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5 min
La sombra de las sardinas
Suspense |
08.02.20
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Sinopsis

nunca sabes si estás...

Algo perdí en el mercado ¿sería mi dignidad? ¿quizá el alma, si tal cosa existe? . No lo sabía, pero un dolor en el pecho, un vacío candente o algo parecido, difícil de describir, me acometió justo al salir del mercado con las bolsas de plástico llenas de provisiones. Así supe que había perdido algo importante, irreemplazable, mientras compraba o sólo miraba las mercancías expuestas en las paradas.

Tres meses después, deambulaba por la vieja ciudad como un alma en pena, arrastrando los pies, parándome cada rato para apoyarme en una pared o una farola. Me pesaba la vida, me pesaban las cosas de la vida. La gente me molestaba; incluso los amigos, a los que iba evitando. No tenía nada que decir, mi corazón estaba vacío, ni quería escuchar nada de nadie.

Había vuelto al mercado en más de una ocasión buscando sin saber qué. Pero estos retornos se fueron espaciando y ya llevaba dos semanas sin siquiera acordarme del maldito mercado y sus paradas. En algún momento pensé que el mercado no tenía la culpa de mi extravío. Solo me veía reflejado en los cristales de los escaparates, pues rompí pronto los espejos de mi casa, el del baño, el del recibidor, el del interior de la puerta del armario. Estaba horrorizado del cambio que iba sufriendo mi imagen. Desaliñado y sucio, no podía evitar contemplarme en los escaparates de los comercios, en el espejo del viejo ascensor de mi casa. Me restaba cierto sentido de conservación y me contenía de romper esos espejos y exponerme al juicio público, a la detención, al escarnio incluso.

Salía cada vez menos de casa, pero no podía evitar la nostalgia por los callejones estrechos, húmedos y con efluvios de orín; así, que empecé a salir de madrugada sorteando, incluso, la mortecina luz de las farolas. Me solazaba en las umbrías de los portales y callejas. Empecé a sentir placer acariciando mohosas paredes, sentándome en adoquines que dejaban mi pantalón mojado, calándome en lo íntimo.

Llegaba a casa antes de que despuntara el alba y me tiraba cuan largo era sobre las sábanas revueltas y sucias de la cama.

Poco me alimentaba: solo algún arenque, de vez en cuando, se introducía en mi boca. Los iba cogiendo de una caja de arenques que compré aquel fatídico día en el que me perdí en el mercado.

Me preguntaba qué comería cuando esas sardinas saladas se terminasen.

Llegó el día. Levanté por la cola la última sardina, medio podrida, y me la metí entre los labios. Tenía el paladar inutilizado de tanta sal, así que no sentí su sabor, seguramente repugnante. Había perdido el gusto.

Pero no la vista. Al levantar ese último cadáver, una hoja de periódico tomó forma y sus letras se convirtieron en palabras, frases a las que no presté atención hasta el día siguiente.

Había llegado de mi ronda nocturna con el estómago vacío, me dirigí a la cocina esperando tomar otra sardina salada, pues no recordaba haber comido la última. Por las techumbres del viejo barrio, el alba iba encendiendo las tejas.

La caja redonda, vacía, era, a la vez, un círculo y una metáfora de mi vida; un circulo terminado en un instante ignoto, mi ronda nocturna sin esperanza, vacía… Entonces pensé en comerme el periódico, seguramente estaría salado y contendría un poco de la esencia de mis sardinas. Tomé las tres o cuatro páginas. Leí.

Algunas noticias sin importancia, el nacimiento del hijo de una princesa, los estragos del monzón en las Filipinas, la goleada al equipo local. La economía iba mal por culpa del Gobierno, según la oposición. Las noticias de siempre. Hasta hallé la página del obituario. Recuadros en memoria a los fallecidos, con mención a sus doloridas familias. Deseos de gloria eterna a los seres queridos. Entre todos ellos, me llamó la atención un artículo con un texto más largo de lo común:

“Hoy se celebra el réquiem por el fallecido pescatero del Mercado de Santa Caterina, a la edad de 56 años. La circunstancia de que quedase enterrado bajo una tonelada de cajas de arenque salado durante varias horas -las que tardó el servicio de bomberos, que llegó con retraso debido a que estaba ocupado apagando un fuego en la otra punta de la ciudad; y a que los recortes han dejado famélica la compañía-, resultó en que apenas se encontró, del cadáver, los restos de su ropa, las gafas y algún hueso. Dios tenga en Su gloria su alma y le haya perdonado todos sus pecados y las trampas habituales con la balanza. Con afecto, sus deudos y colegas del mercado de Santa Caterina, que acompañaron sus exiguos restos al Camposanto próximo, ruegan hoy asistencia a la misa que se celebrará en la Iglesia de Santa Águeda”

Tras el alba, habrá entrado un rayo de sol en mi casa vacía. El bullicio de la calle ocupará las estancias, y un silencio, escondido en la sombra de los cajones, esperará, sin memoria, la madrugada siguiente.

jt.

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