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5 min
La primera vez que la vi
Amor |
06.04.13
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Sinopsis

Un chico relata como conoce a una chica de forma sorprendente.

Siempre recordaré como la conocí. La primera noche libre después de los exámenes, mi hermano, Nacho y yo, fuimos a cenar. Cuando pensábamos que sería una salida tranquila, la puerta del restaurante se abrió y apareció ella con tres amigas. No sabría decir si era la más guapa de las cuatro, pero sí era la más llamativa. A mis veintiún años había visto pocas chicas a las que los vaqueros le sentaran de aquella forma.

Acompañadas por la banda sonora de sus tacones contra el suelo de madera, siguieron al camarero pavoneándose entre las mesas, sin duda, ellas podían hacerlo. Se acomodaron en la que estaba delante de la nuestra, se sentó junto a la cristalera, frente a mí, desde ese momento no pude apartar la vista de ninguno de sus movimientos. Aquella chica morena de pelo largo y ojos profundamente negros, sin pedirlo, obtuvo toda mi atención.

            Al principio intentaba evitar que se diese cuenta de que la miraba, con el trascurso de la noche, empezó a darme igual. Me tenía tan abstraído con su presencia que en varias ocasiones perdí el hilo de lo que mi hermano y Nacho me contaban, teniendo que someterme a sus reproches.

            -¿Me estás escuchando? –me preguntó Pablo.- ¿Quieres que le diga algo? –añadió dándose por vencido.

            -Dile que me gustaría saber que hay bajo ese top.

Mi hermano que siempre fue lanzado, no dudó en acatar mi petición. A medida que se acercaba a la mesa de las chicas, sus risas despreocupadas se hacían más fuertes.

Con total descaro le pidió a la amiga con la que compartía el banco que se levantase y cuando ésta lo hizo, ocupó su lugar. Se arrimó y le susurró al oído mis intenciones y ella me sonrió ante la proposición. Al contrario de lo que esperaba, no le sorprendió mi atrevimiento. Lo hizo sin levantar la vista del plato, pero supe que me sonreía a mí porque estoy harto de ver esa clase de sonrisas.

            Pablo volvió a nuestra mesa y seguimos cenando. Ahora, la que no quitaba los ojos de mí era ella. Aquella oferta en lugar de amedrentarla le había hecho crecerse. Pocas chicas habrían reaccionado de esa manera.

            Creyendo que la intimidaría, puse las manos sobre el cristal y echando mi aliento sobre él, hice vaho. Después, con el dedo dibujé un corazón y dentro escribí: quiero besarte. Me miró y yo le guiñé un ojo con aire de chulería. Sinceramente, nunca creí que me seguiría el juego. Pero me equivoqué con ella.

            Su respuesta no se hizo esperar, de la misma manera que yo había hecho, dibujó otro corazón y dentro escribió: atrévete. Después se metió en la boca una cucharada de helado y pasando despacio su lengua por el labio superior, volvió a mirar el postre mientras jugueteaba con la cuchara.

            Mi hermano movió la cabeza en un gesto de incredulidad ante lo que estaba viendo. Sin pensarlo me levanté, y caminé hasta donde estaban, apoyé las manos sobre la mesa y acercándome de forma decidida, me incliné hasta ella y sin decir nada, la besé.

            Simplemente bastó un suave roce con sus labios fucsias, para comprobar lo suaves que eran. Cuando pensaba retirarme, me cogió del cuello de la camisa y en lugar de separarme, tiró de mí hacia ella y me dio un beso largo y dulce con sabor a chocolate, que me dejó absolutamente noqueado.

            -Ahora ya puedes dejar de mirarme, ¿no? –me dijo sonriendo con indiferencia.

            No supe que responder. Lo único que tenía claro era que no quería que aquello terminase allí.

            Volví a mi sitio incrédulo con lo que estaba pasado y me senté, mientras mis acompañantes daban palmetazos sobre la mesa, llamando la atención del resto de comensales del local.

            Cuando todavía no me había repuesto, se levantó y se dirigió al baño, sin ni siquiera mirarme cuando pasó junto a nosotros. ¿A qué estaba jugando? Corrí tras ella y la cogí del brazo para detenerla. Se dio la vuelta y me miró soberbia.

            -No puedes hacer eso –le dije.

            -Claro que puedo –respondió sonriendo altiva, como si yo no me enterase de nada-. Puedo hacer lo que quiera.

            -Pero…

            -Pero ¿qué? Te he dicho que te atrevieses y lo has hecho. Asumo las consecuencias. No le des más vueltas, solo ha sido un beso.

            Así, sin más, entró en el baño de chicas, dejándome tras la puerta entreabierta. Desde mi posición, pude ver como viéndose en el cristal, volvía a pintarse los labios, y me miraba de reojo lanzando un beso al aire una vez finalizada la operación.

-Todavía sigues ahí –me dijo al salir, como si no me hubiese visto desde el baño.  Abrió el pequeño bolso de mano que llevaba y sacó un lápiz de ojos. Cogió mi brazo y levantó despacio la maga de la camisa. Lo abrió y con él, escribió sobre mi piel su número de teléfono.

            -Ahora tú también puedes hacer lo que quieras.

            Cuando volví, vi como las cuatro, una de tras de otra abandonaban el restaurante, con el mismo taconeo con el que entraron. Ella salió la última, moviéndose despacio, contoneándose ante mí, para que no olvidase como le quedaban aquellos vaqueros.

            Desde la calle, al pasar junto a la cristalera tras la que continuábamos sentados, me miró y siguió su camino entre risas. Esa fue la primera vez que la vi.

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