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10 min
La muerte mas importante
Reflexiones |
01.08.15
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Sinopsis

Una breve reflexión sobre la perfección y, en menor medida, la pureza de la amistad.

                El escritor Salvador Cortles tenía una importante trayectoria en la literatura contemporánea debido a su forma única de plasmar miedo en la mente de los lectores. Pocos autores eran tan eficaces a la hora de horrorizar con sus historias como lo era él, sumándole a eso su impecable narrativa, convertía sus escritos en verdaderas obras maestras. Intentare contar su historia, muy inferior a su nivel estará mi humilde ejecución, pero con el solo hecho de poder transmitir los trágicos eventos que le sucedieron a mi amigo, estaré más que satisfecho.
                Solía frecuentar la residencia Cortles en busca de charla y consejo, recayendo siempre nuestras conversaciones en los mismos temas, que eran por supuesto, la literatura y la filosofía. Salvador era conmigo lo que no era con nadie, una persona simpática, creo que esto era debido a que yo no veía en él un ídolo, sino más bien, un amigo. Estaría mintiendo si dijera que no lo considere en su momento un genio y un modelo a seguir, pero simplemente no se lo dejaba saber, después de todo, nuestra amistad se centraba más en el interés personal mutuo que existía entre nosotros, que en el amor que yo podía profesarle como seguidor de su literatura. Pocas veces tendíamos a , en nuestras charlas, conversar sobre sus escritos, más bien nos dirigíamos hacia otros autores que teníamos como gusto en común, pasando desde Tolkien y su mundo fantástico, hasta Lovecraft, quien era su mayor fuente de inspiración y a quien le debía muchas ideas, también cabe destacar que ninguna de nuestras discusiones estaba completa sin que sacásemos a relucir algunos de los mejores escritos del gran Borges, a quien él amaba y yo detestaba( siendo “detestar” un sinónimo de “envidiar”).
                Fueron tres las visitas a mi gran amigo que jamás podré olvidar, una por la felicidad que me produjo, las otras dos, por lo trágico de su esencia. La visita del mes de abril de 2002 lleno mi corazón de alegría y fue por algo que muchos considerarían trivial y mundano. Salvador tenía un hermano y una familia con la cual mantenía el contacto, por eso era de esperar que en la entrevista que le hizo el Diario Clarín ese mismo mes, al recibir la pregunta de quién había sido su mayor soporte y persona de confianza en temas personales, su respuesta probablemente se inclinaría a nombrar a alguno de estos familiares, pero el leer mi nombre entre las líneas de su contestación realmente lleno de felicidad mi ser, y a pesar de no habérselo expresado en el momento, yo realmente lo consideraba un hermano, y estoy seguro de que el sentimiento era mutuo. Con respecto a mis otras dos visitas inolvidables, la primera tomo lugar en el mes de enero de 2003, aquel día tuve la osadía de faltar al trabajo y visitar a Salvador, quien me había dejado un mensaje en el celular, pidiéndome que lo llamara o pasara por su casa, ya que tenía un problema con un cuento al que no podía darle conclusión. Al llegar a la casa de Cortles y abrir la puerta principal con la llave que el me había dado hace mas o menos siete años, no encontré a mi mejor amigo en una situación agradable: el living era un mar de papeles con escrituras tachadas, clásico de sus borradores, pero las rayas que tachaban el texto mostraban cierta furia en el trazo, algunas hojas hasta mostraban cierto deterioro de otras naturalezas, desde hojas quemadas hasta papeles hechos picadillo. Escuchaba el sonido de la lapicera contra el papel en el estudio de Salvador, lugar donde nacían sus brillantes historias, la puerta estaba abierta de par en par, asi que la atravesé dando un leve golpe en la madera para avisarle de mi ingreso al gran escritor, quien al parecer estaba demasiado sumergido en su trabajo como para denotar mi presencia. Algo me detuvo en mi camino hacia su escritorio y era un olor asqueroso pero muy reconocible, a no mas de tres pasos del gran escritor, había unas cuantas hojas como las que se encontraban en el living, pero estas, además de estar tachadas y borroneadas, habían sido orinadas. El asunto me parecía de lo mas extraño, pero lo ignore, tratando de convencerme de que Salvador tenia alguna mascota de la que jamás me había contado. Ingenuo e infantil mi pensamiento, pero todavía me era imposible reconocer que algo le había sucedido a mi gran amigo. Solo logre interrumpir su trance literario cuando le apoye la mano en el hombro, casi como asustado soltó la lapicera y se volvió hacia mi, me observo incrédulo, como si no fuese algo normal mi presencia allí. Le pregunte que estaba pasando, porque había tanto desorden y hasta me referí de manera indirecta al asunto de los papeles orinados. Su nerviosa respuesta, la cual formuló con dificultad y muecas que denotaban cierta incomodidad, me dejo intrigado y a la vez, perplejo: “¿En cuantas hojas puedo yo, convertirme en el mejor autor que jamás haya existido?”