cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

20 min
La Peste
Fantasía |
12.02.15
  • 0
  • 0
  • 741
Sinopsis

Una intensa tormenta es el marco en el que se desencadena una peste letal... el protagonista descubrirá con el tiempo que otra peste, más extraña y secretamente difundida, rige sus actos.

LA PESTE

 

            Todo empezó con la gran tormenta.

         Estaba bastante ocupado atajando al agua cuando comencé a sentir las primeras molestias. No estaba preparado, nunca antes había vivido una situación semejante. Improvisé una defensa de trapos arrollados al pie de la puerta, mientras que con otros escurría el agua que conseguía pasar… hasta que el malestar pudo más y dejé todo como estaba para irme a la cama.

            Prendí la tele. El ruido de la lluvia apenas dejaba oír. Mantenía el volumen bajo y la habitual ensalada de noticias locales, siempre catastróficas y voceadas poco menos que a los gritos, se habían transformado en un ruido de fondo. La sección internacional  solía ofrecer alguna tregua. Esta vez algunas estrellas de Hollywood organizaban un festival a beneficio de los hambrientos de no sé qué estado fallido; personas increíblemente pulcras y bellas distrayéndose de su paraíso californiano solo para ayudar a víctimas de su propia naturaleza corrupta.

            Creo que llegué a escuchar otra noticia, más rara e insistente; la NASA habría estado recibiendo señales del espacio, cuya regularidad hacía suponer que fueron generadas por vida inteligente… pero ya nada, nada me importaba porque el dolor era muy intenso… Entonces me desmayé o me quede dormido. Recorrí una geografía de alucinaciones que no distinguía bien de la realidad, hasta que no sé después de cuánto tiempo me desperté.

            Me llevó unos minutos recuperar mi pasado inmediato y entender que estaba tendido en la cama, muy enfermo. Las sábanas estaban húmedas por mi propio sudor. Sentí escalofríos.

            Era de noche y el velador no encendía. Se había cortado la luz.

            Sentía el vientre duro como un garrote. Lo confirmé frotándome la barriga con las manos. Hice un esfuerzo y conseguí sentarme en la cama. Al apoyar los pies en el piso tuve la clara sensación de que el agua me llegaba a los tobillos. Chapotee un poco para confirmarlo. Había como diez centímetros de agua.

            Tenía una sed bárbara, pero mi malestar era más que suficiente para disuadirme de cualquier movimiento y dejarme vencer nuevamente por el sueño. Estiré la mano y agarré el teléfono… no veía los números ni sabía a quién llamar… hacía poco que me había mudado a Zárate por razones laborales… mi mujer estaba embarazada a doscientos kilómetros, cerca de mis viejos que son muy ancianos... podrían preocuparse… Entonces un mareo me sumergió nuevamente en la negrura.

            Me desperté con el teléfono en la mano. Ya era de día. Estaba igual de agotado y sediento pero la dureza del vientre había aflojado. Me pareció escuchar algunos gritos ahogados en la calle. Había vuelto la luz. Prendí la tele pero no había señal. Encendí la radio. El locutor parecía muy nervioso. Decía estar agradecido al personal técnico que desinteresadamente había hecho posible esa transmisión… hizo mención en forma confusa a sus colegas muertos o en grave estado de salud y cosas así, y entre medio tiraba noticias como que Europa y Estados Unidos habían cerrado sus fronteras y suspendido todos los vuelos… las pocas noticias que llegaban de otros países eran caóticas… Entonces se cortó la luz y ya no regresó.

            Todavía mi malestar era tal que esas noticias no me afectaron. Cuando uno está enfermo o siente dolor todo pasa a segundo plano; lo único que quiere es curarse.

            Me levanté con mucha dificultad. Un olor ácido me provocó arcadas; me había cagado encima.

            El piso estaba mojado pero ya se había escurrido el agua… solo quedaban algunos charcos. Con mucha dificultad dejé caer en el piso del baño el pantalón cagado y saqué otro del canasto de la ropa sucia.

            Tomé casi un litro de soda y comí los alimentos de la heladera que todavía no se habían descompuesto (dos manzanas y tres rodajas de pan lactal)

            Me sentía muy débil pero ya casi no tenía dolores agudos, y claramente me estaba recuperando.

