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6 min
La mujer del pelo blanco
Amor |
23.03.09
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Sinopsis

La mujer del pelo blanco tiene unos ojos juguetones que apenas ven. Para ella, las cosas se retuercen y complican en un amasijo de formas y colores, y con frecuencia, una barra de pan termina por convertirse en serpiente pitón con lengua versátil. Imposible saber si le picará al hincarle el cuchillo o si terminará por deshacerse en crujiente miga recién horneada.

Su femenina silueta oronda la obliga a apoyarse en un bastón, al que se sujetan sus manos ásperas de ave de presa, temerosa de caer en pleno vuelo, de despeñarse en un asfalto de nadie y pasar desapercibida, como el gris de los adoquines o los papeles de los caramelos que la gente suelta con indiferencia.

Pasa el tiempo para todos menos para ella, que anclada en su sillón favorito, escucha atentamente absurdos programas de televisión porque esas voces la acompañan, le traen nostalgias de otros tiempos. Era entonces cuando su voz sonaba nítida entre las cuatro paredes de su humilde vivienda, esas mismas que fueron testigos de su primer amor: el hombre de pelo rubio que tocaba el acordeón y que tenía como mayor virtud su juventud y ser profundamente divertido. Ese hombre de ojos claros que la siguió hasta conseguirla, convirtiendo en realidad el famoso dicho. Algunas tardes, la mujer del pelo blanco recuerda; otras prefiere olvidar y dirige sus ojos hacia la pared, para que todos sus dolores se mezclen con aquellas preguntas que nunca tendrán respuesta.

Solía tocar bajo su ventana, noche tras noche, y cuando no tocaba, la seguía con la mirada por dondequiera que fuese. Él tenía veintiún años y tocaba el acordeón, y tal vez, -como ella dice-, no la hubiera hecho feliz porque era muy guapo, y muy divertido, y las mujeres le perseguían igual que el goloso persigue la dulzura.

La mujer del pelo blanco tiene una fuerza en la mirada que no se corresponde con su edad, y cuando la contemplo, me parece una niña escondida en una armadura de anciana. Su mente ágil libra cruentas batallas con ese cuerpo octogenario que camina despacio, paso a paso, hacia el final de los tiempos.

Pero su joven esposo cometió una imprudencia. Era joven, era guapo y tocaba el acordeón, y un día osó bañarse después de comer. Los médicos dijeron que la sangre se le había hecho agua, igual que la del río de su pueblo, ese en el que se sumergió sin guardar el tiempo de la digestión. En su crueldad de torrente sin escrúpulos, no se lo llevó en ese instante, no, dejó que ella, la mujer del pelo blanco, se hiciera ilusiones pensando que iba a ser más fuerte, pero aquella vez, perdió la batalla. Le sacaron vivo y aún pasó otra noche debatiéndose entre la luz y el crepúsculo, pero a la mañana siguiente, abrió los ojos un solo instante para contemplar su acordeón y exhaló un último suspiro.

La mujer del pelo blanco tenía su misma edad, y estaba esperando un hijo, pero a la semana de morir él, tuvo un aborto natural y se quedó sola, con un acordeón desafinado y una cuna vacía. Pasó mucho tiempo escondida en una nube, trabajando de sirvienta hasta caer agotada por las noches. Era la única forma de sobrevivir: no pensar.

Al cabo de diez años, conoció a un gavilán soltero, que había volado mucho y que pensaba que las mujeres eran presa fácil y había que divertirse con ellas, pero enamorarse era para los otros, hasta que se dio cuenta de que la mujer del pelo blanco era diferente: tenía una mirada perversa y un carácter agridulce. No fue fácil conseguir un beso, menos aún dejar que el cura anunciara públicamente que la mujer del pelo blanco y el guardia civil, iban a convertirse en marido y mujer, no fue fácil pero ocurrió, como ocurren las cosas que menos esperamos.

Se casaron unos meses después, tras un luto de varios años que la había cubierto de chocolate negro por dentro y por fuera, y cuando habla de él, -de su segundo marido-, siempre dice que fue bueno, pero no era guapo, ni divertido, y tampoco tocaba el acordeón. Tuvieron dos hijos varones, los mismos que ahora acuden a comer los sábados, esos a los que nada les importa que su madre sufriera con intensidad la pérdida de aquel joven de ojos claros, que tocaba música de acordeón sus momentos de asueto. No recuerdan que pudieron tener un hermano mayor, de no ser porque el río estaba hambriento de belleza y juventud, y de gente divertida que amenizara con música de acordeón la soledad de sus aguas.

Por lo que ella cuenta, llegan justo a tiempo de coger el tenedor, cortan, pinchan y apenas saborean la comida, se esconden en la negrura del café, y se marchan flotando con el aroma fuerte de ese líquido oscuro, que se convierte en una pequeña tristeza bebida cada fin de semana.

Cuando vuelve a quedarse sola, la mujer del pelo blanco recoge la mesa despacio, sin soltar su bastón, lava y guarda cada plato hasta que la cocina queda como la dejaba en sus buenos tiempos, cuando se tiraba al suelo para dar cera frotando con las manos hasta conseguir un fulgor sobrenatural que nadie valoraba. Después, experta cocinera, vuelve a sus cuadernos de sopas de letras, entre cuyas páginas apunta palabras cuyo significado no siempre consigue recordar, como por ejemplo “terapia”, esa a la que se somete su hijo menor, -errante entre el alcohol y las drogas después de un matrimonio fallido-, o “sábado”, esa terrible palabra que le recuerda que tiene dos hijos de un hombre bueno al que nunca amó lo suficiente, tal vez por culpa de la juventud de aquel hombre divertido que tocaba el acordeón, y con el que hoy, después de tanto tiempo, todavía sueña.

La mujer del pelo blanco, antes de irse a dormir, acaricia las teclas amarillas de un acordeón desafinado.
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