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8 min
La profecía de los tres reyes
Fantasía |
20.12.19
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Sinopsis

Una profecía que anuncia el destino de tres hermanos. Un padre que la conoce y trata de evitarla. Pero el destino es inevitable.

En un reino más antiguo que la propia memoria de sus habitantes, la reina Lae había dado a luz a trillizos. Todo habría sido dicha si no fuera por una profecía que el oráculo había escrito muchos años atrás. Uno de ellos llevaría al reino a su máximo esplendor, otro sacrificaría su vida a cambio de que esto sucediera y el tercero traicionaría a su familia y destruiría todo aquello que poseyera.

El rey Elgar quiso criar a sus tres hijos por igual, sin favoritismos ni preferencias. Creyó asi que los niños no desarrollarían celos u odio hacia sus hermanos. Creyó así poder evitar la profecía. Crecieron rodeados de comodidades y buena educación; los tres poseían corazones nobles y personalidades dignas de un futuro rey. El mayor, Siro, destacaba por sus habilidades tanto intelectuales como físicas. El mediano, Uldred, era conocido por su astucia y pericias en el arte de la guerra. El más pequeño, Immonud, poseía un don para la gente; su lealtad y compasión hacia los más desfavorecidos le hacían ser el más admirado por el pueblo.

Ante la indiferencia de su padre, a menudo surgían dudas entre los hermanos. En secreto competían por saber quién ganaba el favor de su progenitor. En vano, ninguno destacaba para este. Hasta que un día surgió la tan esperada pregunta:

– Padre, cuando vos ya no estéis, ¿quién será vuestro sucesor? – preguntó Uldred.

– Aquel que demuestre merecer la corona tendrá el reino que hoy gobierno.

Aquellas palabras fueron malinterpretadas sin Elgar saberlo. De esta manera, en un combate cuerpo a cuerpo los tres hermanos se debatieron en duelo; creyeron así demostrar de una vez quien era el más fuerte y por tanto futuro rey. Sin embargo, poco fueron capaces de demostrar ya que ninguno pretendía realmente herir a sus hermanos. Hasta que…

– Hermano mío! – exclamó Siro tapando su herida – ¡cómo has podido!

En las manos ensangrentadas de Uldred yacía la daga agresora. Su rostro reflejaba dolor y sorpresa.

 Immonud corrió a llamar al rey, quien contempló la escena con horror.

–Vergüenza la mía de llamarte hijo mío. Todo a vosotros di para que nobles fuerais y tu deshonras mi legado atentando contra tu propia carne. ¡Fuera, fuera de estas tierras manchadas de sangre! ¡Tus manos prueba de ello son!

Y así fue como, muerto en vida por su propia culpa, Uldred quedó desterrado para siempre. Huyó más allá de los límites del reino, hacía territorios desconocidos.

El rey creyó haber encontrado de esta manera al traidor que auguraba la profecía y mandó destruir todo lo que a él pertenecía para que de él no se tuviera constancia ninguna si regresaba algún día. Como si de esta manera quedara borrada su existencia. Poco tiempo después el monarca cayó enfermo, dicen las malas lenguas, fruto de una profunda tristeza. Sus entonces únicos dos hijos decidieron relegarle en el gobierno del reino. Immonud cedió ante su hermano mayor alegando que no quería más disputas entre ellos y que al ser mayor, la corona le pertenecía. La única condición era que jamás haría daño a su familia. Siro aceptó.

Comenzó así una nueva etapa: el reinado de Siro el Grande. Durante años reinó de forma justa y una calma invadió todo. Su hermano, en la sombra, a menudo se paseaba por las calles de los súbditos, disfrazado de paisano para no ser reconocido. La opinión del pueblo era muy diferente a la que se creía en palacio. El rey era derrochador, decían. Organizaba grandes banquetes en honor de sus consejeros. Repartía, sin medida, monedas de oro entre los pobres, quienes no buscaban trabajo por querer vivir de las limosnas. El reino poco a poco perdía recursos. Pero desde fuera todo parecía marchar bien. Aparentemente.

Un día llegaron noticias de guerra a la corte. Un reino vecino amenazaba con invadirles. Todos los habitantes con edad suficiente como para empuñar un arma eran llamados a luchar. De varias batallas solo unos poco regresaban con vida. El jefe del ejército enemigo, decían, era un guerrero implacable y un estratega aún más fiero.