            Salí a la calle. No había un alma. Una multitud de restos esparcidos aquí y allá presuponían una gran correntada; árboles caídos en un sentido, vehículos cruzados en la acera y rastros que en general dejó el agua. Tuve suerte; la casita que alquilaba está relativamente alta, en algunas otras el nivel llegó hasta las ventanas.

            La puerta del frente de mis vecinos estaba abierta.

            Me asomé golpeando las manos, pero nadie contestó.

            Me animé a entrar; el interior estaba en penumbras. Iba mirando al piso porque había objetos tirados. En la habitación subí la vista lentamente; el agua había llegado justo hasta el colchón sobre el que había un bulto… un olor fétido y casi sólido me hizo dar un paso atrás; sobre la cama dos cuerpos increíblemente hinchados sacaron un grito de horror de mis entrañas.

            Salí corriendo a la calle. Me resbalé y caí. Un intenso dolor en el codo casi me paraliza, pero me puse de pie con movimientos rápidos y torpes.

            Caminé como alucinado por las calles desiertas, llegué a la Avenida Antártida… No sabía qué hacer, encaré para la ruta 9, porque me horrorizaba volver a casa.

            Entonces, llegando al cementerio, escuché el atronador sonido de helicópteros… Eran dos muy grandes junto a otros cinco un poco más pequeños que volaban en formación y parecían dirigirse al aeroclub. Apuré el paso en esa dirección.

            Enseguida los vi desaparecer detrás de un monte de álamos y eucaliptus, lo que confirmó mis sospechas, pero el ruido atronador de las aspas no cesaba.

            No tenía paciencia para llegar a la entrada, entonces salté el alambrado y atravesé el monte. Casi enseguida y en forma repentina me encontré frente a frente con un tipo que vestía un mameluco de un material plástico que cubría todo su cuerpo. Tenía la cara cubierta por la máscara de un equipo autónomo de respiración. Alcé la mano en un gesto amistoso y me preguntó con un fuerte acento extranjero:

            - ¿Cómo te llamas?

            - Julio

            - ¿Conoces a Parménides?- era una pregunta muy extraña. Por pura casualidad había estado leyendo en una revista de divulgación algo de los filósofos eleáticos… balbuceé lo primero que me vino a la boca:

            - Es el padre de la lógica… el principio de identidad- … y casi inmediatamente me desvanecí.

 

 

            Me desperté limpio y perfumado, envuelto entre sábanas suaves y vaporosas. Tenía puestos calzoncillos y camiseta blanca. Me levanté y me puse una bata que colgaba de un perchero. La habitación en la que me encontraba tenía amplios ventanales vidriados que no daban al exterior, sino a otros recintos cerrados. En una de sus paredes colgaba un extraño cuadro en blanco y negro que parecía representar esferas concéntricas… no sé si se trataba de una mera decoración o algún emblema institucional.

            Caminé un poco hacia la ventana y dije “HOLA”.

            Antes de que se disipara del todo el eco de mi voz, apareció una persona al otro lado del vidrio.

            - Hola- me contestó un tipo colorado de unos cuarenta años-  mi nombre es David- miró un reloj digital en la pared y agregó- …tienes 23 minutos para preguntarme lo que  quieras.

            - ¿Dónde… estoy?

            - No estás muy lejos del lugar en dónde nos vimos por primera vez. Hemos hecho base muy cerca del aeropuerto de Ezeiza. Este es un laboratorio de campaña a un par de kilómetros de allí.- reconocí casi con certeza el acento y la voz del hombre del mameluco-

            - ¿Qué pasó?

            - Pasaron varias cosas. Una de ellas podríamos decir que es el principal motivo por el que te encuentras aquí; se ha desatado en forma inesperada una epidemia, y tú ahora estás en cuarentena...

            - ¿Qué tiene todo eso que ver con Parménides?

            - Nada que yo sepa…. ¡Ah!, ahora entiendo tu pregunta…Ocurre que prefiero las “muestras” de cierto nivel intelectual (no te ofendas es solo una broma). Lo de Parménides fue una prueba rápida…

            - Yo no sé nada de Parménides… la semana pasada leí por casualidad un fascículo en la sala de espera del dentista.

            - Bueno… eso es todavía mejor; a pesar de que estabas enfermo reaccionaste rápido y fuiste capaz de engañarme la primera vez que me dirigiste la palabra.

            - Qué clase de enfermedad tengo? ¿Voy a curarme?

