cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

39 min
La piedra irisada
Drama |
19.03.15
  • 5
  • 6
  • 1569
Sinopsis

A veces los lazos del cariño pueden convertirse en grilletes


I
<<Estaba en la salita viendo una vez más “Star Trek. La próxima generación”. En el momento en que Kirk iba a morir a manos de Soren, un estruendo procedente de su habitación hizo volver a Rafa de su viaje interestelar. Seguro que Javi ya estaba haciendo de las suyas jugando con sus piedras. Antes de levantarse del sillón, ya le había arrollado la ola de cólera que le invadía cuando su hermano le cogía los minerales que, con tanto mimo, tenía ordenados en la mesita baja que había hecho su abuelo con sus propias manos. Entró en la habitación como un tornado arrasando pueblos. Lo que vio al entrar sobrepasaba con mucho sus peores sospechas. En el suelo, Javi había montado una batalla campal con las piedras y las había cubierto con la tinta de la pluma después de romper el frasco de cristal que la contenía. Se abalanzó contra él gritando palabras impronunciables y, al instante, se enzarzaron en una pelea de puñetazos y patadas. En un momento, Rafa vio cómo su hermano se guardaba la piedra irisada en el peto del pantalón. Aquella piedra de múltiples colores era su favorita. La había encontrado en el camino que conducía a la playa cuando veranearon con los abuelos. Intentó quitársela a la fuerza, pero Javi le mordió la mano y él, con la rabia estallando, le empujó. Sólo fueron unas milésimas de segundo, pero, para él, supuso una eternidad. Vio como su hermano pisaba una de las piedras y caía, como a cámara lenta, hacia atrás golpeándose la cabeza con una de las patas de la cama>>.  

La radio del despertador le trajo del mundo de los sueños: “Buenos días, dormilones. Levántense. Hace un día espléndido”. Con el corazón palpitante aún por la pesadilla de la que acababa de salir, se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha fría que se llevara la angustia de la noche. Después de tantos años, el sueño de la piedra irisada volvía a visitarlo una vez más. Hubo un tiempo en el que no había noche en la que Javi no apareciese en sus sueños para cobrarse el tributo de una deuda que estaba muy lejos de saldar, pero ya hacía mucho que aquella pesadilla no le atormentaba: hasta aquella noche, claro. 

Cuando entró de nuevo en la habitación para vestirse, su mirada tropezó con la carta. No pudo resistir la tentación. La leyó o, más bien, paseó su vista por ella saltando de una línea a otra. Podía repetir sus palabras de memoria sin equivocarse. Escondido entre su lenguaje formal, estaba el sueño que había perseguido desde que a los doce años su abuelo le hablara del mundo de los minerales. La misiva contenía una oferta de trabajo en un yacimiento de moldavita en la República Checa. Pese a colmar todas sus ilusiones, sabía que la iba a rechazar. Sus fuerzas hacía tiempo que le habían abandonado y no se veía capaz de atrapar el destino entre sus manos para ir en busca de la felicidad. De aquella tarde no pasaba; en cuanto regresara del trabajo, contestaría al profesor, pensó. Se tomó una taza de café amargo y oscuro que ni siquiera se molestó en calentar y salió de casa hacia la oficina del ministerio donde le esperaba su rutinario trabajo como administrativo.

Durante la mañana, mientras tramitaba expedientes de contratación, su mente se perdía entre los recovecos de la memoria rastreando los recuerdos que había despertado la pesadilla nocturna. Con la mirada buscaba los ojos de Javi, que le contemplaba desde la fotografía que tenía en el escritorio y, al interrogarlo con el pensamiento, su hermano parecía suplicarle para que no le dejase solo. No. No podía aceptar la oferta para trabajar en el país bohemio sino era traicionando a su hermano. Respiró hondo e intentó, sin conseguirlo del todo, concentrarse en su trabajo. Javi no dejaba de interpelarlo desde el marco de marfil, con su dulce expresión de quien no se ve sometido a los vaivenes de la vida y del paso del tiempo.    

II
El destino quiso que Rafa naciera primero. Llegó al mundo con una sonrisa en los labios, como disculpándose por haberse dado tanta prisa en dejar atrás a su hermano, que, por entonces, como él, aún no tenía nombre. Javi, por su parte, se hizo esperar. Cual si tuviese miedo de asomarse a la fría sala del hospital, tardó varias horas en mostrar su carita a su madre y a los que, con gran impaciencia, le estaban aguardando. Tal vez el agotamiento de los allí presentes por tan larga espera les impidió percatarse de lo que, a simple vista, era más que evidente: que Javi era un niño diferente. 

