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7 min
La princesa y el figafló
Drama |
10.11.14
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Sinopsis

Una historia verdadera de una princesa y un figafló

La princesa y el figafló 
Dícese de una princesa de cabellos rubios como el oro y rizados como las olas del mar que reinaba en una apartada región, procedía de una antigua dinastía regida única y exclusivamente por mujeres, a modo de amazonas que llevaban las riendas del poder, dominaban la política y se preparaban desde niñas para la guerra. Mujeres duras, insensibles a los sentimientos doblegaron a los hombres y los relegaron a las tareas más miserables, figurando la de la procreación como la más baja y la de prender el fuego como la más despreciable. Se cuidaban los hombres de mantener tensos sus arcos y afiladas sus flechas, otear el horizonte mientras ellas dormían sus siestas y avisadlas con la mayor celeridad si un peligro acechase, en cuyo caso, partían ardientes envueltas en un huracán de furia que aplastaba a cualquier agresor que intentara penetrar en su frontera. 


Regresaban victoriosas y orgullosas, bebían y lo celebraban con rituales guerreros hasta el amanecer, los hombres sabían que no debían inoportunarlas y se refugiaban en sus tiendas rogando que no les dieran por ponerse a procrear, porque era agotador, las guerreras parecían no cansarse nunca, terminando los hombres exhaustos y humillados después. Cuando eso sucedía, avergonzados por su debilidad, pasaban días sin salir de sus chozas, y quien lo hacía era objeto de burla y mofa por el pleno de las guerreras. 


Un día apareció por el poblado un tipo con un aspecto duro de verdad, un tipo que llevaba un par de serones bien puestos, uno de los chuchos que vagaban por el poblado corrió ladrando a su encuentro con la fiereza típica que solía emplear con los hombres del lugar, esperando que el tipo se acobardara y se tapara con las manos la cara, tal como lo hacían los demás, pero el tipo, en lugar de eso, sin inmutarse lo más mínimo, guardando la serenidad, echó mano a los serones, los abrió y sacó una especie de porra de un palmo y cuatro dedos, quizás cinco se hubiera dicho a juzgar cómo el chucho metió la cola entre las piernas y salió corriendo y aullando hasta desaparecer. 


Las amazonas que lo vieron quedaron boquiabiertas, "¡qué hombría, por dios!", se dijeron, qué derroche de virilidad, qué desaprovechamiento hormonal que un tipo tan duro fuera deambulando por esos caminos tan perdidos y solitarios, estando aquí tan necesitadas de virilidad. 


En un santiamén lo rodearon un par de docenas de guerreras sedientas de hombría de verdad, a pesar de los esfuerzos del alfa de la especie, consiguieron someterlo y llevarlo, a la fuerza, a la cabaña de apareamiento, una cabaña echa con cañas de bambú y hojas de palmera, en su interior varias pieles de antílope extendidas y alguna de jaguar, precisamente sobre una de ellas fue donde cayó el tipo duro, las amazonas lo despojaron de sus ropas y se lanzaron sobre él como lobas hambrientas a una tierna presa acorralada. 


Pero lejos de asustarse, el tipo duro, echó mano a su artilugio de palmo y cuatro dedos, quizás cinco, y empezó a repartir genes indiscriminadamente entre las amazonas, quienes sin esperárselo y no estando acostumbradas a una reacción tan viril y masculina, quedaron asombradas, el macho no daba tregua, fecundaba a diestro y siniestro, mientras las ya fecundadas iban poniéndose a la cola de nuevo para poder sentir una vez más en su cuerpo la tremenda hombría y virilidad del peregrino macho alfa. 


Las hubo que repitieron cuatro y cinco veces y quizás más, hasta quedar, las dos docenas largas de amazonas exhaustas y delirantes tumbadas entre pieles de antílope, leopardo y algún que otro camello de dos jorobas, mientras, el tipo duro, porra en mano gritaba, "¡es que no hay más guerreras en esta aldea!", las demás, otro par o tres de docenas, que al ruido del tumulto y el griterío del interior de la tienda, se habían amontonado en la puerta, tomándolo como un desafío entraron en tropel, casi ni cabían, pero a pesar de las estrecheces todas recibieron, la que menos, dos o tres raciones, y alguna, con un ardor guerrero desorbitado, recibió su media docena larga de fecundaciones. 


No fue hasta que las guerreras en pleno se sintieron satisfechas, no abandonaron la tienda, y solo entonces el tipo duro volvió a guardar la porra en los serones, se sacudió un poco el polvo de la ropa y emprendió su camino. Algunas de las amazonas quedaron a las puertas de sus respectivas tiendas diciendo con una mano adiós y con la otra secando alguna lagrima que corría por sus mejillas, diciéndose para sí misma "¡qué hombre!". 


La princesa, mientras tanto había permanecido dándose un baño de leche de burra sin haber sabido lo que en la aldea había sucedido, cuando se enteró, se enfadó muchísimo, mandó azotar a tres o cuatro hombres por no haberla avisado, y a las amazonas, por el contrario, las comprendió, era lógico que olvidaran avisar a su reina debido a tan desenfrenado entusiasmo, y así quedó la cosa. 


Al cabo de poco tiempo, apareció por el mismo camino otro tipo, todas las mujeres se exaltaron y se arremolinaron para ir a su encuentro, pero esta vez la princesa se las adelantó, mandó a todas a sus tiendas y solo ella fue a su encuentro. Acercose al tipo con precaución, olisqueándolo para saber si olía a macho de verdad, el tipo se asustó y dio un respingo, la princesa lo entendió como un arranque de violencia y se protegió con los brazos la cabeza. 
El tipo, como se dio cuenta que también ella se había asustado, la intentó tranquilizar acariciándola, y para que viera que no estaba en su intención causarle ningún daño, le recitó unos versos de poeta, "oh princesa, que la dulzura de tus ojos no quede eclipsada por mi torpeza...", y mil versos más que fueron manando de su corazón por la ternura que sintió y la sensación que le causó la belleza de su alteza. 


La princesa amazona, viendo que peligro no corría, lebantó la cabeza, lo miró los ojos abochornada por tan ridícula situación, arqueó las cejas y con desprecio espetó "vaya..., un figafló..." 


Lo cierto es que pasado el tiempo, a la princesa le hizo gracia el figafló, y bueno, aunque no pudiera darle rienda suelta para que fecundara a la colonia entera, al menos disfrutaba de esos versos y de vez en cuando, cuando misteriosamente se alineaban ciertas estrellas, le permitía fecundarla a ella. 


Con el tiempo se supo que el macho dominante iba sembrando con sus genes todas las aldeas de los alrededores, siendo aclamado y recibido con ovación cuando llegaba a cualquiera de ellas. De vez en cuando se pasaba por allí y dejaba su semilla en no menos de una docena de jóvenes guerreras, incluso hubo algunas que tanto apego le cojieron y tanta devoción le tomaron que lo seguían de aldea en aldea. Él no reparaba en esos detalles, la verdad es que no se fijaba mucho, iba a por faena en su obsesión por fecundar y lo demás le traía sin cuidado. 
El figafló, mientras tanto, seguía componiendo versos sin dar tampoco mucha importancia a todo aquello que no fuera el bienestar de la princesa. 

José Manuel

 
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