cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

7 min
La Palabra
Reflexiones |
01.11.12
  • 4
  • 3
  • 1109
Sinopsis

Cuando las palabras no nos alcanzan para responder todas las preguntas.

 

 

La Palabra

 

“¡Hoy volví de la escuela con una palabra nueva!” dijo Gastón cuando llegó al umbral de su puerta. Mamá no estaba, papá dormía en el sillón, Juan, su hermano mayor, estaba frente a la computadora mirando fijamente sin siquiera parpadear. “¡Hoy volví de la escuela con una palabra nueva!”, repitió Gastón, pero Juan no contestaba. “Juan.... ¡Juan!” gritó ya desesperado. “¡¿QUÉ?” gritó un furioso e impaciente Juan. Gastón se asustó y bajó la mirada, clavo sus ojos en aquel pequeño agujerito de las Topper que su mamá había conseguido “¡Una ganga!” había dicho en aquel momento. “Hoy volví de la escuela con una palabra nueva…” estaba apunto de llorar, pero la última vez que lo había hecho, su hermano le había dicho que eso era de maricones que aprendiera a ser hombre. Él todavía no estaba muy seguro de qué era ser un hombre, ni si quería serlo, pero por lo que sabía su papá era un hombre y se la pasaba durmiendo. “Mirá vos” fue la respuesta de Juan.

Gastón se fue corriendo a su pieza. Allí se tiró en la cama y empezó a jugar tirando una pelota para arriba. La tiraba. Juan era un idiota, era tan especial esa palabra, tal vez si él la conociera podría irse de aquel lugar y aprender a jugar a otras cosas. La atrapaba. Todos eran unos idiotas, siempre corriendo, nunca lo escuchaban. La tiraba. Vivía encerrado, sin siquiera saber lo lindo que era jugar a la pelota con los nenes de la cuadra. La atrapaba. Siempre lo insultaban en la calle, o lo miraban feo, sobre todo las nenas del barrio de al lado, ese barrio de las casas lindas que él siempre dibujaba. La tiraba. A veces se preguntaba que le atraía tanto de aquel pedazo de plástico que se sentaba horas en frente o el televisor que lo aturdía y aturdía hasta las altas horas de la noche. La atrapaba. Y no se olvidaba del miedo, de las corridas y de las llegadas. De aquellas mañanas en la escuela donde llegaba tarde, transpirado y con mucho sueño. La tiraba. Juan siempre lloraba por las noches, cuando creía que Gastón dormía, empezaban los sollozos,  los golpes contra la almohada y los temblores de la cucheta, que bien estaba convencido Gastón que no debían ni compararse con los del cuerpo de Juan. La atrapaba. Tampoco se olvidaba de los retos, del aburrimiento, de las notitas en los cuadernos y de los cuadernos y libros que faltaban. La tiraba. Siempre se preguntó que lo tenía tan mal a su hermano, volvía con los ojos llenos de lágrimas del trabajo, las manos temblando. Cuando estaban en la mesa nunca hablaba. Siempre temblando, siempre, como a punto de estallar. La atrapaba. Se encontró en aquel momento con un recuerdo demasiado vivo y doloroso, “¿Cuánto es 2x7 Ramírez?” había dicho la seño, pero Gastón no se acordaba, y tenía que saberlo ya, en aquel mismísimo momento. “¡20!” tiró a la suerte. Las risas, la mirada de enojo de la maestra, su miedo y su humillación. "Nunca vas a ser nadie en la vida". La tiraba. ¿Por qué Juan que sólo tenía 4 años más que él estaba tan triste? ¿En cuatro años él iba a estar igual de triste? Bueno, ahora lo estaba. ¿Y por qué estaba triste? Y lo entristeció más no saber la respuesta. La atrapaba. Tampoco se olvidaba de cuando en la escuela leyeron el cuento de la liebre y la tortuga “Y la moraleja es que podés ser el mejor en algo, pero si te confiás, te puede ir mal” y él dijo “Para mí la moraleja no es esa, sino que se puede ser el mejor de muchas formas distintas”, “No Ramírez, la moraleja es esa”. La tiraba. Triste, estaba triste. Nadie lo escuchaba, a su hermano tampoco, eso lo debía tener triste. Y por eso hablaba con máquinas, porque no había nadie real que lo escuchara. La atrapaba. ¡La palabra no servía! ¡No podía ser! Siempre había pensado que para cada pregunta había una palabra que lo resolvía todo. La tiraba. Tenía que saber, él tenía que saber que había gente que escuchaba, no importaba donde estuviese. La atrapaba. ¿Cómo iba a resolver eso aquella palabra? ¿Cómo iba a resolver esa indiferencia y ese dolor? Si no podía hacer que su hermano escuchara, si no podía hacer que la seño lo mirara, si no podía hacer que los libros llegaran a sus manos, si no podía hacer que las nenas del barrio de al lado lo miraran como a todos los otros, si no podía hacer que no tuviera que correr, ni llegar con miedo, si no podía hacer que su hermano dejara de llorar, si no podía hacer que sus zapatillas se pudieran arreglar, si no podía hacer que mamá llegara antes a casa, si no podía hacer que papá lo esperara despierto, si no podía hacer que las chapas frenasen la lluvia cuando arreciaba contra el techo, si no podía hacer que todos los días en la escuela aprendiera palabras nuevas, y si no podía hacer que esas palabras solucionaran las cosas, ¿Para qué servía la palabra libertad?