. Por unos segundos creí que era un chiste, una broma o algo por el estilo, pero realmente Salvador era muy ajeno a esos aspectos, su humor no caería jamas en algo siquiera parecido a lo que estaba presenciando con mis ojos. Trate de tomarme con seriedad su respuesta y contestarla lo mejor posible. Muchos números atravesaron mi mente, pero me di cuenta de que no era un solo número, eran muchos, para ser exacto, eran, bueno, según cierto autor adorado por Cortles(no tanto por mí), 14. Dí al fin, mi respuesta: “Todas, todas las hojas”. Salvador esbozó una especie de sonrisa por un instante, luego, haciendo de cuenta que yo no estaba allí, recogio su lapicera y se sumergio nuevamente en su escritura, para no dirigirme ni siquiera una mirada o invitarme a que me retirase. Me quede unos minutos observándolo en silencio. El trazo de su lapicera casi ni se despegaba de la hoja y cuando lo hacía, era para tirar el manuscrito al suelo o dejarlo de lado, solo para recoger otro papel y continuar con su importante labor. Cuando salía del edificio, debo admitir, me sentí afligido, no tanto por el gran autor que al parecer había perdido su sano juicio, sino porque mi fiel amigo Salvador, aparentemente, había dejado de existir.
                La última visita a la casa de Salvador Cortles a la que prometí referirme toma lugar dos meses después de los eventos que relate previamente. Decidí ir a visitarlo, en honor a nuestros años de incondicional amistad, aunque este aparente brote psicótico fuese algo real, no había porque arruinar nuestra relación. Aquella tarde Marzo, golpeé dos veces en la puerta de la residencia Cortles, la cual, por alguna razón que ignoraba, carecía de timbre eléctrico. Mi ilusión de un Salvador Cortles normal se apago al ver que quien había la puerta, era un hombre de unos cuarenta años, con facciones muy similares a las de mi antiguo amigo. Se presento, como yo ya esperaba, como el hermano de Salvador y me invito adentro. La ausencia del gran escritor que alguna vez había habitado esa casa me ponía terriblemente incomodo. No me sorprendió cuando, tras pedirme que me siente, Mauricio Cortles me informo que mi gran amigo había muerto. No me importaba el cómo, pero casi por reflejo tuve que preguntar las circunstancias del fallecimiento. Tampoco me sorprendió cuando Mauricio me comunico que se trató de un suicidio. Salvador había adquirido, de alguna manera que la policía ignoraba, y posteriormente ingerido una dosis letal de cianuro. Mauricio me explicó como a forma de disculpa, que no tenia manera de localizarme, ya que desconocia mi numero de teléfono y la noticia era prácticamente reciente, habían hallado el cuerpo de Salvador hacia no más de tres días. El hermano de mi fiel amigo me pidió que por favor aguardase un momento, se levanto y se dirigio al estudio de Salvador, donde tantas ideas brillantes habían cobrado vida bajo el trazo de su lapicera. Volvio con un sobre en las manos y me lo extendió. Al tenerlo en mis manos e inspeccionarlo, supe que estaba cerrado y en la letra de Salvador se leía mi nombre. No quise abrirlo en aquel momento, quería un poco de privacidad para saber cuáles eran las últimas palabras de mi amigo hacia mí.
                Ya en mi casa, por la noche, me arme de valor y saque de adentro del sobre una hoja doblada con impecable delicadeza. En ella se leia: “Querido amigo, buscaba en vos una salvación, otra respuesta a mi pregunta, pero sin embargo, tu respuesta fue igual a la mia, habla bien de nuestra amistad, pero no era lo que yo quería. Deberias saber, que yo conocía la respuesta a la pregunta, mucho antes de siquiera empezar a formulármela a mi mismo. El problema era que esa respuesta no me ayudaba, no me ayudaba porque según aquella resolución, me era imposible ser el mejor autor que jamas haya existido. Yo se que si existe alguien que puede saber a que respuesta me refiero, sos vos y con que solamente vos sepas porque me quité la vida, me basta. Ambos sabemos que lo de las hojas infinitas es una mentira. Firma S. Cortles.”
                Habia recorrido mi mente, al oir la pregunta de mi amigo, un sinfín de números y si bien mi respuesta era la de todos, la de las hojas infinitas, yo sabia que no era verdad. Mi respeto se vio opacado por el amor que le tenia a Salvador al contestar su pregunta, y la conteste no como admirador de su literatura, sino como su amigo. Su repentina locura, me era un poco mas cercana al conocer yo la respuesta, pues no eran todas las hojas las que se necesitaban para convertirse en el mejor autor de la historia, sino una sola. Y por mas hojas que escribiese, el sabia que ya había perdido, que era uno mas del montón. Salvador Cortles no murió cuando ingirió aquella dosis mortal de cianuro, Salvador Cortles murió cuando aquel enero del 2002 concluyo la primer hoja y tuvo que empezar una segunda.

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