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9 min
La Pensión
Suspense |
08.06.15
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Sinopsis

Un libro puede cambiar tu vida, pero tiene que ser el adecuado.

El libro explicaba cómo crear un refugio para vampiros. Era un libro encontrado casi al azar en una estación de tren, con la casualidad del retraso del mismo que permitió hacer tiempo en la pequeña librería de libros amontonados como columnas. Parecía también un comercio de polvo y olor, y entre tanto color frío y oscuro lleno de arrugas de cubiertas viejas estaba el manual, centrado en la hospitalidad y confort de los vampiros. Imaginación no le faltaba al autor del volumen, aunque eso no justificaba el porqué quiso comprarlo.
Apenas le echó un vistazo durante el viaje de tren, más centrado por regresar a casa con el ánimo del hijo pródigo. Fue en una noche de lluvia un mes después que se animó a leerlo. Una sensación de que alguien golpearía llamando en la persiana se realzó en cada pasar de página. En verdad así lo pareció en algún momento, acusado el viento de la impertinencia.

Durante el mes siguiente dio vueltas a los métodos para atraer a un vampiro y cobijarlo protegiéndolo de cualquier mal, ironía que chocaba. ¿Cómo podía ser tan realista aquel libro? Cientos de autores matando palabras por conseguir viveza y un simple manual desconocido había logrado reducir a mil talentos. Le asombraba lo práctico y técnico del manual ante lo sobrenatural... ¿Cuándo comenzó a creer en vampiros?
En el libro se pedía un lugar apartado, amurallado del sol y con ataúdes como camas. Debía ser una pensión hasta en el detalle más ínfimo. Poco a poco la idea le fue obsesionando y a su mente visitaba el posible de realizarlo. No sabía cómo adquirir un ataúd, pero conocía un lugar, un caserón abandonado que pertenecía a una familia adinerada que tenía olvidadas esas tierras de poco provecho. Recordaba que de joven iba con los amigos a mirar por una de las rendijas del sótano, donde se ubicaba como si nada el ataúd que despertaba la imaginación de hasta el más tonto de ellos. ¿Qué hacía allí...? Un estremecimiento familiar regresó, como si acaso hubiese rejuvenecido y una presencia lo persiguiera sin otra intención más que observarle la nuca. Notó bombear la sangre. Debía probar...

Se infiltró y paseó por el lugar como no había hecho de joven. Los pasillos rellenados de eco y suciedad le inspiraron; las grandes salas lo relajaban, acostumbrándose a la tos por el veneno del tiempo y las arañas. Bajó al sótano y observó en la distancia el ataúd, acercándose para abrirlo y tocar su mullido interior. ¿Era por los vampiros que hacían cómodo el interior de una caja de pino? Los muertos tienen derecho al descanso, lo único que poseen y nos quedará... comenzó a preparar el ritual.
La última de las velas alrededor de la caja se consumió. Ya había amanecido y seguía sin dormir preguntándose qué había hecho mal. Repasaba el libro bajo ojeras hasta que concluyó en lo primero que tenía que haber pensado: que era ficción. Una buena historia de tantas que lo había logrado engañar. No era posible hacer un refugio para vampiros porque lo dijera un escritor colgado de tantos. Pronto ese hombre estaría colgado a su vez de una cuerda –si no lo hizo ya–, negando hasta justo el último segundo la miseria del artista. Cerró de un golpe el libro.

Sin embargo regresó los siguientes días, alargando el paseo hasta la noche. El lugar le inspiraba, le daba un confort y aura mejores que los de su casa. En cada vez descubría un nuevo rincón o habitación, y se sentaba allí sin importar mancharse, concluido con que se impregnaba del pasado del lugar. Pronto se convirtió en un hogar, y en una de las veces probó a dormir dentro del ataúd, una experiencia peculiar que no pensaba volver a repetir... alguien golpeó llamando a la puerta. Los golpes le resultaron familiares, un ritmo idéntico en cadencia al viento imaginario que golpeó la persiana aquella noche. Lo creía parte de su imaginación, y transformarlo en un recuerdo real le fue doloroso...
Volvieron a insistir.
Subió y fue a la puerta con la sensación de que no tenía derecho a hacer esperar a nadie.
En su mente ya tenía las disculpas por si era la policía o incluso algún familiar de los dueños del caserón, pero al abrir visualizó otro destino. Era un hombre grueso, de los de papada, con la cara estirada hacia abajo, lo que hacía que sus ojos estuviesen semi-ocultos y las cejas parecieran entristecidas. El hombre, calvo como si jamás hubiese tenido un pelo, sonrió. Pareció esperar por algo. Ambos se miraron sin gesticular, a la espera de que el silencio se pronunciara. Fue entonces que cayó en la cuenta y lo invitó a pasar. El hombre, vestido de un negro idéntico a esa noche, se adentró como si se deslizara. Lo vio alejarse al interior como si ya conociese el lugar.
No era muy hablador, apenas dijo su nombre y lo buena que era esa noche. Su palidez y nula respiración dejaron claro qué era, convencido del todo cuando, sin avisar, se marchó para esconderse dentro del ataúd, pidiendo con una amabilidad centenaria que le pusieran la tapa. Accedió y se sintió pleno como si hubiese realizado una gran acción equivalente a salvar a una persona. El sol comenzó a abrir los ojos...