            - Quédate tranquilo, estoy seguro de que no queda traza alguna del virus en tu cuerpo; la enfermedad ha cesado igual que la tormenta, quedaron algunos destrozos fáciles de reparar; tu sistema inmunológico esta algo deprimido, has perdido algo de masa muscular y estás anémico, pero te recuperarás rápidamente. Ya no hay peligro alguno de contagio dentro ni fuera del ambiente estéril en el que te encuentras.

            - ¿Por qué estoy en cuarentena entonces?

            - Más allá de mis certezas personales, hay protocolos que deben ser respetados.

            - ¿Por qué estás tan seguro de que la peste se terminó? ¿No se contagió un montón de gente acaso?

            - Este virus es sumamente infeccioso… es casi imposible no contagiarse para quien haya permanecido a menos de diez metros de un infectado durante el período de latencia, que es de aproximadamente tres días. Cuando comienzan a manifestarse los síntomas, que la mayoría de las veces son letales, ya todo el mundo está contagiado, pero para entonces el virus mutó a un modo en el que pierde su capacidad reproductiva, y muere cuando muere el infectado, o al cabo de 72 hs. Es decir que al cabo de 72 hs de manifestarse el último contagio no quedan rastros del virus…

- ¿Murió mucha gente?

- Entre los individuos que componen una población hay ciertos parámetros metabólicos que presentan una determinada dispersión… básicamente responden a una distribución Gaussiana. Un modelo estadístico muy complejo en sus detalles, aunque simple en esencia, nos permite ajustar con mucha precisión el porcentaje de sobrevivientes. De acuerdo a esa distribución un 10% de la población es capaz de sobrevivir más de 72 hs a las acciones destructivas del virus.

            - ¿Tan bien conocen al virus?

            Claro, nosotros lo diseñamos, lo novedoso de este virus es que podemos ajustar su vida media, que a su vez presenta una correlación con los casos letales; 72 hs corresponde al 90% de la población; 75 hs a un 96 % y 70 hs al 50 %. No quedan secuelas, con reposo y una buena alimentación es posible recuperarse totalmente al cabo de un par de semanas… El resultado final es que la población se reduce en un 90% sin conflicto alguno, y no quedan rastros del virus.

            -¿Ustedes… soltaron ese virus a propósito?

            No. Tenemos cepas en todo el mundo, listas para liberadas con un mínimo de preaviso… tú sabes, uno nunca sabe cuándo puede ser necesario reducir en forma rápida la población al 10%…

            -¿Qué pasó entonces?

            Han tenido lugar dos sucesos inesperados; uno es la fuga no deseada de la cepa del 10% (aún no sabemos la causa, y estamos trabajando febrilmente para averiguarlo)… y la otra es que se desencadenó la tormenta más intensa de la que se tenga registro en forma totalmente imprevista. Si lo del virus nos preocupa, una tormenta que aparece de la nada mucho más… que por si fuera poco generó de distintos modos algunas… algunas formas cuya probabilidad de ocurrencia debido al azar se reducen prácticamente a cero…en fin…demasiados cabos sueltos. Dos hechos tan excepcionales difícilmente podrían coincidir en el tiempo por casualidad, pero a la vez es casi imposible que una tormenta, por devastadora que sea, influya en modo alguno en nuestros sistemas de control…

            - La tele hablaba de señales extraterrestres ¿Estaremos bajo una ataque alien?

            - Me estás decepcionando… quizás tengamos una tormenta fuera de control, pero no a los medios. Las tonterías que escuchas permanentemente en la tele son en realidad una muy elaborada combinación de memes; a esos virus sí que los dosificamos en forma continua y controlada.

            -¿Sos norteamericano?

            - Digamos que aquello que tú conoces como “Norteamérica” provee la mayor parte de los medios materiales de que nos valemos.

            -¿Dependés directamente del presidente de Estados Unidos?

            -Soy uno de los más humildes de Los Que Somos, lo que me da una jerarquía muy superior a la del presidente.

            - ¿El presidente les obedece?

            - No del modo que tú imaginas… en algún sentido el presidente se parece mucho más a ti que a mí; él cree que toma decisiones.

            - No entiendo…

            - “Elige” lo que queremos que elija, “decide” lo que queremos que decida.

            - ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Lo tienen hipnotizado? - David meneo la cabeza, acaso considerando ingenua la prueba de Parménides-

            -Trataré de explicártelo… Imagina que esparces un montón de limaduras de hierro sobre una cartulina, y luego apoyas por debajo los polos de un imán… ¿Qué ocurre?

