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12 min
LA PIEDRA DE LA VIDA
Fantasía |
21.04.15
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Sinopsis

La búsqueda del gran mago Crátilo.

El gran mago Crátilo llegó a tierras que pocos hombres se han atrevido a visitar. Atravesó valles con escasos alimentos, bebiendo pocos sorbos de agua al día. Una vida de lectura no preparó su físico para aquella travesía, pero aun así escaló colinas empinadas utilizando sus manos desnudas. Aquel objeto lo movilizó como nada lo había hecho, y no existía obstáculo capaz de detenerlo. A pesar de su vejez, Crátilo o “el gran mago de los vientos”, como le gustaba ser llamado, continuaba aferrándose a la búsqueda con botas gastadas y trepando con sus uñas lastimadas por la roca. Estaba eufórico, anestesiado por la adrenalina. Lobos y buitres quisieron devorarlo sin éxito, pues no existía animal salvaje que pudiera hacer frente a sus hechizos. Sin embargo, él no podía controlar el clima, y su túnica de lana gris era demasiado abrigada para el calor del día y no abrigaba lo suficiente para el frío de la noche. Las llagas en la piel le dolían a todas horas, y un fuerte broncoespamo casi acaba con él. Soportó todo tipo de inconvenientes en su odisea sin que éstos quebrantaran su voluntad ni sus ansias por llegar al sitio que buscó durante treinta años.

Todo habría sido más fácil de no haberse enemistado con Edmunda o “la bruja suprema del bosque”, como le gustaba ser llamada. Hubo una época en la que ella y Crátilo trabajaron juntos hombro con hombro, sombrero con sombrero, báculo con báculo. Diseñaron pócimas e intercambiaron ingredientes, pero ambos sabían que el día que encontrasen la piedra de la vida su poder no sería suficiente más que para uno de los dos. Cuanto más cerca se sentían del objetivo, la codicia los hacía imaginar nuevos modos de deshacerse uno del otro. La codicia de los magos no es la misma con la que lidia el común de los mortales, sus anhelos de poder son decenas de veces más altos. Sus mentes cargadas de conocimiento hasta rayar los límites de la locura y el saberse superiores a la mayoría de los humanos, los vuelven soberbios e imposibles de doblegar.

En una oportunidad ambos dieron con unas pistas que se escondieron mutuamente, cuando aquello salió a la luz discutieron hasta el punto de jurarse la muerte en el caso de que sus sendas se volvieran a cruzar.

Durante tres décadas el hechicero continuó buscando la piedra, perdido entre leyendas orales, libros arcanos e indicios espurios. Pero nada de eso le hizo perder la ilusión, y llegó el día en que dio por fin con un rastro fidedigno. En una antigua y olvidada biblioteca, Crátilo había hallado un libro sin nombre. El tomo era de antigüedad insondable, y estaba forrado en cuero de algún animal maldito y extinguido. En una de las páginas que no habían sido destruidas por la humedad, había un mapa con símbolos que solo una docena de personas habría reconocido. El mapa era imposible de entender sin leer todo el libro, por lo que el mago debió traducirlo de la primera a la última de las páginas que aún conservaba, pasando noches enteras sin dormir y aislado del resto del mundo.

Antes de obsesionarse con la piedra de la vida Crátilo era otro hombre. Solía abandonar su cabaña para ir al pueblo varias veces a la semana, donde tenía tratos amables con muchos lugareños. Allí intercambiaba sus pócimas por los mejores alimentos, ya que todos en la comarca le tenían un gran aprecio y pagaban muy bien por sus productos. Sorprendió a todos las últimas veces que fue visto; Crátilo había cambiado luego de haber iniciado la búsqueda por aquel objeto mágico que le prometía una existencia eterna. En poco tiempo el hechicero se había convertido en un eremita malhumorado y doliente. Tres décadas antes habría recorrido el camino en busca de la piedra en mucho menos tiempo, pero los años mal vividos lo volvieron un anciano decrépito que se jugaría la vida en esa aventura.

