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5 min
La Rebelión de la Memoria (Part:1)
Amor |
10.03.14
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Sinopsis

Edd fue inmensamente rico, tanto como para ser libre y feliz, no obstante, estaba condenado por su eterna e inagotable necesidad de admiración. Un hombre con corazón de oro y dueño de una aguda inteligencia, aunque en ocasiones nublada, fue capaz de comprender era un simple personaje de una historia que no controlaba.

¿Lo recuerdas? Escuchó en las etapas tempranas del sueño, de una voz masculina que salía de la almohada. La voz resonó como un estruendo en su nuevo universo.

Se encontraba parado en la base de un castillo de cristal, hermoso y brillante, rodeado por una escalera caracol. No quería subir pues al ser la escalera construida por él, creía se rompería. La torre se elevaba al cielo, perdiéndose entre las nubes que se movían apresuradamente.

Pensó en devolverse pero estaba en medio de un desierto cuyo horizonte se mezclaba con el cielo, dando una impresión de angustiante infinidad. Aun no convencido de subir, buscó en sus bolsillos los cigarrillos pero encontró en su lugar una flor de floripondio que se derritió entre sus dedos, dejando una asquerosa sustancia gelatinosa, la cual limpiaría en su ropa hasta que su mano fue agarrada, por una mano femenina, bellísima.

El rostro de la mujer estaba cubierto con una máscara antigás y su cabello con la capucha de su poleron amarillo, descalza, contempló por largos minutos sus bellísimos pies.

La mujer le llegaba hasta el pecho y era muy delgada, se sentía como un gigante junto a ella, pero aun así, era ella quien lo tiraba obligándolo a avanzar.

Por mucho rato ella llevó el liderazgo, a pesar de que por cada paso que Edd daba, ella debía dar dos. Entonces se agachó para que se montara en su espalda y avanzaron a la par.

Llegaron al final del camino, una plataforma en donde se erigía el esqueleto del resto del castillo incompleto cuyo final no lograba ver. No quería soltar a la mujer, con ella en su espalda se sentía eufórico, positivo, feliz; pero debió hacerlo, cerca del final del camino.

Al borde de la plataforma estaba parada una niña de 4 años que lo miraba con ternura, sonriendo estiro su mano para que él la tomase. Su corazón se sobrecogió de amor mientras caminaba a ella. La extrañaba mucho. A un paso de distancia apareció la otra mujer y empujó a la niña, botándola al abismo. Aunque no veía su rostro, sabía sonreía.

 

Despertó sobresaltado en una gigantesca habitación minimalista, blanca y sin ventanas. Atravesado en la cama, desnudo cubierto por una sábana transpirada pegada a su cuerpo, en rededor de un grupo de mujeres a medio vestir, despeinadas y con su maquillaje corrido.

Odiaba soñar con aquellas mujeres, esos falsos sentimientos que lo albergaban, que luego se desvanecían en una gruesa capa de dolor al despertar y enfrentarse a su solitaria realidad.

Sintió una presión en el pecho, un nudo en la garganta y como incontrolablemente las lágrimas se apoderaron de sus ojos, intentó disimularlo colocando sus manos sobre ellos e intentando manejar la respiración, sin embargo, el llanto seguía allí, sin lágrimas.

Las mujeres de aspecto similar, melenas de cabellos rojos y una sonrisa permanente, se despertaron entre sí. Una de ellas se levantó y lo contempló, compadecida por su desamparada apariencia. Intentó consolarlo pero fue rápidamente detenida por otra, que simplemente movió su cabeza de un lado a otro.

La empática mujer obedeció contrariada, comprendía era lo correcto. Todas caminaron, metiendo el mínimo ruido posible a la salida.

  • ¿Pueden quedarse un momento?– preguntó ahogado, con su bella voz de barítono entre cortada. Nuevamente la mujer más débil lo miró compasivamente, deteniéndose para brindarle ayuda a ese pobre hombre, pero otra mujer, que hasta el momento permanecía impávida, con una expresión similar a la suya negó con su rostro y colocando su índice sobre los labios, le indicó guardase silencio.

 

El único ruido que se escuchó fue la puerta cerrándose, como una negativa implícita a su humilde petición. Sacó la mano de sus ojos y los abrió con dificultad. Poseía unos preciosos ojos dispares, entre celeste y verde, aunque uno más celeste y el otro más verde. Una melena rubia ondulada, similar a los roqueros en los setenta. Sus cejas perfiladas, masculinas y sin intervención. Ojos almendrados de largas pestañas onduladas, que no se apreciaban por su claridad. Nariz recta, pómulos levantados y un mentón levemente partido, disimulados por una barba de varios días. Era un hombre viril y hermoso.

                                                                                                               ..... Continuará

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