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5 min
La plaza de Sísifo
Varios |
20.10.14
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Sinopsis

"Cuando lo que uno cree ser se encuentra con lo que uno es. Y tropieza."

 De día, viento fresco y sol en lo alto. Invierno, pero demasiado frío no hacía. Algunas palomas sobrevolaban el lugar, otras descansaban de su vuelo reposando sobre el suelo. Comían de las migas del pan que, en su mayoría ancianos que disfrutaban más de su tiempo sentados en un banco de la plaza dando de comer a las aves que haciendo otros asuntos, les tiraban con delicadeza: otros con rapidez. Personas caminando el alrededor: cada una con diferentes ropas, o sin ropa, y de diferentes maneras. Con togas, estilo feudal o de maneras que aun están por llegar. A pie, a caballo, en carreta, bicicletas, en auto y vehículos venideros entre tantas otras formas. Todo se superponía en un solo momento. Todos los tiempos en un tiempo. Todos los espacios en un espacio. Un árbol de la inmensa plazoleta deja caer una fruta madura justo sobre su testa. 

Por la manzana que cayó en su mollera decidió hacer un pequeño recuento de lo que venía haciendo sin fin desde el inexistente inicio. Dejó de hacer las cosas de manera autónoma y empezó a poner atención una vez más a su alrededor. Personas charlando amenamente afuera del café sentados alrededor de una mesa dispuesta en la vereda: éstas ven a otros pasar caminando o en autos. Individuos peleando y matándose dentro de una caverna por propósitos superfluos: aparentemente para ellos de superficial nada tenía. Semejantes navegando el Mar Arábigo en sus embarcaciones mientras eran abordados por piratas. Una pareja hamacándose en sus respectivos asientos mientras en el jardín de su casa de descanso están: se sostienen de la mano observando la muerte del otoño y el nacimiento del invierno. De como la estación desprende de los árboles sus hojas resecas y desteñidas del color de la vida. En aquella contemplación la anciana pareja muere. Ambos al mismo tiempo: antes de que su vitalidad menguara por completo sabían que la muerte, al igual que las estaciones y las hojas, no es un final, solo un cambio. Rafael prosiguió en su atención. Contemplo la vida completa de la pareja. Sus nacimientos, sus infancias, sus adolescencias y encuentro, sus maduraciones, la llegada de sus tres embarazos: un nene, una nena y otro que moriría dentro del feto, sus leves disputas hasta sus peligrosas peleas, su adquisición de una casa para vacaciones, sus degustaciones de recorrer las rutas despejadas en su camioneta vieja de mediados del primer siglo XX: la señora solía sacar la cabeza fuera de la ventanilla para no desaprovechar el placer del viento arremetiendo contra su rostro y ondeando su cabellera por los aires. Y finalmente sus consumaciones corpóreas de esta existencia. La pareja había vivido y bien. Playas y campos, en amaneceres y atardeceres, recorrieron. Mañanas de serenidad desayunaron y trabajaron. Noches de pasión disfrutaron y emocionaron.

 Eternamente había caminado Rafael alrededor de una manzana verde. Muchas cosas en ella hay. La magia convive en el lugar. Siempre habrá algo nuevo que ver. Vislumbró una serie de cajas funerarias. Curiosidad fue el motivo por el cual a ellas se acercó. Ataúdes que contenían los huesos de todos los papas de la iglesia católica apostólica romana: desde Petrus Romanus hasta la Gloria olivae. En un lugar diferente residía el descanso final de los restantes pastores de la Iglesia y la humanidad: de Francisco I a... La noche había caído y con ella otras luces aparecieron para reemplazar al sol. A veces era día, noche, noche de día, y día de noche. Un sentimiento lúgubre y nefasto tiraba de su cuerpo. Se hacía cada vez más pesado. Enterrado y hundido en el camino se encontraba. Le aquejaba todo lo que, sabiendo y sin saber, había reprimido desde tiempos arcaicos. La gravedad era sumamente predominante. Sus amigos, su familia... Pensó todo lo que tenía que pensar. Reflexionó todo el tiempo que necesitaba. Manos pasaban encima suyo sin cesar, alzó la suya: -Ayuda- dijo, -Solo esperábamos a que dejes de esperar y salgas a buscar- les respondieron las manos: lo asistieron para levantarse. Volvió a caminar. Recurriendo a la experiencia siempre notó que los que en soledad y sufrimiento se encontraban creían en el más allá, los que sus pensamientos dejaban que se mezclen en la colectividad se aferraban en el más acá. Así que se sorprendió cuando observó a dos sujetos. El primero que, a pesar de padecer afecciones constantemente, dolencias y ser ermitaño, solo afirmaba esta realidad y no más. El segundo que, a pesar de vivir entre constantes placeres y fiestas, creía en una realidad transcendental a la cual había que aspirar y prepararse para llegar. Seres humanos de todas las épocas y lugares pasaban a su lado: de izquierda a derecha, de arriba a abajo, de frente o detrás, por cualquier diagonal, corriendo, trotando, caminando apurados, sin prisa o simplemente quietos en meditación. Entonces una vez más se fundió Rafael con la plaza a dormir.

 

 

 

 

 

 

 

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