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8 min
La respuesta de la abuela Emilia
Humor |
21.07.18
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Sinopsis

Cosas de la vida.

La abuela Emilia debió vivir, muy a su pesar, el evento de la minifalda. Este hecho revolucionario en los hábitos y costumbres de las mujeres de casi todo el mundo, partió de una intuición fulgurante de su creadora, la inglesa Mary Quant, allá por los inicios de la década de los sesenta del siglo recién pasado. Muchas cosas cambiaron con esa explosión visual, de la noche a la mañana, de un tercio de muslo femenino paseando por calles y plazas. Desde precoces adolescentes a irreducibles viejos verdes, el universo masculino vibró como una sola cuerda sensual, aprobando, casi, a la unanimidad la nueva y audaz moda. No fue, en absoluto, el caso de la abuela Emilia, que con sus orgullos ochenta y tantos años, de pura cepa castellana, combatió en todas las sedes posibles la llegada de la minifalda, que consideró el comienzo del desmoronamiento absoluto del pudor, además de una clara artimaña de Belzebú.

Considerando que en los tiempos de los padres de la abuela Emilia las mujeres más audaces dejaban ver sólo el tobillo, que poseía una carga erótica impresionante para los jovenzuelos de entonces, y el pasaje a la exhibición de media pantorrilla ocurrió durante la generación de la abuela. Entonces, llegar al casi medio muslo desnudo, era decididamente demasiado para su mentalidad. Ella, que usaba largas polleras, enaguas, refajos y etcétera, en fiel respeto a los usos y costumbres de los inicios del siglo XX, y que prefería colores en tonalidades de un severo marrón viudo, no podía aceptar esta moda insólita e incomprensible, escandalosa y desvergonzada –decía.

Corrían estos tiempos cuando la abuela Emilia fue a pasar un verano a la capital, donde uno de sus innumerables hijos; porque la abuela Emilia tuvo doce hijos, y el padre de ellos fue tan malo como Satanás –decía- y la abandonó con toda esa parvada de chicos, después de haberle vendido gran parte de sus tierras. Pero esta grande mujer, se la ganó al infortunio, sin nunca perder su buen humor y picardía; pero la minifalda no la aceptó. Su frase preferida era: “La vida es un fandango, y el que no la baila es un buen tonto”.

Que su marido haya sido colega del habitante de las tinieblas les quedó claro a otro grupo de nietos, de los incontables que ella tenía. Un día que les estaba contando parte de su vida y cómo la atormentaban la llegada de los atardeceres en su casa de campo, con ese sol que se volvía un disco de sangre detrás de los álamos del horizonte. El olor a vegas y mentas se mezclaba al croar de la ranas y a su inmensa tristeza. Eran tan atrapadores estos relatos que cuando se sintieron los golpes a la puerta de ingreso, ningún nieto se alzó, aún embrujados por las palabras de la abuela; pero fue ella que se alzó de su sillón, parsimoniosamente, y se dirigió al ingreso, cimbreando su pesado cuerpo de cintura fina, espaldas estrechas y amplias caderas. Cuando abrió la puerta se encontró frente a un viejecillo vestido de franciscano, que la miró desde dos ojos de carbón profundo. La abuela Emilia lo reconoció de inmediato, era su marido, al cual no veía desde años incontables.

Antes del portazo, todos la escucharon casi gritar:

-¡Satanás, vete a los profundos infiernos!

Después, pálida, pero serena y controlada, se sentó en su sillón y se quedó pensativa y ausente, como cuando regresaba de sus ataques epiléticos. Algunos nietos se asomaron a la ventana y vieron la figura de un franciscano que se alejaba a pasos lentos, la espalda curvada por el peso de los pecados capitales y colgando del brazo una inmensa maleta negra. Algún tiempo después llegó la noticia de su muerte. Lo habían encontrado dentro a una cuneta, completamente borracho, ahogado en sus propios vómitos y vestido de fraile franciscano, a la venerable edad de casi noventa años. Este hábito de franciscano lo había conseguido quizás con qué contactos terrenos, o no sólo. El hecho es que esta congregación religiosa le había dado techo y comida en sus últimos años de vida, con el deber de recolectar limosnas públicas, que él hacía confluir a las arcas de ínfimos bares y oscuras bodegas clandestinas de vino. Pero ésta es otra historia.

