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10 min
La noche prenunciada
Fantasía |
14.08.15
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Sinopsis

Explorando un poco el mundo de la literatura clásica.

Creo que si tuviera que explicar mi estado en estos momentos, me resultaría algo difícil de argumentar; y no porque sea una persona pobre de palabras, sino más bien que la situación, a la cual he llegado, es algo complicada de interpretar, llanamente, como algo de hecho factible. Sería muy fácil juzgar de lunático los pensamientos de quién redacta, pero, al menos yo, siempre se lo que veo; se por ejemplo, que ahora veo la luna con forma de ventana, dibujada en el viejo parqué oscuro de mi habitación, y eso da seguridad a mi cordura. Por su intensidad, es de suponer que la luna está menguando, o tal vez creciendo, o quizás ambas, sólo algunas miradas nocturnas lo saben con certeza. Afuera llovizna y hace frío, las gotas caen como finas escarchas de hielo y se estampan contra el ventanal en un cric-cric-cric. La noche es larga y las mantas pocas, y eso hace difícil que sienta los pies. Dos noches atrás un gato negro me visitó, apareció de la nada por la ventana, estaba todo flaquito asíque le dí las últimas galletitas de agua que había calentado al sol para que se les fuera la  humedad. Al terminar de lamerse los bigotes, tuvimos una conversación, o como se llame al hecho de hacer un monólogo y sólo recibir ronroneos entrecortados, de todas formas creo que me entendió. Al principio comenzamos a charlar sobre  algunas historias cortas de Lovecraft, el cual me había impresionado lo bastante como para ponerme a hablar con aquél felino, él me escuchaba atentamente, fijándome la mirada. El fuego de la estufa de kerosene reverberaba en sus ojos amarillos, mientras despedía los pocos restos que quedaban en su depósito, parecía como si se estuviera asfixiando, tosiendo sus soplos finales entre tonos azules y rojos. Después de unos minutos ya habíamos entrado en confianza, y se tomaba el atrevimiento de lamerse las patas para refregarlas contra su rostro. Sentí la necesidad de contarle la inquietud que venía atormentándome desde hace una semana, pero al dirigirle nuevamente la mirada, el gato negro ya se había marchado. Anoche lo esperé esperanzado en mi habitación, pero no volvió a aparecer.
La incertidumbre me tiene acorralado y no sé a quién recurrir para contar mi situación, es por eso mismo que ahora escribo este texto en algunas páginas en blanco que encontré dentro de los libros que aún guardo en mi biblioteca. Esta es la octava noche desde aquél acontecimiento, y todavía sigo esperando ese suceso prenunciado. No tengo idea de cómo será, ni cuándo. Tampoco se bien el porqué. La única certeza, es que puedo asegurar que lo que sucedió, fue rotundamente verdadero. ¡OH SÍ! ¡Y muchos se jactarán de mi locura! Pero ¿quién no está hoy en día realmente loco? ¡Y los que dicen no estarlo no saben nada! ¡Viven reprimidos! Porque la locura es la libertad, eso que nos construye individualmente entre tantas reglas y prejuicios.
El fuego de la vela derrite lentamente la parafina sobre el plato de té, dibujando sombras espectrales desde lo alto de mi mesa de luz, y eso hace que imagine cosas, o no. Como cuando bajé minutos atrás a la cocina para buscar un vaso con agua. Era una costumbre diaria, pero desde hace ocho noches trato de evitarlo, aún así moría de sed, y la botella que había preparado antes del anochecer ya se había agotado. Desde ya, todo parecía extraño al bajar por las escaleras de madera, en ese pasillo estrecho y oscuro de escalones rechinantes al paso del hombre. Llevaba la misma candela sobre el platito en mi mano derecha, la bajada era tan larga que no lograba ver el fin. A mitad de camino creí oír el sonido seco de algún que otro insecto caminando por ahí. Bajé suavemente, con cuidado de no hacer ruido, pero la madera vieja cedía cada vez que apoyaba un pie, hubiese despertado a cualquiera si alguien durmiese aquí, pero vana era esa ocurrencia. Siempre odié ese tétrico ruido a casa antigua en soledad. La luz de la vela iluminó tenuemente el final del pasillo llegando a los últimos peldaños, que descubrió otro pasillo más, de puertas viejas y corroídas a los lados, la segunda a la izquierda llevaba a la cocina. El olor a humedad que desprendían las paredes era bastante despreciable y la oscuridad se volvía aún más espesa, tanto así que se rehusaba a ceder por la candela, dejando vestigios de sombras por donde podía. Al llegar a la puerta, dudé unos segundos en jalar del picaporte, pero la necesidad hizo estragos en mi cabeza y me rendí al impulso. La falta de aceite en las bisagras delató mi intrusión, hecho que con rostro de dolor, lamenté bastante...