Rafa no tardó mucho en darse cuenta de que Javi era más torpe que él. Pese a ser iguales y celebrar el mismo día el cumpleaños, al más pequeño le costaba más que a su mellizo comprender las cosas más sencillas. Mientras que a él le bastaba con que le explicaran una vez las reglas de un juego para convertirse en un reputado maestro, a su hermano había que repetirle una y otra vez cómo se hacían tareas que para otros niños eran la mar de fáciles. Y, aún así, hubo muchas que nunca llegó a aprender, como atarse los cordones de los zapatos o pelar una ciruela. Javi tenía dos talentos especiales: solía romper todos, o casi todos, los juguetes que caían en sus manos y, a menudo, se le antojaban las cosas que pertenecían a su hermano. Cuando esto último ocurría, Rafa había de armarse de paciencia y plegarse a sus deseos si no quería verse enredado en una rabieta descomunal. A veces, sin embargo, el mayor de los hermanos se negaba a ceder. Entonces Javi parecía querer ganar el primer premio de un concurso de gritos, patadas y llantos hasta que se salía con la suya. No obstante, pese a las tardes en las que Javi se mostraba antojadizo, eran más los momentos en los que encontraban algún entretenimiento en el que divertirse juntos. Así disfrutaban cuando lanzaban piedrecillas en el estanque del jardín de la casa de la sierra, bailaban las canciones que cantaba su madre o buscaban tréboles entre el césped.

Mucho antes de compartir pupitre en el colegio de los Agustinos, la madre de los mellizos ya le dejó muy claro a Rafa que había de ocuparse del bienestar de su hermano. “Tienes que estar atento por si te necesita”, le decía, “no le dejes solo”, “llevatelo a jugar con tus amigos”, “debes hacerte a la idea de que, cuando nosotros faltemos, serás tú el responsable de tu hermano”. Y aquella responsabilidad se convirtió en una mochila que siempre llevaba a sus espaldas: unas veces con el peso de una pluma, como cuando veían juntos los dibujos animados y se reían con las tretas de Correcaminos para despistar al Coyote; mas, otras veces con el peso de una plancha de plomo, como cuando le seguía por el patio del colegio y se empeñaba en quitarle los cromos de la liga de fútbol o los de la última serie de televisión. Desde muy pequeño, se acostumbró a levantarse de la cama cuando Javi era atormentado por sueños angustiosos o cuando se despertaba en medio de la noche pidiendo, no, exigiendo, un vaso de agua. Cuando tal cosa ocurría, era Rafa el que le atendía sin que se le ocurriera llamar a tan intempestivas horas a sus padres. Su madre le había inculcado la obligación de ocuparse del pequeño Javi y aquel deber iba creciendo en su corazón cual semilla que, cuando germina, es apenas un insignificante brote en la tierra fértil, mas termina convirtiéndose en un robusto roble.   

Y, pese a todo, en aquellos primeros años de su infancia y en los años que vinieron después Rafa no vio en su hermano sino el compañero de viaje con el que se sentía más unido: no en vano eran mellizos.

En el colegio, profesores y alumnos se maravillaban de que dos niños tan diferentes hubiesen jugado juntos en el seno materno. Rafa era alto y espigado; Javi, bajito y regordete. Rafa pronto despuntó entre todos los de la clase. Fue el primero en aprender a leer, el que enseñó a sumar a los más rezagados de la clase, al que elegía el profesor cuando hacía preguntas delante de alguna visita. Javi, en cambio, nunca aprendió a leer más que las letras vocales, la eme de mamá, la erre y la efe para escribir el nombre de su adorado hermano Rafa. Pese a no seguir el mismo ritmo de los demás alumnos de su curso, nunca molestaba al resto de la clase. Sentado en el pupitre junto a su mellizo, pasaba las horas dibujando libélulas de colores que luego entregaba al profesor con la seriedad de quien entrega un examen de trigonometría; como quien entrega su más valioso tesoro.

Cuando cumplieron once años, los separaron de colegio. Rafa continuó estudiando en los Agustinos. Para Javier encontraron sus padres un colegio donde los demás niños tenían más parecido con él que su propio hermano. Los ojos redondos de mirada un poco bizca, la misma boca pequeña en la que no cabía su gran lengua parlanchina, el pelo lacio y la sonrisa pícara. A Rafa le dolió que Javi cambiara de colegio con la alegría de quien cambia un juguete por otro. A él le costó más perder su compañero de pupitre. De vez en cuando, volvía la cabeza hacia atrás como si le buscara y, al no encontrarle, un hondo suspiro escapábase de su pecho de niño; otras veces, sentado en el pupitre, alargaba la mano como si quisiese pedirle alguno de sus muchos lapiceros de colores y, al percatarse de su ausencia, escondía la mano bajo la mesa como ocultando una vergonzosa acción. Es cierto que, cuando salía al recreo estaba más libre para jugar con los otros niños del patio sin tener que estar pendiente de su hermano, pero sentía como si le hubiesen robado la esquinita de su corazón. Ya nadie corría tras él en la cancha de baloncesto ni acudía llorando porque, en uno de sus muchos descuidos, había metido el pie en un charco de lodo justo el día en el que había estrenado las zapatillas deportivas y le insistía para que le dejase las suyas. Ya nadie lo avergonzaba delante de sus amigos con unas rabietas imposible de apaciguar. Pero un sentimiento de tristeza había tomado el lugar que antes ocupara su hermano Javi y no sabía cómo deshacerse de él. Mas, cuando iba a recogerlo a la puerta de su nuevo colegio, toda la añoranza del día se evaporaba como gota de agua en busca de las nubes. Javi era el primero en verle. Salía por la puerta del colegio con los otros niños acompañado de las dos cuidadoras y, en cuanto divisaba a Rafa, emprendía una veloz carrera; al encontrarse con él, se colgaba a su cuello y le cubría la cara de húmedos besos que el hermano mayor nunca secaba. Luego, éste le cogía la mochila y tomaban la senda que les llevaba a casa, mientras el más pequeño contaba con su lengua de trapo las apasionantes aventuras del día. Por el camino no se entretenían en más paradas que la que hacían en la confitería que había junto al parque, donde Rafa compraba dos caracolas que deleitaban el paladar de uno y otro. Luego, en casa, un rato juntos de televisión antes de que Rafa se encerrase en su habitación para hacer los deberes del colegio.    

