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6 min
La prueba
Reales |
14.09.16
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Sinopsis

Las oportunidades que se esfuman ante nuestros ojos quizá solo nos dejen a su paso el peso del remordimiento.

Era una tarde de mediados de junio. A una hora incierta, me dedicaba sin prisa a recorrer aquella calle, de cuyo nombre no quiero acordarme, en la que olía a verano; creo que hasta lo vi saludarme con la mano. Yo me limité a dirigirle un escueto cabeceo sin dejar de caminar con la mochila a mis espaldas, en la cual transportaba el pequeño cuaderno de notas que siempre llevo conmigo.

Y, quién sabe, a lo mejor debería estar utilizándolo para escribirte esto.

Acababa de salir de la consulta del psicólogo, debido a que arrastraba desde abril una depresión que amenazaba con darme el beso de la muerte. Y casi literalmente, porque más de una vez fantaseé con la idea de quitarme la vida. Pero no te aburriré con los detalles; baste decir que tenía la sensación de haberme hundido tanto en la mierda que hubiera hecho falta un batiscafo para sacarme de ella.

Tenía planeado acudir a la autoescuela dentro de casi hora y media. Está muy cerca de donde yo vivo; únicamente tendría que recorrer unas pocas paradas de metro para llegar. Sabía que dicho trayecto no iba a durar mucho, por lo cual, como te he dicho, decidí invertir el tiempo libre que tenía en deambular, sin prisa pero sin pausa, por la calle más céntrica de aquel lugar, cuyo nombre no me permito recordar.

Era una senda peatonal, una especie de bulevar mordido en ciertas zonas por las carreteras que lo atravesaban de lado a lado. A ambos lados convivían tiendas de renombre con otras que no gozaban de tanta fama, desde todo tipo de establecimientos, bares y restaurantes con las terrazas montadas hasta humildes puestos de bebidas y aperitivos, los cuales me figuré que dejarían paso a los que ofrecen castañas asadas cuando el frío llegara para quedarse. Intercalados con todo aquello aparecían de vez en cuando bloques bajos de pisos que contaban con discretos balcones; ciertas empresas pequeñas como la de mi terapeuta habían escogido varios de ellos para instalar una de sus oficinas.

Y, mientras iba sorteando el gentío, en uno de aquellos cruces te vi a ti.

Demasiado ocupado en prestar atención alternativamente a mi mundo interior y al exterior, no sé bien cómo acerté a reparar en que, apostada en el margen derecho de la calle, estabas tú repartiendo folletos de publicidad. Tiendo a evitar a quienes pretenden asaltarme utilizando esa «arma», así que me planteé sortearte. Sin embargo, tampoco soy consciente a ciencia cierta de por qué no lo hice y, al encontrarme contigo de frente, recogí sin vacilar el papel que me pusiste debajo de las narices. Por descontado, no sin antes contemplarte a ti de un fugaz vistazo: eras delgada sin que tu cuerpo renunciase a las líneas curvas, ibas vestida de negro, con deportivas, mallas y una camiseta de los Rolling Stones, lo cual me llamó la atención. Además, diría que tenías mi edad, aunque quizá fueras algo mayor que yo.

Pero lo que me resultó más llamativo fue tu rostro, delicado y pálido, en el que destacaban unos grandes, expresivos y oscuros ojos azules junto a aquella media sonrisa que me dedicaste. Llevabas la melena color nogal parcialmente recogida en sendas trenzas a los lados de la cabeza, dejando que el resto cayera, lisa y escasa, sobre los hombros.

Seguí mi camino mientras bajaba la vista al folleto, de una heladería, y le daba vueltas con las manos; me lo guardé en el bolsillo, cosa que casi nunca hago. Al cabo de un buen rato, cuando me di cuenta de que no había dejado de pensar en ti, paré en un tramo de la calzada por el que no pasaba casi nadie. Entonces le di vueltas a si tendría las agallas suficientes de volver sobre mis pasos y, después de preguntarte el nombre, pedirte tu número de teléfono.

El caso es que deshice lo andado, y me encontré con que ya no estabas donde te había encontrado. Algo alarmado, miré alrededor para asegurarme de que me había detenido en el lugar correcto; no solo eso, era el punto exacto. Entonces reparé en que, inmediatamente a mi derecha, se encontraba la heladería que mencionaba el folleto... y que tú estabas dentro, tras el mostrador, atendiendo al único cliente que había allí.

Retrocedí hasta situarme al otro extremo de la calle, a una distancia prudencial desde la que pudiese contemplar el interior del establecimiento sin llamar la atención. Cuando aquella persona se hubo marchado con su helado, surgieron de la trastienda un chico y una chica de tu edad que llevaban una riñonera y el mismo delantal que te habías puesto tú. Supuse que debían de ser tus amigos o compañeros en aquel pequeñísimo negocio. Saliste de detrás de la barra a conversar con ellos, y percibí mucha complicidad entre vosotros; te vi sonreír ampliamente, como si el resto del mundo no fuera contigo.

Rápidamente llegué a una conclusión muy simple: si yo no era capaz de verle el lado bueno a casi nada, si la vertiginosa espiral de la depresión y el abatimiento me estaba arrastrando hasta el agujero de un desagüe imaginario, ¿por qué demonios iba a querer entrar en tu vida? ¿Para compartir contigo mi amargura sin habérmelo pedido tú? ¿Para tenerte como consuelo, como un bastón que acabaría desgastando con el uso a lo largo del tiempo?

Por eso, y por cobardía, consulté el reloj y di media vuelta en dirección a la boca de metro más próxima, dispuesto a tomar el tren de vuelta a casa.

Algunas de las veces que volví por allí, me pasaba por delante de la heladería y te veía dentro, con una sonrisa en la boca y socializando con los pocos que se ponían al otro lado del mostrador mientras los atendías con diligencia.

Muy recientemente, la última de esas ocasiones, me topé con que la puerta cerrada y la fachada del local, ambas de material transparente, tenían papel de periódico blanco pegado por el lado de dentro. Hice inventario mental de todo lo que te he contado hasta este párrafo, y me invadió una mezcla tan sumamente extraña como extremadamente tenue de melancolía, rabia y resignación.

Así que, después de todo, no sabré de ti ni siquiera tu nombre. Menos mal que aún conservo el folleto de aquella heladería para no olvidarte jamás, ni la forma en que aquel día la vida me puso a prueba, obteniendo resultados del todo concluyentes para el que quiera verlos.

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