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5 min
La mujer que decidió que no volvería a correr.
Poesía |
29.05.14
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Sinopsis

Una mujer perdida en el bosque.

Ella, desnuda, bajo el hechizado abrazo de la luna negra. Y corrió, entre los verdes helechos, sobre las ramas secas. Las hojas acariciaban su suave piel y estremecían los músculos de porcelana antaño quebrados. La sangre manaba de su mejilla izquierda, de la derecha no. Desnuda, y corrió, ante virgen selva, bosque enclaustrado, lunar tormenta sobre valle gris. El racimo de uvas calló, y ella, allí presente, miró a sus espaldas, rápido, lo suficiente para arrancar la lágrima tardía del abrazo de su párpado. Mujer de facciones suaves, esmeriladas cual concha impecable, tersas más que la piel más exquisita, afiladas y cortaban el rocío. Ojos de rocío puros, empapados de marina grandiosidad, tormenta en la tormenta, perlas ante el relámpago nocturno. Fue repentino el encuentro contra galvánico resplandor, y ella no se estremeció. Y avizoró la sombra lejana de suave pelambrera sobre un abrupto peñasco, y no se estremeció. Y vio el agua nacer y morir, estrellada contra rocas erosionadas hasta la tersa delicadeza, y no se estremeció. Y escuchó al lobo cantar a la luna, y no se estremeció. Y vio el profuso resplandor traducirse en marcadas cornisas, preclaros triángulos en el horizonte, y no se estremeció. Y bajó los ojos grandes como perlas, y los volvió a subir, y más grandes se volvieron, pues ella, desnuda ante grandioso peñasco, tembló sin tener frío, aunque la gelidez nocturna ya congelara su piel, y a ella.

Pobre mujer bella, de belleza inexorable, salvaje en un mundo salvaje. Lejos de allí belleza sincera, inerte, arropada bajo abrazo de meticulosos arreglos, sus poros taponados, sonrisa de carmín. Se encorseta la pechera con movimientos perfectos, se estrangula la bufanda de encaje de cachemir. Tierna sonrisa ante espejo manchado, y recoge la maleta de cuero gris tras acuclillado distinguido.

Ahora, desnuda, pierde visión y no quiere. Y escucha el trueno.

Ella, sencilla mujer casada, brillan sus poros ante espejo de mano. Suaviza su rostro, le aplasta el mandil, no puede más. Levanta el mentón y gime, baja el mentón y llora. Ya no hay maquillaje en su fino rostro, ha sido su belleza profanada. A lo lejos, el reflejo ha visto una sombra.

Ahora ella, desnuda, atiende a nuevo rayo. Allí, está allí. Y llora. Pobre mujer, le ha preguntado a la luna. Algas resbalosas y viejas deslizan sus sensaciones a través del digno abrazo de su pie fino. Tempranos renacuajos buscan refugio lejos, en el barro. El mismo que pisa, el mismo que difumina con preciosas lágrimas de gema liviana. Contra el agua nacen ondas que son esferas, y remarcan la presencia de la luna. Allí huele a moho, y a sangre, y a frío.

Digna mujer de salvaje belleza, la realidad ha oprimido sus pulmones. La violencia ha marchitado su cuerpo, la perfección alabado sus desesperaciones. Lo ha visto, obsequio nativo de contorno sádico. Impoluto reflejo de su alma. Indescriptible terremoto de nocturnidad latente. Cortado su aliento ha visto el rayo, y el lobo aullando, y la luna sobre el lobo, y bajo el lobo cascada de limpia agua cristalina crepitante, y bajo la espuma, las rocas, y sobre las rocas, estanque de transparencia innata. Es verdoso, o azul, y sus ojos del color de perlas. Muchacha tardía, esposa amante, entre árboles de verdor impuro. Quiere silbar, no puede, quiere correr, no sabe. Pobre mujer de belleza indudable, marcada hasta la evidencia insultante. Chilla al frío nocturno, no va a correr, no correrá jamás.

Se gira y ve los helechos lastimados, las ramas partidas, los charcos sobre barro hundido. Ella ve una replegada sombra en la lejanía quizás. Espera para ladear la vista, y se vuelve, y nada más. El búho ulula, el agua calla, recta fila de hormigas devora un racimo de uvas. Y ella, desnuda, llora, sobre charco cual pozo insondable. Por fin ha entendido. Por fin, bajo el hechizo de la luna negra, abrigada por el canto de ave y sobre el resplandor cadavérico de su rostro inaceptable, ha admitido el final de un rumbo. No correrá jamás, bella mujer desnuda, porque no queda camino por recorrer. Le ha preguntado a la luna: ¿Qué marcha emprenderé? Y la luna ha respondido: Nada.

Los pasos de su marido suenan débiles. Llegará, a ella, por cuarta vez en su vida. La primera cuando se conocieron, la segunda lavando los platos de él, la tercera por puro capricho. La cuarta, porque ha escapado de su castigo. Ella se agacha, se recoge, y quiere morir. Cierra los ojos, y tiembla, esta vez por puro frío.

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