Aquel verano iba a ser el primero que iban a pasar las vacaciones sin sus padres, que partieron la segunda semana de julio hacia tierras italianas. Por fin, desde que nacieran los mellizos, se permitían un viaje con el único propósito de disfrutar del perezoso paso de las horas. Rafa sabía de los mil y un planes que fraguaron hasta que decidieron enviarlos con los abuelos del pueblo. La madre de los pequeños quería que fueran a un campamento que organizaba el ayuntamiento para niños de diez a quince años, pero el padre se opuso alegando que, si ocurría algún percance, ellos estarían muy lejos. Rafa se sentía importante cuando oía a su madre replicar que él era lo suficientemente maduro como para hacerse cargo de las necesidades de Javi. Pero el padre no se dejaba convencer fácilmente y a punto estuvo de anular el viaje. Fue el propio Javi el que resolvió el problema. Una tarde que estaban entretenidos contemplando las fotografías del álbum familiar, se empeñó en llevarse a su habitación una en la que estaban los dos hermanos en la playa con los abuelos. Al borde de la rabieta, Rafa acabó despegando la foto de la cartulina y dándosela al caprichoso infante. Y fue aquel amago de berrinche el que hizo que a su padre se le ocurriese que pasaran las vacaciones con los abuelos en la casa que tenían en un pueblecito de la costa. Como era la primera vez que se separaba de ellos, su madre no olvidó llenar la maleta de Rafa de miles y miles de recomendaciones para que cuidase bien de su hermano: “No le dejes tomar dulces antes de comer”, “No olvides darle la crema de protección solar”... Y él, con la emoción del viaje, la oía sin escucharla del todo.

Durante muchos años, cada vez que le preguntaban cuándo había sido más feliz, Rafa siempre hablaba de sus vacaciones de verano a los doce años, cuando descubrió su vocación de geólogo; aunque entonces no lo llamase de ese modo: Aquel sería el verano en el que descubrió la magia de las piedras.

Cada mañana de aquel verano, les despertaba el aroma del delicioso chocolate caliente y las tostadas de pan que les preparaba la abuela. Lo tomaban con prisa, pues ya les estaba esperando el abuelo con la bolsa del baño para acompañarlos a la playa. Había un buen trecho desde la casa situada en las afueras del pueblo hasta la cala donde iban la mayoría de los bañistas. Un angosto sendero, construido por los pasos de los miles y miles de andariegos que durante siglos habían transitado aquellos parajes, unía la pequeña población con la playa. El camino estaba franqueado de moreras y, a veces, la abuela les daba una cesta para que cogieran jugosas moras maduras con las que luego les haría un pastel. El abuelo se paraba a menudo durante el trayecto a recoger piedrecillas que contaban la historia de la Tierra. Rafa se maravillaba con palabras como pirita, bauxita, mica, caolín o feldespato. Buscaba, él también, los guijarros que, por su forma o sus colores, le parecían los más bellos y, luego, al llegar a casa de regreso de la playa, con un cepillo les quitaban la tierra que tenían adherida, las clasificaban y las guardaban en cajas de cristal con una etiqueta en la que se leía su composición. Un día Rafa encontró una piedra de múltiples colores: el azul de la azurita, el verde de la serpentinita, el amarillo del azufre...

—¡Cómo el arco iris! —exclamó Javi.

—¡La piedra irisada! —exclamó el abuelo.     

La piedra irisada se convirtió para Rafa en el emblema de su vocación. Años y años lo acompañaría a todas partes para recordarle que, algún día, él sería un geólogo como su abuelo y viajaría a países lejanos en busca de desfiladeros que dejasen al descubierto la historia del pasado más remoto de nuestro planeta.