Tomó la pelotita donde había acumulado toda su tristeza y la tiró contra el suelo, rebotó una vez: le habían enseñado que libertad era poder elegir como ser, pero no que las opciones se verían limitadas por si mamá y papá trabajaban. Rebotó por segunda vez: le habían enseñado que libertad era poder estudiar y aprender de forma gratuita, pero no que lo gratis tenía un precio y que su estudio no aceptaba fallas, ni dos respuestas. Rebotó por tercera vez: le habían enseñado que la escuela tenía las puertas abiertas, pero cada vez tenía más miedo de llegar a ellas y menos material que aportar, además de una horrible impresión de que para él existía un candado al cual le habían escondido la llave. Rebotó por cuarta vez: le habían enseñado que libertad, es poder pensar, pero no que sólo había una manera de pensar aceptada. Rebotó por última vez: le habían enseñado que libertad, era ser chico y poder ser feliz y jugar, pero su hermano lloraba en la cama de arriba y nadie le había enseñado la palabra libertad. Y se preguntó entonces, ¿Cuándo empezamos a ser libres?

Su tristeza que estaba en el suelo, rodó hasta chocar contra su pie.

Cuando por fin  nos damos cuenta de que no lo somos.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • me encantó, como está escrito y cómo trasmites emoción a través de la escritura...
    Escribe tus comentarios...Me gustó la extructura del relato y como se desliza la pregunta del niño por entre su cotidianeidad para llegar a la conclusión final.
    Me gusta la intensidad de tus relatos. Debido a nuestra lejanía greográfica hay palabras que me chocan cuando las leo, pero me gusta cómo suenan.
  • De repente, el cielo estalló de nuevo y de él se cayó la nada misma. En la nada se encontraron miles de millones de lugarcitos sobre los que pararse y la gente decidió si caer o no en ese momento tan crucial de la vida, elegir vivir o perderse en la nada. Fueron pocos los que eligieron perderse, lo más ridículo es que en medio de la pérdida de su vida por fin se encontraron y se arrepintieron de no haber elegido vivir frente a la dicha de caer en una nada eterna que se convirtió en un silencio repentino que fulminó sus vidas cuando ellos mismos se convirtieron en nada.

    Las manos del artesano, son sus herramientas, su mente y su corazón.

    Cuando le contaron lo del abuelo, Martín supo que los golpes más fuertes no dejan moretones.

    Para todos aquellos que saben como hacer el mundo andar.

    Me tengo que ir a dormir. La luna me vuelve a atormentar y el sol está por asomar. Mañana será otro día, para empezar siempre igual, con el sol pesando en los ojos y la oscuridad alumbrando mis duros días.

    Cuando las palabras no nos alcanzan para responder todas las preguntas.

    A veces, cuando las cosas andan mal, sólo es necesario uno o dos necios para transformar la energía en destrucción, la libertad en esclavitud, la vida en la muerte, la incansable búsqueda por la paz en guerra. A 30 años de la Guerra de Malvinas, no sólo debemos recordar y repudiar lo ocurrido, sino preguntarnos, ¿Por qué?

    "Me escapé de la rutina para pilotear mi viaje, porque el cubo en el que vivía se convirtió en paisaje." Calle 13 A veces el poder de la costumbre nos ciega del maravilloso mundo de oportunidades que las paredes de este cubo de indiferencia e individualidad nos han de negar.

    Para aquellas palabras que poco a poquito, han encontrado su lugar en cada historia.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.06.20
10.03.20
13.08.19
Encuesta
Rellena nuestra encuesta