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8 min
La muñeca de porcelana
Terror |
17.09.12
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Sinopsis

Una pequeña niña, al borde de la muerte, recibe una extraña muñeca hecha de porcelana como regalo de su madre...

 

   Mauro y Leila se conocieron el último año de secundaria, cuando ella tuvo que cambiar de escuela al mudarse su familia a Rosario, y tardaron la mitad de éste en darse cuenta que se amaban el uno al otro.

   Su relación perduró, y cinco años después, se casaron. Compraron una casa en Córdoba, donde él consiguió trabajo como cocinero en un tenedor libre, y ella, como maestra en una escuela primaria.

   Y, un año después, tuvieron una hija, a la que llamaron Melody.

   Melody era una niña inquieta, de pelos largos y castaños y unos hermosos  ojos grises heredados de su madre. Creció sana y feliz, bajo el cuidado de sus protectores padres.

   Pero un día, pocos meses después de haber cumplido tres años, la niña despertó a sus padres con una terrible tos. Mauro fue quien reaccionó primero. Corrió hacia el cuarto de la pequeña, que no paraba de toser. Cuando entró, vio que a la niña le costaba horrores respirar.

   La llevaron urgentemente al hospital. Una vez allí, la niña fue llevada a emergencias, cuando lograron hacer que respire un poco, la internaron con nebulización. Había contraído una neumonía muy grave.

   Lejos de mejorar, la enfermedad de Melody empeoró. A los pocos días, comenzó a necesitar respirador. A las tres semanas, el médico les dijo a sus padres que lo acompañaran afuera de la sala, y les dijo que ya no se podía hacer nada. Melody iba a morir.

   No hace falta explicar que ambos quedaron destrozados. Leila lloraba desconsoladamente mientras Mauro, presa de la desesperación, cayó en la negación y comenzó a insultar de la peor manera al pobre hombre.

   Al fin, la conmoción pasó, pero la tristeza y el dolor siguieron, aumentando a medida que la niña perdía su color, y las constantes de su pulso disminuían.

   Un día, el médico les dijo que a Melody no le quedaban más de dos o tres días. Leila se alejó llorando y gritando, mientras que mauro entró en la sala y abrazó a su hija, mientras las lágrimas le caían por la cara. Y así se quedó durante horas.

   Entonces Leila volvió. Todavía tenía los ojos llenos de lágrimas. Mauro pudo observar que traía algo en el brazo. La mujer lo depositó al lado de la pequeña, y entonces pudo ver de qué se trataba: era una pequeña muñeca  hecha de porcelana, un regalo de despedida para Melody.

   La enfermedad perduró. Sin embargo, Melody no murió a los dos días diagnosticados. Logró sobrevivir una semana más. Y otra. Y otra.

   Y finalmente, ante la increíble sorpresa de los médicos, Melody se curó.

   La neumonía comenzaba a desaparecer. Pronto pudo respirar por su cuenta y finalmente, fue dada de alta.

   Milagro. Era la única explicación que se podía dar. La vida siguió su curso, Melody no volvió a presentar nunca síntoma alguno de problemas respiratorios.  Siguió creciendo tan sana como había sido siempre, y la enfermedad que casi le cuesta la vida se convirtió en un recuerdo lejano.

   La muñeca de porcelana que su madre le regaló se convirtió en su objeto favorito. La llevaba a todas partes con ella. Sus padres pensaban que la consideraba su amuleto de la suerte. Y ellos también.

   Los años pasaron, y finalmente, llegó el día en  el que Melody debía comenzar a ir a primer grado. Mauro y Leila estaban sumamente nerviosos, pero eso no era nada comparado con la pobre niña. La semana antes de ir al colegio contrajo fiebre, y eso fue suficiente para poner los pelos de punta a sus padres. Cada vez que su hijita se enfermaba, inevitablemente ellos temían lo peor.

