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21 min
LA SELVA
Varios |
04.02.15
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Sinopsis

Un relato de aventuras en el que un abogado de prestigio se pierde en la selva . Como se enfrenta a su presente y como supera los problemas que se le van planteando.

 

 

                                                La selva


            No me pregunten como había llegado allí, pero ahí estaba, en esa canoa inestable remando hacia la orilla. No sabía que me producía más espanto, si quedarme en esas aguas oscuras o adentrarme en esa selva impenetrable.

 

   El cielo no auguraba nada bueno. Caía la niebla como un manto espeso, la luz de la luna alumbraba pero daba al ambiente un toque lúgubre, terrorífico.

   Mi ropa estaba húmeda. Mi cuerpo temblaba sin parar, no sé si era el miedo o el frío, pero mis dientes castañeaban y yo ya no era dueño de mi mismo.

  La canoa se paró de golpe quedando empotrada en la tierra de la orilla. Intenté escuchar algún ruido pero los que emitía mi cuerpo no me dejaban oír nada más.

   Decidí bajar, con cuidado, mis pies descalzos se hundían en el lodo de la ribera quedando ahí pegados. Con una terrible sensación de nausea logré llegar a terreno más firme.

   Todo estaba en sombras, la luz de la luna no llegaba a penetrar el denso follaje.

   Me quité la ropa empapada, arranqué grandes hojas de una planta cercana y me envolví en ellas como pude. Ya seco y protegido del frio busqué un sitio donde poder descansar, estaba desfallecido y las pocas fuerzas que me quedaban me permitían intuir el peligro del lugar, no me fue difícil encontrar un gran árbol al que trepar.

 Ahí arriba me sentía más seguro, me acurruqué entre tres ramas grandes y no tardé en quedarme dormido.

 Al levantar el día, empecé a escuchar el canto de los pájaros y un reconfortante calor en mi cuerpo, lo que me despertó fue una sensación extraña en la pierna derecha, casi no la podía mover, tomé conciencia de mí mismo y abrí los ojos asustado, miré hacia abajo y vi como una enorme serpiente intentaba enroscarse en mi cuerpo. Con todas mis fuerzas tiré de la pierna y luché para liberarme, gracias a lo escurridizo de las hojas, logré soltarme a tiempo  del mortal abrazo y bajar del árbol todo lo rápido que me fue posible. El despertar no había sido muy bueno.

   Volví atrás sobre los pasos de la noche, la canoa seguía milagrosamente atrapada en el barro, la saqué y la arrastré a un lugar seguro mientras buscaba algo que llevarme al estómago antes de seguir viaje.

   La ropa estaba bastante seca, el calor del día la secaría del todo, me la puse sintiéndome ya mejor, casi humano.

   Necesitaba una arma, algo con que poder defenderme o por lo menos que me hiciera sentir menos vulnerable, un palo robusto, una piedra cortante… ¡qué fácil era todo en los documentales de supervivencia y qué difícil en la realidad!

   A mis pies desnudos solo les faltaba llorar, de momento  los protegí envolviéndolos con hojas que aseguré como pude a la pierna.

   Los miles de insectos conseguían hacerme perder la razón, otro problema a resolver, no estaba seguro de poder sobrevivir en tales condiciones, los acontecimientos me sobrepasaban y me sentía como un niño desvalido.

   Encontré unos frutos parecidos a  piñas, quizás un poco más pequeños pero con el mismo sabor, los noté ácidos, tenían poco azúcar, eso iría bien para mitigar la sed e hidratarme, se me ocurrió restregarlos por las zonas expuestas del cuerpo como posible defensa contra los mosquitos, guardé las cascaras, servirían de recipiente.

   No quería alejarme del rio. Es fácil perderse en la selva y la única posibilidad de sobrevivir consistía en alcanzar alguna zona habitada.  De vuelta a la canoa llené las piñas vacías con agua de lluvia recogida de las grandes hojas a ras del suelo y las envolví   con follaje para que no se derramara el preciado líquido durante el trayecto por el rio.

   La corriente me llevaba hacia abajo, el calor empezaba a ser insoportable, bebía a sorbos pequeños y di rápidamente cuenta de los frutos recogidos. No se veía un alma, estaba completamente solo y me aterraba la idea de tener que seguir así durante más tiempo.

   Tenía que conseguir encender fuego para poder pasar otra noche, había tenido mucha suerte  despertando vivo y eso podía no volverse a repetir.