La adolescencia vino para Rafa con un manojo de emociones y sentimientos que lo mantenían en una montaña rusa permanente. Se levantaba melancólico, desayunaba alegre y, antes de partir hacia el colegio, un acceso de cólera podía arrastrarle a decir las cosas más horribles a su madre, a su padre o a su hermano. Su afán de independencia le hacía perderse después del colegio con sus amigos y no regresar a casa hasta bien entrada la noche. Sólo encontraba sosiego cuando se encerraba en su habitación a ordenar sus piedras. Entonces, extraía de una caja de cartón las que había encontrado en las últimas semanas; las miraba con la lupa apreciando sus colores, su textura, sus aristas, sus formas y sus tamaños, mientras iba anotando con su pulcra caligrafía en un cuaderno una detallada descripción de cada una. Después, las introducía en una urna de metacrilato y pegaba una etiqueta con el nombre y la fecha en la que las había encontrado. Las piedras que le parecían más valiosas las exponía en una mesa de madera de pino que le hizo su abuelo en una de las vacaciones de verano; el resto lo guardaba en un armario donde también se podían encontrar juguetes de su infancia no tan lejana.

Había momentos en los que su conciencia se rebelaba ante sus ansias de libertad. Una caricia de Javi bastaba para que sintiera un pellizco en el alma. Le parecía, entonces, como si hubiese abandonado a su hermano querido en medio de imaginarios peligros; como si él, egoísta, hubiese buscado la diversión entre sus amigos sacrificando a su hermano. Lo que no conseguían los sermones de su madre lo lograba una simple caricia de Javi. Con el corazón apesadumbrado, volvía hacia su mellizo y lo llevaba a ver la última película de Disney o de ciencia ficción y, después, disfrutaban de una merienda en alguna cafetería de la zona. Y aunque le costase reconocerlo, aquellas tardes que pasaban juntos eran tan maravillosas para él como para el más pequeño de los hermanos.

De esta época más o menos es la fotografía que, más de quince años después, presidía la mesa de Rafa en el ministerio. Fue tomada durante un partido de baloncesto en el que él tomaba parte como pívot en el equipo del colegio cuando los dos hermanos tendrían dieciséis o diecisiete años. La imagen recogía el salto de entusiasmo de Javi en las gradas después de ver a su hermano acertar una canasta. El joven había acudido a la competición con un grupo de amigos del taller ocupacional al que por entonces asistía acompañados por dos monitores del centro. Hubo muchas más tardes en las que Javi presumía orgulloso de las hazañas de su mellizo ante todo el que se pusiera por delante. Y es que para él no había nadie más listo ni más guapo que su hermano Rafa. 

Momentos como aquel se fueron repitiendo a lo largo de la primera juventud de los mellizos y Rafa no recuerda un acontecimiento importante de aquellos años en los que su hermano no estuviera presente animándole. Asistió a su confirmación, a la graduación en el colegio, al reparto de diplomas al finalizar los estudios de geología... Orgulloso. Presumiendo de su querido Rafa, aunque a menudo ni siquiera entendiese lo que estaban celebrando.

Pero el mayor de los hermanos no siempre estaba dispuesto a regalarle su tiempo al pequeño. En aquellos años de juventud Rafa descubrió el valor de la amistad que le abrió ante sus maravillados ojos un mundo de miles y miles de posibilidades. Unos compañeros de la universidad le mostraron lo fascinante que era bajar las rebeldes corrientes de los ríos en piragua. Los fines de semana recogía sus cosas y se despedía de su familia para ir en busca de aguas torrenciales que le hicieran subir los niveles de adrenalina. 

Fue por entonces cuando Javi empezó a salir de acampada con un grupo de jóvenes de su taller ocupacional. Durante casi dos años parecía como si los dos hermanos se fuesen separando más y más hasta hacer cada uno una vida aparte. Sólo el domingo por la noche, cuando Javi llegaba de su campamento, entre agotado y excitado, asediaba a Rafa y le contaba, atropellando las palabras, medio tartamudeando, historias sobre caminatas por la montaña, canciones alrededor de la hoguera o el agua fresca que recogían de manantiales. Hasta que un día empezó a decir que la hermana de su amigo Ricardo participaba con ellos en las acampadas como monitora; que quería que Rafa también se uniese a los montañeros y lo acompañase en sus salidas del fin de semana. Durante más de un mes, no había día en el que no insistiese cada vez que se encontraba con su hermano para persuadirlo de que el mejor plan del mundo era un fin de semana recorriendo la sierra. Rafa, que por aquellos días disfrutaba de la compañía de sus nuevos amigos de la universidad y estrenaba el gozo de las noches de los viernes y los sábados entre copas y discotecas, le ponía una excusa tras otra. Estaba viviendo por entonces el despertar de los sentidos al amor, la amistad, la libertad, la sensación de verse adulto... y toda idea que le sugiriese apartarse del camino emprendido la percibía como una amenaza a su independencia recién conquistada. Ni siquiera hacían mella en su determinación los ruegos de su madre para que cediese alguna vez. Hasta que, al fin, la insistencia del menor ganó la partida a la tozudez del mayor. Como si no quisiera reconocer que se había dejado convencer, dijo que sólo iba a probar un fin de semana; mas después del primero, vino el segundo, después el tercero y, luego, otro y otro más. Salían los sábados por la mañana en un autobús: Javi con la alegría que trae la esperanza de unas horas de diversión; Rafa con la resaca de la noche anterior haciendo de las suyas en su enmarañada cabeza. Pronto el mayor de los mellizos se hizo con el cariño de los más pequeños, con el afecto de los demás monitores. Sabía contar las historias más fantásticas con las que encandilaba a los niños Down de once y doce años; historias que hablaban de lejanos planetas, naves espaciales y seres de otros mundos. Llegada la noche, el grupo de los pequeños se peleaba entre sí por darle el último beso antes de dormir y durante el día, los mismos jóvenes disputaban por buscar para él el más bello guijarro.