La primera noche el ruido me había resultado irrelevante y enseguida me serví del grifo en una taza que tenía como regalo de una amiga que ya no existe, siempre la recuerdo en cada sorbo. La cocina es grande y no miré hacia el rincón en ese instante sino hasta dar unos tragos, cuando oí un llanto leve que venía desde esa dirección. La luz de la vela casi no llegaba, aunque logré distinguir una silueta oscura acurrucada. La miré por unos segundos y ésta se limitó a seguir en lo suyo, ignorándome totalmente, obviamente no sabía lo que era, pero creo que era yo. La dejé, supuse que no hacían falta respuestas, al fin y al cabo no me importaba, estaba sentada en la penumbra antes de que yo llegara y allí se iba a quedar, sola en la oscuridad. Cerré la puerta al salir y subí nuevamente por las escaleras dejando atrás esa extraña situación. Casi al llegar a mi habitación me di cuenta de que había olvidado la taza, así que con un poco de fastidio regresé. Ojala no lo hubiese hecho. Ojala no hubiera recordado esa maldita taza y quizás así, no estaría acostado en mi cama a la espera de algo que ni siquiera conozco, en estos momentos. Ojala no hubiera abierto nuevamente esa endemoniada puerta para darme cuenta que, en ese mismo rincón que observé instantes atrás, esa maldita cosa negra ya no estaba. Peor aun se me estremeció el cuerpo entero cuando la vi para contra la pared en posición amenazante, parecía que me miraba fijamente a los ojos con rabia. Le pregunté quién era y no me contestó. Le interrogué por el motivo el cual estaba aquí y el silencio evidenció su respuesta. Seguía ahí parado, acechante. Di unos pasos lentamente hacia atrás en dirección a la salida y lo que fuera que haya sido eso se me acercó unos metros. Sin pensarlo dos veces le arrojé la taza, que por acción divina lo atravesó y estalló en pedazos al estrellarse contra la pared. Salí disparando del lugar instantáneamente.
No fue hasta la segunda madrugada, cuando bajé a la cocina con la esperanza de que no haya sido más que una alucinación por el hambre, que escuché una voz espectral a mis espaldas, al abrir el grifo, diciéndome que dentro de poco iban a venir a buscarme.  Luego una risa siniestra. Naturalmente, salí corriendo de nuevo y no volví a aparecer sino hasta el amanecer.
Desde esa noche no he bajado más. De tanto en tanto, me despertaba entre sueños con los pelos en punta al oír a través del pasillo la diabólica risotada que penetraba las paredes, repitiendo las mismas palabras.

…al entrar inútilmente con sigilo a la cocina, se percató enseguida de mi presencia, estaba callado e inmóvil, parado en aquél rincón donde casi no llegaba la luz. Claramente escuchaba su profunda y grotesca respiración mientras se limitaba a seguir mis movimientos con la mirada. Sin perder la vista en él, me acerqué a la canilla con la idea de que alguien encontraría mi cuerpo descuartizado, días después, guiados por el olor a putrefacción; o tal vez colgado desde un gancho por el cuello, todo desmembrado, peor que un animal de matadero. Su respiración se exageró cada vez más al comenzar a llenar el vaso. La intuición me dijo que debía huir de ahí inmediatamente, aunque la debilidad y el deseo se impusieron a mi instinto de supervivencia. De pronto, lo que era una exagerada respiración de odio, se convirtió en un gran alarido gutural, lo que puso fin a mi acción cuando comenzó a abalanzarse hacia mí. De un sobresalto dejé caer el vaso y caí hacia atrás. La despiadada cosa se acercó rápidamente dando grandes zancadas. Solté un grito desesperado y repté hacia atrás hasta chocarme con la puerta, la abrí y alcancé a salir justo antes de que tomara mi pierna izquierda. Por unos segundos respiré aliviado, el sudor frío empapaba casi todo mi cuerpo. Con las piernas aún temblorosas subí por las escaleras mirando hacia atrás en cada escalón hasta llegar a mi habitación. Y es aquí donde me encuentro ahora, esperando sobre mi cama algo, sin saber porqué. Esa bestia terrorífica todavía sigue gritando cosas inentendibles desde la cocina. Espero que esta pesadilla incesante termine pronto, de una vez por todas.
De repente, así de la nada, como hace dos noches, el gato negro volvió a hacerse presente sobre la ventana mirándome fijamente. En ese momento, escuché unos ruidos extraños, como si alguien rascara el parqué debajo de mi cama, levanté la cabeza y vi una gran mano de largas garras putrefactas asomando por sobre el colchón, ahí comprendí todo. Dejé que esa mano violácea sujete mi pierna derecha y comience a jalarme hacia abajo, mentiría si dijera que en algún punto no me arrepentí, pero ya es demasiado tarde cuando uno tiene la decisión tomada. Arrastrándome por el parqué, miré por última vez al gato, que pareció comprender lo que quería decirle a través de mis ojos, a lo que me respondió con un angustioso maullido. Creo que ya es momento para dejar de escribir.

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