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7 min
LA PUERTA DEL CEMENTERIO
Terror |
03.09.17
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Sinopsis

Una vieja leyenda urbana...

LA PUERTA DEL CEMENTERIO

            El negro carruaje de la empresa de pompas fúnebres había llegado por fin a la puerta del camposanto, y el conductor del coche, un tipo alto, de rostro enjuto y mirada hundida, saltó a tierra, seguido de su ayudante un muchacho de no más de veinte años y aspecto nervioso.

            ―Muchacho, abre la puerta, anda –ordenó el hombre en un leve susurro, mientras se dirigía a la parte trasera del vehículo y bajaba la portezuela de madera.

            ―Si, señor –el jovenzuelo sacó un manojo de enormes llaves del bolsillo de su abrigo, y caminó hacia la puerta metálica el cementerio.

            ―Ayúdame con el ataúd –le gritó su patrón desde la parte trasera del coche mortuorio.

            ―Voy, señor –el muchacho empujó la puerta, y ésta se abrió con un siniestro gemido “ÑIIIEEECK”, dejando espacio suficiente para dejar paso a los dos empleados de pompas fúnebres.

            El hombre alto cogió el féretro de un extremo, el muchacho del otro y, entre los dos, cargaron la siniestra caja hasta el hueco que, ellos  mismos, habían cavado en la blanda tierra de la necrópolis, aquella misma mañana.

            ―Vamos, muchacho, o se nos echará la noche encima –el hombre alto descendió con sumo cuidado al interior de la fosa―. Y un cementerio no es un buen lugar para pasar la noche.

            ―Sí, señor –también con gran cuidado, descendió el joven al interior del hoyo.

            Terminado su triste e ingrata faena, abandonaron el camposanto y regresaron al pueblo donde vivían.

            ―¿No vas a casa, muchacho? –El hombre alto miró a su ayudante con sus cansados y hundidos ojos―. Esta tarde has trabajado mucho; necesitas descansar.

            ―No, señor –el muchacho le dedicó una tímida sonrisa, al tiempo que negaba con la cabeza―. He de hablar con alguien antes de marchar a casa.

            ―Como quieras –su patrón, levantó la diestra en señal de despedida, y se alejó calle abajo.

            Una vez a solas, el joven empleado de pompas fúnebres se encaminó con paso titubeante hacia una casa pequeña, de una sola planta y, nervioso, alzó el pesado aldabón de bronce, dejándolo caer “¡POM!”, una y otra vez “¡POM. POM. POM!”. Hasta que la puerta se abrió y una figura envuelta en densas sombras apareció en el umbral.

            ―¿Quién es?

            ―Soy yo, James –el joven enterrador empujó al dueño de la casa, y entró aunque permanecieron en el diminuto recibidor. La puerta abierta.

            ―¡Cielos, James! No te esperaba hasta…

            ―La cosa se ha dado mejor de lo que esperábamos, Dan. El viejo bastardo está ya bajo tierra.

            ―¿De verdad estás dispuesto a seguir con el plan?

            ―Tú no has visto al viejo, amigo mío –James volvió a empujar a Dan, hacia la zona más interna de la vivienda, tras cerrar la puerta―. ¡Con uno sólo de sus anillos, podríamos comprar esta casa!

            Dan miraba a su amigo con aire dubitativo.

            Había encendido una bujía, y su luz, tenue y huidiza, iluminaba sus rostros.

            ―Vamos, Dan –apremiaba James, ante la expresión vacilante de su amigo―. Nadie tiene por qué enterarse de nada.

            ―N―no sé…, es un sacrilegio…

            ―¡Tonterías! ¡El viejo te lo debe, y tú lo sabes! –James tomó a Dan por los hombros, y lo sacudió con violencia―. ¿Acaso no recuerdas la de noches que ese cabrón te obligó a estar en vela, ajustando sus malditos libros de cuentas?

