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9 min
LA MUJER DEL ANUNCIO
Humor |
09.02.19
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Sinopsis

Las desventuras de un aspirante a conquistador de una mujer soñada.

Bernardo Asensi que era un hombre de treinta años de edad, con una incipiente calva; y de profea rutsión agente comercial de una empresa dedicada a la fabricación de objetos de regalo, se sintió fascinado contemplando la belleza de la modelo que tenía un  lacio cabello de color castaño, y una persuasiva mirada, la cual estaba fotografiada en un cartel publicitario sugiriendo al viandante que comprara una lavadora de una marca determinada, que estaba junto  a una rutilante discoteca que acababan de inaugurar.

Bernardo se adentró en el interior de aquel local, pero como estaba semioscuro tropezó con un escalón y cayó de bruces encima de una pareja que estaba en prácticas amatorias. Fue entonces cuando se apercibió casualmente que en la barra del bar de aquel lugar estaba su amigo Alberto con su insolente aire de perdonavidas, de ligón consumado quien tras saludarlo le dijo que le presentaría a un par de amigas que en aquel momento se hallaban en el lavabo.

- No... yo... - susurró Bernardo algo turbado.

-¡Que sí, que sí! ¿Eres un hombre hecho y derecho, o una rata? - le respondió Alberto con extrañeza.

Cuando aparecieron las dos mujeres risueñas, se pusieron a revolotear en torno a la chispeante labia de Alberto como si fuesen dos mariposas atraidas por la luz de una lámpara, y Bernardo quedó gratamente sorprendido porque una de ellas llamada Blanca era nada más y nada menos que la modelo del anuncio publicitario que él había visto afuera. ¿Es que el agente comercial estaba soñando?

Mientras tanto Alberto para que las dos damas le admirasen seguía contando anécdotas jocosas  de su vida, a hacerles bromas picantes con gracia y gallardía, a la vez que éste exhibía en una mano un largo cigarrillo que estaba al borde del vaso de cubalibre que sostenía con la otra mano emulando así la pose de los actores de cine más carismáticos, eclipsando la desdibujada presencia de su amigo Bernardo, el cual ansiaba desesperadamente meterse en la conversación.

De manera que el apocado Bernardo en un intento de abrirse paso y hacerse oír, dio un codazo involuntario en el brazo en el que Alberto tenía su cigarrillo, y este cayó dentro del vaso de su bebida. Y fue tal la contrariedad del "perdonavidas" que aquella aparente seguridad que ostentaba, se desinfló como un globo al ser pinchado con una aguja; el decorado había caído ridículamente en la cabeza del actor en plena representación teatral. Aquel incidente le hizo pensar a Bernardo que la vanidad es tan evanescente e insubstancial como el humo de aquel cigarrillo.

El agente comercial quería intimar con la modelo, y la invitó a bailar una pieza lenta.

- ¡¿Eres de aquí?! - le preguntó Bernardo a la chica a grito pelado debido al alto volumen de la música mientras se balanceaban en la pista.

-¡No, soy de Logroño! ¡Pero hace años que vivo vivo en Barcelona! - respondió ella en el mismo tono.

- ¡Ah! - expresó Bernardo sin enteresarse de nada, pero disimulando su sordera-.¡ ¡Oye tienes un encanto especial?!

-¡¿Cómo dices?!

-¡Que tienes mucho encanto!

- ¡Aaaaah...psé...!

Primero era la prepotencia de su amigo Alberto que le obstruía el acceso a Blanca, y ahora era el ruido ensordecedor discotequero que no le dejaba dialogar con aquella fémina. ¡Que complicado y estúpido era todo! - se dijo Bernardo en su fuero interno.

Posteriormente, a la hora de las despedidas Bernardo propuso a la modelo de verse el próximo sábado, mas ella le dijo que aquel día iría con su amiga a montar a caballo al pueblo colindante con Barcelona llamado San Cugat del Vallés, y le sugirió de verse allí.

Bernardo que nunca se le había ocurrido montar a caballo, para no perder de vista a la sin par Blanca aceptó sin pestañear. "A ver cómo me las apaño el sábado. Que pijadas se les ocurren a las mujeres" - pensó.

El picadero donde  le había citado Blanca se hallaba situado en un hermoso valle rodeado de pinos y de abundante vegetación, con un ambiente muy a la altura de las circunstancias, a tenor de las mujeres imbuidas en su papel de amazonas que pululaban por todas partes, mientras que los caballos iban y venían en todas direcciones siempre bajo la turela de sus cuidadores.

Bernardo oteaba con la mirada esperando localizar a Blanca, que no tardó en dar con ella, y a su silenciosa amiga.

-¡Je! ¡Hola chicas! - las saludó él con una aparente jovialidad que estaba lejos de sentir porque no estaba bastante seguro de salir airoso de aquella aventura.