A pesar de disfrutar tanto como el grupo de sus muchachos, Rafa sufría cada vez que sus compañeros de la universidad le proponían un plan que, al contárselo, le parecía mucho más atrayente que un fin de semana de acampada con adolescentes Síndrome de Down. Mucho le costaba tomar una decisión cuando se encontraba en tal tesitura y mucho más le costaba persuadir a Javi de que un fin de semana sin él no significaba abandonarlo.

Y fue después de uno de estos dilemas cuando se precipitó sobre ellos el infortunado suceso que cambiaría su vida para siempre.

Ocurrió unas semanas antes de la Navidad. Rafa ya había finalizado sus estudios universitarios y aquel otoño que precedió al invierno de su vida lo había dedicado a enviar su currículo a todas las empresas en las que un geólogo como él podía desarrollar sus inquietudes. El grupo de montañeros del taller ocupacional estaba organizando la última acampada del año durante el puente de la Constitución; acampada que Javi esperaba con la ilusión de quien está a punto de cumplir un dorado sueño. Y justo una semana antes de tan deseada excursión, a Rafa le propusieron para las mismas fechas seis días de piragüismo por distintos ríos de Madrid, Segovia y Toledo. En el oído de Rafa resonaban nombres de parajes como Gargantilla de Lozolla, San Martín de Valdeiglesias o las Hoces del Duratón. ¡Imposible resistirse a tan tentador plan! Su cabeza estuvo varios días dándole vueltas y vueltas. El temor a decepcionar a su hermano luchaba con la seductora oportunidad de pasar unos días con quienes compartía la locura por las piedras y por la piragua. Finalmente, decidió partir con sus amigos, mas, cobarde él, no se lo contó a Javi hasta el momento de la partida el viernes por la tarde.

El último recuerdo que conserva de aquel día es el de una rabieta monumental con la que le obsequió Javi antes de salir de casa. Mientras Rafa guardaba sus últimas cosas en la mochila, su hermano se dejaba llevar por la furia que se apoderó de él. No fue capaz el mayor de apaciguar al pequeño ni pudo evitar que la emprendiera con las piedras de la mesita baja que había creado con sus manos el abuelo. Intentó calmarlo con dulces palabras, con promesas de llevarle consigo en el próximo viaje en piragua. Pero Javi era sordo a su voz y sus frases no eran para él sino sonidos sin sentido. Rafa recuerda haber visto cómo se guardaba en el peto del pantalón la piedra irisada. Intentó convencerlo de que se la devolviera; pero Javi estaba más allá de toda comprensión y sólo respondía con gritos y patadas a los ruegos de su hermano. Llevaban más de media de hora en tal contienda sin que hubiese visos de que ninguno de los dos fuese a ganar la batalla cuando se oyó el timbre de la puerta. Rafa sabía que venían a recogerlo. Cogió su mochila y, sin mirar atrás, salió de la habitación.

La mañana siguiente, a punto de emprender la bajada de las Hoces del Duratón, una llamada de su padre al móvil le cortó la vida para siempre. Con la incoherencia de la angustia intentaba decirle que su hermano había sufrido un gravísimo accidente de tráfico; que estaba luchando por su vida en un hospital. Ocurrió en una curva cerrada. El autobús circulaba por una estrecha carretera secundaria. La niebla impedía ver más allá de unos metros y, al tomar la curva, el conductor no se percató del camión que venía en dirección contraria. Un amasijo de hierro y humo enterró para siempre la vida de cinco jóvenes y dos monitores; del resto sólo Javi se encontraba gravemente herido hasta el punto de temerse por su vida.