Sus ojeras habían oscurecido, creciendo hasta el punto de fusionarse con los largos pelos de su barba. Una semana a la intemperie, vagando entre polvo y roca, le había resecado por completo los labios. Sin embargo, cada instante de sufrimiento fue recompensado cuando llegó a la cima y una cueva familiar apareció frente a él. Se trataba de una cueva parecida a cualquier otra, pero él la identificó de inmediato como única en el mundo. Había pasado suficientes horas contemplando aquel antiguo grabado a la luz de las velas como para aprender cada detalle. Por fuera no parecía única, pero en su interior tenía una luminosa cascada que formaba un pequeño lago de aguas cristalinas.

Entre sibilancias y catarros, Crátilo se ayudó con su báculo usándolo como bastón para continuar caminando. Aquel cayado no parecía ser más que una rama retorcida, pero albergaba un gran poder, no en manos de cualquiera, por supuesto, solo cuando era portada por un hechicero como él se convertía en un arma mortífera. No pensaba detenerse a descansar, si bien tenía una edad avanzada, incluso para un mago, su inquebrantable actitud superaba todos los daños del tiempo.

De repente un lazo de fuego lo sujetó del tobillo. Al caer se lastimó el rostro casi al punto de perder el conocimiento. Sangre caía de su labio reseco manchando su barba blanca, pero los años lo habían preparado para soportar grandes niveles de dolor.

Tomó su sombrero antes de darse la vuelta; no estaba ansioso por mirar a su atacante, pues sabía bien quien tenía detrás. Su némesis también había hallado el legendario lugar.

Aquella anciana vestida con ropajes negros encimados era nada menos que Edmunda, la bruja suprema del bosque. Su rostro estaba cubierto por cabellos anaranjados y opacos, entre los que podía verse una piel demacrada y unos ojos cargados de odio.

– ¿A dónde crees que vas, anciano miserable? – dijo la bruja.

– ¿Acaso me has estado siguiendo, esperpento? Si no fuese por mí jamás habrías hallado el sitio, ¿verdad?

– ¡Ingrato! Yo fui la que te informó de la piedra de la vida, vengo buscándola desde antes de que tú supieras de su existencia.

Crátilo la apuntó con su báculo y unas chispas comenzaron a salir de él. De pronto, una descarga eléctrica emergió del arma, golpeando a la bruja y haciéndola volar varios metros hacia atrás.

La bruja se levantó con dificultad, mostrando unos cabellos aún más crespos que antes. Mirando al cielo lanzó un chillido que hizo volar a cientos de pájaros posados en los árboles a su alrededor. Los dientes podridos de la anciana chorrearon una saliva burbujeante, la que acumuló para formar una escupida que dio contra el suelo. En el lugar del impacto se formó un pequeño hoyo que pronto comenzó a agrandarse en un círculo perfecto. La tierra alrededor era devorada por el agujero hasta que éste alcanzó un radio suficiente como para que un humano quepa en él. La hechicera, sin dejar de mirar a su enemigo con desprecio, comenzó a balbucear una y otra vez: “melquíad des sahen viperea crotalus, melquíad des sahen vipérea crotalus, melquíad des sahen vipérea crotalus…”.

Decenas de serpientes de cascabel comenzaron a salir del pozo, y a medida que se desanudaban, se arrastraban hacia el impávido hechicero.

– Vieja asquerosa – dijo él – ¿Crees que tus alimañas podrán detener al gran mago de los vientos?

El gran mago sopló con fuerza, ocasionando que los reptiles salieran disparados por los aires.

La bruja no supo qué decir, había notado que su rival se había vuelto mucho más poderoso de lo que ella recordaba.

– Ya estoy harto de ti, adefesio – continuo él –. Eres una vieja tan horrenda como inútil.

El mago sujetó con firmeza su báculo y golpeó la base contra el suelo a la vez que pronunciaba el conjuro: “¡Irom suná!”, provocando una explosión sorda que dejó inconsciente a Edmunda.

Con su rival fuera de combate, Crátilo pudo entrar en la caverna en busca de aquello a lo que le había dedicado tres décadas de su vida. Una vez dentro, llegó al centro del pequeño lago donde encontró lo que le ocasionó diez mil noches de vigilia: La piedra de la vida. Se trataba de una roca de forma y dimensión similares a las de un cráneo humano, apoyada sobre una estalagmita que formaba un pedestal natural.

