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11 min
LA MUJER ABSORBENTE
Fantasía |
29.09.07
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Sinopsis

      Era una vida ritual la que prácticamente llevaba aquella mujer. Visitaba las esquinas de los lugares alejados de los centros urbanos con demasiada frecuencia cuando se acercaba el ocaso. Se ubicaba en sitios estratégicos, aptos para captar clientes, pero, por norma, no pasaba más de dos noches en la misma zona. Vagaba. Consideraba que, de este modo, su localización sería más imprecisa en caso de ser descubierta. Pero, al igual que ella, su profesión poseía miles de años. Un oficio que obraba con maestría desde la antigüedad del mundo, donde ya se le temía. En estos tiempos que corrían, todos podían verla con la fachada que deseaba, la de una bella prostituta. Pero siempre fue y sería una criatura de la noche sedienta de la energía varonil, una empusa. De estos seres se contaron leyendas a millares y los mitos advierten de su poder lascivo y absorbente. Ya los griegos las engendraron como hijas de Hécate, la divinidad que regentaba el reino de los infiernos. De ahí que las mentaran como demonios del Tártaro. Luego los romanos las nombraron lamias, calificativo que en su procedencia expresaba con certeza su avidez. Ella estaba orgullosa de ser quien era y de sus facultades que le aportaban subsistencia y satisfacción a la par. Sus nombres fueron muchos desde el comienzo de su existencia, algunos quisieron ver en ella a Lilith, otros no dudaron en apodarla Viuda Negra, la mayoría la llamaban con diversos nombres insignificantes o simplemente como al resto de las putas que no respetaban, perra, zorra o cualquier otro apelativo descalificativo. Sin embargo, ninguno de aquellos hombres imaginaba cuán cerca de la verdad se encontraban al llamarla así. Un nombre era el que le gustaba utilizar a ella, el primero de ellos y que hacía referencia a quienes consideraban madre de las lilim, por como se las conocía en Palestina. Ese nombre era Lilianne. Un nombre que guardaba para sí misma y que jamás desvelaba.

      Esa noche caminaba por la zona portuaria de una ciudad pequeña al sureste de España. Ya había pasado por allí años atrás y pudo admirar la evolución del lugar con gran asombro. Quizá se quedara por allí más de lo que inicialmente había calculado. Se fijó en las gentes que caminaban aprisa por el paseo marítimo. La muchedumbre conformaba un cuadro variopinto con diversidad de colores y aspectos. Hacía tiempo que no disfrutaba de una mezcla tan singular. En los últimos pueblos en los que estuvo, no eran muy bien recibidos extranjeros ni raritos, como solían decir por esas tierras de interior. Pero igualmente, a pesar de sus mentalidades retraídas, ancladas en un pasado de censura moral, no le faltaban clientes que buscaran consuelo. Sus mujeres aguardaban ignorantes o con la mirada desviada para no ver la evidencia y, ellos, acudían a Lilianne a calmar sus más bajas pasiones.

      Cuando los hombres solicitaban sus servicios, lo hacían de forma tímida, como si pidieran compasión por su necesidad. Curvaban la cabeza en gesto sumiso y emitían una voz delicada y apenas audible. Había excepciones claro, pero Lilianne era experta en atraer este tipo de gentes. Lo prefería así. Menos problemas. Una vez en el hotel o en cualquier rincón oscuro de la calle o en el coche, Lilianne se anudaba al hombre en un abrazo y dejaba que su esencia seminal se esparciera dentro de ella. Era el momento en el cual apretaba aún más a sus víctimas y extraía de ellas todo el aliento vital que contenían, dejándolos apenas con un hálito de vida en su interior, avejentados y desgastados. Muy pocos sobrevivían a un mañana y, los que lo hacían, rara vez solían recuperarse de tal encuentro. Por esa razón Lilianne pasaba poco tiempo en cada lugar. Dependiendo de la magnitud de la población establecía su límite de víctimas y zonas en las que apostar su escultural cuerpo. No quería que se estableciera ningún tipo de nexo entre las extrañas muertes y ella. Podría ser el fin de su supervivencia.

      En una ocasión, en los años 20, estuvo a punto de ser descubierta su identidad. Cuando paseaba por un bosque cercano al pueblo de Arradon, en Francia, un lugareño la sorprendió en estado vaporoso. Solía prescindir de su opacidad carnal de vez en cuando para ahorrar el consumo de la energía almacenada. Desaparecía y volvía a aparecer a su antojo. Aquel testigo, apenas un muchacho púber, la sorprendió en esa intermitente transformación y se acercó para verla con mayor claridad. A punto estuvo de ver su cara e identificarla como la chica que se le ofreció la noche anterior. Entonces, se desvaneció y no la volvió a ver. Fue una de las pocas veces en que un descuido le había obligado a marcharse de un lugar. Desde entonces, para evitar este tipo de situaciones, Lilianne aparecía tras su faena transformada en loba o perra. Así, nunca llamaba la atención y nadie la veía salir del lugar del crimen.