   Decidí, entonces, hacer otra parada, no servía de nada continuar viaje si no sabía protegerme y hallar alimento.

   Encontré una zona plana y despejada donde dejar la canoa segura y me adentré en la vegetación en busca de lo que  pudiera hacerme la vida más fácil. Avanzaba dejando marcas en el suelo para no perderme y poder volver a la canoa. Lo primero que encontré me llenó de alegría, unos extraños frutos con unas enormes espinas puntiagudas, logré desprender varias puntas que fui atando con cáñamo a una serie de palos rectos y robustos, tenía claro que no iba a ser capaz de cazar pero a lo mejor conseguía  capturar algún pez.

   En esas circunstancias se le abre a uno la mente y la imaginación hace milagros, logré construirme unos rudimentarios zapatos con unas cortezas flexibles que perforé con mi nueva herramienta  y las até a los pies asegurándolos  a las pantorrillas.

Conseguí ramas duras y blandas y algo de hierba seca, recogí frutos con aspecto comestible y volví a la canoa.

Quedaban aun varia horas de luz pero encender un fuego por frotación no iba a ser  fácil  por lo cual me puse de inmediato a la tarea.

Cuando el desaliento se estaba adueñando completamente de mí, una nubecilla minúscula de humo empezó a salir del tronco que estaba frotando con una rama dura, incrédulo, acerqué la hierba seca que había preparado y sacando fuerzas de donde ya no había conseguí  una llamita asustadiza, con cuidado de que no se apagara empecé a soplar y a alimentarla poco a poco, el fuego…estaba encendido.

   Pocas veces en la vida me sentí más feliz que en aquel momento, me sentí fuerte, invencible, había conseguido algo que jamás hubiera pensado ser capaz de hacer.  Disfruté del momento pero sabía que con eso no estaba vencida la batalla, solo acababa de empezar la lucha  y el premio del concurso era conservar la vida.

   Alimenté el fuego para que no pudiera apagarse y me dirigí al rio para intentar pescar.  Perdí varios palos puntiagudos y salí corriendo al ver la silueta de un cocodrilo acercarse sigilosamente, lo de la pesca se presentaba más difícil de lo previsto.

   Se me ocurrió entonces usar un cebo, un insecto sobre la superficie del agua y si al final no daba resultado siempre podría comerme al insecto. Logré atrapar una hormiga enorme seguramente supérstite de alguna pelea, le faltaban dos patas y no consiguió huir de mí.  La até con un cáñamo a una gran roca y me coloqué de forma que no se viera mi sombra en el agua. Con un ojo controlaba la hormiga y con el otro la posible aparición de un cocodrilo.  El pez llegó al fin, era grande y hermoso, se acercó a la hormiga y cuando abrió la boca para engullirla logré hincarle el arma en el lomo abalanzándome posteriormente sobre él para  atraparlo.

   Las ropas mojadas se secaban al calor del fuego, el aroma a pescado me volvía loco, la boca me salivaba sin parar, con toda esa carne tendría comida para dos días.

   Dormí al lado del fuego, alimentándolo durante toda la noche, a la mañana siguiente me dolió dejarlo ahí pero aunque hubiese encontrado la forma de trasportarlo era demasiado peligroso, la canoa era mi única posibilidad de llegar a la civilización.

   Antes de que saliese el sol recogí agua para el viaje, ramas y frutos espinosos para fabricar más armas, introduje la canoa en las negras aguas y proseguí camino.

   El día no acababa nunca, el maravilloso paisaje era lo único que me reconfortaba, pájaros multicolores, monos saltarines y exóticas plantas acuáticas desconocidas para mí pero ni rastro de civilización.  Ni siquiera conocía en qué zona estaba de la selva peruana, solo estaba seguro de que al final del rio estaría el mar.  Los árboles se erguían derechos compitiendo entre ellos para poder llegar a recibir los rayos del sol, enormes enredaderas frondosas colgaban de ellos y entre sus hojas podías notar un universo entero de vida,  seres desconocidos con los que convivía por las noches. Me sorprendió mi propio arrojo, era como si no sintiera miedo, era como si al no quedarme otra alternativa aceptara el reto y despreciara los peligros. Un hombre de ciudad, de asfalto, un hombre cuyas únicas aventuras habían sido los viajes al zoo se veía ahora luchando por su vida.     

   La canoa era espaciosa, viajaba cómodo y había sitio para todo mi nuevo equipaje, me sentía seguro aunque sabía que eso no era cierto.