Mas ellas le devolvieron el saludo con un indiferente movimiento de cabeza que al joven no le gustó en absoluto.

A los pocos minutos les tocó a ellos montar a caballo; enseguida Blanca y su amiga encontraron a su animal, y a Bernardo le endilgaron una yegua de color negro llamada "Carlota".

La yegua en cuestión empezó a caminar con parsimonia, y Bernardo tuvo la sensación de que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Y en la medida que el animal avanzaba al inexperto jinete le parecía que el panorama se le venía encima. Éste tuvo la convicción que si por casualidad a algún productor de películas del Fart West se fijaba en él, tendría que contratar a un extra porque evidentemente el agente comercial no era ningún John Wayne.

Al momento la comitiva abrió la marcha y Blanca iba delante del grupo. Bernardo la quería alcanzar, pero fatalmente quedó rezagado por capricho de "Carlota". En efecto, la yegua que tenía muy mala idea pareció captar la psicología y la inexperiencia de quien la montaba y hacía lo que le daba la gana, porque igual marchaba a paso lento, se desviaba de su ruta, y de repente le daba por ir a galope.

Bernardo se desesperaba.

-¡Venga! ¡Arre, mujer...! ¡No seas así...! -  la azuzaba cuando iba a cámara lenta.

Sin embargo Carlota no estaba disouesta a hacerle caso, y para más guasa se ponía a comer hierba; en realidad era como si él fuese un cero a la izquierda. De repente cuando Bernardo menos se lo esperaba, y de forma imprevista "Carlota" iba al trote a todo trapo, y entonces el jinete muy al contrario de las veces anteriores se veía obligado a gritarle muerto de miedo:

- ¡Para, para! ¡Soooh! ¡He dicho que soooh...!

El caso era que Bernardo en aquellos momentos no iba montado encima de la yegua, sino que a causa de su loca carrera volaba casi por los aires, y se agarraba como podía al cuello del animal para no caer bajo sus patas.

De súbito "Carlota" detuvo  su paso y Bernardo respiró con cierto alivio."¡Uf! Lo que se tiene que hacer para poder ligar" - se dijo a sí mismo-. Pero una vez más ella se inclinó para comer, por lo que el John Wayne de tres al cuarto se vio deslizar como en un tobogán por el cogote de la yegua.

-¡Ay, ay... que mne caigo...! ¡Que no comas; ahora no que es pronto! ¡Déjalo para después! - le gritó Bernardo.

"Carlota" daba la impresión de que se lo pasaba en grande. Nunca había tenido a un jinete tan torpe como aquel, y ahora se aprovechaba de la situación. Tanto fue así que ella se desvió del camino hacia un estanque de agua y se puso a beber con fruición sin atender para nada a las llamadas de aquel pesado y quisquilloso sujeto que no la dejaba en paz, y que estaba a punto de caer de cabeza en el estanque.

A todo esto, los demás hacía rato que Bernardo los había perdido de vista.

"Carlota" bebía sin cesar, cuando se le acercó un experto jinete que al ver aquella situación le exhortó a Bernardo:

-¡No la dejes beber!

-¿Y qué hago?

- Tírale con fuerza de las riendas.

Bernardo a pesar de que era un amante de los animales, le dió tal tirón que "Carlota" con manifiesto fastidio escupió el agua, al tiempo que clavaba una amenazante mirada a Bernardo. Era como si le expresara: "Ahora verás quien soy yo. Ya te puedes preparar la que te cae".

Éste al ver la ofendida expresión de la yegua sintió que se le encogían los textículos, a la vez que sintió un escalofrío en su vientre. "Ay, que ahora se vengará de mi" - pensó él.

-No, no "Carlota"¡ Olvida lo que te he dicho...!  No he dicho nada, nada,.,. Bebe, bebe cuánto quieras. - le dijo Bernardo suplicante con la vana esperanza de ser comprendido.

Pero "Carlota" no estaba por excusas, porque de pronto echó a correr sin contemplaciones, y Bernardo iba zarandeándose de un lado a otro sin ningún control.

- ¡Para, detente! ¿Es que te has vuelto loca? - gritaba él lleno de terror.

El animal no se inmutaba lo más mínimo, hasta que se les cruzó uno de los guardas, el cual con un exhabrupto consiguió que "Carlota" se detuviera en seco. Pues con aquel tipo no se valían bromas.

Bernardo pudo al fin recomponer su compostura, aunque le dolían tremendamente los riñones.

Lo malo fue además que después de todas aquellas vicisitudes tanto en aquella discoteca como en el picadero para acercarse a su anhelada modelo publicitaria, descubrió que ella era una mujer superficial y aburrida que no tenía nada que ofrecer, ni que decir.

Y es que  la vida es tan impredecible y a veces decepcionante como la temible yegua "Carlota".

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