Aquel Adviento no fue el heraldo de la Navidad para Rafa y su familia. Durante semanas que parecían meses; durante meses que parecían años; durante una eternidad, Rafa vio debatirse a su hermano contra Aisa, intentando convencerla para que no cortase con sus tijeras el hilo de la vida. La vieja Parca permanecía horas y horas junto a la cama de Javi segura de burlar a los médicos. Mas Rafa no se movía de la habitación del hospital dispuesto a robarle el don más preciado de su hermano. Sentado a los pies del lecho, su voz quebrada por el amor y el miedo se confundía con los silbidos de los muchos aparatos que sostenían la vida de Javi. Con la certeza de que podía oírle entre la bruma de la inconsciencia en la que se hallaba, le contaba las aventuras que habían vivido juntos y las que aún les quedaban por vivir; las películas que habían visto y las que aún les quedaban por ver. A veces, la respiración del pequeño se hacía más vigorosa y la esperanza acariciaba el corazón de Rafa. A veces, se volvía más débil y la desesperación le abatía el alma. Cuando en la noche buscaba el descanso tras una larga jornada, unos pájaros negros se posaban junto a él y le colmaban de remordimiento. No dejaba de pensar que el accidente se hubiese podido evitar si él hubiese ido en el autobús. Sabía que tal superstición era un absurdo juego de su mente; pero, cuantos más días pasaban, mayor era su convencimiento y mayor era el sentimiento de culpa que iba creciendo en su interior.

Estuvo buscando la piedra irisada por toda su habitación para depositarla junto a la cama de Javi en el hospital: Quería que, al despertar, fuera lo primero que viese. Mas nunca la encontró. Nadie la había vuelto a ver desde el día del accidente. Era como si hubiese huido de sus vidas y se hubiera llevado en su camino la dicha que habían compartido los dos hermanos. Y aquella misteriosa desaparición llenó su corazón de otra supersticiosa certeza: no romperían el hechizo de la desdicha hasta el momento en el que apareciera la piedra irisada.

A mediados de febrero, Javi salió del mundo de la inconsciencia en el que estaba atrapado y, para sorpresa de los médicos, empezó a mejorar más y más cada día. Y una mañana de mayo, cruzó la puerta del hospital para no regresar más. Entró en casa del brazo de Rafa. Su cuerpo llevaba marcadas las cicatrices de la dura guerra que acababa de librar. Caminaba con dificultad, su ojo derecho había dejado de ver y sus pulmones quedaron maltrechos para siempre.

Rafa también llevaba imborrables cicatrices. La culpa y el miedo le tatuaron el alma y ya nunca disfrutaría de un instante de paz. Y como expiación, ofreció a su hermano su vida en sacrificio.

Dejó a la joven con la que estaba empezando a salir; rechazó todas las ofertas de trabajo que lo alejaran de Javi más de tres días y no volvió a hacer ningún viaje que no fuese acompañado de su hermano. Acabó abandonando su vocación de geólogo en busca de lejanos yacimientos de minerales para hacer unas oposiciones de administrativo en un ministerio cualquiera. Y hubiera permanecido en la casa paterna para no tener que separarse de su hermano de no ser por su padre que, temeroso de que destrozara la vida, le obligó a alquilarse un apartamento. Aun así, cada vez que tenía un momento libre, se lo dedicaba a Javi. Todas las tardes iba a recogerlo al taller ocupacional y, como hicieran de niños, se acercaban a la confitería que había junto al parque y se sentaban en una de sus mesas a tomar un café con una caracola. Los fines de semana lo acompañaba a las actividades que organizaba una asociación de padres de chicos con Síndrome de Down y permanecía con él toda las tardes del sábado y el domingo como si fuera uno más del grupo. 

Según pasaban los meses, se iba aposentando en su corazón un miedo casi paralizante: el temor a que le ocurriese alguna desgracia a Javi cuando no estuviese él cerca para salvarlo. Tan pronto se separaba de su hermano la sensación de angustia se apoderaba de su alma; angustia que no apaciguaba hasta que no hablaba con Javi y se aseguraba de que estaba bien. Cuando llegaba la noche el miedo de Rafa tomaba la forma de pesadilla, en la que, tras una pelea con su hermano por la piedra irisada, el más pequeño de los dos caía y se golpeaba fatalmente la cabeza. Tal vez las secuelas que le quedaron a su mellizo avivasen la memoria del accidente y el recuerdo del horrendo episodio alentara el sentimiento de miedo. Lo cierto es que Javi no volvió a ser el mismo desde que saliera del hospital. Necesitaba ayuda para caminar, para vestirse y para comer. Sólo su pícara sonrisa permaneció intacta. Y al verle tan vulnerable, se acrecentaba el miedo de Rafa a perderlo.

 

III
El Sol había completado su viaje alrededor de la Tierra ocho veces, mas los días se sucedían unos a otros con la parsimonia de la rutina. Rafa se adentraba más y más entre los pasadizos de la administración. El paso del tiempo había dejado huellas indelebles en su alma. Sus cabellos lucían espolvoreados con el azúcar del tiempo y unos pliegues habían surgido prematuramente junto a sus bellos ojos. La vida pasaba para él con la placidez de quien se conforma con todo porque no espera nada, mientras seguía siendo el báculo fiel que sostenía el vacilante caminar de su hermano mellizo. A la salida del trabajo, iba a recogerlo al taller ocupacional donde las manos de Javi creaban flores de fieltro de miles de colores que luego se vendían en el mercadillo de artesanos del barrio. Y, como venían haciendo año tras año, tomaban la merienda en la confitería que había junto al parque. Ya no iban caminando; Rafa llevaba a su hermano en el coche para que la fatiga no les sorprendiera. Después, lo dejaba a la casa de sus padres donde permanecía hasta la caída de la noche.