      Las horas se sucedieron bajo aquel farol en el puerto. La afluencia de transeúntes fue menguando. La noche se fue cerrando y las calles acabaron enmudeciendo, pero no del todo, un ligero murmullo y amalgama de ruidos se fundía con la brisa conformando un sonido constante de fondo. Un par de hombres le habían propuesto marcharse con ella, pero los rechazó con el fin de disfrutar sin prisas de aquella primera noche, del aroma del lugar y su vida. Cuando todo se hubo apagado, un marinero se le acercó por la espalda. Llevaba un cigarro de medio lado sujeto en la comisura de sus labios. Le guiñó un ojo e hizo un gesto con la cabeza que invitaba a seguirle. Lilianne ya tenía su ración del día. Hacía calor, pero el hombre llevaba un impermeable grueso cubriendo su ropa blanca y ajustada. La gorra dejaba ver algunos mechones de pelo castaño sobre las orejas y la nuca. Mientras le seguía, no llegaron a articular palabra alguna. La empusa se dejó llevar, jugando a ser seducida y arrastrada al territorio de aquel humano, medio lobo de mar. Anduvieron por uno de los muelles hasta el final. Allí había una embarcación no muy grande amarrada. El marino tomó la soga y tiró de ella sin esfuerzo. Con su mano rozando el borde de la barca, que le quedaba a la altura de los ojos, tiró de una portezuela y ésta se extendió formando una escalinata a los pies de la mujer. La invitó a subir y él la siguió sin dejar de admirar sus glúteos. Se mordió los labios mientras el deseo le subía por el pantalón. Apretó los puños, conteniendo la fuerza que le empujaba a poseer a la fémina. El hombre se dijo que todo a su debido tiempo y volvió a subir la escalera. Acompañó a Lilianne hasta el interior del barco. Olía a pescado, a sal y humedad. No le importó. Entraron en uno de los camarotes, algo estrecho, y el marinero la apremió para que se desnudara. Obedeció sin remilgos. Él se bajó los pantalones y tomó la cabeza de la chica, la empujó hacia su miembro y dejó que se explayara en su oficio. Luego ella se subió sobre él y comenzó a subir y bajar.

      Lo que vino después fue un acontecimiento inesperado tanto para la empusa como para el marinero. El hombre comenzó a insultar a la prostituta con vehemencia en el momento álgido de la relación. El clímax se vio repentinamente interrumpido. Lilianne se revolvió sobre sí misma y corrió por el camarote, estrellándose como loca en su carrera con cada una de las paredes, tirando objetos de adorno y desgarrando las sábanas. Cómo pudo, el marinero abrió la puerta sin dejar de insultarla y ella salió de la habitación. En la superficie, siguió corriendo y chillando como una loca, sin reparar en su absoluta desnudez. El marinero no esperaba aquella reacción ni mucho menos. Todo se vio rematado por la súbita cadena de transformaciones que sufrió la mujer de forma intermitente. Ahora se volvía invisible, ahora aparecía con forma de perro, ahora desparecía de nuevo, ahora era una vaca... No entendía nada y, en el fondo, no quería entender. Un hombre iletrado, afianzado en la vida del mar y luchador desde la infancia para procurarse alimento, no sabía nada de mitos y leyendas de la antigua Grecia. Él podía hablar de lo que contaban sus ancianos maestros pescadores, de las leyendas del mar enfurecido y las almas de los ahogados que habitan bajo los muelles. Podía narrar con precisión las anécdotas de sus compañeros y las suyas propias, acontecidas durante más de treinta años. Pero no había aprendido a leer hasta hacía pocos años y, desde luego, no había tenido interés suficiente por la lectura como para adentrarse en la cultura clásica. Ni siquiera tenía interés en los libros más sencillos, los que leía, lo hacía por insistencia de su hija o algún amigo, pero terminaba por desistir y dejarlo a la mitad. Le cansaba y angustiaba a un tiempo descifrar todas esas letras juntas. Bastante tenía con saber lo básico y, más o menos, identificar etiquetas y rellenar formularios. Pero no sabía nada de empusas ni entidades malignas chupadoras de energías vitales.

      Dejó que la criatura femenina corriera sin mediar en el espectáculo. La dejó, hasta que saltó por la borda y aterrizó en el muelle de madera con liviandad, como si fuera una pluma. La observó como si fuera un lobo, huyendo al trote hacia el puerto. La perdió de vista cuando se adentró en las calles que llevaban al centro de la ciudad. Nunca la volvió a ver. El marinero no sabía que estas criaturas huyen despavoridas al sentirse insultadas u ofendidas, igual que ella no sabía que aquel era un hombre rudo con cierto gusto por el masoquismo y el maltrato vejatorio. Su mujer sí lo supo bien durante mucho tiempo, hasta que se cansó de los golpes y amenazas y tuvo la valentía de abandonarlo. Se llevó a su hija con ella. Su mujer siempre lloraba, le maldecía por el trato que le dedicaba y le advertía de la maldad que encerraban aquellos actos tan horrendos. Él nunca lo comprendió. Ahora, tampoco lo entendía, su mala leche con el sexo opuesto le había salvado la vida. Sin embargo, a pesar de todo, si hubiera dispensado un trato mejor a su esposa, esa noche no habría estado comprando el amor de otra mujer, que resulto ser una bestia demoníaca, y habría evitado aquella imagen que jamás se borraría de su cabeza y haría que sus escapadas amatorias jamás fueran iguales, siempre temeroso y retraído. No volvió, no obstante, a insultar a una mujer, por miedo a ser devorado en uno de esos encuentros y, sus escarceos, desde luego, se limitaron a momentos de ineludible necesidad y a borracheras que se olvidan al día siguiente. Lilianne, en cambio, no quiso pasar un día más en la ciudad y siguió su camino. Nunca hubiera podido imaginar un encuentro tan desagradable en un lugar que le había parecido tan bonito y encantador. Pasarían años hasta que volviera a pisar aquellas calles. El marinero llevaría ahogado dos décadas, compartiendo su agonía con el resto de las almas que yacían bajo el muelle. Después de todo, quizá volvieran a encontrarse. Pero lo cierto era que no importaba.
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