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6 min
LA NIÑA DE LOS OJOS OSCUROS
Amor |
01.02.15
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Sinopsis

La historia de como una vida puede cambiar inesperadamente.

La niña de los ojos oscuros

“Tic - tock, tic - tock,”. Veía el reloj devorando las horas, irremediablemente. La tele de fondo, oyendo sin escuchar, su mirada perdida entre los cuadros del salón. Cuando consiguió despertarse se dio cuenta de las horas que llevaba allí sentado, casi inmóvil. Decidido a no dejarse eludir, se levantó con gran esfuerzo, por los huesos entumecidos del frío. Cogió la primera sudadera que alcanzó y unas zapatillas aparcadas en la puerta. Al salir del edificio sintió en la cara una ráfaga de viento frío de la mañana. Deambuló por las calles sin rumbo, simplemente quería salir de aquel universo, de aquella existencia sin sentido. Sus ojos miraban sin observar, toda su mente estaba desconectada. Tampoco se inmutaba por las miradas curiosas de la gente, que miraban aquel chico solitario, siempre sin rumbo. Llegó a la plaza y esperó en un banco, hasta que por fin oyó el ruido de la puerta del bar. Se sentó en su mesa, la más alejada. Nunca se había sentado en ningún otro sitio, simplemente sentía vergüenza, vergüenza de sí mismo. Mientras esperaba a su café de siempre, cappuccino doble con nata y canela en polvo espolvoreada por encima sin falta de detalles, se remontó al principio de todo.

Estaba sentado en el mismo banco, en el cual le había acompañado la soledad durante aquellas largas horas. La única diferencia era que esta vez, era un mes antes. Nervioso, taconeaba el suelo con sus zapatos de piel, al verse sonrió. Era un gran empresario, ganaba lo suficiente al mes como para comprar tantos zapatos como quisiera. Era un día perfecto, el sol brillaba en el cielo, sin una sola nube por delante. Miró su reloj, las cinco en punto, sus ojos recorrieron la plaza buscándola. Por fin la vio aparecer a lo lejos. Iba cabizbaja, con su pelo liso y largo ondeando al viento de la tarde. Siempre despacio, siempre con tacones. Cuando llegó junto a su lado sonrió, y ella me devolvió la sonrisa que de repente se oscureció. –Buenos días cariño, te echaba de menos- le dije meloso, - toma tu chaqueta. Se la puso y metió la mano en el bolsillo, de nuevo sonreí, sabía a la perfección sus gestos, su manía de primero la mano derecha, y luego la izquierda. Sacó una pequeña cajita, y se desplomó sobre el banco. Sus ojos ex pectaban la cajita, como si esperase que se abriese sola. Con un gesto le indico el otro bolsillo. Esta vez sacó una nota ¿quieres casarte conmigo? Vio sus ojos llenándose de lágrimas, lágrimas amargas. – Lo siento, dijo. Su último recuerdo era esos ojos verdes siempre chisporroteantes de vida, apagándose, hundiéndose en las lágrimas, y luego esfumándose, huyendo con el ocaso.

Con una sonrisa amarga recordó su cara, tan cuadrada, tan perfecta. Tras aquella ruptura, no había vuelto a ser el mismo. Se deshizo de su vida, dejó el trabajo, dejó su casa y dejó su móvil. Esas cosas que le había acompañado durante tantos años. Pero tenía que ser así, no podría soportar el recuerdo constante de su sonrisa. Aquellas cosas estaban impregnadas de aquellos recuerdos.

Tras unos minutos de espera, el cappuccino llegó. Mientras saboreaba aquel café con un sabor ligeramente amargo, vio a lo lejos una figura. A medida que se acercaba, la iba distinguiendo cada vez más. Era de una mujer, que de repente se paró en seco. Estaba tan cerca, que la pudo ver casi al detalle. Era alta y muy guapa, pelo castaño con reflejos más claros. De repente, giró su cabeza hacia él, y al verle observándola sonrió. Se acercó lentamente, mientras él se levantaba dispuesto a huir. Pero al tenerla tan cerca, no podía. Era como si algo le impidiese alejarse. Vio sus ojos, eran oscuros, lisos, pero a la vez brillantes. Intento escrutarlos, pero eran como un pozo sin fondo, profundos como una laguna. Lo único que vio fue su reflejo, devolviéndole la mirada.

A partir de aquel momento, todo cambió. Algo en su interior volvió a latir, como nunca antes lo había hecho. Desde aquella tarde, no había vuelto a ser el mismo, por fin le encontraba sentido a la vida. El tiempo pasó deprisa, casi sin parar. Todo había ocurrido tan rápido, que casi no supo cómo había sucedido. La tarde en el café, su primera mirada, todos recuerdos tan lejanos, pero que tan importantes había sido. Recordó aquellos últimos días. La playa, el sol, la arena, la plaza, las calles… todos esos lugares que antes le habían recomendado visitar, para olvidar. La diferencia, es que a su lado siempre iba ella. Aquella chica que le había sacado de una existencia oscura. Un día, no aguantó más, sentía culpa. Nunca le había dicho la verdadera razón por la que había estado con ella durante ese tiempo. Decidió que debía contarle toda la verdad. Y así lo hizo. Quedaron en aquel café donde se conocieron. Cuando se sentó en su mesa, inevitablemente empezó a recordar aquel día en que por fin descubrió el sabor de la vida. Cuando por fin llegó, se sentó junto a él. Este, casi sin pesarlo dos veces, empezó su relato. Comenzó desde el principio, rememorando con pelos y señales, mientras ella le escuchaba atentamente. A cada rato, cerraba sus ojos como intentando imaginarse las escenas que él le detallaba. Cuando terminó el relato susurro un “Lo siento” triste y apagado. Inesperadamente, sintió su mano suave y cálida coger la suya fuerte pero dulcemente. Sin dudarlo dos veces le besó. Le besó allí de pie, frente a aquellas miradas curiosas. Sintió una pequeña lagrima resbalar por su mejilla hasta llegar a la comisura de su boca. Y allí donde unos meses antes le habían arrancado la vida, al final se la habían devuelto, de manos de otra.

 

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