

Dicho esto se marchó con gran porte de la casa, haciendo ondear su túnica con orgullo. Arturo no salía de su asombro, no podía creer lo que había presenciado. Roberto y él, que habían llegado a ser amigos y socios en ese negocio que les reportaría ganancias que jamás habrían soñado, habían acabado así. Roberto le había quitado la mujer y la parte que le correspondía del negocio, había contratado a un esqueleto para matarle y seguramente ocuparía el puesto que Arturo había dejado libre en la empresa. Así funcionaba el mundo al que ya no pertenecía.

El sonido de la puerta al cerrarse le sacó de sus oscuros pensamientos y, como impulsado por un resorte, reaccionó repentinamente saliendo del piso. Miró a ambos lados del descansillo y allí estaba el esqueleto esperando al ascensor.

-Tú me oyes y me ves, ¿no?

-Este no es sitio para hablar-susurró el esqueleto-. Ven aquí.

Arturo se acercó a él y éste le cogió la mano. En vez de atravesar los huesos su mano fue estrujada y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Con la otra mano el esqueleto chasqueó los huesos y al instante perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos se encontró en una amplia habitación sentado en un cómodo sillón. Se sentía un poco mareado y su cabeza tardaba en responder. En frente y en un sillón muy parecido al suyo descansaba el esqueleto. Tenía los ojos (bueno, más bien las cuencas de los ojos) fijos en él y aspiraba el humo de un cigarrillo con gran placer. El humo salía por los resquicios de su túnica dándole así un aire aún más misterioso.

-Como te habrás imaginado yo soy la muerte. La verdadera. Por eso yo sí te veo y tú me ves en mi verdadera forma. Para los vivos yo soy un hombre corriente.

-Así que eras tú el hombre que me disparó...

-Vaya, creí que eras más listo. Pensé que ya lo sabrías. Siempre me sorprenderéis los humanos. Te he traído hasta aquí para poder hablar sin que nadie vivo me vea hablando solo. Tengo una reputación y no me agradaría perderla.

A pesar de su embotamiento Arturo logró reponerse un poco y empezar a pensar con mayor claridad. Tenía que olvidar definitivamente el mundo de los vivos. Ahora se tenía que centrar en su futuro. Nada podía hacer para cambiar el pasado. Debía seguir y decidir qué hacer, aprender de sus errores, pero sin lamentarse por ellos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que si quería ayudar a Fandragal ésa sería su única oportunidad.

-Se te echa de menos al otro lado-comentó Arturo cambiando de tema-. El caos lo domina todo, ya nada funciona bien. Tu sustituto es un inútil, hace fatal tu trabajo. Y como habrás visto en el mundo de los vivos ya no se respeta a la muerte como antes.

La muerte sonrió con orgullo. Sus mandíbulas se torcieron en un rictus aterrador.

-Era de esperar. El mundo de los vivos y de los muertos no es muy distinto. Nadie te agradece lo que haces hasta que dejas de hacerlo. Y ese estúpido ángel al que han puesto para sustituirme ni siquiera impone respeto. Así, ¿quién va a temer a la muerte? Esto debe cambiar, no puede seguir así.

-Entonces, ¿vuelves?

-Desde luego. No puedo permitir que la muerte no cause el terror que se merece, que se gasten bromas a mi costa. Ya lo había pensado antes, pero no me decidía. Pensaba que quizá cambiase, pero es obvio que me necesitan, y que he de recuperar el respeto que merezco.

 

Arturo miró alternativamente a las dos puertas y finalmente, al ver una vez más el atropello de gente que subía por las escaleras del Cielo, se decidió. Necesitaba soledad, mucha soledad. Y en el Infierno la tendría con creces. Toda la eternidad.

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