Una mañana de abril, Rafa recibió una carta procedente de la República Checa. El remitente, Juan Holgado, había sido su profesor durante sus años en la universidad. Conociendo su fascinación por las piedras, le ofrecía un trabajo por tres años en un yacimiento de moldavita en el país de los bohemios. Era la primera oferta para un empleo de geólogo que recibía en mucho tiempo. Leyó la carta una y otra vez. Moldavita. Si cerrraba los ojos, podía ver la piedra verde en forma de lágrima con sus incrustaciones de trocitos venidos de otros mundos. Había quien decía que esta roca cristalina poseía poderes espirituales capaces de arrollar nuestros miedos más profundos y lanzar al vacío las barreras que ponemos en nuestras vidas. Aunque Rafa no creía en las historias que se contaban sobre tan rara piedra, no pudo evitar que su corazón diese un salto al pensar en todas las leyendas que sobre este mineral conocía. Por un momento vio en la misiva una puerta entreabierta hacia un sugerente destino. Dejó que su imaginación viajase a tierras de oriente y se vio disfrutando de sus fabulosas ilusiones. Le pareció que la piedra color esmeralda le hacía cosquillas en la palma de la mano con sus aristas mientras una brisa le revolvía sus cenicientos cabellos. A lo lejos creyó oír los gritos de los obreros que en una lengua para él extraña contaban los afanes de su rudo trabajo... 

Mas el recuerdo de Javi quebró sus sueños voladores. No podía irse y abandonar a su hermano. Respiró hondo y tragó saliva para quitarse el regusto amargo de la decepción. La decisión ya estaba tomada. Como ocurriera con otras ofertas, ésta también iba a ser rechazada. Sin embargo, esta vez la duda estaba resquebrajando la armadura que durante casi una década le había protegido de sí mismo. ¿Por qué no podía aceptar el trabajo si éste no significaba partir para siempre?, ¿el castigo que se había impuesto suponía una cadena perpetua?, ¿de verdad Javi le pedía que renunciase a toda felicidad en la que no fuese el más pequeño de los hermanos protagonista y actor principal? Como si le asustase adonde le llevaban la espiral de preguntas que se formaba en su mente, guardó la carta en su sobre y la encerró en un cajón de la cómoda de su dormitorio. Ni siquiera se dio cuenta de que aquella misiva no terminaba en el cesto de la papelera como había sucedido con sus antecesoras.

Cada noche al acostarse prometía al destino dar una inmediata contestación al profesor. En la carta se facilitaba un correo electrónico donde dirigir una respuesta sin dilación. Su imaginación iba entrelazando las palabras con las que daría forma a su negativa: “Estimado Sr. Holgado: Me he sentido muy honrado de que se acordara de mí para tan fabuloso trabajo, pero...”. A veces abandonaba el abrigo del lecho, abría el cajón y colocaba la carta sobre el mármol de la cómoda para no olvidar responder al despertar. Mas, cuando llegaba la mañana, releía la oferta y las dudas volvían a acecharle. Entonces resolvía posponer la respuesta un día más.

Fue su padre el primero en darse cuenta de las cavilaciones de Rafa, pero fue su madre la que se decidió a hablar con él. Con zalamerías primero, con palabras firmes después intentó, sin conseguirlo, sonsacarle. Le hostigaba con mil y una preguntas y le importunaba con soluciones fallidas al enigma que ocultaba su hijo. Mas todas aquellas tretas no eran sino vanas tentativas: Rafa se encerraba en sí mismo y permanecía en silencio.

Una tarde de domingo la madre de los mellizos se presentó con Javi en su apartamento. Mientras los dos hermanos jugaban una partida de parchís, la madre se dio una vuelta por las habitaciones para poner un poco de orden al caos que reinaba entre las cosas de Rafa. Y, cuando entró en el dormitorio, un gran sobre marrón atrajo su mirada. No pudo resistir la tentación de ver lo que escondía aquel grueso papel franqueado con exóticos sellos, le contaría después a su hijo. Y con la curiosidad de quien espera encontrar un tesoro oculto, descubrió el secreto que atormentaba a su hijo. Con el pliego en la mano, entró en la salita donde los dos hermanos disputaban su partida entre risas. Cuando la vio, Rafa palideció. Una ola de cólera le arrastró y, mediante palabras dichas en un tono elevado, llenó de reproches a su madre por violar su intimidad. Tras una fuerte discusión, la bienintencionada mujer supo de las tribulaciones del joven geólogo. Intentó disuadirlo de la decisión tomada, pero cuantos más argumentos le daba para que no renunciase a sus sueños, mayor era la determinación de su hijo de rechazar la oferta. Finalmente, con la frustración pintada en el rostro, la madre lo dejó llena de aflicción.     

