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7 min
La Pecera
Reflexiones |
16.02.10
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Sinopsis

http://entradanoparacualquiera.wordpress.com

Era media tarde, bajo el sol de invierno. Abandoné el vagón del viejo tren y me adentre en la multitud, escapando hacia el exterior, ansiando un aire menos viciado aunque en la ciudad ya conozco el aire que se respira: ambiente de polución absoluta, Igualmente seguía ansiando aire y un poco de luz natural, aunque el sol ya fuera, lentamente, yéndose a dormir: “¡Hasta mañana mundo!”.

Tras tanta insistencia logré acceder a la escalera mecánica; ese invento para vagos y urbanitas. Y de ahí llegué a la Gran Plaza, envuelta en una manta de gente a su vez envuelta en sus abrigos: unos lujosos, otros de vagabundo, otros de piel, otros de esparto,… y en medio un hombre mayor con barba y batín, con las zapatillas de andar por casa preguntándose “¿Qué hago yo aquí?”. Miré al cielo encapotado y decidí dirigirme rambla abajo dirección al mar.

Caminando observaba con expectación aquella marea humana que tomaba dirección contraria a la mía, observé a ambos lados pero no encontré a nadie que tomara mi mismo rumbo. Empecé a sentirme extraño y confuso, quizás erraba en mi camino pero a la vez tenía la sensación que el mío era el correcto: debíamos ir hacia el mar. Fueron miles las preguntas que rondaron mi cabeza, las neuronas retumbaban en el eco del silencio mientras afuera todo era griterío y ruido. Tenía la misma sensación que un kamikaze rodando en sentido contrario, a punto de estrellarse.

“Pienso, luego existo”; pero el rebaño no está pensando, toma las decisiones por inercia. Se siguen los unos a los otros sin saber las consecuencias de la decisión tomada. Han iniciado una carrera sin meta ni fin más que la misma muerte. Miré al suelo y en él observé unas flechas pintadas, les estaban marcando el camino para que no se desviaran, no podía creerlo. Pero yo me negaba, quise seguir en dirección contraria: seguir mi propio camino correcto.

La marea cada vez se hacía más densa, a cada paso me costaba más avanzar en mi senda. La gente empujaba, otros gruñían, otros se mostraban agresivos y yo, por mi banda, a cada segundo me sentía más animal, menos humano. Me costaba respirar, mi mirada se enfurecía y mis músculos se tensaban hasta doler; el dolor era signo de penitencia en mi mente, era simbología que el esfuerzo valía la pena aunque el agotamiento pasó factura a mi cuerpo.

Decidí pararme a descansar. Miré al cielo y observé como se oscurecía cada vez más deprisa. Me preparé un cigarrillo y entonces noté que el aire volaba cada vez más violento y frío. Al encenderlo me fui relajando, sin perder de vista al rebaño que seguía su estúpido sino, su prosaico camino. Sus ojos estaban vacíos, eran seres completamente inexpresivos, sus rostros parecían fotocopias cada vez más oscuras y borrosas. Yo seguía fumando, intentando descifrar el instinto animal que les impulsaba a seguirse los unos a los otros, pero no encontré sentido a aquella escena. Incluso el humo dudaba y se resistía a abandonar mis pulmones, se atrincheraba en mis entrañas.

Una vez oscureció el cielo la luna se asomó a acompañarte ante aquella procesión, yo permanecí sentado reposando antes de seguir a mi destino, pero cada vez me sentía más agotado e incomprendido. Una pesadilla kafkiana se convertía en realidad y mis ojos se impregnaban con destellos de angustia. La escena me parecía cada vez más horrible y repugnante mientras algo me sorprendía.

¡Un cristal se alzaba ante mis ojos! Un extraño muro de cristal se creaba de la nada ante mí: definitivamente debía estar soñando, pero en realidad me equivocaba: no estaba sumergido en sueños ni en pesadillas. El cristal me rodeó por completo y de pronto empezó a llover. Fue entonces cuando comprendí, al empezar a llenarse de agua el cristal, que me encontraba dentro de una pecera.

La pecera era pequeña e incómoda, yo no quería estar ahí: yo quería llegar al mar. Me atemorizaba que me encontraría en las aguas oceánicas, pero seguramente no serían peor que aquel pequeño envase, que aquel pequeño charco para ranas. Yo quería ser libre, ansiaba la libertad; deseaba hacerme a mí mismo, seguir mi propio camino y crecer cada día un poquito más, hacerme más sabio, ir hacia delante. Pero estaba claro que aquella maldita pecera impediría mis intenciones, su labor era mantenerme ahí encerrado contra mi voluntad.

Alcé la mirada y observé, al otro lado de la rambla, una pecera similar a la mía. Ahí permanecía encerrada una hermosa joven cuyo rostro me pareció inteligente e interesante. Quise escapar de ahí, ir en busca de la compañía de aquella extraña que seguramente quisiera acompañarme en mi andadura hacia el mar, estaba absolutamente convencido. Empujé el cristal, lo golpeé, intenté saltarlo… pero nada, todos mis esfuerzos eran en vano. Aquella prisión había sido construida rápida y eficazmente. Pero yo me negaba a quedarme ahí quieto, tenía que escapar.

Tras muchos intentos acabé por agotarme, finalmente me dormí cuando el agua ya llegaba arriba y cesó de llover. Pasó un largo rato y cuando desperté me di cuenta de la cantidad de agua y quise cerciorarme de hasta donde llegaba y la posibilidad de escapar: pero aún se alzaba suficiente cristal como para evitar mi huida. Aquella podría ser mi tumba a no ser que lograra encontrar la solución ante aquella situación que amargaba a mi espíritu.

A través del cristal seguía con la mirada a aquel rebaño que seguía haciendo pasarela frente a mi pecera, pensé en pedir ayuda pero rápidamente comprendí que el rebaño me ignoraba, no podrían ayudarme aunque quisieran, aunque llegaran a compadecerse de mí: no sabrían ni siquiera cómo. Cavilé largo rato, intenté comunicarme con la otra pecera pero comprendimos mutuamente que nos encontrábamos con las mismas desventajas: no podíamos más que hacernos compañía en la agonía mientras buscábamos soluciones.

En un instante pensé en rendirme y al siguiente estaba golpeando con rabia el cristal. Finalmente caí en cuenta del juego: las mismas reglas, el mismo sistema, el mismo todo me repudiaba y yo debía beneficiarme de ello. Divulgué a gritos mi mensaje, me dejé la voz y el alma en cada palabra, insulté y provoqué hasta la saciedad, al cabo de un rato el ambiente se tornaba más hostil. Proseguí con mi plan mientras por dentro el miedo luchaba por ganar la partida, yo me encontraba en desventaja: el miedo tenía las cartas marcadas.

Y finalmente el rebaño recibió severas órdenes: debían acabar conmigo. Así fue cuando empezaron a zarandear la pecera mientras yo les provocaba. Era el momento, debía estar preparado. Tras varios vaivenes la pecera terminó por volcarse y romperse en mil pedazos: era el momento de salir corriendo pero antes tenía un importante cometido.

Corrí hasta posarme ante la otra pecera, miré a alrededor. Cogí una silla que se encontraba tras el mostrador de una parada y la lancé con rabia contra el cristal; éste se partió y las olas que se formaron con el agua de la cárcel cristalina disiparon a mis verdugos. Rápidamente agarré a la extraña mujer y juntos salimos corriendo sin dejar lugar a ninguna duda, a ninguna cavilación, a ningún pensamiento: salimos corriendo juntos hacia el mar, aquel desconocido lugar que era el único paraje en el que lograríamos progresar.

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