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6 min
El vigilante
Suspense |
22.01.14
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Sinopsis

Nunca se atrevió a comprobar lo que allí ocurría. El pasillo de la tercera planta era largo, con muchas puertas cerradas a ambos lados. Al fondo se adivinaba algo de luz, y los sonidos que alcanzaba a oír no le eran familiares, le sobrecogían. Como cada noche después de la última ronda, se metía en su cabina y cerraba la puerta con llave. Ansiaba ver pronto la luz del sol.

Recuerda su primer día allí. Ese día entró un par de horas antes de lo pactado en el contrato. Había quedado con un tipo que sería el encargado de explicarle sus funciones y enseñarle el lugar. Se llamaba Luis, rondaría los cuarenta y cinco años de edad, y su trato era amigable aunque sabía guardar las distancias. Recorrieron el perímetro del edificio, rodeado por una verja de hierro que estaría a unos ochenta metros de distancia. El interior del recinto se dividía en zonas ajardinadas y aparcamientos. Todavía entraba la luz de la tarde por las ventanas cuando volvieron a acceder al edificio. Utilizaron el ascensor para subir a las plantas y al llegar a la tercera y última, Luis le dijo que allí no quedaba nada. Según él, habían trasladado a todos los trabajadores junto con el material al nuevo edificio de la empresa, cuatro manzanas más abajo.

Apenas llevaba un mes en éste su enésimo trabajo, y sabía que por el momento no podía renunciar a él. Tenía que hacer frente a muchos gastos, alquiler, facturas... en definitiva, tenía que subsistir. Llegaba siempre puntual a su puesto y una vez allí, notaba como se le aceleraban los latidos del corazón a medida que se iban despidiendo los trabajadores que quedaban rezagados. Cuando marchara el último comenzaría su tortura.

Era viernes aunque no trece, su último día ya que los fines de semana lo relevaba otro compañero. Este día fue algo jodido para él, no pudo compaginar el horario para despedir a su amiga, ella salía de viaje y estaría fuera un mes. Además de amiga, era su compañera de bares, de lágrimas y de cama. Al menos se consolaba pensando que era su última noche de curro hasta el lunes.

Después de colocarse el uniforme salió para comprobar si todavía andaban por allí las señoras de la limpieza y así era, eso le tranquilizó. Volvió a la cabina y sacó de la mochila su mp4, un cuaderno de crucigramas, un termo y el bocadillo que se había preparado en casa. Solía escuchar música por la noche y no algunos programas de radio como a él le hubiese gustado, pero desconfiaba. Sus programas preferidos casi siempre daban paso a la llamada del gracioso de turno contando alguna historia de terror.

Al poco rato, oyó como se acercaban por el pasillo las limpiadoras, eran cinco. Tres jóvenes y dos algo más maduras. Se oían sus murmullos y alguna risa que otra, también era su última jornada y se las veía contentas.

-¿Qué, te vienes a tomar algo? ―le preguntó una de ellas al pasar frente a la cabina―.

Una sonrisa fue su respuesta. No sabía si se lo preguntaba por bromear o si por el contrario, adivinaba lo que estaba pensando. Sí, quería irse con ellas o con quien fuera, quería escapar y olvidar ese edificio de mierda.

Por los cristales de su habitáculo veía perfectamente la puerta principal, los ascensores y la escalera de acceso a las plantas. En la cabina había suficientes monitores como para controlar el interior y el exterior del edificio; y a la empresa de al lado si se lo proponían. Pero no era suficiente para sus jefes, no, además había que hacer cuatro rondas en la noche, a las doce, a las dos, a las cuatro y a las seis. La primera se le hacía fácil, aún quedaba algo de movimiento en la calle y eso le hacía sentirse más acompañado, las rondas restantes desde que pasó aquello, no. Ocurrió una noche en su segunda semana de trabajo. Desde entonces decidió no volver a subir a la tercera planta y aunque tomó esa decisión tan arriesgada para él, cada vez que estaba en el segundo piso y pasaba cerca de la escalera, volvía a oír esos sonidos tan extraños. Nada mas escucharlos empezaban las palpitaciones, los pasos se le encogían y sus manos comenzaban a sudar. Pensaba en lo distinto que sería trabajar con alguien a su lado, esa soledad no era para él.

Ese viernes aunque no trece, en la penúltima ronda de la noche, además de los sonidos habituales oyó una voz que pronunciaba algo indescifrable para él. Fue suficiente para emprender una carrera endemoniada escaleras abajo. Se metió en su cubículo y apenas atinaba a cerrar con llave. Sentía miedo, un miedo atroz, y la vergüenza de tener que contarlo algún día.

Sentía como sus piernas flaqueaban y se sentó en la silla sin atreverse a mirar las pantallas de seguridad. Apoyó los codos sobre la mesa y se tapó la cara con las manos. No quería ver nada, quería pensar en otra cosa pero no podía, el pánico se había apoderado de él. Comenzó a sentir un sudor frío y un dolor muy agudo en el pecho. Sabía que se trataba de un infarto, cursó estudios de medicina aunque no llegó a terminar la licenciatura. Pensó que si moría, acabaría su pesadilla. Desde que abandonó la facultad su vida laboral había sido un ir y venir, una vida precaria e inestable; de la sentimental casi mejor no hablar, se podía decir que era la metáfora de un queso gruyere. Así que no le importaba nada si su fin llegaba en ese instante.

Eran las ocho menos diez de la mañana y el conserje fue el primero en llegar. Nada mas entrar fue a saludar a Ismael ―así se llamaba nuestro vigilante―, como hacia cada día. Se quedó estupefacto al asomarse por la ventana de la cabina y ver el torso inmóvil de Ismael, que yacía reclinado en la mesa. Sus ojos estaban entreabiertos y mantenía una liviana expresión de felicidad en el rostro. Uno de sus brazos se extendía sobre la mesa hacia los monitores y curiosamente la mano, ya fría, inmortalizaba una peineta.    

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