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3 min
La puerta abierta
Infantiles |
01.08.19
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Sinopsis

Después de años abrieron la puerta de la pajarera, dejaban libres a los periquitos, los que ya no estaban fueron regalados o vendidos, los otros salieron volando sin agradecer, más bien se fueron sorprendidos. Esa puerta siguió abierta, quizá por olvido, quizá por pereza, y a los pocos días con sorpresa se dieron cuenta que se había metido un periquito pequeño.

A las pocas semanas, el gato de la casa que lo observaba, le preguntó:

—Miau ¿sabes que la puerta de la jaula está abierta?

—Claro que sí— respondió el ave.

—¿y por qué no te vas volando?

Por qué lo haría— le aclaró con seguridad —aquí tengo todo, un rico alpiste y agua pura.

—Pero no tienes libertad, no puedes volar, usar tus alas— le insistió.

Para qué, aún no tengo que migrar y estos cielos ya los recorrí, ya no tengo que buscar mi comida, ni agua, ni buscar refugio, aquí estoy seguro —le explicó el periquito.

—Miau, aunque no lo creas aquí también corres peligro —le advirtió el felino

—Jajaja, ¿qué peligro puedo tener aquí? —le respondió irónico el plumífero.

¡Miiaauu! —Le maulló alterado el gato domesticado —¡Ave ingenua, aquí te arriesgas a que te corten las alas, y cuando las quieras usar no vas a poder!

Cuando escuchó esto el periquito se quedó estupefacto, le recorrió un escalofrío por todo su pequeño cuerpo, casi lo pudo sentir en sus coloridas plumas.

—¡No te creo! —le refutó el ave.

Miau, —le dijo tranquilo el minino —plumífero, más te vale que me creas, yo no bromeo, y no me gusta repetir las cosas, miauuu.

El ave parecía contrariada, pensativa, confundida. El gato le estaba haciendo pensar que las cosas posiblemente no eran tan perfectas como parecían.

—Pero parecen buenos humanos, me han dado protección, comida y agua —respondió casi para sí el plumífero.

—Eso no deja de ser cierto —le respondió el felino, y en ese mismo instante  entraba la humana con una tijera en la mano.

El periquito vio eso con sus ojos tan abiertos como le fue posible y salió volando por la ventana con toda su velocidad y fuerza posibles.

La humana se quedó sin dar otro paso más y en su rostro se dibujó una gran sonrisa. Luego se acercó a hacerle cariño al gato que le ronroneaba y este se comenzó a frotar cariñoso en su pierna.

Los dos se quedaron mirando a través de esa ventana, por donde entraba un aire suave y refrescante.

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