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5 min
La rosa del desierto
Amor |
08.08.15
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Sinopsis

Dedicado a mi rosa, que aún me envuelve con la magia de sus miradas.

Vagaba un hombre perdido por el desierto. Envejeciendo sin rumbo, contemplando la belleza de las olas que rompen sobre la arena agitándola y removiéndola con violencia, y que suavemente la acarician después en su vuelta al mar, como en un amor demasiado apasionado. Se asombraba con las formas que el viento creaba levantando los granos y formando remolinos que ascendían sobre las dunas. Cada detalle era examinado ante su celosa mirada, antes de ser olvidado y relegado por un nuevo descubrimiento.

Su único objetivo era andar, respirar, sonreír. Pero un día sucedió algo que lo cambió todo.

Recorría las suaves montañas de grano en mitad del atardecer, entre luces y sombras que hacían de todo el poema más bello, y entonces apareció ella vestida en seda y delicada escarcha. Una rosa entre toda aquella sequía, se alzaba sobre la arena imponiéndose a cualquier otra cosa. La más bella, la más sobrecogedora emoción que hubiera podido provocarle nada inundó al hombre errante haciéndole dar un paso en falso. Huyendo de ese sin motivo que le mantenía vivo, salió del camino hecho al andar para avanzar hacia el camino que deseaba seguir.

Envuelto en la alegría, presto a su encuentro, se acercó a la rosa a sabiendas de que en el desierto brillan más las flores que las estrellas. Pero había algo que él no había notado desde la lejanía, y que solo al acercarse descubrió. Algo que le anegó en la más profunda desolación, que rasgó su anhelo y le sumergió en el mundo de los frágiles deseos que se hunden en el mar.

La rosa, su rosa, era de arena, como el desierto mismo, como las dunas sobre las que vagó y que le llevaron hasta ella, y jamás podría tocarla, pues de ese modo desaparecería en un remolino más y se perdería junto al viento como lágrimas en la lluvia.

No pudo dejar de mirarla, de apreciar su delicadeza, su pureza, sus ganas de vivir en aquel árido desierto siendo rosa y no más polvo. Y lloró por su abrazo, lloró por no poder mecerla y acariciarla. La amó y la odió como a su sueño y su maldición.

Decidió alejarse, pues al menos desde allí seguiría viendo a la rosa en su interior, y por más que alargara el brazo no la tocaría y así la magia de su encanto seguiría viva dentro de él. Mas nadie puede no dudar cuando muere el corazón, y el desierto se convirtió en su cárcel. Preso en su libertad, recluso en su propia celda, suspiraba por su aliento.

El viento jamás dejó de soplar, y poco a poco, el hombre veía como la rosa perdía sus granos de arena, y aún joven, supo que un día ella desaparecería por completo y ya nunca más podría verla. Buscó ayuda pero estaba solo en aquel lugar. Con el sol como única luz sobre sí y la música de las olas, arañó dentro de su cabeza buscando la solución que le llevara a ella.

Y se volvió frágil, torpe, diminuto; se sintió ridículo y espantado. Asqueado de sí mismo, decidió escapar de su prisión de aire. Olvidar cuanto sintió, cesar sus esperanzas cortando la cuerda que le mantenía atado a ellas.  Miró atrás y vio el camino andado, las huellas que le transportaron haciendo eses hasta aquel lugar. Recordó el color negro y la arena del mar, escondida bajo el frío manto que la protegía del sol; y quiso volver a no ser nada para el mundo.

No miró atrás pues sabía que verla sería su perdición. Avanzó apretando los dientes para que el alma no se le escapara por la boca, horrorizada al ver como parte de ella se quedaba atrás. Solo cuando las lenguas de arena ocultaron su tesoro perdido, detuvo su avance y se dejó caer. Desplomado en el suelo esperando palabras que le transportara el viento, murió. Se dejó ir hasta sentir que nada le enturbiaba los pensamientos.

Solo entonces, desde la nada, desde más allá del delirio, lejos de las pupilas de su amor azul, entendió que todo era lo mismo. Que somos solo figuras de arena a las que azota el viento, y a las que cada vez quedan menos granos por perder. Que fundirse en un abrazo se puede hacer con la mirada y que las emociones forman remolinos que se alzan sobre cualquier otra cosa.

Con el último aliento retornó arrastras. Borrando sus huellas. Tras la estación de los caminos desandados que le permitiera moldear el futuro. Se acercó a ella hasta que pudo mirar dentro de sus pétalos de cristal y encontrarse a sí mismo. Dejó que le rozara y ambos perdieron sus formas. Escaparon de la rosa y el hombre para convertirse en una sola cosa, y elevarse sobre el calor abrasador unidos, mezclándose sus cuerpos en nudos invisibles. Sus pequeños granos de arena fundiéndose entre ellos en un abrazo eterno, en el mismo desierto que les llevó a encontrarse, a separarse y finalmente; a perderse, juntos.

 

L J Salamanca

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  • He seleccionado este relato para la propuesta de Umbrío :) http://www.tusrelatos.com/relatos/propuestas
    No se en que punto el relato deja de ser invención para convertirse en la historia con tu rosa. Todos deberían tener una en sus vidas y alejarse de ella, como dices al final, puede ser un grave error y acabar volviendo arrastras, arrepentido. De todas formas, los dos últimos párrafos no me han quedado claros. No entiendo a que te refieres con "las emociones forman remolinos que se alzan sobre cualquier otra cosa". ¿Te das cuenta de que los motivos para apartarte de ella fueron insignificantes? Y, precisamente por eso, ¿deseas su regreso? si es asi, supongo que eso es verdadero amor. Un consejo, enseñaselo a tu rosa, no la dejes escapar o te arrepentirás toda la vida. Me gusta como escribes. Espero que cuando publique textos gusten tanto como los tuyos.
    Gracias por los comentarios a los tres. Muy buena la canción Carlos. Ya sabes que el desierto está lleno de ellas, pero hay veces que nos traicionan los espejismos. Nos leemos.
    Siempre me ha fascinado tu capacidad de crear mundos. Coincido con Nubis, es uno de tus mejores textos. Enhorabuena, me ha encantado. Te seguiré leyendo. Un saludo.
    Te recomendaría que a tu Rosa le regalaras la canción "Desert Rose" de Sting, pedazo de joya musical. Yo también tuve a mi rosa...pero ya no está...snif
    Es precioso, creo que de tus mejores textos. Bravo.
  • Sin ti no soy nada, vieja amiga.

    Antes de dormir saco la escoba y el recogedor guarda el polvo que cae de la mina de carbón.

    Siguiendo la idea y relato iniciado por León27 y continuado por Fénix y Yazmin Schwery Rivera.

    El meñique no es un bar normal.

    Ingmar Bergman.

    Dedicado a mi rosa, que aún me envuelve con la magia de sus miradas.

    La velocidad de mi dedo apretando un gatillo.

    Piaggio tenía una furgoneta antigua marca Piaggio, y siempre la conducía, por eso le llamaban así. Agradezco valoraciones con comentario, muchas gracias.

    Estos tentaculillos me erizan la piel cada vez que los veo. Agradezco valoraciones con comentario.

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Guionista. Escritor, entrenador de fútbol, socorrista y monitor de padel. Un poco de todo, nada de mucho y 20 años menos.

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