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5 min
La niebla
Suspense |
05.05.15
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Sinopsis

¿Hay niebla?

     El día se había levantado gris, la niebla lo envolvía todo. Ella caminaba deprisa, llegaba tarde a trabajar, no veía pasar a la gente hasta que se encontraban a su lado, parecían espectros caminando a su alrededor, acechándola. Su miedo aumentaba conforme iba imaginando en su cabeza todas las películas de zombies que había visto. Maldijo esos momentos delante del televisor que le hacían tener esa imaginación desbordante.

      Miraba al suelo, mientras caminaba lo más deprisa que podía para no chocarse con una farola, un árbol o tropezar con algún bordillo. Una mujer blanca como el papel pasó por su lado y le rozó el hombro, estaba en estado de pánico y empezó a acelerar el paso. Un choque frontal previsivo la hizo volver a la realidad. Sentada en la acera intentó ver con que o quien había chocado. Unos ojos azules la sacaron de la niebla, una sonrisa y un "¿como estás?" le aceleró el corazón. 

      El rubor le llegó a sus mejillas y como pudo y con ayuda de aquel desconocido se levantó con dificultad. De entre todo el mundo con el que se podía chocar, lo había hecho con el mismo Adonis. Murmuró algo ininteligible, que hizo que aquel desconocido se acercara para oírla mejor.

     - Déjame que te invite a un café para compensarte mi torpeza.

     La suerte la acompañaba, aquellos ojos azules la tenían hipnotizada. No podía dejar de mirarlos. Los quería atrapar para que no se le olvidaran nunca. Un "de acuerdo" salió de su boca casi sin  decirlo. Tomaron café en una cafetería cercana, ella llegaría tarde al trabajo pero sabía que su jefa lo comprendería cuando le contara su experiencia. 

      Conectaron desde el principio, a los dos les gustaba la escalada y reían por tonterías. Cuando se despidieron, ella se había quedado con ganas de más, pero no se atrevió a pedirle su teléfono. Él tampoco lo hizo, lo que la decepcionó. Cabizbaja entre una niebla ya casi disipada se dirigió a su puesto de trabajo. Cuando llegó se lo contó todo a su jefa. Se habían convertido en amigas después de cuatro años codo con codo salvando las distintas crisis del negocio.

      Se pasaron la mañana con conjeturas del estilo, está casado, no había habido tanta conexión como ella había creído, en fin se les ocurrió de todo. Hubo momentos de exaltación, de resignación y de decepción.

     Al salir del trabajo el sol brillaba y ella recordó sus gafas de sol en su mesa de la cocina. Con los ojos guiñados intentó ver lo que tenía delante. Sus ojos azules y su sonrisa estaban allí, totalmente arrebatadores. Ella le devolvió la sonrisa.

      - He sido un tonto, se me ha olvidado pedirte tu teléfono, y entre la niebla te he seguido. Espero que no te importe. ¿Quieres ir a comer?

     - Por supuesto. Esta tarde no tengo que volver a trabajar, los viernes por la tarde los tengo libres.

      Él la llevó a un restaurante italiano, bastante pequeñito, acogedor, contaba con solo cinco mesas, y todas estaban vacías, excepto una que la compartían un par de mujeres que no paraban de hablar y reírse a carcajadas. Comieron y hablaron durante casi toda la tarde, y cuando el camarero les dijo que iba a cerrar se levantaron. Decidieron a dar un paseo, hasta que él le dijo:

     - Mira que casualidad, en la próxima calle está mi casa. ¿Quieres subir y cenamos algo?

     Ella se sintió tentada de decir que no, no conocía bien a aquel hombre, desde luego era el hombre de su vida. Tenían tantas cosas en común y estaba tan a gusto con él que se lió la manta a la cabeza y subió a su casa. ¿Cuántas veces iba a tener esa oportunidad? Se imaginó el día de su boda mientras subían el ascensor, ella de blanco, él también. Se imaginó sus niños de ojos azules, mientras el abría la puerta de su casa. Dos niños preciosos con los ojos de su padre.

      Cocinaron juntos entre risas, él abrió una botella de vino y se sentaron a cenar. Él le contó que tenía dos hermanas, que el era el pequeño de los tres, que su madre los había abandonado cuando su padre falleció. Sus hermanas habían trabajado duro para que él pudiera estudiar medicina, así que se lo debía todo a ellas. Ella también le contó algo de su vida, sus relaciones pasadas, su familia tradicional. Todo muy normal. 

     De repente empezó a sentirse mareada, el vino hacía de las suyas, se levantó con un poco de dificultad y fue el baño. A medio camino cayó al suelo semi inconsciente. Lo último que vio fue una sonrisa perversa en aquel rostro de Adonis. No había bebido tanto vino, ¿qué pasaba? La niebla lo envolvió todo.

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