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4 min
La niebla VI
Suspense |
01.07.15
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Sinopsis

Isabel secuestrada, y mientras en la ciudad...

Se había quedado dormida. No sabía porque, pero sabía que no debía dormirse. Abrió los ojos, y lo que vio le devolvió a la realidad. No conocía aquella habitación. Por suerte no había nadie. Echó un vistazo rápido. La habitación parecía de hospital. Todo era blanco, paredes blancas, sábanas blancas, cortinas blancas. No se atrevió a mirar más. Antes de cerrar los ojos se dio cuenta de que estaba unida por una vía a unos botes. Parecía suero, pero no sabía si había algo más.

     Aún llevaba su ropa, estaba incómoda, a pesar de haberse dormido, no se había movido ni un ápice. Intentó moverse un poco, aunque fuera un poco para desentumecerse. Fue cuando notó que sus pies estaban atados a la cama. No sentía presión, no eran cuerdas, pero algo la tenía inmovilizada. Sus manos estaban libres, podría levantarse y desatarse. Pero después, ¿qué pasaría? ¿La estarían esperando? ¿Podría salir sin que la vieran?

      Dejó pasar un rato, pensando, intentando recordar cómo era la casa, pero había mantenido los ojos cerrados durante todo el tiempo. Recordó la frase de su madre: "Isabel, ten cuidado con los ojos azules, que son traicioneros". Se odió a si misma por enamorarse de unos ojos embusteros, por permitirse el lujo de bajar la guardia.

     Oyó ruidos fuera, no se atrevía a abrir los ojos. La puerta se abrió lentamente, notó una presencia a su lado. Una mano acarició su cara, mientras trasteaba los botes y los aparatos que había a su lado. Una voz de mujer:

      - Muñeca eres preciosa, que maravilla de piel. Qué pena que nuestro hermano no nos deje tocarte aún. No sabemos lo que pretende, pero esto no va acabar así. ¿Verdad hermana?

    No se había dado cuenta de que había otra persona allí en la habitación, pero tenía los ojos cerrados y no se fiaba de sus sentidos. Otra voz parecida a la anterior le contestó.

     - Si hermana, ahora tenemos que irnos. Nuestro trabajo no espera, pero esta noche volveremos y entonces Raúl tendrá que contestarnos. Tú eres nuestra.

     Recibió un beso pringoso, después de que le separaran sus rizos pelirrojos de la cara. Se le quedó la baba pegada, una baba pegajosa y húmeda le chupaba la frente. Tuvo el acto reflejo de limpiarse, pero se contuvo. La puerta se cerró. Voces fuera amortiguadas por la pared. Un coche arranca. Silencio.

      Isabel esperó un rato. ¿Se habría quedado sola? Siguió esperando. Abrió los ojos. Un grito ahogado salió de su boca. Sus ojos azules estaban ahí a los pies de la cama. Mirándola, con una sonrisa en la boca. Ella no había oído nada, ni la puerta, ni sus pasos. Nada.

     - Buenos días dormilona.

     Ella no contestó, se quedó mirándolo aterrada.

     - Tú y yo tenemos una charla pendiente, parece que tienes un secreto escondido.

     En la ciudad.

     Se levantó con el sonido de una llamada. El móvil no paraba de sonar. Era su hermana. La llamó para contarle la última pelea con su marido. Ella intentó consolarla lo mejor que pudo. Sabía que era algo pasajero, otra pelea más de las suyas que él arreglaría con unos buenos pendientes de oro blanco. Después de una hora oyendo llantos, maldiciones y amenazas de dejarlo, colgó el teléfono dejando a su hermana más tranquila.

     
    Miró los mensajes. Nada, ni uno. Isabel ni siquiera se había conectado. Eso sí que era raro. Decidió salir a correr y acercarse a su casa, se estaba empezando a preocupar. Muy bueno tenía que ser ese hombre de ojos azules en la cama. Cuando la localizará le echaría una buena bronca.

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