Durante las siguientes noches el hombre regresó. Puntual como el demonio aparecía una hora antes del amanecer. A veces se le notaba un poco más delgado, y en otras más obeso, ofensivo al quedar remarcadas las venillas de su cuello colgante. En esas veces su expresión era un tanto de júbilo, y entonces hablaba más. En el libro se indicaba que en un principio no son de palabras, pero con paciencia eran capaces de hablar del secreto de los siglos como si fuese natural.
Convertido ahora en dueño de una pensión, asumió el cargo con gusto y terminó de ultimar detalles estuvieran o no en el libro, el cual figuró en una estantería de una sala apartada, acaso el primero de una futura biblioteca.

Pasó tiempo, y en una de las noches que hablaban de la suciedad omnipresente de la edad victoriana, sonaron golpes en la puerta. No era el viento. Creyó notar unas primeras gotas de lluvia. Fue a abrir y no le hizo falta saber más cuando vio al alto hombre, casi desgarbado y perpetuo en su silueta. Tenía el pelo largo y enmarañado como si ya se hubiese mojado bajo una tormenta. No supo qué hacer, y su amabilidad le obligó a invitarle a pasar. Lo condujo a la sala y ambos seres se miraron como si ya se conociesen. No hubo más palabras por el resto de la noche.
El problema surgió, venido a la mente a último momento como extraña broma macabra. El primero, orondo invitado de respeto, fue al ataúd y se resguardó por costumbre y derecho. El otro, el alto e inquietante, quedó observando cómo le negaban la guarida de madera. Le tocó yacer en una habitación alejada, tapada la ventana de mala forma por las prisas. Cayó sobre una cama llena de vejez que lo pintó y oculto de un gris apreciable incluso en la oscuridad. Se cerró la puerta como una advertencia.

Durante ese día el aprendiz de pensionista evaluó qué hacer. El huésped inesperado había sentenciado el aire que respirara... investigó por sitios que vendieran ataúdes. Podía permitirse uno, el más barato por culpa de los ahorros. Una vez lo trajera, ¿qué haría en adelante? Lo mejor era solucionar y luego pensar.
Ambos huéspedes parecieron renacidos conforme se instaló el nuevo ataúd. Hablaron entre ellos en una lengua olvidada. El anfitrión se encontraba agotado por el cansancio de lograr traer el ataúd, con la mente aplastada por la mala conciencia del método usado por conseguir el nuevo lecho; presionado el pecho por las preocupaciones de lo que vendrá. Eso impregnó el ambiente, lo que disgustó a los invitados.
Durante la charla de antes del amanecer, el orondo, con modales de caballero, preguntó al anfitrión qué le sucedía. Dudó al responder, pero se atrevió a ser sincero, ya imaginando su cuerpo enterrado en la parte trasera del edificio. La respuesta fue una afirmación, y el vampiro sacó una tarjeta de crédito de un bolsillo interior. Le dijo que pagara de ahí los ataúdes, que tenía que haberle consultado porque sabía cuáles son los mejores. El alto, sin dejar de emanar esa presencia oscura que lo caracterizaba, sugirió que tenía algún que otro cheque en blanco que podía convertirse en pequeñas reformas para el lugar... al anfitrión le quedó asimilar con esfuerzo tanta información.


A día de hoy la pensión sigue igual en apariencia, destartalada, apagada y abandonada del tiempo. Por dentro figura menos suciedad y telarañas, las justas para el ambiente. Decenas de ataúdes decoran el sótano, ocupados en cada vez tras las grandes charlas que se suceden en lo salones, decorados cada uno con una temática universal.
Por el día el dueño de tan noble y lúgubre lugar vigila desde las vidrieras. A veces se ven a hombres merodear como si imaginaran qué hay allí. Uno parece un cazador del campo, y en algunos días coincide con un marinero, ambos de mirada fiera que intentan ocultar un temor arcano. Bajo los abrigos se intuyen gruesos palos de madera o ristras de ajo. Qué ignorantes, si se animaran a leer libros sabrían que los ajos son risa para los grandes señores de la noche.

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