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6 min
LA NOVIA 1
Reales |
18.02.21
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Sinopsis

Un hombre se enamora de una mujer exótica, pero se ve envuelto en una familia muy singular.

A finales de los años 70 del siglo pasado, conocí en una escuela de idiomas de mi ciudad a una joven morena, de ojos achinados; y de un largo cabello que le caía por los hombros como un manto llamada Ángela, de la cual como siempre me he sentido atraído por las mujeres exóticas me sentí atraído por ella y no tardé en proponerle de salir, y la dama accedió sin ningún reparo.

La verdad es que de entrada congeniamos enseguida y empezamos a ir a los espectáculos, a tomar una copa en los PUBS más de moda; y en el entretanto como yo me sentía exultante de su compañía nos uníamos en efusiones amatorias con una encendida pasión, a la vez que hablábamos de nuestras vidas, hasta que llegó un punto en el que nuestra relación adquirió un notable grado sentimental mucho más profundo. Nos hicimos novios.

En una ocasión yo le dije que me encantaba la música clásica y Ángela como confraternizando conmigo me respondió con una sonrisa que a ella también le gustaba, por lo que un día por la tarde fuimos al Palacio de la Música que es uno de los edificios modernistas más emblemáticos de Barcelona a escuchar un concierto con piezas de Mozart, en el transcurso del cual yo la tomaba de una mano cariñosamente.Pues aquellas sutiles notas músicales se mezclaba con la sensualidad de aquella dama formando un excelso microcósmos envolvente que me producía una felicidad sin igual.

Seguidamente yo la acompañé hasta su casa que se hallaba en una gran plaza con un Tio-Vivo en un extremo de la misma, y que a su vez estaba situada en el típico y popular barrio Mayor de Gracia, que venía a ser como un pueblo dentro de la gran urbe.

Pero yo no tenía conocimiento del rigído tradicionalismo que imperaba en aquel barrio, porque al llegar al portal de su vivienda cuya escalera estaba iluminada por una luz mortecina, coincidimos con su hermano llamdo Ramón, que era un tipo rechoncho, con gafas y bajo de estatura.

Tras las presentaciones de rrigor, él en un tono autoritario inquirió a su hermana:

- ¿Subes Ángela?

- Sí, ahora vengo.- respondió ella.

De súbito el tal Ramón encarándose conmigo me preguntó con un énfasis dominante; como si la pregunta fuese más bien una orden:

- ¿Subes tú también?

- No... Ahora no... - balbucí sintiéndome presionado.

- ¡¿Ah, no?! - se sorprendió Ramón-. ¿Pues a qué esperas? ¡ Si tú no subes, ella no baja!- me chantajeó.

Pero no subí a su casa. Confieso que en aquel momento debería de haber roto con aquella mujer que parecía estar de acuerdo con la autoritaria postura de su hermano, puesto que yo no tenía porque admitir ninguna amenaza de nadie. Mas como me sentía tan ilusionado por la romántica y sensible actitud de Ángela hacia mí no se me pasó por la cabeza tomar tan drástica decisión.

Así que al cabo de unas semanas, los acontecimientos se precipitaron porque en aquella época y en mi lugar de origen, si un novio de una chica al escaso tiempo de salir con ella no se daba a conocer a la familia de ésta; no "daba la cara", como se decía, se consideraba que él no era de fiar; o que no la quería como debiera de ser, y todo se podía ir al traste. Es decir que en aquel ritual costumbrista subyacía un latente chantaje sexual y emocional auspiciado por la misma fémina.  Estaba claro que importaba más la institución matrimonial que las personas en sí.

De manera que un domingo por la tarde me presenté en el domicilio de Ángela donde me recibió su padre llamado Agustín, que era un hombre delgado, de cabello entrecano, y envuelto en un batín gris, quien me condujo a la sala de estar que estaba pesidida por un gran ventanal que daba a aquella plaza. Entonces él desde su sillón de patriarca me dijo:

-¡Bien! Hace ya algunas semanas que sale con mi hija, y ella me ha hablado mucho de usted. Sepa que Ángela es una buena ama de casa y muy ahorradora. Y nada caprichosa.

- Ah...

Para mí era evidente que aquel hombre trataba de endilgarme a su hija como a una buena mercancía en unos almacenes de la que se quería desprender.

-... Y dígame joven. ¿Espera casarse pronto? Piense que ella ya es una mujer mayor, y no está para perder el tiempo - prosiguió Agusstín-.. ¡Cásese hombre, cásese! - me presionó.

- ¡Bueno...bueno... Ya veremos! Primero nos tenemos que conocer mejor - repliqué yo-. Y luego tenemos que reformar nuestro negocio porque ha pasado por malos momentos a causa de la crisis económica que hemos sufrido - mentí descaradamente a aquel sujeto acerca de mi trabajo que consistía en un próspero comercio con tres tiendas de Confección de caballero, para distanciarme de su asedio.

- ¡Oh, sí, si claro...! ¡La crisis! Yo también tuve un negocio, pero se me fue a pique por culpa de los impuestos que nos exigía el Estado desde Madrid.¡Esos cabrones! Además, está esa otra gente que viene de fuera; de otras regiones de la península a comerse nuestro pan y que nos hacen una competencia desleal. Yo, mire usted, los metería a todos ellos en un barco con una bomba y que explotara en alta mar. - expresó el dueño de aquella casa con resentimieno-.Mi hijo Ramón, que es muy listo, muy listo y que tiene una pequeña empresa de productos químicos se ve obligado a ir muchas veces a Madrid donde tiene algunos clientes, y él que no tiene pelos en la lengua cuando va allí planta cara a los madrileños que no saben ni quieren comprender a los catalanes.

Seguidamente yo pensé que si realmente el hermano de Ángela cuando iba a la capital de España donde tenía unos intereses comerciales despotricaba contra sus habitantes, es que no era un tipo tan listo como se decía, sino que más bien era un necio y un grosero que podría quedarse sn clientes, y también un inadaptado; a no ser que cuando regresara a su tierra natal mintiese como un bellaco para darse importancia ante su xenófogo medio ambiente..

En otro orden me molestó el despectivo comentario de aquel patriarca acerca de las personas foráneas, ya que mi familia estaba compuesta por miembros de diferentes rincones del país y nunca fuimos fanáticos de ninguna ideología ni de ningún nacionalismo; aunque en aquel instante preferí no enzarzarme en una inútil discusión.


 

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