   Durante la navegación, mientras ataba las grandes espinas a los palos recogidos se me ocurrió la posibilidad de hace un arco y usar los palos como flechas para pescar, así lo hice y lo probé desde la misma embarcación, vi un pez merodeando curioso y lancé la flecha acertando a la primera, acerqué la canoa para hacerme con él pero en el último momento, casi a punto de arrancarme una mano, un enorme criatura salió del agua y me lo arrebató.

   Es curioso como reaccionamos los humanos, en lugar de quedarme paralizado por el miedo sentí la necesidad de tirarme al agua y luchar con la bestia que me había hurtado la comida, menos mal que el sentido común logró agarrarme por las piernas a tiempo e impedir ese acto suicida. Una cosa estaba clara: ya no me faltaría pescado.

   El rio era inmenso, una extensión enorme de agua que bajaba lentamente hacia el mar, casi no se veía la orilla opuesta, pocas veces tenía que corregir el rumbo. No me atrevía a beber su agua ni a zambullirme en ella, había leído demasiadas  historias con un final poco recomendable para el bañista.  Intenté hacer un cálculo de la velocidad que llevaba, por suerte había conservado el reloj, de todas formas no me sirvió de mucho porque no tenía ni la menor idea de cuantos kilómetros debía de recorrer para llegar al mar y llegué también a la conclusión de que el reloj tampoco me iba a ser de gran ayuda en aquel mundo primitivo, el tiempo lo marcaban el sol, el hambre y la fina lluvia que caía todas las tardes aproximadamente a la misma hora.

   Esa lluvia era una bendición, era mi agua potable, aprendí a protegerme de ella en la espesura, arropado con grandes hojas impermeables que servían además para muchas cosas más.

   Lo mejor de todo era la cantidad de tiempo del que disponía para pensar, pocas veces había estado a solas conmigo mismo, haciéndome compañía y descubriendo realmente quien soy. No me creía tan valiente ni tan imaginativo, estaba orgulloso de mi mismo, tanto como cuando conseguí el título universitario en Estados Unidos tanto como cuando entré a formar parte del bufete más prestigioso del país o quizás más.

   Después de todo esa vida no era tan mala, en pocos días aprendí mucho: a hacer fuego en solo media hora, a improvisar un refugio en vente minutos a conseguir  y cocinar mi propia comida  y me pasaba el día disfrutando de un paisaje sin igual cómodamente instalado en una embarcación que poco se parecía ya a la canoa inicial.

   Había amarrado unos troncos a un lado de la barca creando una superficie plana, anexa,  con una ligera estructura de ramas que proyectaba una maravillosa sombra, esto le daba más estabilidad a la canoa ,yo me podía mover de vez en cuando y era un lugar perfecto para pescar durante el viaje.

   Todos los nuevos frutos que recolectaba los probaba previamente en cantidades minúsculas para asegurarme de que no me envenenaba con ellos y fue así como descubrí unas bayas alucinógenas que guardaba a buen recaudo y me permitía, en los momentos adecuados, tomar una pequeña porción que me transportaba a un mundo sosegado y fantástico durante media hora. Una noche frente al fuego, seguro en mi refugio se me ocurrió liar unas hojas secas y fumé.   Eso era  sibaritismo, me sentía como un rey, el rey de la jungla.

   Al día siguiente, durante el largo viaje, me dediqué a tallar una pipa partiendo de una caña hueca, hablaba solo, en voz alta, me hacía gracia verme ahí, sobre aquella obra de ingeniería con la única preocupación de tallar una pipa que me permitiera fumar las hojas secas de la mejor manera posible.

   Era hora de atracar, busqué una ensenada lo suficientemente grande y preparé el campamento. Una vez encendido el fuego inspeccioné el lugar.

    Con una piedra pacientemente tallada y afilada, cortaba hojas largas para reponer el sombrajo de mi barca cuando debajo de una de ellas encontré la araña más grande que había visto jamás, medía sin exagerar unos 30 centímetros, se me heló la sangre, el miedo me paralizó completamente, solo era capaz de mirarla sin pestañear, creí que mi vida acababa en ese momento, pensé que era una pena ahora que la pipa estaba lista para su uso. La araña, quizás tan sorprendida como yo, levantó las patas delanteras y abrió sus fauces soplando como un gato pero no se movió, logré reaccionar y sin quitarle los ojos de encima empecé a caminar hacia atrás  hasta quedar empotrado en una enorme roca a mis espaldas. Lentamente la araña desapareció entre la maleza dejándome solo y obligándome a tomar conciencia de la realidad que me circundaba.  