Los días siguientes, el padre y la madre se sucedían el uno al otro para llamarlo por teléfono y convencerlo de que no rechazase la oferta: No era su desdicha lo que haría feliz a Javi, le decían. Al principio, los escuchaba con paciencia, luego con enfado, después con la resignación de quien oye sin atender las palabras ya sabidas. Nada de lo que le dijeran lograría que cambiase de parecer. Una lluviosa tarde en la que Javi se negaba a salir de casa, la madre se sentó junto a Rafa en el sofá de la salita donde el televisor mostraba imágenes de otros mundos. Le tomó la mano y depositó en ella una piedra de múltiples colores; una piedra que llevaba años y años desaparecida; una piedra irisada.

—La encontré en tu habitación debajo de la cama al día siguiente del accidente de Javi —dijo la madre mientras le acariciaba el cabello —y la guardé en un cajón para que no la vieras. Sabía, porque lo oí todo, que os habíais estado peleando porque tu hermano no quería que te marcharas a hacer piragüismo. Pude oír cómo le pedías la piedra y como tu hermano te la negaba. Oí como la pelea crecía y crecía por el multicolor mineral, pero no pude hacer nada por separaros. Antes de que pudiese intervenir, te marchaste. Supe que desde el principio te culpabas de lo ocurrido y supe también que la piedra te traería siempre el recuerdo de aquella tarde, de aquellos días; por ello escondí la piedra que encendió la discordia, por miedo a que si la veías, se avivase tu dolor, se acrecentara tu sentimiento de culpa. Pero me equivoqué, hijo mío, y debes perdonarme por ello. También a mí me atormentaba la culpa. Siempre he pensado que, si hubiera logrado que hicierais las paces antes de partir, te habría evitado mucho del dolor que viviste después.

Hizo una breve pausa en la que Rafa quiso replicarla; mas ella no le dejó.

—Esta piedra durante muchos años te fue marcando el camino de tu destino. Era como si en ella habitase el espíritu de tu abuelo, mi padre. Recuerdo que, siendo tú aún muy pequeño, me reprochó más de una vez que cargaba sobre tus débiles espaldas un fardo demasiado pesado para tus pocos años; que te pedía que cuidases de Javi como si fueses un adulto; que asumieras una responsabilidad que estaba muy por encima de tus fuerzas de niño. Pero yo no le quise escuchar. Quería asegurarme de que no lo dejarías desprotegido cuando faltásemos tu padre y yo. Pero no me di cuenta de que te estaba robando la vida hasta después del accidente, cuando renunciaste a todo por permanecer al lado de Javi. Al principio creí que cuando pasara la impresión por lo ocurrido, retomarías las riendas de tu destino, pero cada vez te afirmabas más y más en tu resolución, dejando atrás a tus amigos, tu novia, tus ilusiones y tu futuro. Y con ello, ¿qué ha ganado Javi?, ¿en qué ha mejorado su vida? ¿Has olvidado ya el orgullo con el que vivía tus triunfos?, ¿la alegría que le causaba tu dicha? Hijo de mi corazón, la vida de los seres queridos no ha de ser un grueso grillete que aherroje nuestro sino.

Cuando la madre terminó de hablar, le dio un beso en la frente y le dejó solo con sus pensamientos. Una solitaria lágrima se asomó a su mirada y se deslizó por su mejilla. La piedra irisada descansaba escondida en su puño crispado. No la soltó ni cuando conducía el coche hacia su apartamento. Su cerebro iba a mayor velocidad que los automóviles que le adelantaban por la carretera. Las palabras de su madre iban y volvían a su memoria como si de bólidos de carreras se tratasen; imágenes de su hermano poblaban su mente. Y, entre tanto, sus argumentos, hasta entonces tan valiosos, se iban deshilachando y se perdían en el aíre. Aquella noche durmió sin que los pájaros de su conciencia revoloteasen alrededor de su cama.

Al día siguiente, pese a ser domingo, se despertó muy temprano. La lluvia había emigrado a tierras lejanas y un rayo del sol se colaba entre las cortinas dejando al descubierto un chorro de partículas de polvo. Se levantó y, por fin, se sentó frente al ordenador para responder la carta que venía de Chequia. 

“Estimado Sr. Holgado: Me he sentido muy honrado de que se acordara de mí para tan fabuloso trabajo. Tengo el placer de comunicarle que en un mes espero tenerlo todo dispuesto para tomar un avión que me lleve a la República Checa y reunirme con usted”. 

Y al poner el punto final de la carta, su mirada vagó por la habitación hasta detenerse en una piedra de múltiples colores: el azul de la azurita, el verde de la serpentinita, el amarillo del azufre... La piedra irisada.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta