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9 min
La muerte de Benjamín del Rio
Terror |
16.12.14
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Sinopsis

Un filósofo alemán describió la locura como la rotura del hilo de los recuerdos. Humildemente encuentro esa definición perfecta.

                                               La muerte de Benjamín del Rio

                                                            José León

Recuerdo que cuando pegamos los primeros balonazos en el aro de la canasta, la escarcha cayó en su frente haciendo que nos riéramos todos. Aquella noche hacía un frio muy especial en el polideportivo, las luces de la cancha no funcionaban bien y ni siquiera el guarda daba su vuelta reglamentaría montado en la motito destartalada con la que habitualmente se dejaba ver.

También recuerdo el interrogatorio de la policía. Era un continuo ir y venir de agentes con walkie-talkie sin demasiada organización. Las sirenas de los coches patrulla con su ruido ensordecedor no se detuvo en todo el tiempo que estuvieron en el polideportivo. Muchas veces se dio la situación casi cómica de que algún amigo o yo mismo tuviera que responder a gritos las preguntas de algún agente estando a medio metro de ellos. Aunque la situación en la comisaría se tranquilizó, el interrogatorio en las instalaciones deportivas no puede describirse más que como un escenario de chiste en el que solo faltaba que llegara Benjamín borracho diciendo que había ido a comprar hielos. Una vez en comisaría las preguntas nos las formularon serenas y con lógica. Pudimos beber té y tuvimos algo de tiempo para hablar entre nosotros. No demasiado, puesto que el interrogatorio fue agotador, veníamos cansados después de haber estado jugando varias horas y algo que no sabía describir y que no hacía más que empeorar por momentos, provocaba en todos espasmos ocasionales, continuos dolores de cabeza y lagunas en la memoria. Creo que era unánimemente compartido el sentimiento de querer dormir para despertar luego pudiendo comprobar que se trataba simplemente de un extraño sueño.

Durante aquella madrugada deje la luz de la mesita de noche encendida sobre el alfeizar de la ventana y, junto a esta, puse un montón de jazmines que mi madre recogió del patio. Con las manos entre la nuca y la almohada sin dejar de mirar ni un segundo al techo, comencé a darles vueltas a todo en un intento inevitable de buscar solución. Fui incapaz de llegar a ninguna conclusión seria. Sencillamente no podía explicar qué demonios eran esas luces blancas ni cuál fue el destino de Benjamín. Me sentía como si me hubiera bebido litros de whiskey caliente con cuarenta grados de fiebre, pero sin embargo muchas partes de mi cuerpo tenían temblores asociados a una honda sensación de frio y una amnesia que no hacía más que enturbiarse por momentos. De un momento a otro, me vi a mi mismo hablando con los policías en el cuartel, pegó un paso al frente alzando aún más la cabeza y riendo como un enfermo mental empezó a avanzar siguiendo su estela. Yo, que tenía la pelota entre las manos en el lado más oriental del semi coro que formábamos cuando aparecieron los destellos, fui el primero que se acercó a él gritándole que se quedara quieto. Al poco se sumaron los otros a mi intento, aunque haciendo caso omiso de nuestras palabras e incluso agrediéndonos absorto, continuó su paso tras aquella forma de luces cambiantes que lentamente atravesaba el cielo apagado.

Cuando me desperté al día siguiente sentía todo el cuerpo entumecido y un extrañísimo efecto de sequedad en la boca. Unos temblores pululantes pero muy intensos hicieron que el pie me doliera hasta el extremo de tener que levantarme de la cama al poco. Frente al espejo vi entonces ojeras amoratadas sobre unos labios heridos y pálidos al punto de la luz de un fluorescente. Definitivamente no me acosté habiendo descansado, pero de eso a despertarme molido, ahí un mundo. Casi no desayuné, y lo poco que tomé por desayuno terminé por vomitarlo sobre la moqueta del recibidor. Si en la calle me esperaba una mañana descorazonadora de invierno con cielo despejado en el tono celeste muerto de los Eneros, lo de la comisaria ni siquiera llego a tener hoy ánimo para explicarlo con detenimiento. Allí nos vimos todos, cada cual con menos ganas de sufrir los recuerdos de la noche anterior, sin ánimo ni juventud en la cara; cuando me miré en el espejo del baño vi un hombre que nada tenía que ver con mi imagen habitual de estudiante de primero de derecho. Pude comprobar que el resto estaba también indeciblemente avejentado, todos muy desmejorados y perdidos. Se diría a juzgar por nuestros aspectos que nos habíamos hartado de beber de algún váter en Chernóbil, que algún psicópata de director de cine adicto a fumar nos había torturado por meses, que éramos las víctimas de un virus africano o que veníamos de Normandía el día del desembarco. En definitiva, la última noche en el polideportivo nos inoculó algo que hizo terminar muy mal a Benjamín y por poco no nos quita de en medio a nosotros también. El policía que iba de poli bueno lo supo nada más vernos. Por haberse dado cuenta, no extendió el interrogatorio demasiado, y pudimos irnos, luego de tener que repetir lo mismo, en unos tres cuarto de hora.

Estuve toda la tarde descansando guarecido en el calor de mi estufa con "Un mundo feliz" de Huxley entre las manos. Periódicamente comencé a notarme mejor y las fuerzas que fui incapaz de recuperar la noche anterior mediante el sueño, pude encontrarlas con el zumo de naranja que me preparé bebido a sorbos cortos en la parsimonia de la luz filtrada por las cortinas ámbar de mi cuarto. Fue una tarde tranquila como tantas otras en la que apenas salí de casa ni tuve contacto social. La noche sobrevino húmeda, casi tormentosa, con numerosos bandadas de golondrinas volando en dirección septentrional a unos setenta o cien metros. Disfruté de ocho horas de sueño reparador en la cama, era la primera vez en mi vida que me acosté vestido, y, sin cambiarme si quiera de ropa, cuando me desperté agarré la mochila en dirección a mi clase de derecho mercantil. Como todos los días, Cristian vino a recogerme en su Volkswagen, cuya gasolina pagaba yo, fumé todo lo que pude por el camino, repasé cuanto calculé que pudiera ser útil, me limpié varias veces las gafas de sol oscuras y discutí con él de señoritas. Mi compañero no estuvo el día de la desaparición de Benjamín por lo que me mostré cauto sin decirle nada. Si tuviera que definir aquel viaje a nuestra facultad, diría sin duda alguna que fue la cumbre a mi recuperación iniciada la tarde anterior; la música templada de los Beatles, el cielo graciosamente mullido de nubes impecables que a modo de Zepelines parecían desfilar, la gente caminando por las aceras con ánimo renovado durante el fin de semana, un tráfico tranquilo y coordenado. Dadas las circunstancias, todo me hacía pensar que me saludaría Benjamín con alguna de sus estupideces cuando llegase, pero lejos de eso me encontré de frente con la noticia de que lo habían encontrado medio muerto en un eucaliptar cerca del polideportivo en el vimos aquello. Al parecer había aparecido semiconsciente con la ropa en perfecto estado, pero con cortes en todo el cuerpo. Las heridas aunque laceradas lo marcaban por completo, especialmente las manos, igual que si alguien con una cuchilla incandescente se hubiera dedicado a cortarle durante toda la noche para luego ponerle la ropa sin arrugar y dejarle sobre el musgo. En el hospital al que fue trasladado casi sin vida no pudo decir nada coherente ni sus familiares recibieron explicación alguna. Varias horas después de ser tratado con suero, reunió fuerzas suficientes como para decir lo más parecido a una palabra de cuando se le oyó mientras tuvo consciencia, un luggggg horroroso que gritó de repente con la boca muy abierta. Luego cayó en coma profundo durante tres décadas.

Hace treinta años de eso. Era la época del presidente Suarez, los pantalones anchos de campana, la revolución sexual, la guerra fría con su amenaza de aniquilación atómica y, a fin de cuentas, del mismo sin sentido humano de siempre. Hace mucho de aquel periodo del que exceptuando lo sucedido con Benjamín en el polideportivo y un atraco que sufrimos en casa, no guardo más que buenos recuerdos nítidos y cierto regusto dulzón, sabor a Marihuana quizás. En aquel momento todos nos creíamos muy dueños de nosotros mismos y alzábamos la vista sin parar buscando en las estrellas, sin embargo, la muerte o la pérdida de un amigo significaba un golpe personal tan horrible como lo había sido en cualquier época, y lo de Benjamín marcó un antes y un después en todos.

Hoy me he enterado de que a muerto. El entierro discurrió tranquilo en el cementerio de San Fernando con escasísima afluencia. Me coloqué junto a su hermana que ramo de claveles rojos en mano no dejaba de suspirar mirando el féretro con actitud entre abatida y apaciguada. En un momento dado, poco antes de terminar la ceremonia y mirando a un Ciprés, me preguntó que si sabía lo que había dicho durante los increíbles cuarenta segundos de consciencia que tuvo antes de dar la última bocanada de aire. Respondí que no mirando al mismo ciprés que observaba después de haberla mirado de soslayo a ella. Entonces absolutamente fuera de tono vociferó mirándome fijamente: “ninguno de esos perros me avisó de que se habían llevado navajas y mecheros”. 

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    El trabajo de Maringá es un relato que habla por si mismo

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    Un filósofo alemán describió la locura como la rotura del hilo de los recuerdos. Humildemente encuentro esa definición perfecta.

    He querido hacer critica social, sin perder el estilo en el quiero especializarme, del momento presente.

    He estado en una tienda muy parecida a la que aparece en el relato. No me encontré nada tan irónico, pero si una profunda sensación de extrañeza en ese lugar. Humildemente estoy muy satisfecho con el resultado, y quisiera intercambiar opiniones cuando lo valoren.

    Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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