            - Las limaduras se alinean con el campo magnético.

            - Bien, las personas hacen cosas espontáneamente ignorando en el fondo por qué. Son como esas limaduras que, sin saberlo, se alinean según un orden social; desde algún punto de vista algunos lo llaman “ideología”, desde otro “sentido común”. La fuerza invisible que rige a las sociedades se deja ver por el dibujo que, en su conjunto, forman esas limaduras, por la “ideología” que rige a esa sociedad. Para la gente no hay otro orden imaginable que el de esas líneas, que en realidad es tan arbitrario como cualquier otro.

            No necesitamos que el presidente “nos obedezca”, porque sin importar quien sea, el conjunto de sus acciones tenderán a la dirección general que pretendemos que acate, aún asumiendo cierta dispersión que no la afectarán, y que genera la ilusión de que es distinto a otro. El camino recorrido para acceder a ese cargo supone una intensa interacción social, y la sociedad tiene la forma que nosotros le damos.

            - ¿No tenés miedo de que yo cuente esto?- David sonrió. Seguramente entendió que mi pregunta apuntaba por una vía indirecta a saber qué planes tenían para mí-

            -¿Qué dirás? ¿Qué nadie piensa libremente? No hay forma de dominio más efectiva que la libertad de pensamiento… la gente se siente libre porque no tiene el lenguaje que exprese su falta de libertad. Los colores se corresponden con una franja muy estrecha del espectro de frecuencias, te resultan inimaginables los mucho más numerosos colores que están fuera de ese rango. Apenas si aluden a ellos definiéndolos por lo que no son; “infrarrojo” o “ultravioleta”.

            Existe un porcentaje relativamente pequeño de personas capaces de intuir lo que está pasando, solo que su destino es el aislamiento o la indiferencia.

Ahora todo esto te parece muy importante, pero verás que en cuanto regreses rápidamente vas a acomodarte de nuevo a la corriente; te va a preocupar más la cuota del auto o perder tu empleo, vas temer e incluso odiar a los que poseen menos cosas que tú, y envidia o admiración a los que tengan más.

            -¿Por qué me contás todo esto?

            - Porque tú me preguntas.

            -¿Cómo sé que no sos un loco o alguien que se está divirtiendo conmigo?

            - Bueno, tú sabrás qué hacer con las cosas que te he dicho.- Entonces sonó suavemente una chicharra. David se puso de pie con una sonrisa y me dijo:

            - Se están acabando tus 23 minutos de preguntas.

            - ¿Por qué 23 minutos?

            - Era el tiempo que faltaba para dar por concluida tu cuarentena.

 

            Se escuchó un suave chasquido neumático y David me indicó que presionara un botón para abrir la única puerta del recinto. Era una esclusa. Ahí podía escuchar su voz a través de un parlante.

            -Quítate toda la ropa.

            - Ya está.

            - Ahora puedes abrir la otra puerta. Pasa al otro recinto y vístete.-

            En el otro recinto había un perchero con mi ropa. Estaba como la última vez que la vestí. Me dio asco ponérmela porque apestaba.

            -Acuéstate en la camilla.- Me acosté en la camilla y unos segundos después hizo su aparición lo que parecía ser un enfermero con una hipodérmica apuntando hacia arriba- no temas, vamos a aplicarte una inyección que no te hará daño.

            - ¿Voy a volver a verte?

            - Te he mandado una carta que algún día tal vez recibas.

 

            Inmerso en la negrura más profunda creí sentir cómo lentamente se apagaba el atronador ruido de helicópteros, pero al abrir los ojos solo escuché un silencio apenas poblado por el canto de algunos pájaros. El sol lastimaba los ojos. Me puse de pie con dificultad; estaba en el aeroclub, allí dónde me había desmayado.

            Caminé hacia el centro de la ciudad. Tantee mi bolsillo; tenía la billetera y en la billetera mi documento de identidad y bastante plata. No recordaba haber guardado una cosa ni la otra... pero es posible que lo hubiese hecho. Sentí un oscuro resquemor de volver a la pieza que alquilaba. Habré caminado media hora… me sentía atontado. En la vieja terminal de ómnibus estaba por salir un choche a Buenos Aires. Me subí y luego tomé un colectivo a Lomas.

