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5 min
La reina escorpión
Amor |
30.12.14
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Sinopsis

La reina escorpión

La reina escorpión

Gustaba llamarse a sí misma reina escorpión, bueno, la verdad es que fue un sobrenombre que le puse y a ella le entusiasmó. Un poco trastocada, diría yo, siempre estuvo, pero le sobrevino un grado superior con la serie "sexo en Nueva York", se quedaba embelesada mirando una y otra vez los capítulos grabados e imaginando que era ella quien los protagonizaba.

No fue agraciada con una gran belleza, sin ser ni mucho menos fea, era, creo que su sonrisa lo que la hacía atractiva, irradiaba frescura e inocencia, dos cualidades por las que los hombres sentimos debilidad y nos hace perder, a menudo, la cabeza.

Yo la conocí hace mucho tiempo, en una de esas salidas suyas en las que trataba de imitar a las chicas de la serie neoyorkina, copiaba sus gestos y sus posturas, hasta muchas de las cosas que decía sonaban familiares a cualquiera que hubiera visto algún capítulo. No había maldad en ella, ni intención de hacer daño a quien se cruzase en su camino, era solo un trueque, tú me haces sentir especial y yo a cambio te ofrezco mi cuerpo.

Esa fue la sensación que tuve cuando la conocí una noche en la barra de un bar, solo que yo no necesitaba un cuerpo, necesitaba a alguien especial. Un cuerpo se puede pagar, pero un espíritu no se puede comprar. Fue ella la que se acercó, yo simplemente me limité a escuchar, sin demasiado interés, por la mera curiosidad de saber qué sería exactamente lo que quería de mí, algo que te puede poner en el filo de la navaja. Apoyé la barbilla sobre mi mano y asentía de vez en cuando, pensando que sería una pobre infeliz que buscaba desesperadamente alguien con quien dormir.

Después comprendí que no, bueno que sí, pero que no era una pobre infeliz, sino una persona infeliz a secas, una persona insatisfecha de la vida, alguien que buscaba algo que la llenara pero no sabía qué, lo que había probado no la satisfacía, se sentía como quien cruza el desierto y muerto de sed se intenta saciar con un cuentagotas, pero por más veces que lo llene y lo vacíe sobre su boca, nunca termina de calmar su sed. Así es como se encontraba ella, sedienta.

Esa noche durmió conmigo, no es que yo aspirara a llenar el vacío que ella sentía, ni mucho menos, pero a nadie le amarga un dulce, y se te lo ponen en la boca, quién lo rechaza. Sin embargo, por la mañana, tuve un momento de debilidad, quizás sentí un poco de pena por alguien perdido, sentí un impulso por acercarme a ella y conocerla, le pregunté si le apetecía que nos volviéramos a ver, dijo que no, que no le gustaba repetir capítulo y se marchó.

Sin embargo, al cabo de unos días me llamó, no le había dado mi número, probablemente mientras dormía se hizo una llamada perdida con mi teléfono. "Hola, soy Vanesa", qué curioso, pasamos la noche juntos y ni siquiera nos habíamos dicho el nombre, no pareció que fuera importante, pero reconocí su voz, me dijo si quería que nos viéramos de nuevo, le dije que sí, pero nada de series, sólo tomar algo y cada uno a su casa.

Le dije que no tenía intención de dormir con ella, no quería crear un lazo sentimental con alguien que no llevaba el tipo de vida que yo considerara ejemplar, terminaría por hacerme daño en el corazón y prefería no jugar, le pareció más que bien, quizás me vio como alguien en quien podía confiar, todos necesitamos alguna vez un puerto seguro donde poder recalar, alguien que se preste a poner un hombro donde poder llorar. Bueno, no soy yo un tipo de persona al que le agrade sentir el hombro húmedo de lágrimas, pero siempre se tiene un momento de debilidad.

Desde entonces nos vemos con cierta frecuencia, ella recurre a mí como una doncella a su confesor cuando le parece que ha pecado y busca el perdón para sentirse mejor, y yo, por el contrario, como el confesor que siente la satisfacción de perdonar, no sin poner una simbólica penitencia para que se comprenda que no sale gratis pecar.

Así, a lo largo de este tiempo la he ido conociendo, y no solo a ella, sino también a los personajes que han marcado su vida, e intento comprender porqué ha puesto su rumbo a la deriva. ¿Qué busco yo?, me lo pregunto con frecuencia, pero nunca tengo una respuesta que me satisfaga, unas veces creo que me siento comprometido a ayudarla a enderezar su rumbo, aunque no acierte porqué y otras por una inmensa curiosidad por adentrarme en un mundo que desconozco.

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