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5 min
El regreso a casa
Terror |
28.06.15
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Sinopsis

Sentir que te desmayas y despertar en el cementerio....

Después de la fiesta, la mujer despertó acostada en una fría cama, con una sensación de vacío en todo el cuerpo. Tenía ambos brazos en el pecho, con los dedos entrelazados como si estuviese rezando.  No podía ver nada. Todo estaba oscuro, como cuando te levantas a media noche despertando de una horrible pesadilla y sólo sientes tu respiración agitada y la frente sudorosa al tocarte la cabeza. Sin embargo, sabía que ya había amanecido, porque desde afuera le llegaba el canto de los pájaros; y centrando su imaginación en los recuerdos vio la aurora aproximándose al pueblo, las gallinas bajando del ciruelo, y las luces en la calle una a una apagándose en cada poste. Después de unos momentos le llegó el sonido de algo que caía, como granizo en un techo de madera, y también el aroma a tierra mojada, seguramente proviene del jardín, pensó. Entonces buscó la orilla de la cama con los pies y una vez en el aire tanteo los huaraches que acostumbraba dejar al lado izquierdo. Pero no los encontró. Todo estaba enrarecido, pues sentía que sus pies nadaban en un infinito vacío donde sólo encontraban aire y más aire. Por fin, después de varios intentos se rindió y esperó un largo rato para estar segura de que era lo que había que hacer en aquellos casos. Ya antes había sido testigo de que una vecina amaneció ciega una mañana, después de que un gato le lengüeteara los ojos, pero como ella no tenía gatos no podía creer que le estuviese pasando eso. Más bien no podía conciliar la idea de que sus ojos estuviesen muertos, y  pensó que ya jamás volvería ver a sus hijos sentados alrededor de la mesa como cuando eran niños y les repartía los montoncitos de comida que les daba a cada uno. Todo era en partes iguales; nadie más y nadie menos; ellos reían y su alegría le daba fuerzas para seguir luchando en esa dura marea que es la vida. La vida de una mujer que hacía unos años había perdido a su marido. Aunque siendo sincera no lo extrañaba tanto, pues cuando vivía no le ayudaba en gran cosa, ya que era un borracho  y la maltrataba, pero ella lo amaba a pesar de todo y nunca le fue infiel. Cuando el mal hombre murió tuvo otros pretendientes, pues estaba joven y realmente era bonita, pero con el tiempo fue recapitulando su vida y supo hacer frente a esa necesidad de mujer, a esa necesidad de ser amada a amar a sus hijos. Ellos fueron siempre los únicos en su vida y con el tiempo cosechó los frutos, las semillas que tanto tiempo le costó sembrar en ellos. Al verlos hechos unos hombres y mujeres de bien se sintió aliviada. Se sintió feliz. Tan feliz que sólo recordaba, como un sueño de ángeles, la fiesta de su cumple años setenta que sus queridos hijitos organizaron. Recordaba las sillas alrededor de las mesas bien adornadas en el salón Esmeralda, y el conjunto de mariachis acompañando las voces de la gente en unas mañanitas que le recordaban los sueños hechos realidad. La familia, todos estaban ahí cantando, con los ojos chispeantes de emoción, cuando inesperadamente un dolor en el centro del pecho le paralizó. No pudo respirar, los pulmones se le encogieron como zapatos viejos. Sintió la caída lenta, muy lentamente hasta tocar el piso; y a pesar de sus ojos empañados pudo ver las piernas de todos los invitados de pie, alrededor de las mesas, corriendo hacia ella como pollos espantados. Después, todo fue oscuridad. Y ahora, pensó, no sé porque he despertado aquí y nadie está, todo, todo es oscuridad y más oscuridad. Pero seguiré buscando. Creo que lo encontré, tengo que salir de esta caja donde me han puesto y subir, allá arriba escucho voces y llantos. Y llevando las palabras a la acción subió, y se encontró frente a un montón de tierra amarillenta recién removida, y encima estaba clavada una cruz de madera pintada de azul, y había muchas flores por todos lados, de todos los colores y seguramente de todos los aromas, aromas que su nariz nada olía. Alzó la cara y sus ojos quedaron atrapados entre aquellas tumbas, donde ángeles musgosos de mármol extendían sus alas muertas. Estaba sola ante sus ojos, lo sabía, pero seguía escuchando los rezos y llantos desgarradores. Pasó un rato y las voces empezaron a alejarse, calle abajo hacía el pueblo. La mujer se enfiló en la carretera con los pies de aire, y llegando a la bajada del cerro pudo ver los brillantes techos de lámina de las casas allá en el valle y sonrió, pues jamás se alejaría de sus hijitos.

 

FIN

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