            Las intensas sensaciones de miedo, fragilidad y estupor se fueron diluyendo durante el viaje. El reencuentro con mi esposa fue raro. Me reprendió por mi olor, pero enseguida puse la ropa en remojo y me di una ducha. Seguía atontado y nadie parecía estar consciente de la magnitud de la reciente catástrofe. En la tele no hablaban de tormentas ni pestes, pero luego notaría, especialmente en la zona de Zárate - Campana, muchas casas aparentemente desocupadas...  solo que eso quedó registrado en mi memoria en un momento en que ya no le prestaba particular atención a tales detalles (ahora, más de veinte años después, recuerdo todo con asombrosa claridad…) Luego de la ducha me senté a la mesa y no dije nada, en parte porque estaba muy cansado y en parte porque quería escuchar lo que tenía para contar mi esposa, sin influencia alguna de lo que yo pudiera decirle… pero no hizo ningún comentario relevante. Luego me fui a la cama y dormí profundamente, con la idea de tocar el tema al otro día… pero al despertarme solo recordaba vagos retazos de lo sucedido, como si lo hubiese soñado… y a poco de levantarme esos restos se diluyeron hasta desaparecer; todo se borró de mi memoria.

            Rápidamente me reacomodé a mi rutina previa a haber alquilado la pieza en Zárate; todos los días laborables tomaba muy temprano el micro que salía del acceso norte, hasta que nació mi primer hijo y nos mudamos definitivamente a Zárate.

            Así pasaron veinte años de padre de familia pequeñísimo burgués, criando a mis hijos, trabajando y mirando la tele… hasta que ocurrió algo más extraño, quizás, que la historia que acabo de referir.

            Una mañana había viajado a Buenos Aires a realizar algunas gestiones relativas al cobro de un seguro y me encontraba haciendo tiempo en una librería de usados de la calle Corrientes. Repasando la mesa de saldos me topé con un libro, con la tapa de un libro. No bien verla un estremecimiento, rápido y fugaz como un rayo, conmovió mi cuerpo.

            Lo que hablé o soñé haber hablado con David y todo lo demás empezó a desenvolverse en mi memoria con una claridad asombrosa, hasta que se desplegó totalmente, transformándose en un recuerdo fresco, como si hubiese sido ayer…

            Fue como si una imagen hubiese sido la llave que abrió una caja oculta en una zona oscura de mi mente… la sensación cristalina de haber tomado conciencia de un hueco, un hueco que siempre estuvo ahí y al que no había prestado nunca atención y que presuponía esa imagen que se desenvolvía en una forma; un hueco ávido de La Forma que era la combinación que abría esa caja cuya luz interior iluminó armatostes viejos esparcidos alrededor… y liberó los recuerdos de los sucesos de entonces…

            Alcé la vista… la calzada estaba llena de automóviles de paso paquidérmico… un negocio de electrodomésticos tenía decenas de televisores prendidos… un policía zamarreaba a un chico de la calle… pude ver claramente las líneas de corriente, me sentía como remando entre los saltos de un caudaloso río de montaña del que era imposible salir; sentí a La Peste plenamente vigente, irreversible.

            Regresé de esa intensísimo instante de lucidez y recorrí las páginas con torpe avidez… el libro estaba gastado y le faltaban algunas hojas. Me quejé airadamente al vendedor, que se encogió de hombros… la tapa tenía un papelito pegado con un precio simbólico de tan bajo.

            La portada presentaba un grabado de Escher (“Concentric rinds”)… que fue lo que como una invocación despertó al recuerdo encapsulado en mi mente… pero ya se había apagado.

            La novela en sí (se trata de una novela) no era para nada conocida, tanto que en pesquisas posteriores no pude dar con referencia alguna del autor, ni de la editorial. Se titula “La Gran Tormenta”… la rusticidad de la edición (evidenciada inclusive en errores de tipeo), parecen sugerir cierta urgencia en su publicación. La leí de un tirón y concluí que de ninguna manera puede ser ajena a mis recuerdos recientemente recuperados.

            Redacté una versión en formato pdf y la subí a la siguiente dirección:

 

            http://juliomiguezinsua.wix.com/lagrantormenta

 

            Una curiosa certeza ha consentido que complete las páginas faltantes y estampe al pie mi firma.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Una intensa tormenta es el marco en el que se desencadena una peste letal... el protagonista descubrirá con el tiempo que otra peste, más extraña y secretamente difundida, rige sus actos.

Argentino, contemporáneo.

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta