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7 min
La peluquería de Raquel
Varios |
20.05.15
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Sinopsis

Todas las peluquerías guardan secretos... Señoras que pasan a contar sus vidas, que hablan mal de sus maridos, que invocan a sus amantes, mientras al mujer tras las tijeras escucha con atención y siempre bajo sus labios, hay algo para cada clienta. Pero, ¿que es lo que oculta Raquel en su peluquería? Pasate y averigualo.

El sofá de terciopelo rojo con madera de roble sostenía el cuerpo de Raquel, cuyas piernas se estiraban sobre uno de los brazos del mueble, mientras que el otro brazo acariciaba su cabeza. En un sillón estaba yo, mirando como la polera gris con el dibujo de madona le cubría las piernas pero sin llegar a las rodillas. Era una buena vista la que tenía desde ahí.

Me miro un par de veces mientras yo le miraba las piernas, tratando con la vista levantar la tela y ver su vagina. La casa estaba ensombrecida por las cortinas gruesas que apenas permitían entrara la luz y había un aroma, uno de madera vieja que emanaban los muebles de la casa.

-Así que, tu escribiste esto- dijo agarrando las tres hojas corcheteadas. Sus dedos largos se veían bien con el barniz de uña rojo que brillaba coqueto.

-Así es, ¿te gusto?- conteste acomodándome en el sillón, mirando nuevamente sus piernas sin conseguir ver su vagina.

-Esta…- miro las hojas, sonrió- interesante- y volvió la mirada hacia mí.

-¿Solo eso? ¿Solo interesante?-.

-Sí… ¿Qué más quieres que diga?-.

-¡Que se yo! – contesté levantándome del sillón, mirándola con desprecio- Que te tocaste la vulva mientras lo leías, eso sería agradable escuchar, yo no ando escribiendo estas payasadas esperando que me digan solo eso- y corrió la vista.

-Lo que haga en la intimidad de mi habitación, no es algo que te interese- y movió con suavidad las piernas, sin abrirlas, las movió cosa que ambas se acariciaran y como un relámpago la erección se hizo presente.

-¿Y la ropa?- pregunte, volviendo a sentarme en el sillón, tomando la taza de café que estaba servida sobre una mesa junto al sillón, donde reposaba un teléfono de disco.

-¿Preguntas por mi ropa? , no te creas que te esperaba en esta facha querido… Es solo que estoy esperando a mi marido y justo llegaste tú y no me dio tiempo para ponerme algo más apropiado, es todo- dijo y no le creía palabra.

-¿Que llevas bajo la polera?- pregunte mirando de reojo.

-¡Que te importa! ¡Ya, si no tienes nada mejor que hacer, lárgate!- bufo sin moverse mucho y levanto el brazo indicando la puerta.

Me acerque a ella ofreciendo la mejilla para despedirme y cuando estiro su cuello para besar mi cara, introduje mi mano en su entrepierna suave y me encontré con su vagina peluda, le metí un dedo y dirigí mis ojos hasta los suyos. Nos quedamos mirando un rato mientras mi dedo entraba y salía de su vagina, humedeciendo los labios, tocando a veces su clítoris y sintiendo como ella respiraba con la boca abierta mirándome con los ojos perdidos.

-Basta… por favor… - dijo, tratando de cerrar las piernas y al hacerlo, su polera se estiro dejando ver sus pezones excitados bajo la tela.

-Dame una buena razón para que me detenga- conteste acercando mi boca a la suya, observando sus piernas y mi mano perdida en ella.

-Llegara mi marido en cualquier momento… ufff…-.

-¿Y, qué más?-. no detenía mi dedo en su interior humedo.

-Que más de… uuuf… no pares… no pares… - y abrió sus piernas y me dejo ver su vagina y mis dedos perdidos al interior, me agarro del cuello y me empezó a besar como loca, desesperada.

-Métemela, por favor, métemela ahora- recitaba mientras me metía la lengua en la boca.