El rey Siro quedó anonadado al saber que se trataba de su hermano Uldred, ahora comandante de las tropas de un imperio en expansión. Ahora solo quedaba una opción: negociar. Todos los consejeros del rey vieron esto como la mejor solución pero este, cegado por la rabia y el orgullo se negó. Prefería morir antes que ceder ante un renegado aunque alguna vez este hubiera sido su hermano.

Las tropas, cada vez más reducidas, comenzaban a llenarse de soldados cada vez más jóvenes. Granjeros y herreros que poco conocían del arte de la guerra. Siro los enviaba, sin miramientos, a una muerte segura.

Ante la impotencia que esto suscitaba a Immonud, deicidio verse en secreto con el general enemigo. Llegaron al acuerdo de detener la guerra a cambio de la sublevación del rey al imperio. Formarían parte de él pero obtendrían un gobierno propio con ciertas restricciones. Parecía que todo volvía a su cauce.

Un grito desgarrador rompió la noche oscura. A los pies de la cama se encontraba el cuerpo inerte de Immonud, ahogado en su propio vómito. Nadie quiso decir lo evidente: había sido envenenado. El rey lo culpó de alta traición a la corona por conspirar con el enemigo y alegó que había acabado con su propia vida incapaz de soportar los remordimientos. Tampoco nadie se atrevió a contrariarlo. Fue enterrado lejos del panteón familiar con las rosas negras en su tumba, símbolo de un traidor.

La muerte de Immonud llegó a oídos del rey emérito quien no creyó la versión de Siro y le exigió la verdad. De los labios de su hijo salieron palabras como cuchillos:

– Su final fue decisión suya. Le di la opción de estar a mi lado y luchar por su rey pero él no escuchó. Me dijo: “mi vida o la lucha”. Así pues, firmó su sentencia. Yo solo fui el verdugo.

Elgar vagó como si de un fantasma se tratara por los muros del castillo. No podía creer que todos sus esfuerzos por que la profecía no se cumpliera había llevado a que todo sucediera. Solo pudo acabar con su sufrimiento de una manera. Todos fueron testigos de ello y lloraron su caída. Incluso su hijo, causante de su pena.

A las puertas del reino esperaba un ejército. Uldred recordaba vagamente como se veía aquel lugar, muy distinto en ese momento. Cosechas quemadas, casas derrumbadas, cuerpos amontonados esperando ser sepultados. Su intención de terminar con los enfrentamientos había sido envenenado. Había que entrar por la fuerza.

Poco hizo falta para penetrar los muros. Ya nadie ofrecía resistencia. En la sala del trono un rey demacrado y con la mirada perdida esperaba sentado con espada en mano. Ambos lucharon con todas sus ganas pero el vencedor tuvo clemencia y apuntando al cuello de su hermano le advirtió:

– Ríndete, Siro, hermano.

– Tu no eres hermano mío. Yo solo tuve un hermano.

– Ni a ese hermano quisiste. Su vida dio por tu orgullo y vanidad.

– Este reino no te pertenece. La profecía se cumplió para que yo reinase. Tu solo eres un traidor.

– Bien sabes, hermano, que yo jamás contra tu vida atentar quise. Tu daga oculta cayó en mis manos y por accidente hirió tu costado. Mi error he pagado con creces porque en su momento te debía haber delatado.

– Padre ha muerto al igual que mi hermano. No tengo herederos y tu eres un desterrado. Perdoname la vida y de mí nunca más sabrás.

Uldred se aproximó al ya destronado rey, tirando la espada a un lado. Tendió la mano para ayudar a levantarlo. Pero Siro tiró de él y clavó el cuchillo que tenía oculto en un lateral de su capa. Después trató de huir pero fue alcanzado por un flecha de uno de los soldados. Así cayó el segundo hijo del rey Elgar, el mayor de tres hermanos.

El reino fue absorbido por el Imperio que lo amenazaba y como recompensa por la conquista, el emperador nombró rey a Uldred quién ascendió al trono como Uldred el Conquistador. Era el último de su estirpe, junto con su madre que aún vivía encerrada en la torre en la que decidió ocultarse al margen de todo. Sus hijos nunca supieron de la profecía o maldición que afectó a su familia y que hicieron de él un rey sabio y humilde. Su reinado a día de hoy se recuerda como el gran próspero de todos los tiempos pero la causa detrás de este solo es conocida por él y aquellos que leen su historia. Una historia escrita para recordar que el destino es la propia historia.

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