   Me giré despacio casi buscando protección en la roca, dos ojos pétreos me observaban justo delante de los míos, en un primer momento no entendí lo que eran pero luego me di cuenta de que lo que estaba abrazando era una figura tallada en la piedra. Me giré para comprobar que realmente la araña ya no estubiera y empecé a quitar maleza de la roca, era impresionante, una enorme cabeza humana con un extraño sombrero se escondía entre las ramas, miré alrededor y noté otras rocas del mismo tamaño, me acerqué a cada una de ellas y descubrí una media docena de bustos pétreos. No sabía qué hacer, a quién  decírselo.

¡Un descubrimiento arqueológico! Eso era grande, ¡muy grande! Tenía que dejar alguna señal para volver a encontrar el lugar por si conseguía volver alguna vez…

   Volví al campamento a tiempo de alimentar el fuego y cocinar el pescado antes de que anocheciera, decidí que la mañana siguiente inspeccionaría el lugar con más calma, total, día más o día menos tampoco iba a importar.

   El descubrimiento se merecía una celebración, después de la cena encendí mi nueva pipa y disfruté como nunca.

   El hallazgo arqueológico era realmente grande, Las cabezas marcaban el camino hacia una construcción destruida por los años pero aun reconocible con unas escaleras que llevaban a un piso superior.

 En la parte trasera corría un riachuelo de aguas cristalinas que terminaba con una pequeña cascada en un lago de aguas verde esmeralda. Me regalé un baño refrescante , entré  despacio, mirando hacia todas partes, conservando la ropa interior por si acaso. No era profundo pero se podía nadar, me zambullí y bucee, me sentía feliz, me bañaba en el paraíso, era el premio merecido a tanto esfuerzo, disfruté bajo la cascada como un niño.

 Tropecé en una piedra y caí detrás de la cortina de agua, cuando me levanté pude ver delante de mí una montaña de objetos brillantes, no podía contener la emoción, eran piezas de oro.

   Grité, salté, me lancé encima de ellas, no podía creérmelo.

  Hubiera querido llevarme todo eso, no podía separarme del tesoro pero era consciente de la realidad y me reía de la situación, lo que me estaba pasando era de película.

   La cordura se impuso, quizás porque no cabía otra alternativa, dejé todo como estaba llevándome, eso sí, unas pocas piezas de recuerdo. Al llegar al campamento introduje, no sin esfuerzo esfuerzo, unas rocas en el río para reconocer el sitio, cogí carbón de la fogata de la noche y grandes hojas secas, a partir de ese momento iba a trazar un mapa del recorrido del rio, con la ayuda del reloj apuntaría también el tiempo que pasaba entre una curva y otra.

   Cada vez tenía más cosa que hacer durante el viaje, no tenía un momento libre: trazar el mapa, tomar tiempos entre un punto de referencia y otro, vigilar los peligros del rio y pescar para cocinar a la noche. Cuando llegaba a tierra firme:  buscar leña, encender fuego, recoger hierba para que se secara para la siguiente fogata, cocinar la pesca, recoger frutos y buscar agua potable sin contar lo necesario para mis vicios: buscar  bayas alucinógenas y buenas hojas para fumar.

   No podía quejarme, estaba de suerte, de momento no me había roto nada ni realizado ningún corte ni presentaba mordisco alguno de insectos peligrosos, quizás esto último era mi mayor preocupación, no poseía antídotos y era algo que me podía llevar a la muerte pero estaba orgulloso de mí mismo, seguía vivo, trabajaba duro, me alimentaba bien y día a día me acercaba más a la civilización.

   Los días pasaban, las hojas “cartográficas” se iban acumulando,  ese maldito rio no acababa nunca, la nueva vida empezaba a ser algo cotidiano, mi mente vivía el presente y pocas veces volvía a temas del pasado. En mi vida no había pareja estable ni hijos, con mis padres hablaba de tanto en tanto y mis hermanos se ocupaban de lo suyo, nadie iba a echarme de meno. Mi jefe siempre decía que nadie es imprescindible con lo que tampoco tenía que preocuparme por eso, en realidad era libre, libre de hacer con mi vida lo que quisiera, me di cuenta de que me estaba planteando no volver a la civilización y, sorprendentemente, no me asusté.