A medida que el mago se acercaba a la piedra, una fosforescencia verde en su interior brillaba con mayor intensidad. Su poder era hipnótico, y el anciano la sujetó con ambas manos, admirándola sin advertir las modificaciones que le estaba ocasionando a su cuerpo.

Logró de pronto despertar de la admiración al notar que sus manos habían cambiado, y la sorpresa hizo que la piedra se le cayera de sus dedos. Crátilo continuó mirando sus brazos, que habían vuelto a ser musculosos y joviales. Sus manos ya no estaban llenas de arrugas y sus uñas habían perdido el color verdoso que suelen tener los magos debido al contacto con sustancias tóxicas. El hechicero se palpó el rostro y sintió que también había sido modificado. Al mirar hacia abajo, entre las olas ocasionadas por la piedra al caer, alcanzó a ver en su reflejo una imagen que se había perdido en lo más recóndito de su memoria. Ya no tenía su característica barba blanca; se había vuelto corta y oscura. Ya no tenía arrugas en el rostro; Crátilo era un hombre joven otra vez.

Una risa socarrona interrumpió su fascinación:

– Eres un estúpido – dijo Edmunda –. No debiste sujetarla con ambas manos y durante tanto tiempo, su poder no es fácil de controlar. Te he dicho cientos de veces que tu imprudencia te costaría caro algún día.

Crátilo se dio entonces la vuelta hacia ella y le gritó con voz varonil:

– ¡Aléjate, vieja bruja!

El joven mago apuntó a su rival con el báculo y pronunció un nuevo conjuro: “Mengi nitxul”.

A diferencia de la enorme llamarada que esperaba lanzar, de su arma salió una bola de fuego no más grande que un puño y a una velocidad risible. Al alcanzar a Edmunda, ésta la frenó con la palma de su mano y la extinguió con un chasquido de dedos.

– ¡Hombre necio! A tu edad no eras más que un aprendiz de mago. ¿Acaso no lo ves, imbécil?, te llevo un siglo de ventaja. ¡Ahora entrégame la piedra antes de que te convierta en una rata!

Debajo de sus sucios cabellos, los ojos rojos de la bruja brillaban con rencor, y Crátilo, que había vuelto a tener los poderes de cuando era un joven acólito, no le quedó otra opción más que la de recoger la piedra para entregársela a su rival.

Levantó el objeto encantado con la punta de sus dedos, ya que sostenerlo con ambas palmas lo habría llevado en cuestión de segundos a sus primeros años de vida, o incluso a una época anterior a la de su nacimiento. Recogiéndola con el menor contacto posible, la piedra lo rejuveneció unos pocos años más, convirtiéndolo en un muchacho. Mientras tanto, la bruja se acercaba anhelante, abriendo un bolso de cuero para que él pusiera allí el elemento mágico.

Para sorpresa de la anciana, cuando Crátilo alcanzó los primeros años de la edad de la rebeldía, lanzó la piedra varios metros hacia arriba, casi hasta chocar con la parte superior de la cueva:

– ¡Ahí tienes tu piedra, vieja fea!

– ¡No! – gritó Edmunda – ¡Niño malvado!

La bruja corrió y se lanzó para atrapar el objeto justo a tiempo antes de que se destruyera contra el suelo. Luego de pararse con la roca en la mano, se dirigió a su enmigo con una voz mucho más dulce de la que había esperado:

– ¡Eres un tonto, Crátilo! ¡Te odio!, ¡pudiste haberla destruido!, ¡eres un…!

La bruja quedó muda de repente y dejó caer la piedra. Comenzó a mirarse a sí misma y notó que había rejuveneciendo al igual que el hechicero. Su cabello, antes anaranjado y opaco, era de un rojo vivo; sus ojos, casi blancos, habían recuperado el color verde que le habían robado los inviernos; y los mismos senos que antes colgaban disparejos, se veían firmes bajo los harapos de bruja.

Los dos jóvenes magos se acercaron sin dejar de contemplarse ni por un instante, luego se tomaron de la mano y abandonaron juntos la caverna. Al irse olvidaron llevar consigo la piedra de la vida, que aún sigue allí, paciente, esperando al siguiente Crátilo y a la siguiente Edmunda.

 

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