-¿Y tú marido?-.

-Da lo mismo… métemela, hace tiempo que no estaba tan caliente-.

Y antes de metérsela, me puse de rodillas y le empecé a lamer los labios vaginales como si fueran agua y yo un caminante perdido en el desierto. Lamí y chupe a gusto su entrepierna jugosa, no me preocupe de que nos fueran a pillar, solo lamía y lamía y escuchaba como ella se desencajaba en gemidos que parecía le agotaban el aire, porque se ahogaba continuamente y luego suspiraba.

-A lo mejor llegan mis hijos…- dijo de repente y fue el momento preciso de sacar el miembro, levantarla del sofá, abrirle las nalgas y metérsela despacio.

-oh, que exquisi…- y no alcanzo a terminar la frase porque se la saque y metí más rápido – Mmmmm, dale, dale…- fue lo único que alcanzo a decir, mientras yo se la metía sin control sintiendo su vagina húmeda al punto de resbalar mi pene dentro de ella y equivocar un par de veces el objetivo metiendo apenas la cabeza en su ano, cosa que no pareció importarle mucho, estaba muy caliente que las veces que se quejó de sentirlo atrás dijo: -si me harás anal, que no me duela mucho- pero no había tiempo para hacerlo así, su marido podía llegar en cualquier momento o sus hijos, vaya a saber uno.

Se la metí, se la metí y se la sacaba y le metía la mitad sacudiéndola adentro de su vagina y se la volvía a meter y ella gemía y gemía, azotando su culo a mi pelvis, sintiendo ese golpeteo exquisito de sus nalgas, el entrar y salir del miembro en su vulva, abriendo su carnosidad con la dureza de la mía. Empezó a chorrear y sin aviso, me agarro las piernas apretando sus uñas y gruñendo decía: -Voy acabar…. Voy acabar… voy… ¡AAAAAHHH! , para, para, uuuuf…. ¡AAAY, QUE RICO!, sigue un poco más, así, así…- y su piel blanca golpeteaba a ratos mis piernas morenas, hasta que finalmente, era mi turno de acabar y cuando lo mencione, ella se tiro de rodillas al suelo y me empezó a masturbar rápidamente, dando buenas mamadas, pasando su lengua una y otra vez por el balano venoso y moreno, hasta que termine acabando en su boca y en su cara, viendo como una sonrisa degenerada se dibujaba en su rostro caliente, tragándose el semen contenido en la boca y el resto limpiándolo con la polera.

Se escuchó un pestillo que se deslizaba saliendo del interior de los metales que lo contenían, me subí los pantalones y me senté de pierna cruzada agarrando una revista de la mesa de centro y Raquel, se largó como un relámpago por una puerta.

Se abrió una puerta y entro un hombre grande, de tez blanca, de cara fofa y de pelo color cobre.

-¿Y usted, quien es y que hace acá?- pregunto, dejando un enorme bolso en el piso.

-¿Yo? ¿Quién más voy a ser? ¡Un cliente! Estoy esperando a la señora peluquera que me atienda.

-Pero si la peluquería está cerrada- bufo el hombre sin creer mi relato.

Cuando de pronto interrumpe Raquel que interrumpiendo la conversación dice: -¡Ay, mi amor, que anticuado! ¡Justo cuando el llego, llegaron los pedidos de productos capilares que encargamos y el me ayudo a entrar todo! – y diciendo lo último, me lanzo una mirada calentona y me vi obligado a cruzarme más de pierna, si no, salíamos pillados.

 

 

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    Todas las peluquerías guardan secretos... Señoras que pasan a contar sus vidas, que hablan mal de sus maridos, que invocan a sus amantes, mientras al mujer tras las tijeras escucha con atención y siempre bajo sus labios, hay algo para cada clienta. Pero, ¿que es lo que oculta Raquel en su peluquería? Pasate y averigualo.

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