            ―De acuerdo –Dan apretó los puños y los dientes con rabia y, ante el regocijo de su amigo, preguntó―. ¿Cuándo marchamos?

            ―Esta misma noche, te espero en la puerta del camposanto, a las doce en punto. No faltes. Y no te preocupes por los picos y las palas, tengo la llave de la caseta de herramientas del cementerio.

            Y así, al llegar la medianoche, amparadas en las sombras de las tinieblas, dos figuras furtivas abrían la puerta de la necrópolis, que los recibía con su triste gemido “ÑIIIEEECK” y caminaban hasta la última tumba excavada en el suelo sagrado.

            ―Espera aquí, mientras voy a por las herramientas –pidió James a su amigo, mientras marchaba en dirección de la caseta en la que su patrón guardaba los picos, las palas y demás utensilios. Regresando, poco después, con los útiles que necesitaban para llevar a cabo su criminal cometido.

            Para fortuna de los dos profanadores, la tierra del sagrado recinto, era blanda, y fácil de trabajar y, en poco tiempo, llegaron hasta el negro, y aún reluciente ataúd.

            ―Vamos, ábrelo –impaciente y expectante, Dan, se frotaba las manos, mientras su amigo, palanca en mano, manipulaba la tapa del féretro.

            Tras unos instantes de luchar contra la madera de la pesada caja mortuoria, ésta se abrió con un potente chasquido “¡TCHACK!”

            Un escalofrío recorrió los cuerpos de los dos ladrones cuando la alzaron, y clavaron sus miradas en el cuerpo que yacía, inmóvil e inerte, en el interior del ataúd.

            ―¡James, mira sus manos! –Dan, maravillado, tomó las manos del cadáver, y admiró las valiosas sortijas que adornaban los viejos y frío dedos muertos.

            ―¡Te lo dije, amigo, te lo dije! –Aulló James, en la oscuridad del hoyo.

            A toda prisa, despojaron al cadáver de toda joya y objeto de valor, antes de volver a colocar la tapa de madera sobre el féretro, y a cubrirlo de tierra.

            ―Ha resultado más fácil de lo que esperaba –habló Dan en un susurro, al tiempo que se guardaba en uno de los bolsillos de su abrigo varias de las joyas robadas al difunto.

            ―¿No te lo había dicho yo, Dan? –James lanzó una nerviosa carcajada, que llenó la oscuridad, silenciosa, del camposanto―. ¡Somos ricos!

            En la lejanía, el reloj de la Iglesia, hizo repicar las campanas “DONG. DONG. DONG”, y los dos amigos intercambiaron una mirada cargada de excitación.

            ―Vámonos, venga –se apresuró James, corriendo a guardar las herramientas utilizadas de nuevo en la pequeña caseta―. Como bien dice mi jefe, Mr. Greyson: Un cementerio, no es un buen lugar para pasar la noche.

            Ante el comentario de su amigo, Dan, sonrió inquieto, al tiempo que, con la mano derecha en el bolsillo de su abrigo, acariciaba las piezas hurtadas.

            ―Tu patrón es un hombre muy inteligente –se encaminó hacia la abierta puerta del cementerio―. Mr. Greyson es un tipo muy inteligente –salió de la necrópolis, y esperó a que James regresara de guardar los útiles en la casilla de las herramientas.

            No hubo de esperar mucho, hasta que llegó a sus oídos el inconfundible gemido de la vieja puerta de hierro “ÑIIIEEECK” y, lo que sin duda alguna, era un jadeo…

            ―¿James? –Dan se volvió hacia la entrada del cementerio―. ¿Qué ocurre, te encuentras bien? –Avanzó, con paso vacilante―. ¡Sabes que no me gustan este tipo de bromas! –Y lo vio.

            Su mirada se posó en el cadáver de James. Sus ojos recorrieron el cuerpo sin vida de su amigo, desde la cabeza, hasta…, una de las puntas del negro abrigo del joven enterrador que, al cerrarse la puerta del cementerio, había quedado cogida por la misma.

FIN
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