Habíamos dejado a la abuela combatiendo en la capital contra el uso y abuso de la minifalda. Prenda que ya había hecho exclamar a algunos estetas del cuerpo femenino, frases algo naturalistas como ésta: “Una mujer hermosa, en minifalda, es el paisaje más bello que nos ha regalado la vida”.

Sin embargo, la abuela Emilia rechazaba, con severo vigor, todo juicio favorable, considerando la minifalda una perversión de la moral apostólica, y lujuria de los sentidos que precipitan hacia el vicio, sin posible cambio de ruta. Para ella estaba claro que Sodoma y Gomorra mostraban sus siluetas en horizontes bíblico, cada día con mayor nitidez. Palabras de fuego apocalíptico esgrimía la dulce abuela Emilia, baluarte inexpugnable de esos viejos tiempos, que comenzaban a desintegrarse y pulverizarse –sentenciaba.

Para ella, era el momento de resistir y combatir, de modo que cada vez que veía a sus nietas de la capital, con la famosa minifalda, les decía:

-¡Chiquillas frescas, sáquense ese vestido indecente!

La respuesta no se hacía esperar, y era casi siempre la misma:

-¡Pero abuela, no sea enchapada a la antigua, mire que son los tiempos modernos!

El intercambio de frases, nunca iba más allá de ese ritual; pero la abuela Emilia tenía otro motivo, además, para ir acumulando adrenalina y meditando una respuesta contundente y definitiva a tanto desacato a los sentidos. Se trataba del hecho que sus nietas colgaban sus enormes calzones en la parte central de la cuerda para secar ropa, y que atravesaba el centro del patio. Esto durante los días de lavadora; pero no contentas con esta afrenta, que ellas consideraban una simpática broma, colocaban a ambos lados de ese antiguo indumento íntimo, y testimonio de tiempos pasados, los mínimos de ellas, para acentuar el contraste y la burla. Fue un día de sol resplandeciente cuando la familia decidió pasar el fin de semana en la playa, en busca de brisa marina y lejanía del caos metropolitano. La abuela Emilia formaría parte de la alegre compañía. El tráfico de autos rumbo a la costa, como en sentido contrario, era bastante intenso ese día de verano. A un cierto punto la abuela, ya bastante fastidiada de escuchar esa música de “locos”, le pide a su hijo que detenga el auto, porque deseaba ir al baño. El paisaje costero aparecía completamente desierto de bares, cafés o algo parecido donde poder detenerse. Se divisaba sólo un amplio y vacío horizonte en todas las direcciones cardinales.

El auto se detuvo al borde del camino y alguien dice:

-Escóndase detrás del auto, abuela, mirando hacia los campos y haga su pipí.

Pero esa solución no estaba en los planes de la abuela, la que se dirigió, con su lento caminar balanceadito, detrás del auto, pero no al costado sino a popa, y con su cuerpo completamente visible a los autos que debían superar al de la familia en paseo playero, como a los que venían en dirección contraria. Era el marco y escenario ideal, ese que la abuela necesitaba para su fulminante respuesta a tanto desacato y relajamiento de las buenas costumbres y atropello a la tradición. La abuela Emilia se encluquilló y alzó con decisión los refajos, enaguas, polleras etcétera, hasta la cintura, dejando al aire su enorme y blanco posterior, completamente al interno de la carretera, tanto que el insólito espectáculo era perfectamente visible a las miradas de los estupefactos viajeros que se cruzaban en ese punto desde ambas direcciones de marcha.

Las nietas habían descendido, quedado tan atónitas, como rojas de vergüenza, que no sabían que hacer en propósito. Trataron, de algún modo, de cubrir las generosas y blancas desnudeces posteriores de la abuela Emilia, que imperturbable cumplía la más líquida y natural de las funciones humanas.

-Abuela, por Dios –le gritaron las nietas- ¿Qué está haciendo, acaso se volvió loca?

-De qué se escandalizan, chiquillas, si son los tiempos modernos –les respondió-, sin un gesto en su anciano rostro, perdido en las lejanías.

De vuelta de la playa, la abuela Emilia comunicó a toda familia, que abandonaba para siempre la capital, que era –dijo-, una auténtica ciudad de corrupciones, y de comunistas.

Corría la década de los sesenta del siglo pasado. Tiempos del advenimiento epocal de la minifalda, auténtico símbolo de la belleza femenina, pero razón y causa de las rabias de la combativa abuela Emilia.

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