   Estaba en la balsa pescando cuando noté movimiento entre los arbustos, las hojas se movían a lo largo del rio  siguiendo mi recorrido, podía ser un felino que seguía mis pasos, esa noche podría ser la última para mí, de momento no podía parar, la única opción era alejarme lo más posible.

   Unos metros más abajo, la cara de un niño me miraba entre la maleza, un nudo se agarró a mi garganta, estaba salvado, había encontrado a un ser humano y seguramente había más.

   Busqué un sitio para atracar e inmediatamente me vi rodeado por una docena de personas de piel oscura y pelo liso y negro, me miraban divertidos, no presentaban aspecto beligerante.

   Me bajé y le tendí la mano a uno de ellos, el que me parecía mayor, él la miró y después  desvió  la mirada hacia mis ojos, extrañado, pensó unos momentos y decidió responder dando una sonora palmada en mi mano extendida, todos rieron, yo también.

   Dejamos la barca atada a unos troncos y los seguí tierra adentro marcando el camino de regreso cómo podía. El paseo fue corto, llegamos a un poblado de casa de caña lleno de niños y monos que jugaban por todas partes. Hombres y mujeres trabajaban con granos, trozos de carne y hormigas gigantes, todos pararon y se quedaron mirándome como si fuera una especie rara.

   El jefe del poblado al verme me invitó a su cabaña y me enseñó la cosa más preciada que tenían: una botella de vidrio de Coca cola.

   Las sensaciones que probé delante de esa botella no se pueden describir, por un lado me sentía feliz de entrever la salvación: la civilización no andaba lejos, pero por otro lado la visión me llenó de tristeza, “¿Qué significaba para ellos esa botella? ¿La imagen de nuestro mundo, de todos nuestros logros era una botella de Coca cola?”

  “ ¿Qué demonios hacía ahí esa maldita botella?”

   Me entraban ganas de estrellarla contra el suelo, era decepcionante que esos seres me identificaran con ese objeto.

   El hombre se dio cuenta de mi perplejidad y me arrebató el recipiente volviendo a dejarlo en su lugar. Yo le sonreí y él se tranquilizó.

   Pasé largo tiempo con ellos, tema que trataré en mi segundo diario, aprendí a vivir y lo digo así de claro. Después de esta experiencia me he dado cuenta de que antes lo mío no era vida, era una forma de dejar pasar el tiempo en una procesión en la que todos intentábamos ir en cabeza, ganando puestos pero sin llegar nunca arriba. En ese mundo no se puede ir por libre ni vivir al día de lo que consigues, todo tiene dueño, todo está regulado y hay normas para todo.

   La gente de la selva me ha enseñado a defenderme, a cazar el animal idóneo en el momento justo para no dañar el ecosistema, me ha enseñado a recoger hierbas medicinales, a seguir rastros a construir cabañas resistentes y canoas robustas, a disfrutar de los momentos de ocio y a dar las gracias a la naturaleza por toda la belleza que nos rodea.

   Antes de dejar el poblado para seguir camino hacia la civilización que tenía a solo cuatro días de navegación  desenterré las piezas de oro que había escondido al llegar y  doné un  ídolo al jefe de la tribu.

   El hombre, maravillado ante tanta belleza, me llevó a su choza, quitó la botella de Coca cola del pedestal e instaló en su lugar la figura, me miró, sonrió y reventó el vidrio contra el suelo, nos fundimos en un gran abrazo.

   Llegué, al fin, a la civilización, vendí las pepitas de oro y con el dinero que me dieron a cambio llamé a mis padres para que no se preocuparán, compré una docena de buenas navajas para regalar a mis nuevos amigos cuando pasara nuevamente por ahí, unas cañas de pesca, cuadernos y lápices, unas pastillas purificadoras de agua por si alguna vez pudieran servir y  antídoto para las picaduras más peligrosas y volví a mi flamante canoa para emprender camino de regreso a mi nuevo hogar.

   Al llegar al embarcadero un occidental observaba la barca.

   -¿Es suya?   -Me  preguntó en inglés.

   -Sí     -contesté.

   -Es el resultado de mezclar la habilidad lugareña con la ingeniosidad de nuestro mundo…si usted viene a ella con la intención de volver a zarpar quiere decir que la magia de este lugar ha vuelto a atrapar a otro de nosotros.

   No le volví a ver, pero seguro que un día de estos lo volveré a encontrar en alguna parte de mi rio.   

  

  

  

 

 

  

 

 

 

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Me dedico a la pintura decorativa y escribo por pasión.

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