   Pero no fue más que eso, una simple fiebre provocada por los nervios.

  Se curó justo a tiempo para comenzar las clases (para su disgusto). Era domingo. Mañana sería el gran día. Melody no probó bocado, y a la noche no pudo dormir, y tampoco dejó dormir a sus padres. Cada cinco minutos tocaba a la puerta de su dormitorio con alguna nueva preocupación:

   -¿Y si la señorita es mala conmigo? ¿Y si mis compañeritos no me quieren? ¿Y si no puedo hacer los trabajos?

   La tediosa noche pasó por fin. Leila fue a despertar a Melody. Obviamente, no hizo falta. Estaba sentada en su cama con los ojos abiertos como platos.

   Salieron de la casa, los tres tomados de la mano, rumbo a la escuela. Cuando estaban a medio camino, Melody dijo:

   -¡No traje a mi muñeca, mami!

   -No pasa nada, corazón –la tranquilizó su madre-. Vas a estar bien sin ella.

   En realidad, pensó Leila, no estaba mal que se desprendiera un poco de esa cosa.

   Llegaron. Todos los chicos estaban esperando, ansiosos, afuera. Sonó el timbre, y las maestras salieron a llamar a sus alumnos en orden.

    Llegó el turno de Melody. La niña dio una última mirada a sus padres y entró.

   Mauro y Leila se quedaron cinco minutos plantados como estatuas, mirando la puerta por la que había entrado su hija. Cuando por fin lograron reaccionar, se miraron sonriendo, dieron media vuelta y se dirigieron hacia su casa.

 

 

 

   ¡CRASH!

   -La puta que lo parió…- se lamentó Mauro.

   Estaba guardando los juguetes que su hija había dejado tirados en la repisa, cuando, accidentalmente, empujó uno de los que estaban colocados, y este cayó.

   No fue hasta que lo oyó romperse que se percató de qué había sido: la muñeca de porcelana, la favorita de Melody.

   La muñeca no había sufrido muchos daños, pero ya no estaba en condiciones de que se jugara con ella: se le había golpeado la cabeza, dejándole un agujero que iba desde la frente hasta debajo de la nariz. 

Leila entró a la habitación alarmada por el ruido, y al ver la muñeca destrozada, se llevo las manos a la boca.

   -Se le va a partir el alma –exclamó con un hilo de voz.

   -Voy al centro a ver si consigo otra –contestó Mauro, decidido.

   Y así lo hizo. En menos de lo que canta un gallo estaba arrancando el auto.

   Sin embargo, tuvo que volver con las manos vacías. En todo el centro sólo logro encontrar un par de muñecas de porcelana en una tienda de cosas antiguas, pero no se le parecían en nada a la de su hija. Derrotado, volvió a su casa.

   En cuanto abrió la puerta, supo que algo andaba mal. No sabía qué era, pero algo en el aire le decía que había pasado algo malo.

   Lentamente, caminó hacia la habitación, y sus temores se confirmaron cuando, a través de la puerta cerrada en la distancia, comenzó a escuchar los sollozos desesperados de su mujer.

   Abrió despacio. Leila estaba sentada en la cama, y en una silla había un hombre de ya muchos años. Mauro sabía quién era: el director de la escuela de su hija.

   En cuanto lo vio, el hombre se paró y dio unos pasos hacia él.

   -¿Qué pasó? –Dijo Mauro, alarmado- ¿Pasó algo con Melody?

   Por un instante, Mauro se dio cuenta de que el hombre no sabía cómo diablos explicarle lo que fuera que iba a decir.

   -Señor –dijo con voz lúgubre, mirando el suelo-. Su hija murió esta mañana.

  

   Nunca se supo realmente qué le ocurrió a Melody. Al terminar el recreo y ver que no volvía, la maestra fue a buscarla al baño, y allí la encontró, tirada debajo de las canillas, con el cráneo destrozado desde la frente hasta debajo de la nariz.

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